Economía
¿Comprar oro o vender tras la caída del 25 % desde máximos históricos?
El oro pierde un 25 % desde máximos y sacude los ahorros españoles: qué significa el desplome y cuándo conviene comprar, mantener o venderlo.

El oro ha perdido cerca de una cuarta parte de su valor desde el máximo histórico alcanzado el 29 de enero de 2026 y ha entrado en terreno bajista a una velocidad que no se veía desde la crisis financiera de 2008. La onza, que llegó a rozar los 5.595 dólares, cayó hasta los 4.022 dólares el jueves 11 de junio y recuperó después una pequeña parte del terreno. No es una corrección rutinaria: en apenas unos meses se han evaporado más de 1.300 dólares por onza.
Para la mayoría de los ahorradores españoles, esta caída no significa que haya que vender presa del pánico ni lanzarse a comprar como quien encuentra televisores rebajados. El oro puede seguir teniendo sentido como una pieza pequeña y defensiva dentro de una cartera diversificada, especialmente a largo plazo. Otra cosa es concentrar los ahorros en él, necesitar el dinero dentro de poco o haber comprado cerca de máximos esperando ganancias rápidas. En esos casos, el problema no es el metal. Es el plan —o la falta de él—.
El descenso resulta especialmente llamativo porque se produce en plena guerra en Oriente Medio. El viejo guion financiero sostiene que, cuando los mercados huelen pólvora, el dinero busca refugio en el oro. Esta vez ha ocurrido algo más incómodo: el conflicto ha encarecido el petróleo, ha elevado el temor a una nueva oleada de inflación y ha reforzado las expectativas de subidas de tipos en Estados Unidos. El refugio, de pronto, tenía goteras.
El episodio deja una enseñanza bastante terrenal para los bolsillos españoles. El oro no es una cuenta remunerada, no paga dividendos ni ofrece una rentabilidad garantizada. Su cotización puede subir con violencia, pero también caer un 20 % o un 30 % mientras las noticias parecen justificar exactamente lo contrario. Seguro no significa estable, y valor refugio no significa invulnerable.
El refugio que dejó de refugiar durante la guerra
El máximo histórico del oro llegó el 29 de enero de 2026, cuando el precio al contado alcanzó los 5.595 dólares por onza. Detrás de aquella escalada había una mezcla poderosa: compras de bancos centrales, temor geopolítico, dudas sobre la deuda estadounidense, debilidad del dólar y expectativas de recortes de tipos. El metal había subido un 64 % durante 2025, su mejor comportamiento anual en varias décadas.
Esa carrera dejó el mercado a una altura vertiginosa. Quien compró cuando la onza cruzaba los 5.000 dólares no adquiría únicamente oro: pagaba también entusiasmo, cobertura frente al desastre y una buena dosis de miedo colectivo. Los mercados suelen hacer estas cosas. Primero convierten una idea razonable en una certeza popular; después cobran entrada a quienes llegan tarde.
Desde el máximo de enero, el precio cayó alrededor de un 25 %. La pérdida desde el inicio de la guerra en Irán ronda el 20 %. Técnicamente, el metal entró en mercado bajista al superar una caída del 20 % desde sus máximos, y lo hizo en unas 91 sesiones, el proceso más rápido desde 2008.
La comparación con la gran crisis financiera no implica que ambos episodios sean idénticos. En 2008, el oro pasó de aproximadamente 1.000 dólares por onza a unos 750 en apenas dos meses, una caída cercana al 25 % —algo mayor según el punto exacto de referencia—, aunque terminó aquel año con un balance más favorable. Durante una crisis, los inversores también venden activos considerados seguros para obtener liquidez, cubrir pérdidas o atender garantías. Cuando falta efectivo, hasta las joyas de la corona acaban en el escaparate.
Esta vez se añade otro elemento. El oro perforó su media móvil de 200 sesiones por primera vez en dos años y medio. Esa referencia no predice el futuro, pero muchos operadores y algoritmos la utilizan para detectar cambios de tendencia. Al romperse, se activan ventas, se cierran posiciones y la caída empieza a alimentarse a sí misma. La economía explica la pendiente; la técnica, a veces, pone el aceite.
Los productos cotizados respaldados por oro también han sufrido salidas de capital. Durante mayo se retiraron unas 16 toneladas de estos vehículos y otras siete toneladas en la primera semana de junio. Parte de los inversores que habían entrado durante la subida se encuentran en pérdidas, lo que aumenta el riesgo de nuevas ventas si el precio vuelve a acercarse a los 4.000 dólares.
Los analistas de XTB han destacado la velocidad del movimiento, mientras que firmas como Julius Baer apuntan al peso de los flujos financieros y al cambio de tendencia técnica. El dato no es menor: desde 2006, el metal precioso solo ha vivido unos pocos episodios comparables. La intensidad de las ventas resulta todavía más desconcertante porque coincide con un escenario geopolítico que, en teoría, debería favorecerlo.
Por qué cae el oro cuando el mundo parece más peligroso
La guerra ha reforzado al dólar y ha disparado el precio de la energía. Esa combinación es incómoda para el oro. El encarecimiento del petróleo puede trasladarse a los transportes, la industria y los alimentos, elevando la inflación. Si los bancos centrales creen que los precios volverán a descontrolarse, retrasan las bajadas de tipos o incluso contemplan nuevas subidas.
El oro no paga intereses. Una letra del Tesoro estadounidense o un bono sí. Cuando aumenta la rentabilidad de la deuda pública, mantener metal tiene un coste de oportunidad mayor: el inversor renuncia a unos intereses más atractivos a cambio de poseer un activo cuya ganancia depende exclusivamente de que alguien pague más por él en el futuro.
El mecanismo parece abstracto, pero cabe en una servilleta. Si un activo prácticamente libre de riesgo ofrece un rendimiento elevado, el oro necesita subir con fuerza para competir. Si, además, el dólar se aprecia, la presión aumenta, porque la onza se negocia internacionalmente en esa moneda y resulta más cara para quienes compran con euros, yenes o libras.
La paradoja es que el conflicto no ha hecho desaparecer la demanda de refugio. Simplemente ha dirigido buena parte de ella hacia el dólar y la deuda estadounidense. El dinero no siempre corre al activo con la leyenda más antigua, sino al que ofrece en ese momento mejor combinación de liquidez, rentabilidad y seguridad percibida.
El dólar y los tipos pesan más que el miedo
La relación entre el oro y las guerras nunca ha sido automática. El metal puede subir cuando estalla una crisis, pero su comportamiento a medio plazo depende de otras variables: los tipos reales, la inflación esperada, el dólar, las compras de los bancos centrales y los movimientos de los grandes fondos.
La intuición popular suele reducirlo todo a una frase: hay incertidumbre, luego sube el oro. La realidad tiene peor carácter. Si una guerra eleva el petróleo y obliga a mantener los tipos de interés altos, el efecto negativo de la política monetaria puede imponerse al impulso favorable del miedo. Es exactamente lo que está ocurriendo.
La Reserva Federal ocupa el centro de este tablero. Si la Reserva Federal considera que la inflación continúa demasiado elevada, puede mantener el precio del dinero alto durante más tiempo o incluso plantearse nuevas subidas. Eso fortalece los rendimientos de la deuda y resta atractivo relativo a un metal que no genera intereses.
También influye la subida previa. Antes de caer, el oro había recorrido una distancia enorme. Incluso después del desplome conserva buena parte de las ganancias acumuladas durante los últimos años y continúa por encima de niveles que no hace tanto parecían extraordinarios. Una bajada del 25 % no convierte automáticamente el precio actual en barato; puede ser una oportunidad, una pausa o la primera parte de una corrección mayor.
La demanda física tampoco está reaccionando con fuerza. En mercados importantes, como India, el oro se ha negociado con descuentos y las compras estacionales han sido débiles. Los consumidores aceptan con resignación que un lingote sea caro; lo que llevan peor es no saber si la semana siguiente costará bastante menos.
A medio plazo siguen existiendo apoyos. Los bancos centrales han diversificado sus reservas, especialmente en países que desean reducir su dependencia del dólar. La elevada deuda pública, las tensiones comerciales y la fragmentación geopolítica mantienen vivo el atractivo del metal como activo que no depende de la solvencia de un emisor.
Indosuez Wealth Management considera que la desaparición de las expectativas de recortes ha frenado al metal, aunque la diversificación de reservas y el contexto internacional siguen ofreciendo apoyo. Indosuez Wealth Management no descarta, por tanto, una recuperación progresiva cuando cambie el escenario monetario.
Varias grandes entidades conservan previsiones positivas, aunque algunas hayan rebajado sus objetivos. UBS ha situado su estimación para el primer semestre de 2027 alrededor de los 5.500 dólares por onza, mientras otros análisis contemplan una recuperación hacia los 5.000 o niveles superiores durante los próximos trimestres. Conviene leer estas cifras con la prudencia que merecen: son escenarios, no billetes de vuelta garantizados.
Los analistas de Julius Baer también han reducido sus objetivos para el oro y la plata, pero mantienen una visión estructural sin grandes cambios. A su juicio, los flujos vuelven a dominar los fundamentos y la expectativa de tipos elevados condiciona el precio más que el ruido geopolítico. Una frase técnica para algo muy humano: el dinero busca dónde le pagan mejor.
Qué cambia para los bolsillos y ahorros de los españoles
Un ahorrador español no obtiene exactamente la misma rentabilidad que muestra el gráfico internacional en dólares. También interviene el cambio entre el euro y la moneda estadounidense. Si el dólar se fortalece, puede amortiguar parte de la caída del oro para quien calcula su patrimonio en euros. Si el euro se aprecia, el resultado puede empeorar.
Supongamos una inversión de 10.000 euros cuyo valor siguiera exactamente una caída del 25 %. Pasaría a valer unos 7.500 euros antes de comisiones, impuestos o variaciones del tipo de cambio. Para regresar a los 10.000 no bastaría con que subiera otro 25 %: necesitaría avanzar un 33,3 % desde los 7.500. Las pérdidas y las recuperaciones no son simétricas, aunque a menudo se expliquen como si lo fueran.
Quien posee unas pocas monedas o un lingote desde hace diez años probablemente conserva importantes plusvalías y puede observar la caída con distancia. Quien destinó el fondo de emergencia al oro en enero de 2026 vive una historia muy diferente. La tolerancia al riesgo no se mide cuando todo sube, sino cuando aparece una factura, una avería o una entrada para una vivienda mientras la inversión está en mínimos.
El oro tampoco protege necesariamente contra la inflación durante periodos cortos. Puede preservar poder adquisitivo a muy largo plazo, pero atravesar años de caídas o estancamiento. La cesta de la compra no espera pacientemente a que se cumpla una teoría financiera de veinte años.
Mantener una parte moderada del patrimonio en oro puede aportar diversificación, porque su comportamiento no siempre coincide con el de las acciones o los bonos. El problema comienza cuando el supuesto seguro se convierte en la casa entera. Una cartera concentrada en cualquier activo —oro, vivienda, tecnología o criptomonedas— termina dependiendo demasiado de una sola narración financiera.
Para un pequeño inversor, una exposición aproximada del 5 % al 10 % del patrimonio financiero suele considerarse una franja defensiva razonable en muchas carteras diversificadas, aunque no existe un porcentaje universal. Una persona joven, con ingresos estables y un horizonte de décadas, puede asumir una composición distinta a la de alguien jubilado que necesita retirar dinero cada mes. La cifra importa menos que la función asignada al metal.
Si la posición ha caído, pero sigue siendo pequeña y fue adquirida como protección a largo plazo, vender únicamente por miedo puede cristalizar pérdidas sin resolver ningún problema real. Si representaba un 25 %, un 40 % o más del ahorro, la caída quizá esté revelando una concentración excesiva que ya existía antes. Ahí puede tener sentido reducir exposición, no porque el oro esté condenado, sino porque ninguna familia debería depender tanto de una sola cotización.
Oro físico, fondos cotizados y joyas: tres mercados distintos
Comprar un lingote no es lo mismo que contratar productos financieros que replican el precio del metal. El oro físico ofrece posesión directa, pero obliga a pagar una prima sobre la cotización, asumir gastos de custodia o seguro y aceptar una diferencia entre el precio de compra y el de recompra. Cuanto más pequeño es el lingote, mayor suele ser el coste proporcional.
Una moneda adquirida por 500 euros quizá solo pueda venderse inmediatamente por 450 o 470, incluso aunque la cotización internacional no haya cambiado. El comerciante debe cubrir sus costes y obtener un margen. Ese diferencial de compraventa convierte al oro físico en una inversión poco adecuada para entrar y salir con rapidez.
En España, las operaciones con oro de inversión están generalmente exentas de IVA. La consideración legal no alcanza a cualquier objeto dorado: los lingotes o láminas deben tener una pureza mínima de 995 milésimas y ajustarse a determinados pesos; las monedas han de cumplir requisitos de pureza, fecha de acuñación, curso legal y relación entre su precio y el valor del metal.
Las monedas de inversión pueden tener también un componente numismático, es decir, un valor adicional por su rareza, conservación o interés histórico. Ese elemento puede elevar el precio, pero también complica la tasación. El valor del metal se consulta con relativa facilidad; el de una pieza singular depende de compradores, catálogos y especialistas.
Las joyas no reciben automáticamente ese tratamiento. Su precio incorpora diseño, fabricación, marca, distribución e IVA, mientras que en la reventa suele valorarse sobre todo el contenido de metal. Una pulsera puede ser magnífica para llevarla a una boda y bastante decepcionante como vehículo financiero. Confundir joyería con inversión es una tradición tan persistente como cara.
Los fondos cotizados y otros productos vinculados al oro permiten comprar y vender con facilidad desde una cuenta de valores. A cambio, aparecen comisiones, riesgo de mercado, posibles desviaciones respecto al precio del metal y, según la estructura, riesgo de contraparte. Algunos poseen oro físico; otros utilizan derivados. Dos productos con nombres parecidos pueden esconder mecanismos bastante distintos.
También hay que vigilar la divisa. Un vehículo negociado en euros puede seguir manteniendo exposición al dólar si el activo subyacente está denominado en esa moneda. Que el precio aparezca con el símbolo del euro en la pantalla no elimina por arte de magia el riesgo cambiario.
La venta con beneficio genera una ganancia patrimonial que se integra, con carácter general, en la base del ahorro del IRPF. El resultado se calcula restando al valor de transmisión el coste de adquisición y los gastos justificables. Los tipos aplicables a la base del ahorro se sitúan entre el 19 % y el 30 %, por tramos.
La Agencia Tributaria puede exigir documentación que acredite tanto la adquisición como la venta. Guardar facturas, justificantes y documentos de compra no es una manía administrativa; sin ellos, demostrar cuánto se pagó puede convertirse en una pequeña excavación arqueológica. En operaciones antiguas o realizadas fuera de canales habituales, el papel termina valiendo casi tanto como la memoria.
Comprar, mantener o vender tras una caída del 25 %
Comprar después de una gran caída puede ser razonable cuando el horizonte es largo, existe suficiente liquidez y el oro ocupará una parte limitada de una cartera diversificada. En ese caso, suele ser más prudente realizar entradas escalonadas que invertir todo el capital de una vez. Nadie conoce el suelo y quien afirma conocerlo suele vender algo, aunque sea una suscripción.
Dividir una inversión prevista en varias compras reduce el riesgo de acertar con entusiasmo en el peor día posible. No garantiza beneficios ni evita pérdidas, pero suaviza el impacto de la volatilidad. Si el precio continúa cayendo, quedan recursos para comprar a niveles inferiores; si rebota, parte del dinero ya está invertido.
Mantener resulta coherente cuando la tesis original sigue intacta. Quien compró oro como protección frente a riesgos monetarios, fiscales o geopolíticos durante diez o quince años no debería cambiar de criterio por una semana de mercado. Eso sí, una estrategia de largo plazo no consiste en cerrar los ojos. Hay que comprobar que el producto, los costes y el peso en cartera siguen siendo adecuados.
Vender puede ser sensato cuando se necesita el dinero en un plazo corto, la posición es demasiado grande o la compra se realizó con deuda. También cuando el inversor descubre que no tolera una caída del 25 %. No hay deshonra en admitir que el riesgo asumido era excesivo; la cartera debe permitir dormir, no protagonizar cada madrugada.
La decisión se vuelve más delicada para quienes compraron en máximos. Vender tras el desplome fija la pérdida, pero mantener solo para recuperar lo invertido tampoco es un argumento financiero. El mercado desconoce el precio de compra de cada persona y no siente obligación moral de regresar a él. La cuestión útil es si, con el dinero disponible y el precio actual, se volvería a adquirir la misma cantidad de oro.
Si la respuesta es un no rotundo, quizá la posición sea demasiado grande. Si es afirmativa y el horizonte permanece intacto, mantener puede tener lógica. Si provoca dudas, una reducción parcial permite rebajar riesgo sin abandonar completamente el activo. Entre vender todo y no tocar nada existe un territorio amplio, aunque los titulares prefieran los extremos.
No debería comprarse oro con el fondo destinado a imprevistos, con dinero necesario para la entrada de una vivienda o mediante créditos de consumo. Tampoco es razonable perseguir una recuperación porque un banco haya publicado un precio objetivo elevado. Las previsiones cambian con los tipos, la inflación, el dólar y la guerra; la cuota del préstamo, en cambio, acostumbra a llegar con puntualidad prusiana.
El escenario más favorable para el oro incluiría una relajación de las tensiones inflacionistas, caída del petróleo, debilitamiento del dólar y regreso de las expectativas de recortes de tipos. También ayudarían nuevas entradas en fondos cotizados respaldados por metal y la continuidad de las compras de bancos centrales.
El escenario negativo sería una inflación persistente, tipos estadounidenses más altos durante más tiempo, dólar fuerte y nuevas salidas de capital. En ese contexto, los 4.000 dólares podrían dejar de actuar como soporte y el mercado buscaría niveles inferiores. Nadie puede descartar un rebote violento, pero tampoco una segunda sacudida.
El oro sigue brillando, pero ya no deslumbra
La caída más rápida desde 2008 no ha destruido el argumento de largo plazo a favor del oro, aunque sí ha desmontado una caricatura: la idea de que siempre sube cuando hay guerra, inflación o miedo. El metal responde a un tablero más complejo, donde los tipos de interés y el dólar pueden pesar más que los misiles.
Para el ahorrador español, comprar tras el desplome tiene sentido únicamente como una decisión medida, financiada con dinero que no se necesitará pronto y dentro de una cartera diversificada. Vender puede ser razonable si existe una concentración excesiva, falta liquidez o la inversión se hizo esperando beneficios rápidos. Entre ambos caminos, mantener y rebalancear suele ser la salida menos teatral.
El oro puede volver a los máximos, superar los 5.500 dólares o pasar meses atrapado cerca de los niveles actuales. También puede caer más. Las grandes entidades mantienen previsiones positivas porque las compras de bancos centrales, la deuda mundial y la fragmentación geopolítica continúan presentes. Pero esas fuerzas estructurales conviven con un mercado que ha roto soportes, ha sufrido salidas de capital y paga el precio de unos tipos más altos.
Tras una subida histórica, el metal ha recordado algo elemental: ningún refugio evita todas las tormentas. Algunos simplemente resisten mejor cuando se observan durante años, no cuando se comprueban cada cinco minutos desde el móvil.

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