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Ciencia

Una señal eléctrica permite leer mejor el perfil del café

Una nueva lectura eléctrica detecta diferencias entre cafés que parecen iguales y ofrece otra herramienta para controlar cada lote.

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tazita de café de bar

Un equipo de la Universidad de Oregón ha probado que una medición electroquímica puede distinguir señales relacionadas con la intensidad y el tueste del café negro. El método, basado en la voltametría cíclica, registra cómo cambia la corriente al atravesar la bebida y genera un perfil que ayuda a detectar diferencias entre muestras que pueden parecer similares.

El hallazgo no encierra el aroma en una cifra ni decide cuál es el mejor café: el gusto sigue dependiendo de preferencias y de la experiencia sensorial. Su interés es más concreto. La técnica podría servir para comparar lotes y controlar su consistencia con una lectura química rápida, complementaria a la cata y a los instrumentos que ya emplea la industria.

Qué mide la señal eléctrica de una taza

El café contiene una mezcla compleja de ácidos, sustancias amargas y compuestos que se forman durante el tueste. Algunos contribuyen al olor cuando pasan al aire; otros influyen en la acidez, el cuerpo o el sabor que percibimos en la lengua. La nariz y el paladar integran ese conjunto de manera inmediata, pero traducirlo a una medida objetiva es bastante más difícil que describir si una taza resulta intensa o suave.

La voltametría cíclica aborda el problema desde la electroquímica. Se aplica una variación controlada de voltaje a través de electrodos y se observa la respuesta de la corriente. Como los componentes de la bebida interactúan de manera distinta con el sistema, la señal resultante cambia según la muestra. El electrodo empleado en el estudio era de platino, y la información obtenida funciona como una huella comparativa de la composición, no como una lista completa de moléculas identificadas.

Ese matiz importa porque la idea de una lectura química del aroma puede sonar más definitiva de lo que es. El aparato no reproduce la experiencia de oler una taza ni reconoce por sí solo notas concretas como jazmín, cacao o fruta. Detecta patrones asociados a características de la bebida y permite diferenciar muestras. Es, por tanto, una forma de medir rasgos vinculados al perfil sensorial, no una nariz artificial que traduzca cada aroma a palabras.

La intensidad también puede significar cosas distintas. En el uso cotidiano, alguien puede llamar fuerte a un café porque está concentrado, porque tiene un amargor marcado o porque su tueste aporta notas tostadas y secas. Son dimensiones relacionadas, pero no equivalentes. La aportación del método consiste precisamente en ayudar a separar la concentración de los efectos del tueste, dos aspectos que pueden confundirse cuando se valora una taza con una sola medida.

Por qué el refractómetro no cuenta toda la historia

Una herramienta habitual en el sector mide el índice de refracción: observa cómo se desvía la luz al pasar por el café y permite estimar la cantidad de sólidos disueltos. Es útil para valorar la concentración de una extracción y comprobar si una preparación se acerca al resultado buscado. Pero esa lectura no describe por completo la composición química de una bebida ni explica todas las diferencias de sabor.

Dos tazas pueden presentar una concentración parecida y ofrecer perfiles sensoriales distintos. El origen del grano, la variedad, el procesamiento, el tueste y la extracción modifican el conjunto de sustancias que llega a la bebida. Por eso, una sola cifra no basta para caracterizar el café: aporta una pieza del cuadro, pero no permite deducir por sí sola cómo olerá o sabrá el contenido de la taza.

En el extremo más detallado están técnicas como la cromatografía y la espectrometría de masas. Permiten separar componentes y estudiar su composición, pero son análisis de laboratorio que pueden exigir más tiempo y recursos que una medición pensada para comparar muestras con rapidez. La voltametría se plantea como una vía intermedia: no ofrece el mismo nivel de identificación molecular, pero podría aportar una señal práctica para vigilar cambios entre lotes sin convertir cada control en un estudio exhaustivo.

Esta diferencia de propósito evita una falsa competencia entre herramientas. Un refractómetro puede seguir siendo adecuado para observar la concentración; una cata permite valorar el resultado sensorial, y un análisis químico detallado responde a preguntas más específicas sobre los compuestos presentes. La nueva técnica no vuelve inútiles esos métodos. Su posible valor está en sumar una medición sensible a otras variables que no quedan reflejadas en el índice de refracción.

Cómo analizaron el café negro

El equipo empleó un potencióstato, un instrumento utilizado en electroquímica y también en estudios de baterías y pilas de combustible. En vez de tratar la muestra con una preparación compleja, los investigadores introdujeron el sistema de electrodos en café negro ya preparado y registraron su respuesta. El planteamiento aprovecha un aparato conocido en otro campo para leer una bebida de consumo cotidiano.

La corriente no ofrece una fotografía directa de cada molécula. La señal cambia por la interacción de sustancias del café con el electrodo y por los procesos electroquímicos que se producen durante la medición. Los autores observaron que el paso de corriente guardaba relación con la fuerza de la bebida, mientras que la evolución de la señal en ciclos sucesivos aportaba información sobre material orgánico que se depositaba en la superficie del platino.

Para estudiar el efecto del tueste, prepararon muestras de un mismo café colombiano con distintos niveles de tostado. El color de los granos se evaluó con la escala Agtron, una referencia empleada en el sector, y las muestras se analizaron tras dejarlas reposar. Los cafés más oscuros generaron respuestas eléctricas diferentes, incluso al comparar bebidas con una concentración de sólidos disueltos equivalente. Así, el resultado mostró que el tueste deja señales que no se reducen a la concentración.

La prueba con muestras comerciales añadió un caso de control de calidad. Los investigadores analizaron cuatro lotes de una misma torrefacción británica que a simple vista resultaban parecidos. Uno había sido rechazado en la evaluación sensorial de la empresa, y la medición electroquímica consiguió distinguirlo del resto. Es un ejemplo prometedor porque muestra una posible coincidencia entre una señal instrumental y el criterio de los catadores, aunque no demuestra que la técnica vaya a resolver cualquier problema de calidad.

El tueste cambia la química, no solo el color

El tueste transforma los granos y modifica las sustancias que participan en el aroma y el sabor. Por eso, dos cafés con una extracción igual de concentrada no tienen por qué resultar iguales: las reacciones producidas por el calor alteran el perfil de la bebida. El color ofrece una referencia visual, pero una apariencia similar no garantiza que dos lotes compartan la misma composición ni la misma respuesta sensorial.

La química del café también ayuda a entender por qué las descripciones de cata combinan sensaciones distintas. La trigonelina y sus productos de transformación, entre ellos la piridina, contribuyen al amargor; el ácido clorogénico y algunos de sus derivados se relacionan con notas ácidas y amargas. Son parte de una mezcla mucho más amplia, en la que intervienen distintos compuestos aromáticos y otras sustancias formadas o modificadas durante el procesamiento.

El origen y la variedad añaden más diferencias. Los estudios de composición pueden comparar café arábica, robusta y caracolillo, también conocido como peaberry, y observar perfiles distintos mediante técnicas como la cromatografía. En el café fermentado, además, el procesamiento puede dejar combinaciones particulares de compuestos. Todo ello ayuda a explicar por qué el aroma no depende de una molécula aislada, sino de la interacción de muchos componentes y de cómo se han cultivado, procesado y tostado los granos.

La medición electroquímica no sustituye ese análisis detallado ni permite atribuir cada nota a una sustancia concreta. Su interés está en reconocer patrones globales que cambian cuando cambia la muestra. La distinción puede ser útil para detectar desviaciones sin necesidad de identificar de inmediato cada componente, aunque todavía habrá que comprobar en qué condiciones ofrece resultados consistentes y cómo se comporta con cafés de otros orígenes y procesos.

Qué utilidad puede tener para tostadores y cafeterías

El primer uso razonable estaría antes de que el café llegue a la barra. Una torrefacción podría construir una referencia para un producto y comparar con ella los lotes que salen de producción. Si una partida se aparta de manera apreciable, la empresa tendría una señal adicional para revisarla, contrastarla con la cata y decidir si el perfil responde a lo esperado. La herramienta no determina si el cambio es un defecto, pero puede ayudar a localizar una diferencia que conviene evaluar.

La regularidad importa porque un café comercial suele venderse con una identidad reconocible. Una mezcla puede buscar cuerpo y notas de cacao, o un perfil más ligero y ácido; mantener esas características entre partidas es distinto de hacer que todos los cafés sepan igual. El objetivo posible sería que cada producto se parezca a sí mismo, pese a las variaciones naturales del grano y del proceso, con controles que no dependan exclusivamente de la vista o de la concentración.

Para una cadena de cafeterías, una lectura comparable podría facilitar el seguimiento de lotes distribuidos entre distintos establecimientos. Para una torrefacción pequeña, quizá ofrecería una segunda comprobación junto a la cata y el control del tueste. En ambos casos, el aparato tendría que encajar en los procesos reales de trabajo y aportar información que compense su coste y mantenimiento. El estudio demuestra una capacidad de diferenciación en unas pruebas concretas; no establece que ya exista un dispositivo listo para instalar en cualquier local.

En la hostelería española, la taza final depende de más factores que el grano. La molienda, la dosis, la temperatura del agua, el tiempo de extracción y el estado de la máquina pueden alterar el resultado de un día para otro. Un lote bien controlado no garantiza por sí solo un buen espresso si la preparación cambia, del mismo modo que una extracción correcta no borra las diferencias de origen o tueste. La nueva medición podría reforzar el control en una parte del proceso, pero no reemplaza el cuidado de la preparación.

Por eso, no parece probable que el uso inicial consista en colocar un potencióstato al lado de cada cafetera. La aplicación más lógica, si la tecnología se valida y se adapta, estaría en laboratorios, torrefacciones y controles de producción. Antes de que el café se mezcle con leche, hielo o azúcar, es más sencillo estudiar la bebida negra y comparar muestras bajo condiciones controladas. En una barra, cada añadido cambia la matriz y puede interferir con la señal que se intenta medir.

Una herramienta prometedora, todavía limitada

El estudio se centró en café negro y en muestras preparadas de forma controlada. No basta para concluir que la técnica funcionará igual con cualquier método de elaboración, con cafés de todos los orígenes o con bebidas mezcladas. La leche y las bebidas vegetales incorporan componentes propios; también lo hacen el azúcar y otros añadidos. En esas condiciones, la medición tendría que adaptarse y probarse antes de extrapolar los resultados.

Hay otra frontera importante: distinguir una muestra no equivale a explicar por completo qué nota aromática percibirá una persona. El olfato y el gusto dependen de la composición, pero también de la temperatura, la experiencia y el contexto en el que se bebe. Un registro eléctrico puede aportar datos repetibles sobre la muestra; no puede decidir si un perfil resulta agradable ni anticipar que todos los consumidores lo describirán del mismo modo. La interpretación sensorial sigue necesitando a las personas.

También falta saber hasta dónde se generalizan los resultados. La prueba con distintos niveles de tueste y la comparación de cuatro lotes muestran que la señal puede separar muestras en esas circunstancias. Para convertirlo en un control industrial fiable hará falta comprobar su rendimiento con más variedades, procesos y condiciones de preparación, además de determinar cómo se comparan las mediciones entre equipos y lugares. Ese trabajo pendiente no invalida el avance, pero sí marca la distancia entre una demostración y una herramienta extendida.

En el control de calidad, además, una desviación no siempre significa que el producto sea peor. Puede revelar un error, pero también una variación deliberada o un perfil que merezca una evaluación aparte. La tecnología puede señalar que algo ha cambiado; decidir qué significa para una marca o para quienes prueban el café exige combinar el dato con el propósito del producto y la valoración sensorial. Ninguna curva eléctrica convierte automáticamente una diferencia química en un juicio de calidad.

La ciencia mide mejor; el aroma conserva sus matices

La novedad no consiste en reducir el café a una ecuación, sino en sumar otra manera de observarlo. Durante mucho tiempo, las decisiones han descansado en herramientas de concentración, controles del tueste y la experiencia de quienes cataban. Una señal electroquímica puede hacer visible una diferencia que esas medidas no separan con claridad, y dar una referencia adicional para investigar por qué dos lotes que parecen iguales se comportan de manera distinta.

Si el método se desarrolla para un uso más amplio, el cambio para quien toma café probablemente será indirecto. No hará falta conocer el funcionamiento del potencióstato para notar que una mezcla mantiene un perfil más estable o que una torrefacción detecta antes una partida irregular. Aun así, esas mejoras dependen de que la medición sea fiable, práctica y útil junto con la cata, no de que una máquina dicte cómo debe saber cada taza.

El café seguirá siendo una bebida agrícola, química y cultural a la vez. Cambia con el grano y con las decisiones de quien lo prepara, pero también con el paladar de quien lo bebe. La nueva técnica ofrece una lámpara más precisa para el laboratorio y la torrefacción; no ilumina cada rincón de la experiencia. Su aportación más valiosa puede ser ayudar a entender qué cambia entre una taza y otra sin confundir constancia con uniformidad ni convertir el aroma en una cifra definitiva.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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