Síguenos

Ciencia

¿Qué dice del clima el hielo más antiguo de la Antártida?

Publicado

el

el hielo más antiguo de la Antártida

Un cilindro de hielo antártico conserva aire de hace 1,2 millones de años y abre una ventana asombrosa al clima remoto de la Tierra antigua.

Un cilindro de hielo extraído del corazón de la Antártida acaba de abrir una puerta incómoda y fascinante: dentro lleva aire atrapado desde hace al menos 1,2 millones de años, una especie de respiración fósil del planeta, guardada bajo kilómetros de hielo antes de que existieran ciudades, agricultura, escritura o esa arrogancia moderna de creer que lo sabemos casi todo. El proyecto europeo Beyond EPICA–Oldest Ice ha recuperado un núcleo helado de 2,8 kilómetros en Little Dome C, en la meseta antártica oriental, y la fase decisiva ya no está solo bajo la nieve, sino en los laboratorios europeos que empiezan a leerlo con paciencia de forense.

La noticia no es solo que se haya sacado hielo muy antiguo, que ya sería bastante. Lo decisivo es que ese hielo contiene una secuencia continua del clima terrestre que puede llegar hasta 1,2 millones de años atrás, quizá más, y que permitirá comparar temperaturas, gases de efecto invernadero, polvo atmosférico, química del aire y cambios del casquete antártico en un tramo de la historia de la Tierra que sigue siendo una zona oscura para la ciencia. No hablamos de una reliquia bonita para museo, sino de un archivo climático. Frío, frágil, comprimido. Un libro escrito sin tinta, con burbujas.

El hielo como archivo: la Antártida no guarda silencio

La Antártida parece muda, pero en realidad archiva. Cada nevada que no se funde se aplasta con la siguiente, se compacta, pierde aire, gana densidad y termina convertida en una capa de hielo. A escala humana parece inmóvil; a escala geológica es una cinta transportadora lentísima. Dentro quedan señales minúsculas: polvo, sales, cenizas volcánicas, isótopos del agua y burbujas de atmósfera antigua. Es decir, un registro de cómo era el aire, qué circulaba por los océanos, cuánta aridez había en ciertas regiones, qué volcanes dejaron rastro y cómo respiraba el planeta cuando los ciclos glaciales seguían otro compás.

Ese es el valor de un testigo de hielo: no “cuenta” el pasado como una crónica humana, sino como una muestra física tomada directamente de aquel tiempo. Las burbujas conservan gases; los isótopos ayudan a reconstruir temperaturas; las impurezas hablan de vientos, desiertos, erupciones, sal marina o cambios en la circulación atmosférica. Hay que imaginarlo casi al revés de una excavación arqueológica: no se baja para encontrar vasijas o huesos, sino aire. Aire viejo. Aire anterior a casi todo lo que nos parece antiguo.

Hasta ahora, el gran límite simbólico de la paleoclimatología en hielo continuo estaba en torno a los 800.000 años, una frontera ya formidable, pero insuficiente para resolver una pregunta clave: por qué el clima terrestre cambió de ritmo durante la transición del Pleistoceno medio. Beyond EPICA estira esa película hasta un periodo anterior y permite mirar una parte del mecanismo que hasta ahora se intuía con otros registros, pero no se había leído así, con aire atrapado y capas de hielo tan profundas.

Little Dome C, el punto donde Europa ha perforado el tiempo

El lugar elegido no tiene nada de casual. Little Dome C está a unos 35 kilómetros de la estación Concordia, a 3.200 metros de altitud, en una zona donde la acumulación de nieve, el espesor de la capa de hielo y el movimiento glaciar ofrecían una posibilidad rara: encontrar hielo muy antiguo sin que el archivo estuviera completamente triturado por la dinámica interna del casquete. Dicho en limpio: había que perforar en el sitio exacto, no “en la Antártida” como quien clava un alfiler en un mapa blanco.

La campaña reciente trabajó durante dos meses del verano antártico con temperaturas medias de unos 35 grados bajo cero, una cifra que en un titular parece decorativa y en una perforación profunda se convierte en una condición brutal. Hubo 15 científicos y personal logístico en el campamento, apoyados por una red europea que no cabe en la épica de un solo laboratorio. En este tipo de ciencia, la palabra “descubrimiento” suele esconder mucho taladro, mucho generador, mucha logística, mucha ropa térmica y bastante paciencia. Sin eso, no hay misterio climático que valga.

El núcleo total mide 2,8 kilómetros y llega hasta la zona donde el hielo se acerca al sustrato rocoso, con un tramo profundo especialmente delicado. Los equipos han recuperado también fragmentos de roca enterrados durante millones de años, que se analizarán para saber cuándo estuvieron expuestos por última vez a la luz. Ese dato puede ayudar a precisar la historia del casquete antártico oriental, una de esas piezas que parecen remotas hasta que uno recuerda que las grandes masas de hielo son parte del sistema que regula el clima global.

Hay otro detalle técnico que suena menor y no lo es: el desvío del pozo principal de perforación a más de dos kilómetros de profundidad. Esa maniobra permitirá duplicar muestras de una zona crítica, probablemente vinculada a la transición del Pleistoceno medio. En ciencia, duplicar no es capricho; es protección contra la pérdida, control de calidad, oportunidad de medir varias veces y de repartir material entre técnicas distintas. Aquí cada centímetro cuenta. Literalmente.

La frontera de los 1,2 millones de años

Los análisis preliminares ya habían situado el tramo entre 800.000 y 1,2 millones de años en una profundidad concreta, aproximadamente entre 2.426 y 2.490 metros, justo donde los modelos y los estudios previos esperaban encontrarlo. Esa coincidencia importa porque valida la elección del sitio y el trabajo previo de radar, modelización del flujo del hielo y prospección. No es magia polar; es una mezcla bastante elegante de geofísica, ingeniería y terquedad europea.

En la parte superior de los 2.480 metros más profundos, los investigadores esperan una señal climática de alta resolución, aunque conviene traducir lo de “alta resolución” con cuidado: en esas profundidades, hasta 13.000 años de historia pueden quedar comprimidos en un solo metro de hielo. Vértigo puro. Lo que en superficie ocupa libros enteros, ahí abajo cabe en una franja blanca, estrecha, casi muda, que se corta, se transporta y se analiza como si fuera cristal frágil.

Más abajo, en los últimos 210 metros sobre la roca, el hielo parece otra cosa: más deformado, quizá mezclado, posiblemente recongelado y de origen todavía incierto. Esa parte no tiene por qué ofrecer un calendario limpio, pero puede dar información sobre la historia profunda de la Antártida oriental y sobre cómo se comporta el hielo basal cuando roza la roca, se dobla, se calienta por presión o se recompone en condiciones extremas. La ciencia también vive de esas zonas feas, no solo de los archivos perfectos.

El gran misterio: cuando las eras glaciales cambiaron de ritmo

El centro científico de esta historia está en una pregunta aparentemente sencilla: por qué las eras glaciales dejaron de repetirse cada 41.000 años y pasaron a hacerlo, de manera dominante, cada 100.000 años. Ese cambio, conocido como transición del Pleistoceno medio, ocurrió aproximadamente hace entre 1,2 millones y 900.000 años, y sigue siendo uno de los problemas abiertos de la climatología del pasado. No porque falten teorías, sino porque faltan datos directos de suficiente calidad para separar intuición de evidencia.

La Tierra no entra y sale de las glaciaciones por un solo interruptor. Influyen variaciones orbitales, concentraciones de gases de efecto invernadero, dinámica de los océanos, polvo atmosférico, extensión de los hielos y retroalimentaciones internas del sistema climático. El problema es que, durante esa transición, el planeta cambió el compás sin que la causa esté del todo resuelta. Es como escuchar una canción que de pronto baja la velocidad y se vuelve más grave, pero sin ver al músico que ha tocado el tempo.

El nuevo hielo puede ayudar a observar cómo se relacionaban temperatura y carbono en un mundo anterior al registro clásico de 800.000 años, antes de que los ciclos glaciales largos dominaran la escena. Si el aire atrapado conserva concentraciones de dióxido de carbono, metano y otros gases con suficiente precisión, los laboratorios podrán comparar los cambios atmosféricos con las señales de temperatura y polvo. Ahí está la pieza fina: saber si el carbono acompañaba, amplificaba, anticipaba o respondía de otro modo a aquellas oscilaciones antiguas.

La comparación con el presente será inevitable, aunque no conviene convertir cada dato antiguo en un sermón de sobremesa. Los testigos de hielo anteriores ya habían mostrado que las concentraciones de gases de efecto invernadero durante los periodos cálidos de los últimos 800.000 años no alcanzaron los niveles observados desde la Revolución Industrial, y las mediciones actuales de dióxido de carbono siguen en valores muy superiores a los de la época preindustrial. El contraste no necesita gritar para ser elocuente.

Catorce laboratorios para leer un cilindro blanco

La fase nueva de la noticia está ahora en Europa: los últimos tramos del hielo han llegado a bordo del rompehielos italiano Laura Bassi, mientras 14 laboratorios de 10 países analizan ya las muestras recibidas previamente. El proyecto implica universidades e institutos especializados en isótopos, gases, impurezas, polvo, modelización, hielo basal y cristalografía. Dicho de otro modo: el núcleo se reparte como una biblioteca que nadie puede leer entera con una sola lupa.

Italia coordina el proyecto a través del Instituto de Ciencias Polares del Consejo Nacional de Investigación, con participación de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia, ENEA y el Programa Nacional de Investigación en la Antártida, mientras la logística se apoya también en el Instituto Polar Francés y en el papel del buque Laura Bassi. A su alrededor trabajan instituciones de Bélgica, Dinamarca, Francia, Alemania, Noruega, Suecia, Suiza, Países Bajos y Reino Unido. Europa, cuando se pone seria, todavía sabe montar cosas que no caben en una rueda de prensa de tres minutos.

Cada laboratorio mira una parte del mismo pasado. Unos estudian los isótopos del hielo, otros las burbujas de aire, otros el polvo, otros las impurezas químicas, otros la estructura de los cristales o los gases atrapados. Esa fragmentación no debilita el resultado; lo hace más sólido. Un testigo de hielo de esta edad es demasiado valioso para una sola medición, y demasiado complejo para una única disciplina. La atmósfera antigua no viene con subtítulos. Hay que reconstruirlos.

La dificultad añadida es que las capas profundas están comprimidas hasta extremos casi absurdos. Cuanto más antiguo es el hielo, más fina puede ser la separación entre periodos que en realidad duraron miles de años. Leerlo exige técnicas muy precisas y una obsesión por no contaminar, calentar, romper o malinterpretar el material. El hielo parece sencillo, blanco, limpio. Pero bajo el microscopio y en el espectrómetro se vuelve una novela coral: química, física, atmósfera, océanos, volcanes, polvo continental, viento. Todo en una línea helada.

Por qué importa más allá del récord

El riesgo de contar esta noticia como un récord —el hielo más antiguo, el aire más antiguo, la perforación más profunda— es quedarse en la medalla y perder el asunto serio. El récord llama la atención, sí, pero lo relevante es la continuidad del archivo y la posibilidad de estudiar una transición climática que reorganizó el ritmo de las glaciaciones. Un trofeo se guarda en una vitrina; este cilindro se corta en secciones, se funde, se sublima, se mide, se compara y se discute. Mucho menos fotogénico. Mucho más importante.

También importa porque los modelos climáticos necesitan pasado, no solo presente. Para proyectar mejor lo que puede ocurrir en un planeta con más gases de efecto invernadero, hay que comprobar cómo respondió el sistema terrestre a cambios antiguos, incluso cuando esos cambios tenían causas naturales y ritmos mucho más lentos. Nadie puede copiar el pasado y pegarlo sobre el siglo XXI, pero sí puede usarlo como banco de pruebas. El clima tiene memoria, aunque nosotros tengamos la mala costumbre de vivir en modo notificación.

El hielo de Beyond EPICA no va a entregar una respuesta única, limpia, de esas que caben en una frase redonda para redes sociales. Lo probable es que entregue curvas, márgenes de error, señales cruzadas, discusiones entre equipos y años de publicaciones científicas. Así funciona la buena ciencia: no como un truco de ilusionismo, sino como una conversación lenta con la materia. La Antártida no habla alto. Hay que acercar mucho el oído.

Una memoria fría para un planeta acelerado

El núcleo de hielo de 1,2 millones de años llega en un momento en el que el presente climático avanza con una velocidad que desentona frente a los ritmos antiguos del planeta. Esa tensión es la parte incómoda de la noticia: estamos usando un archivo formado durante más de un millón de años para entender un calentamiento empujado en apenas generaciones. La comparación no es simétrica, y precisamente por eso resulta útil. El pasado profundo no absuelve al presente; lo pone en escala.

Quizá lo más poderoso de esta historia sea su modestia física: un cilindro blanco, transportado con cuidado, repartido entre laboratorios, capaz de contener aire de una Tierra que ningún ser humano vio jamás. No hay espectacularidad volcánica, ni meteorito, ni cráter humeante. Solo hielo. Pero dentro de ese hielo está una pregunta enorme: cómo se ha movido el clima cuando nadie lo estaba midiendo y qué nos dice esa memoria sobre el planeta que estamos alterando. La respuesta tardará. El archivo, al menos, ya está sobre la mesa.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

Lo más leído