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¿Cuándo vota Perú y qué escenarios abre el duelo Fujimori-Sánchez?
Perú vota entre Fujimori y Sánchez con seguridad, paro agrario y dudas electorales marcando una segunda vuelta de alto voltaje político vivo.

Perú votará el domingo 7 de junio en una segunda vuelta presidencial que enfrenta a Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, y Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú. No se elegirá todo de nuevo, sino la fórmula presidencial que gobernará el país durante el periodo 2026-2031. La jornada llega después de una primera vuelta accidentada, con demoras logísticas, actas observadas, acusaciones de fraude sin pruebas concluyentes y un conteo que tardó más de un mes en dejar una fotografía oficial. Perú, otra vez, vota mirando de reojo a su propio sistema electoral.
La pregunta de fondo no es solo quién gana. Es qué país recibe el ganador. La campaña ha quedado absorbida por tres incendios que no caben en un eslogan: la inseguridad, la crisis agraria y la desconfianza institucional. Los agricultores bloquean carreteras por el precio del arroz, el coste de fertilizantes y combustibles, y la entrada de importaciones; los transportistas amenazan con parar por las extorsiones y asesinatos ligados al crimen organizado; y el Jurado Nacional de Elecciones intenta blindar una segunda vuelta que ya nace bajo sospecha. Una democracia puede aguantar tensión. Lo que cuesta más es votar con el país haciendo ruido de chapa vieja.
Una segunda vuelta con el país en carne viva
La segunda vuelta peruana llega después de una primera ronda celebrada el 12 de abril, en la que ningún candidato se acercó al 50% necesario para ganar la presidencia. Fujimori quedó primera con algo más del 17% de los votos válidos y Sánchez pasó al balotaje con cerca del 12%, tras una remontada apoyada en el voto rural y andino. El dato, visto desde fuera, parece modesto; visto desde Perú, es casi una radiografía: una sociedad fragmentada, con un sistema de partidos convertido en un mercado de puestos desmontables y una ciudadanía que vota más por descarte que por entusiasmo.
Fujimori comparece por cuarta vez en una segunda vuelta presidencial, con todo lo que eso implica: experiencia, maquinaria, apellido, rechazo y una memoria política que en Perú nunca duerme del todo. Es la líder de la derecha conservadora más organizada del país, pero también la heredera de un legado que divide como un cuchillo frío. Sánchez, por su parte, llega desde la izquierda de Juntos por el Perú, con un perfil menos conocido internacionalmente y una conexión simbólica con sectores que se sintieron representados por Pedro Castillo: periferia, campo, votantes pobres, regiones hartas de mirar Lima como quien mira una vitrina cerrada.
El resultado de la primera vuelta no resolvió el clima político; lo espesó. La lentitud del escrutinio, las impugnaciones y las fallas de organización alimentaron un ambiente donde cada acta parecía una cerilla. El JNE tardó 33 días en cerrar oficialmente la primera vuelta y confirmar a los dos finalistas. En Lima hubo mesas que no llegaron a instalarse, votantes afectados y un nivel de caos impropio de un país que, pese a todo, conserva una tradición electoral competitiva. La democracia peruana no está muerta, pero sí entra a la cabina con muletas.
Cuándo se vota, dónde se vota y qué debe saber el elector
La segunda elección presidencial se celebrará el domingo 7 de junio de 2026. La cédula incluirá únicamente a las dos organizaciones políticas más votadas en primera vuelta: Fuerza Popular y Juntos por el Perú. El elector deberá marcar una sola opción para definir quién ocupará la presidencia y vicepresidencias durante el periodo 2026-2031.
El voto en Perú es obligatorio para los ciudadanos incluidos en el padrón, con las excepciones previstas por la normativa. Para votar se debe acudir al local asignado por la ONPE y presentar el DNI físico, que puede estar vigente o vencido en determinados supuestos contemplados por las autoridades electorales. Los peruanos en el exterior votan en la oficina consular o local habilitado correspondiente a la ciudad que figura en su registro. No existen mesas de tránsito en el exterior, de modo que quien esté lejos de su sede asignada no puede improvisar el voto como quien cambia de andén.
La jornada electoral se organiza, en términos generales, con mesas abiertas desde la mañana hasta la tarde, y el horario habitual indicado para el exterior es de 7:00 a 17:00, según la hora local de cada ciudad. Para los miembros de mesa, la ONPE reforzó el número de suplentes con el objetivo de asegurar la instalación temprana y evitar repetir el desastre logístico de abril. Es un detalle técnico, sí, pero también político: cuando una mesa no se instala, no falla solo una oficina; falla la confianza de quien caminó, esperó y volvió a casa sin votar.
Quien no votó en primera vuelta puede votar en la segunda. Es importante. No hace falta haber pagado una multa anterior para ejercer el derecho al voto el 7 de junio. Otra cosa son las sanciones posteriores por omisión electoral, que pueden generar restricciones administrativas si no se regularizan. La multa por no votar varía según el nivel de pobreza del distrito: 110 soles en distritos no pobres, 55 soles en distritos pobres y 27,50 soles en distritos de pobreza extrema. Para miembros de mesa que no cumplan su función, la sanción es más alta. Perú convierte así el deber cívico en trámite, castigo y costumbre; no siempre en convicción.
El debate del 31 de mayo, última escena antes del voto
El debate presidencial del 31 de mayo, previsto en el Centro de Convenciones de Lima, será la última gran oportunidad televisiva para Fujimori y Sánchez antes de la jornada decisiva. Los bloques fijados por el JNE son cuatro: seguridad ciudadana, fortalecimiento del Estado democrático y derechos humanos, educación y salud, y economía, empleo y reducción de la pobreza. Sobre el papel, suena ordenado. En la calle, todo está mezclado: el agricultor protesta porque no le salen las cuentas, el conductor teme que le pidan cupo, el votante duda de la mesa, el empresario mira el dólar, la madre pregunta por el colegio. Así se vota en países agotados: no por capítulos, sino con todo encima.
La seguridad será, con toda probabilidad, el terreno más áspero. No solo por las promesas de mano dura, sino por la sensación de que el crimen organizado se ha metido en la vida diaria como humedad en la pared. En varias ciudades, conductores de taxi, mototaxi y autobús denuncian pagos extorsivos a bandas. El transporte urbano y de carga no reclama ya una mejora abstracta, sino poder trabajar sin que una amenaza aparezca bajo la puerta, en el móvil o en la ruta de siempre.
La economía tampoco será una discusión de manual. Fujimori plantea continuidad macroeconómica, orden, lucha contra el crimen y medidas sociales de corte asistencial. Sánchez promete revisar el modelo, poner más énfasis en desarrollo humano, pobreza rural e intervención estatal. En minería, uno de los motores del país, las diferencias inquietan a los inversores: Fujimori propone repartir parte de regalías a comunidades y acelerar proyectos estratégicos; Sánchez habla de revisar contratos, elevar cargas y abrir la puerta a un debate constitucional. Perú, como tantas veces, debate entre crecer y repartir, como si ambas cosas fueran enemigas naturales y no una pareja mal avenida que está obligada a convivir.
Fujimori y Sánchez: dos nombres, dos miedos
Keiko Fujimori llega con una ventaja estrecha en algunas encuestas y con un activo evidente: una marca política reconocible, una estructura territorial más rodada y el deseo de orden de una parte del electorado. Pero también arrastra un antivoto considerable. Para muchos peruanos, el fujimorismo no es solo una opción conservadora; es la sombra de los noventa, el autoritarismo familiar, el Congreso como trinchera y una forma de entender el poder que despierta alergias profundas. Hay votantes que podrían elegirla por miedo al salto al vacío. Hay otros que jamás la votarían aunque enfrente hubiera un cactus.
Roberto Sánchez, en cambio, encarna una promesa de cambio para sectores que consideran agotado el modelo. Su fuerza se alimenta del malestar rural, de la pobreza que no desapareció con el crecimiento y de la distancia casi física entre Lima y el resto del país. Su candidatura habla a quienes sienten que el Estado solo llega para cobrar, multar o reprimir, pero rara vez para resolver. Su problema es el espejo contrario: despierta temor en mercados, clases medias urbanas y votantes que asocian a la izquierda reciente con improvisación, conflicto institucional y el recuerdo todavía caliente del gobierno de Pedro Castillo.
Ambos candidatos llegan con flancos judiciales y políticos. Fujimori carga con años de investigaciones, polarización y una marca desgastada por su papel parlamentario. Sánchez afronta cuestionamientos vinculados a presuntos aportes de campaña no declarados. Nada de esto sorprende demasiado en Perú, donde la política parece operar desde hace años bajo una nube de sospecha permanente. Lo trágico es que esa normalización ya casi no escandaliza. La corrupción se volvió paisaje. Mal paisaje, pero paisaje.
Seguridad: el tema que devora la campaña
La inseguridad ciudadana se ha convertido en el gran idioma común de la elección. No importa si el votante es de derechas, de izquierdas o de esa inmensa patria del “ninguno me convence”: el miedo atraviesa barrios, rutas, mercados, colegios y pequeñas empresas. La extorsión ha dejado de ser una palabra de crónica policial para convertirse en un impuesto criminal. Se paga por abrir, por circular, por vender, por vivir. El Estado mira, promete, despliega operativos; la gente sigue contando muertos.
El transporte es uno de los sectores más golpeados. Gremios de carga, transporte urbano e interprovincial anunciaron un paro nacional indefinido desde el 2 de junio por inseguridad, precios del combustible y supuestos incumplimientos del Ejecutivo. La fecha no es menor: cinco días antes de la segunda vuelta. Si la protesta se consolida, la campaña entraría en sus últimas horas con buses parados, rutas tensionadas y una imagen poderosa: un país que tiene que elegir presidente mientras parte de su movilidad amenaza con apagarse.
Para Fujimori, este escenario puede reforzar su discurso de autoridad. Para Sánchez, puede abrir una crítica al Estado ausente y a la incapacidad de las élites para garantizar derechos básicos. Pero el elector no vive en un gráfico de campaña. Vive en calles donde cerrar tarde puede ser un riesgo, en negocios pequeños que reciben amenazas, en combis donde el conductor mira más el retrovisor que el semáforo. La seguridad ya no es promesa; es supervivencia cotidiana.
El campo bloquea carreteras y entra en la urna
La protesta agraria convocada por Conveagro ha paralizado o afectado regiones clave con bloqueos en carreteras y reclamos centrados en la caída de precios, el coste de fertilizantes y combustibles, y la importación de arroz. Productores arroceros, bananeros, cañicultores, cafetaleros, lecheros y limoneros denuncian que producir se ha vuelto una apuesta casi absurda: trabajar más para perder más. La frase suena exagerada hasta que uno mira la cuenta de insumos, transporte y precio en chacra. Entonces deja de sonar a consigna.
Los gremios reclaman la declaratoria de emergencia del sector agropecuario, medidas frente a las importaciones de arroz y respuestas ante el encarecimiento de los insumos. En Piura, San Martín, Lambayeque, Arequipa, Puno, Ucayali, Huánuco, Tumbes y La Libertad se han registrado bloqueos o afectaciones. Algunas rutas quedaron cortadas, se alteró el abastecimiento de mercados y en zonas como Piura se recurrió a clases remotas por la dificultad de desplazamiento. El campo, una vez más, obliga a la capital a mirar hacia fuera de su ombligo.
La protesta golpea de lleno el corazón de la campaña porque conecta con la base social que puede decidir la elección. Sánchez ha encontrado fuerza en regiones pobres y rurales, donde el discurso de cambio tiene más tierra bajo las uñas. Fujimori intenta disputar ese terreno con ayudas directas, bonos y promesas de asistencia social. Pero el malestar agrario no se compra solo con una tarjeta o una frase de mitin. Pide precio, crédito, riego, protección frente a importaciones, carreteras, Estado. Pide algo muy sencillo y muy revolucionario en América Latina: que sembrar no sea una ruina.
Quién llega favorito y qué escenarios se pueden abrir
La ventaja de Fujimori existe, pero no parece cómoda. Una encuesta de Ipsos situó a la candidata de Fuerza Popular con 39% de intención de voto frente al 35% de Sánchez, con un margen de error de 2,8 puntos. Ese dato sugiere una ligera delantera fujimorista, no una victoria cantada. El porcentaje de quienes declaran que votarían en blanco, nulo o por ninguno sigue siendo alto. En una segunda vuelta tan polarizada, el “no quiero a ninguno” también vota. A veces decide.
El primer escenario es una victoria de Fujimori por margen estrecho. Sería interpretada por sus seguidores como mandato para restaurar orden, seguridad y confianza económica. Sus adversarios, sin embargo, podrían verla como regreso del fujimorismo al poder con una legitimidad discutida por el antivoto. El gran reto sería gobernar sin convertir el Congreso y el aparato estatal en una prolongación de la revancha. Perú no necesita un Gobierno que confunda autoridad con apisonadora. Ya tuvo bastante de eso, y no le salió precisamente gratis.
El segundo escenario es una victoria de Sánchez, probablemente leída como rebelión de las regiones pobres y del voto rural frente al sistema limeño. Abriría expectativas de reforma social y económica, pero también temores en inversión, minería y política fiscal. Su desafío sería demostrar que cambio no significa salto al vacío, y que hablar de Estado no equivale a improvisar desde un balcón. La izquierda peruana tiene una oportunidad, pero también una mochila pesada: convencer a un país escéptico de que puede gobernar sin incendiar la casa para demostrar que existe.
El tercer escenario, y quizá el más delicado, es un resultado muy ajustado con conteo largo. El presidente del JNE ya ha advertido que la proclamación podría tardar semanas si se repiten impugnaciones, actas observadas y carga procesal. La primera vuelta dejó una advertencia clara: la noche electoral puede no dar un ganador definitivo. En un clima de denuncias previas, sospechas y heridas abiertas, cada día de demora puede volverse combustible. Perú no solo necesita contar votos; necesita que la gente crea que esos votos han sido contados.
El cuarto escenario es una crisis poselectoral por desconocimiento del resultado. No es una fantasía. Rafael López Aliaga ya rechazó el desenlace de la primera vuelta y habló de fraude. Aunque observadores y autoridades no encontraron pruebas de una manipulación sistemática, el daño político está hecho: cuando el fraude se instala como reflejo, cualquier derrota se vuelve conspiración. La democracia peruana debe prepararse para algo más que organizar mesas. Debe proteger la legitimidad del proceso, una tarea menos visible que imprimir papeletas y bastante más difícil.
Un país votando entre el miedo y la intemperie
Perú llega al 7 de junio con una escena que parece escrita por un novelista cansado: dos candidatos que dividen al país, agricultores en las carreteras, transportistas amenazando paro, mercados atentos, electores desconfiados y un sistema electoral obligado a demostrar que aprendió de sus errores. No es una elección limpia de ruido. Tampoco una elección menor. Se decide quién gobernará un país con recursos enormes, desigualdades persistentes y una paciencia ciudadana cada vez más corta.
Fujimori ofrece orden, continuidad económica y mano dura. Sánchez promete cambio, atención al campo y revisión del modelo. Entre ambos queda una masa de votantes que no pide poesía institucional, sino cosas más concretas: seguridad para trabajar, precios que no hundan al productor, colegios abiertos, hospitales dignos, un Estado que no llegue tarde y una política que no trate al ciudadano como figurante entre campañas.
El ganador no recibirá un cheque en blanco. Recibirá un país nervioso, partido y vigilante. Y quizá esa sea la única buena noticia dentro del barro: Perú no está dormido. Está enfadado, sí; descreído, también; cansado, muchísimo. Pero sigue votando. Con rabia, con dudas, con el DNI en la mano y una pregunta áspera flotando sobre la urna: esta vez, quién será capaz de gobernar sin volver a romperlo todo.










