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¿Por qué hay colegios a 35 grados? Bilbao alerta de aulas sin sombra

El golpe de calor de una niña en Bilbao abre el debate sobre colegios sin sombra, aulas recalentadas y protocolos que llegan demasiado tarde.

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niño con calor en el cole

Una niña de cuatro años fue trasladada en ambulancia desde la escuela pública Pagasarribide, en Bilbao, tras sufrir un golpe de calor durante una jornada marcada por temperaturas muy altas en Euskadi. La menor fue atendida, se recuperó y regresó a su domicilio, pero el episodio ha puesto nombre, rostro y termómetro a un problema que llevaba tiempo cociéndose en silencio: aulas por encima de los 30 grados, patios sin sombra suficiente, edificios escolares envejecidos y medidas que llegan con retraso, como esos toldos administrativos que parecen viajar en diligencia.

El caso no permite decir que todos los colegios españoles sean inseguros, ni conviene caer en el aspaviento fácil. Pero tampoco permite lo contrario: no todos los centros están preparados para episodios de calor cada vez más tempranos, intensos y persistentes. En Bilbao, las familias de Pagasarribide denuncian aulas a 32 grados desde primera hora, cartulinas pegadas en las ventanas para frenar el sol y falta de zonas de sombra reales. Educación ha activado adaptaciones horarias y orientaciones para evitar actividades en las horas más duras, buscar espacios frescos y favorecer la hidratación. Bien. Solo que el calor no suele pedir cita previa al departamento competente.

El caso de Pagasarribide: una alarma en plena mañana

El episodio ocurrió en el IPI Pagasarribide, un centro público situado en Bilbao, durante una semana de calor intenso que ha llevado a activar avisos meteorológicos en Euskadi. Según la información difundida por medios vascos, la niña fue trasladada a un centro hospitalario por un golpe de calor y, tras recibir asistencia, se recuperó. La AMPA sostiene que no fue un hecho aislado: habla de otros incidentes recientes relacionados con el calor, incluido el traslado de otro menor al Hospital de Basurto y el mareo de un niño de tres años.

El detalle más inquietante no es solo la ambulancia. Es la hora. Familias del centro han asegurado que el desmayo se produjo hacia las 9.30, cuando algunas aulas ya marcaban 32 grados. Es decir: no hablamos del bochorno de las cuatro de la tarde, de la solana cayendo como una losa sobre el patio, sino de una escuela que empieza el día con el aire espeso, como si el edificio hubiera pasado la noche guardando calor en los muros.

La dirección del centro aplicó jornada continua durante varios días, de 8.00 a 15.00 horas, manteniendo el comedor. La medida se presentó como una decisión de salud, no como un capricho organizativo. Pero ahí aparece una de las grietas habituales: cuando se reduce horario, el problema térmico no desaparece, simplemente cambia de manos. Lo absorben las familias, los docentes, los equipos directivos, el comedor, la conciliación. El aula sigue caliente. Solo que durante menos horas.

En Pagasarribide, las familias han descrito también un paisaje de soluciones pobres: cartulinas en cristales, ventiladores traídos de casa, ventanas que no siempre se pueden abrir, patios sin sombra suficiente. Hay algo casi noventero —y bastante triste— en esa escena: niños de primaria protegiéndose del sol con manualidades de emergencia mientras las administraciones hablan, con solemnidad de salón refrigerado, de resiliencia climática.

Bilbao no es una excepción cómoda

El Departamento de Educación del Gobierno Vasco ha reconocido actuaciones en varios centros vizcaínos y ha señalado que Luis Briñas, Pagasarribide, Indautxuko Eskola y Zurbaran han aplicado medidas organizativas por el calor. También trabaja en toldos y protecciones solares en centros como Luis Briñas, Indautxuko Eskola, Pagasarribide, Legarda, Antonio Trueba o Bagatza.

La respuesta vasca tiene una parte sensata: analizar cada caso, adaptar horarios, reforzar ventilación, evitar ejercicio físico en las horas de más calor, buscar sombra e hidratación. Pero la pregunta incómoda queda flotando: por qué tantos centros necesitan soluciones de urgencia cuando el calor extremo ya no es una rareza. El calendario escolar no ha descubierto mayo este año. Las olas de calor tampoco han entrado por la puerta de atrás.

El problema se repite en otras comunidades. En Aragón, Educación ha lanzado el plan “Aulas que respiran”, con una consulta a los centros para recabar datos sobre temperaturas máximas, impacto del calor, estado de instalaciones, ventilación, aislamiento, sombreado y necesidades de climatización. La propia administración aragonesa admite así que antes de actuar hace falta algo elemental: saber qué pasa dentro de las aulas, no solo mirar la previsión meteorológica desde fuera.

En Madrid, familias del centro de la capital se han movilizado por la climatización de colegios públicos con aulas que ya habían alcanzado temperaturas muy altas en cursos anteriores. En Murcia, sindicatos y asociaciones de familias han reclamado planes urgentes por centros sin climatización suficiente. En Andalucía, el asunto lleva años en discusión bajo la etiqueta de bioclimatización. España es diversa hasta para sudar: en unos lugares falta aire acondicionado; en otros, sombra; en otros, aislamiento; en muchos, todo a la vez.

No todos tienen aire acondicionado, y no basta con comprar aparatos

La respuesta rápida sería instalar aire acondicionado en todas partes. Suena sencillo: máquina, mando, frío. Casi una fantasía doméstica aplicada a la escuela. Pero los colegios no son pisos particulares, y menos aún cuando hablamos de edificios antiguos, redes eléctricas limitadas, ventanas deficientes, fachadas mal orientadas, patios de cemento y presupuestos repartidos entre varias administraciones.

La mayoría de centros en España no cuenta con un sistema de climatización completo y, en muchos casos, las ventanas siguen siendo el remedio básico para mover algo de aire. También se ha denunciado la falta de datos oficiales completos sobre cuántos colegios están climatizados de verdad. Ese vacío estadístico es, en sí mismo, una noticia: no se puede gobernar bien un mapa que ni siquiera está dibujado.

El aire acondicionado puede ser necesario en determinados espacios, desde luego. Infantil, aulas de orientación, comedores, bibliotecas, zonas donde haya alumnado vulnerable, dependencias con mala ventilación o edificios expuestos a insolación directa. Pero si se instala frío sin mejorar antes el edificio, se corre el riesgo de convertir la escuela en una nevera cara con paredes de colador. Aislamiento, ventilación cruzada, toldos, persianas exteriores, arbolado, cubiertas vegetales, patios renaturalizados, carpinterías decentes, placas solares y sistemas eficientes no son adornos verdes para una memoria institucional; son infraestructura básica.

La sombra, por su parte, tampoco puede ser una idea poética. Debe existir, medirse y servir. Un patio con una esquina cubierta donde caben veinte niños de trescientos no es un patio adaptado: es una coartada con tejadillo. En los colegios, la sombra debería ser tan normal como la pizarra, la fuente de agua o la puerta de emergencia. La diferencia es que la puerta de emergencia se ve incluso cuando no hay incendio. La sombra solo se echa de menos cuando el sol ya está mordiendo.

Lo que dice la normativa y lo que todavía queda en el aire

La normativa laboral española establece que, en locales cerrados donde se realicen trabajos sedentarios, la temperatura debe situarse entre 17 y 27 grados, y entre 14 y 25 grados para trabajos ligeros. Ese marco protege al personal trabajador, incluido profesorado y personal no docente cuando el aula funciona como lugar de trabajo. No es exactamente una ley de confort térmico escolar para niños, y ahí está parte del agujero: los adultos tienen una referencia laboral clara; el alumnado, especialmente el más pequeño, depende de protocolos, instrucciones y sentido común administrativo.

El Defensor del Pueblo ya recomendó evaluar la situación de los centros públicos para determinar mejoras de eficiencia energética y adoptar medios contra las altas temperaturas, con especial atención a escuelas infantiles. También recordó que las olas de calor no son una circunstancia extraordinaria si se repiten cada año en las mismas fechas, frase que convendría poner en la puerta de algunos despachos, justo al lado del calendario.

Canarias, una comunidad obligada a convivir con episodios térmicos serios, dispone de un protocolo educativo actualizado que plantea adaptar la prestación del servicio, proteger la salud, coordinar la respuesta con emergencias y prever incluso reducción de jornada o enseñanza no presencial cuando sea necesario. No es un modelo perfecto exportable sin matices, pero sí muestra una dirección: protocolos claros, responsabilidades definidas y decisiones tomadas antes de que el aula parezca un vagón cerrado al sol.

La cuestión de fondo es que España ha avanzado a golpe de alarma. Cuando llega el frío, se revisan calderas. Cuando llega el calor, aparecen ventiladores. Cuando hay un mareo, se cambia el horario. Cuando llega una ambulancia, se promete acelerar lo que ya estaba previsto. Es la política pública como persiana bajada a medias: tapa algo, pero deja entrar la luz por todos los bordes.

El riesgo sanitario: los niños pequeños no son adultos bajitos

El golpe de calor no es un simple sofoco. Es una alteración grave de la regulación térmica del cuerpo, con síntomas que pueden incluir mareo, confusión, debilidad, piel caliente, dolor de cabeza, vómitos o pérdida de conciencia. En población infantil, el margen de seguridad es menor. Los niños pequeños no siempre identifican lo que les ocurre, no piden agua a tiempo, no se quitan ropa, siguen jugando hasta que el cuerpo dice basta. Y cuando dice basta, suele decirlo tarde.

El Plan Nacional de actuaciones preventivas por exceso de temperatura incluye entre los factores personales de riesgo a los lactantes y menores de cuatro años, y entre los factores ambientales cita expresamente la exposición a olas de calor en centros educativos. También estima que entre 2015 y 2025 hubo decenas de miles de defunciones atribuibles a altas temperaturas en España, concentradas sobre todo en personas mayores, pero el dato ilustra que el calor ya no puede tratarse como una molestia estacional.

En Euskadi, el primer episodio de calor intenso del año dejó decenas de personas atendidas por síntomas relacionados con altas temperaturas, como mareos, desmayos, fatiga y desorientación, con Bizkaia como territorio más afectado. La edad de los atendidos iba desde los dos años, lo que ayuda a entender por qué un colegio no puede gestionar el calor como si fuera solo incomodidad ambiental.

La seguridad escolar, por tanto, no se puede medir únicamente por la ausencia de accidentes graves. Un centro no es seguro porque “no ha pasado nada todavía”. Ese argumento sirve para cruzar vías del tren con los ojos cerrados hasta el día en que deja de servir. Un colegio seguro frente al calor debe tener medición de temperatura interior, sombra suficiente, ventilación, agua accesible, protocolos conocidos, personal formado para detectar síntomas y una cadena de decisión rápida. Y si no se puede garantizar eso, la actividad debe adaptarse.

La escuela que viene necesita sombra, datos y menos parches

El debate no va solo de Bilbao, ni de una semana caliente, ni de una administración concreta. Va de cómo se adapta la escuela pública a un clima que ya ha cambiado. Informes recientes sobre centros educativos advierten de que una parte importante de los edificios escolares fue construida antes de que la adaptación climática entrara en serio en la agenda pública. Y eso se nota: aulas mal orientadas, patios duros, poca vegetación, ventanas insuficientes, fachadas expuestas, falta de sombra, ventilación escasa. Una suma pequeña de fallos que, bajo el sol, se convierte en una suma grande.

Ese dato no describe toda España de la misma manera, pero ilumina el problema general: muchas escuelas fueron diseñadas para un país donde el calor fuerte llegaba al final de curso y se soportaba con ventanas abiertas, agua del grifo y paciencia. Ese país se ha movido. Ahora hay episodios de calor temprano, noches tropicales, ciudades con menos arbolado del necesario y aulas donde aprender se vuelve una carrera contra el termómetro.

La respuesta seria exige un inventario público y actualizado de los centros: temperaturas interiores, orientación de aulas, disponibilidad de sombra, ventilación, aislamiento, potencia eléctrica, número de alumnos vulnerables, patios, comedores, bibliotecas, gimnasios. Sin esos datos, las decisiones se toman como se arregla una gotera con un cubo: funciona hasta que cambia el viento.

También exige distinguir entre medidas inmediatas y reformas estructurales. Lo inmediato: hidratar, cambiar horarios, evitar actividad física intensa, usar espacios más frescos, vigilar síntomas, permitir salidas al patio solo cuando haya sombra suficiente, comunicar con claridad a las familias. Lo estructural: rehabilitar edificios, sombrear fachadas, plantar árboles, cubrir patios, instalar sistemas eficientes de climatización cuando hagan falta, mejorar ventanas y aislamientos, aprovechar energía solar y diseñar nuevos centros como si el calendario climático hubiera dejado de ser el de 1985. Porque lo ha dejado de ser.

Una escuela no debería depender de una cartulina

Lo ocurrido en Pagasarribide no convierte todos los colegios en hornos, pero sí rompe una ficción cómoda: la de pensar que la escuela está automáticamente protegida por ser escuela. No. Un edificio público también envejece, acumula retrasos, sufre mala orientación, queda atrapado entre cemento y burocracia. Y cuando el calor entra, no distingue entre matemáticas, psicomotricidad o comedor.

La niña de Bilbao está bien, y eso es lo esencial. Pero que esté bien no debería servir para rebajar el problema, sino para corregirlo antes de que otro episodio acabe peor. La escuela española necesita sombra real, climatización inteligente, rehabilitación energética y protocolos comunes que no dependan del heroísmo de una dirección, de la presión de una AMPA o de una profesora llevando un ventilador desde casa. La cartulina en la ventana tiene algo de ternura, sí. También tiene algo de derrota.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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