Salud
¿Cómo vive Paz Padilla con dislexia y qué síntomas tiene realmente?
Paz Padilla habla de su dislexia, cómo la vive desde niña, qué síntomas provoca y cuántas personas conviven con ella en España y en el mundo.

Foto: X.com
Paz Padilla ha vuelto a hablar públicamente de la dislexia que tiene desde siempre y de pequeños tropiezos que forman parte de su vida cotidiana: intercambiar palabras, confundirse con determinados nombres, trastocar el orden de las letras, dudar con la derecha y la izquierda o necesitar algo más de tiempo para procesar cierta información escrita. No está atravesando una nueva enfermedad ni ha comunicado un empeoramiento de su salud. La presentadora describe una dificultad de aprendizaje que la acompaña desde niña y que, como ella misma ha recalcado, no guarda relación con la inteligencia.
La conversación ha cobrado fuerza en agosto de 2026 después de que Padilla abordara el asunto en El Show de Paz, su programa de Telecinco, a raíz de un contenido dedicado a la tartamudez. Después llevó la explicación a sus redes sociales. “Soy disléxica, lo he sido toda mi vida y no me avergüenzo de decirlo”, escribió. Hay, eso sí, un matiz importante: no es la primera vez que lo revela. Ya en diciembre de 2018 había contado públicamente que ella, su hija Anna y sus hermanos tenían dislexia.
Lo que ha contado Paz Padilla sobre su dislexia
La presentadora gaditana ha explicado el trastorno desde experiencias bastante menos solemnes que una definición clínica. A veces puede conocer perfectamente el nombre de una persona y decir otro parecido; puede cambiar el orden de una palabra corta, confundirse entre dos días de la semana o tardar un instante en situar derecha e izquierda. También ha hablado de las burlas que recibe cuando alguno de esos errores aparece en público o en sus redes. La vieja costumbre de confundir una dificultad para leer o escribir con falta de cultura sigue teniendo una salud magnífica, por desgracia.
Padilla ha utilizado incluso ejemplos como cambiar “sol” por “los” o confundir letras visualmente similares. Son manifestaciones posibles, aunque conviene no convertirlas en un test casero: invertir una letra de vez en cuando no significa tener dislexia. El trastorno se identifica por un patrón persistente de dificultades en la precisión o fluidez lectora, la descodificación, la ortografía y otros procesos vinculados al lenguaje escrito, evaluados en relación con la edad, la enseñanza recibida y el resto de capacidades de la persona.
En el caso de Paz Padilla hay otra circunstancia reveladora. Cuando habló del asunto años atrás explicó que la dislexia también aparecía en otros miembros de su familia. No es una anécdota irrelevante: la ciencia lleva tiempo observando una importante influencia genética, aunque tener familiares con dislexia no significa que todos los descendientes vayan necesariamente a desarrollarla.
Qué es realmente la dislexia y por qué no afecta a la inteligencia
La dislexia se encuadra entre las dificultades o trastornos específicos del aprendizaje, con especial impacto sobre la adquisición y automatización de la lectura y la escritura. El cerebro no es incapaz de comprender el lenguaje ni la persona “ve mal” las palabras en un sentido literal; el problema está, de forma simplificada, en determinados procesos que permiten convertir con rapidez y precisión los signos escritos en sonidos, palabras y significado.
Puede afectar a personas con cualquier nivel intelectual. Ese punto merece insistencia porque durante décadas muchos niños con dislexia fueron etiquetados como vagos, distraídos o poco capaces cuando, en realidad, podían entender perfectamente una explicación oral y atascarse al enfrentarse a la misma información sobre una página. Inteligencia y dislexia son cuestiones diferentes.
Tampoco es una enfermedad que aparezca repentinamente en la edad adulta como una infección o un deterioro neurológico adquirido. Es una condición del neurodesarrollo que suele hacerse visible cuando aumenta la exigencia de leer y escribir. Puede persistir durante toda la vida, aunque sus manifestaciones cambian porque las personas desarrollan estrategias y automatismos para compensarlas. En un adulto con experiencia —una presentadora acostumbrada a guiones, cámaras y directos, por ejemplo— algunas dificultades pueden quedar perfectamente camufladas durante buena parte del tiempo.
Por qué aparece y cuánto pesa la genética
No existe una única “causa de la dislexia”. La explicación científica actual apunta a una combinación compleja de factores genéticos, neurobiológicos, cognitivos y ambientales. Los estudios familiares y con gemelos han encontrado una heredabilidad considerable; distintos trabajos la sitúan habitualmente alrededor del 40%-60%, mientras grandes investigaciones genéticas han identificado numerosas variantes asociadas al riesgo.
Uno de los mayores estudios genéticos realizados hasta la fecha analizó más de 51.000 adultos con dislexia y más de un millón de personas de control. La investigación identificó 42 regiones genómicas asociadas significativamente con el trastorno. Eso no significa que exista “el gen de la dislexia”; justo al contrario. El dibujo que emerge es poligénico, compuesto por muchas pequeñas influencias que se combinan entre sí y con el desarrollo de cada persona.
Por eso la experiencia familiar relatada por Padilla resulta compatible con lo que conoce la ciencia. Que varias personas de una familia tengan dislexia no es extraño. Tampoco permite predecir automáticamente quién la tendrá ni con qué intensidad.
Cuáles son los síntomas de la dislexia en niños y adultos
La imagen popular de la dislexia se ha quedado pegada durante años a una escena: letras que aparecen del revés. Es bastante más amplia. En niños pueden aparecer una lectura lenta o vacilante, errores frecuentes de ortografía, dificultad para relacionar letras y sonidos, problemas para recordar secuencias, esfuerzo desproporcionado al leer en voz alta o rendimiento lector inferior al esperable para su edad.
En adultos el paisaje cambia. Una persona puede leer correctamente pero necesitar más tiempo, releer varias veces un texto, cometer faltas aparentemente inexplicables, confundir palabras parecidas, olvidar nombres o fechas, tener problemas con determinadas secuencias o acabar exhausta después de muchas horas trabajando con documentos. Algunas personas también encuentran más incómodas las instrucciones largas dadas de una sola vez, la planificación o la orientación entre izquierda y derecha.
Aquí encajan bastante bien varios de los ejemplos que ha dado Paz Padilla. Son pequeñas fricciones, no una incapacidad general. El cerebro llega al destino, pero en algunos trayectos utiliza una carretera menos directa.
Y tampoco todas las personas presentan los mismos síntomas. Hay grados y perfiles muy diferentes. Una puede sufrir mucho con la ortografía pero leer razonablemente rápido; otra, escribir bien después de años de práctica y seguir necesitando más tiempo para leer. El cansancio y la presión también pueden hacer más visibles dificultades que normalmente permanecen compensadas.
Cuántas personas tienen dislexia en España y en el mundo
Aquí conviene manejar los números con cuidado. No existe un censo mundial de personas con dislexia y las estimaciones cambian según la definición, la edad estudiada, el idioma y los criterios empleados para diagnosticarla. La literatura científica suele situar la prevalencia aproximadamente entre el 5% y el 10% de los niños en edad escolar, aunque algunos estudios manejan intervalos mayores. Una revisión y metaanálisis publicada en 2025 calculó una prevalencia conjunta del 5,7% entre escolares de Primaria, con un intervalo de confianza del 4,5% al 6,9%.
Otra de las grandes investigaciones genéticas sobre dislexia parte de una magnitud fácil de visualizar: aproximadamente uno de cada diez niños puede estar afectado. Hablamos, por tanto, de una de las dificultades específicas de aprendizaje más frecuentes, presente en lenguas y sistemas de escritura muy diferentes.
En España circula con frecuencia una estimación cercana al 10% de la población, equivalente a varios millones de personas. No debe confundirse, sin embargo, con un recuento de diagnósticos oficiales. El Ministerio de Educación no ofrece un censo independiente de alumnado con dislexia, sino categorías educativas más amplias.
El dato oficial más reciente ayuda a colocar el problema en perspectiva. Durante el curso 2024-2025, 1.255.443 estudiantes españoles, el 15,6% del alumnado, recibieron algún tipo de apoyo por necesidades educativas específicas. Dentro de las necesidades no vinculadas a discapacidad o trastornos graves, el Ministerio contabilizó 936.328 alumnos y señaló que un 26,8% recibía apoyo por trastornos del aprendizaje. Eso ronda los 251.000 estudiantes, pero la categoría es más amplia que la dislexia y no puede utilizarse como si fuese un censo de niños disléxicos.
La diferencia entre prevalencia estimada, identificación y apoyo efectivo explica por qué las cifras nunca encajan como piezas de Lego. Hay personas diagnosticadas, otras que presentan dificultades sin diagnóstico y adultos que aprendieron a compensarlas durante años antes incluso de saber ponerles nombre.
Cómo se detecta la dislexia y qué ayuda de verdad
La detección no consiste en comprobar si alguien confunde la “b” y la “d”. Una evaluación adecuada analiza la historia escolar, lectura de palabras y pseudopalabras, precisión, fluidez, ortografía, procesamiento fonológico y otras capacidades relacionadas, teniendo también en cuenta posibles problemas visuales, auditivos o educativos que puedan explicar las dificultades. En niños suele intervenir el ámbito escolar y profesionales especializados; en adultos también pueden realizarse evaluaciones específicas de dislexia.
No existe una pastilla que elimine la dislexia ni una “cura” que convierta un cerebro disléxico en otro que no lo sea. Sí existen intervenciones capaces de mejorar notablemente la lectura y reducir su impacto, especialmente cuando se actúa pronto. La enseñanza explícita y sistemática de la correspondencia entre sonidos y letras, el trabajo de conciencia fonémica, la práctica de lectura y los apoyos individualizados cuentan con respaldo científico.
En etapas posteriores entran también herramientas bastante prosaicas, pero eficaces: correctores ortográficos, lectores de texto, dictado por voz, materiales digitales accesibles, más tiempo en determinadas tareas y formas alternativas de presentar información. No son privilegios ni atajos académicos; pretenden evitar que una dificultad concreta para procesar lenguaje escrito termine midiendo, por accidente, capacidades que nada tienen que ver con ella.
España reconoce legalmente al alumnado con dificultades específicas de aprendizaje dentro de las necesidades de apoyo educativo y establece que las administraciones deben identificar sus necesidades de forma temprana, garantizar la inclusión y evitar la discriminación. La aplicación práctica puede variar entre territorios y centros, pero el principio educativo está negro sobre blanco.
Una dificultad de por vida que no marca el techo de nadie
La nueva explicación de Paz Padilla tiene valor precisamente porque desinfla un prejuicio bastante resistente. Una mujer que lleva más de tres décadas trabajando delante de cámaras, memorizando textos, improvisando y presentando programas puede ser disléxica. Una cosa no contradice la otra.
Padilla tampoco acaba de descubrirlo. Habla de una condición conocida desde hace años, presente también en su familia y que ella ha aprendido a integrar en su vida profesional. Lo nuevo es la exposición pública que le ha dado en agosto de 2026 desde El Show de Paz y sus redes, después de comprobar que algunos errores todavía provocan burlas.
La dislexia puede complicar la lectura, la escritura, la memoria verbal o determinadas secuencias; en la escuela, si nadie la detecta, puede dejar detrás frustración y una falsa sensación de incapacidad. Pero no determina la inteligencia ni fija el techo profesional de una persona. Con identificación, enseñanza adecuada y herramientas de apoyo, muchas de esas dificultades se compensan. El problema más torpe, a veces, sigue estando fuera del cerebro disléxico: creer que leer más despacio significa pensar peor.










