Naturaleza
¿Qué significa que el cero térmico supere 4.500 metros en los Alpes?
El cero térmico supera los 4.500 metros en los Alpes y acelera el deshielo, reduce las reservas de agua y agrava los riesgos en alta montaña.

Resumen
- El cero térmico supera los 4.500 metros y acelera el deshielo alpino
- La escasa nieve deja el hielo expuesto y reduce las reservas de agua
- El calor también eleva el riesgo de desprendimientos en alta montaña
La ola de calor instalada sobre buena parte de Europa ha elevado el cero térmico por encima de los 4.500 metros en sectores de los Alpes, una cota superior a la mayoría de sus cumbres. En términos claros: prácticamente toda la cordillera ha quedado expuesta a temperaturas capaces de fundir nieve y hielo, incluidas zonas que hace unas décadas conservaban condiciones invernales incluso durante el verano.
El episodio acelera el deshielo de unos glaciares que han llegado a junio con poca nieve acumulada. Esa combinación —calor intenso arriba, escaso manto protector debajo— favorece pérdidas rápidas de masa, debilita algunas estructuras de hielo y adelanta el momento en que los ríos dejan de recibir suficiente agua de fusión. El balance definitivo no podrá conocerse hasta el final del verano, pero el escenario de partida es malo. Bastante malo.
El cero térmico se ha quedado sin montaña
El cero térmico es la altitud de la atmósfera libre en la que la temperatura alcanza los cero grados. Por debajo de esa línea, el aire suele ser más cálido; por encima, más frío. No debe confundirse con la cota de nieve ni significa que cada roca, pared o rincón del glaciar tenga exactamente la misma temperatura: la orientación, el viento, las sombras y el relieve crean diferencias locales. Aun así, funciona como un termómetro bastante elocuente del calor que invade la alta montaña.
Durante la segunda mitad del siglo XX, esa frontera se situaba en los Alpes alrededor de los 2.950 metros de media. En las últimas décadas ha ascendido hasta unos 3.300 o 3.400 metros, según el científico Carlo Barbante, del Instituto de Ciencias Polares del Consejo Nacional de Investigaciones de Italia y de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia. La actual masa de aire cálido la ha empujado otros mil metros hacia arriba.
Las previsiones oficiales italianas situaron el 26 de junio el cero térmico entre 4.500 y 4.600 metros en el Piamonte. En el Trentino también se esperaba que superase los 4.500. No es un número decorativo de boletín meteorológico: el Mont Blanc alcanza los 4.806 metros, el Monte Rosa ronda los 4.634 y la mayoría de los glaciares alpinos se encuentran mucho más abajo. El frío, literalmente, apenas encuentra dónde agarrarse.
La nieve escasa deja el hielo a la intemperie
La salud de un glaciar depende de un balance relativamente sencillo de explicar y bastante difícil de conservar. Durante el invierno acumula nieve; durante el verano pierde parte de ella y también hielo. Cuando la acumulación supera la fusión, gana masa. Cuando ocurre lo contrario, adelgaza. En los Alpes, el segundo resultado se ha convertido en costumbre.
La nieve reciente tiene un color blanco brillante y refleja buena parte de la radiación solar. Actúa como una sombrilla natural sobre el hielo antiguo. Si el invierno deja poca nieve o esta desaparece pronto, emerge una superficie grisácea, a veces manchada por polvo, sedimentos o partículas oscuras, que absorbe más energía. El glaciar comienza entonces a cocinarse a fuego lento. Después, no tan lento.
El paraguas blanco que desaparece demasiado pronto
Este efecto se conoce como pérdida de albedo, el porcentaje de radiación que una superficie devuelve a la atmósfera. Una capa blanca refleja mucho; el hielo oscuro, bastante menos. Cuanto antes queda expuesto el glaciar, más larga es su temporada de fusión y mayor la cantidad de energía que absorbe.
Eso explica por qué un invierno mediocre puede pesar tanto como un verano extremo. El calor de finales de junio no cae sobre un depósito rebosante de nieve, sino sobre una reserva debilitada. Barbante ha advertido de que la cobertura nival es muy escasa y de que los efectos empiezan a percibirse en la sequía de los ríos. Primero sobra agua, porque el deshielo corre deprisa; más tarde falta. La montaña adelanta el pago y después pasa la factura.
La situación se agrava durante las llamadas noches tropicales, aquellas en las que la temperatura no baja de los 20 grados. En las últimas semanas se han registrado noches anormalmente cálidas incluso en cotas elevadas y valores superiores a 30 grados en algunas zonas situadas por encima de los 800 metros. Sin el alivio nocturno, la nieve continúa perdiendo energía y humedad durante más horas. El glaciar no descansa.
Más agua ahora, menos agua después
El deshielo suele producir una paradoja. En las primeras fases del retroceso glaciar, los ríos pueden recibir más agua porque se funde una cantidad creciente de hielo almacenado durante siglos. Parece abundancia, aunque en realidad es liquidación de existencias. Llega un momento —el llamado pico de agua glaciar— en que la reserva se ha reducido tanto que el caudal empieza a descender incluso durante los veranos cálidos.
En diversas cuencas de los Alpes suizos ese punto ya habría quedado atrás. El problema no es que los ríos alpinos vayan a secarse de golpe ni que todo su caudal dependa del hielo. También reciben lluvia, nieve estacional y aportes subterráneos. Pero los glaciares desempeñan un papel especialmente valioso durante los periodos secos y cálidos, justo cuando la agricultura, las ciudades, los ecosistemas y las centrales hidroeléctricas necesitan más agua.
Una fusión temprana desplaza los caudales hacia la primavera y el comienzo del verano. En agosto o septiembre, cuando las precipitaciones escasean y el consumo continúa, la reserva puede llegar exhausta. Más torrente en junio, menos alivio al final del verano. No es una contradicción; es un calendario hidrológico roto.
La alteración afecta a los grandes ríos nacidos o alimentados en la cordillera, pero también a pequeños valles donde el abastecimiento depende de manantiales, neveros y cursos de montaña. El agua del glaciar no solo llena embalses. Enfría los ríos, sostiene hábitats sensibles y amortigua las sequías. Al desaparecer, cambia la cantidad y también la temperatura del agua.
Una montaña menos estable y más difícil de leer
La fusión intensa no implica que cada glaciar vaya a derrumbarse. Conviene evitar el automatismo fácil: ola de calor, colapso inmediato. Los desprendimientos dependen de la geometría del terreno, las fracturas internas, la presencia de agua, el movimiento del hielo y la estabilidad de la roca. Sin embargo, unas temperaturas excepcionalmente altas pueden empeorar varios de esos factores al mismo tiempo.
El agua de fusión penetra por grietas, circula bajo el hielo y puede modificar su adherencia al lecho rocoso. En las zonas de alta montaña también se degrada el permafrost, el terreno que permanecía congelado durante años y que actuaba como una especie de cemento entre bloques. Cuando se calienta, paredes aparentemente sólidas se vuelven más frágiles y aumentan los desprendimientos de roca.
El desastre de la Marmolada de julio de 2022, en el que murieron 11 personas, permanece como una advertencia brutal. Aquella tragedia no puede explicarse mediante una sola temperatura ni utilizarse como molde para cualquier episodio posterior. Sí mostró, no obstante, la clase de riesgos que aparece cuando el calor extremo, el agua y una estructura glaciar vulnerable coinciden.
Por eso algunos glaciares alpinos se vigilan mediante sensores, cámaras, radares, vuelos de dron y mediciones sobre el terreno. Se observa su velocidad, la apertura de grietas, la deformación de las lenguas y la evolución del agua interna. La montaña nunca ha sido un decorado inmóvil, aunque durante mucho tiempo el turismo la vendiera como tal. Ahora cambia más deprisa que los mapas y obliga a revisar rutas, refugios, remontes e infraestructuras.
Los Alpes ya no recuperan lo perdido
Las cifras recientes eliminan cualquier tentación de interpretar el episodio como una extravagancia meteorológica aislada. Los glaciares europeos volvieron a perder masa durante 2025. En Europa central, la reducción media alcanzó alrededor de 1,38 metros de agua equivalente, una forma de expresar cuánto hielo se habría perdido si la disminución se distribuyera uniformemente sobre toda la superficie glaciar.
Los Alpes suizos ofrecen una serie especialmente precisa. En 2022 perdieron cerca del 5,9% de su volumen de hielo y en 2023 otro 4,4%. Dos veranos bastaron para borrar aproximadamente una décima parte de la reserva existente. En 2025 la reducción fue de otro 3%, y entre 2015 y 2025 desapareció cerca del 24% del volumen glaciar suizo.
Hay un matiz inquietante. A medida que los glaciares se hacen más pequeños, pueden perder menos kilómetros cúbicos de hielo aunque el ritmo relativo de destrucción siga siendo enorme. No sería una buena noticia, sino pura aritmética: queda menos hielo disponible para fundirse. Un negocio también reduce sus pérdidas cuando ya casi no tiene caja; nadie sensato lo confundiría con una recuperación.
Barbante calcula que los glaciares alpinos han perdido en torno al 10% de su masa durante los últimos tres años. El resultado exacto varía según la región y el método de medición, pero la dirección es inequívoca. Los periodos favorables ya no compensan los años extremos, y cada verano comienza desde una posición más débil que el anterior.
Un verano entero escrito sobre el hielo
El episodio de finales de junio no determina por sí solo el balance de 2026. Una segunda mitad del verano fresca y con nevadas en altura podría moderar las pérdidas; varias olas de calor consecutivas las dispararían. Los glaciólogos esperarán hasta septiembre para medir lo ocurrido, comparar acumulación y fusión y comprobar cuánto hielo ha sobrevivido.
Pero el cero térmico por encima de 4.500 metros ofrece una imagen difícil de maquillar: una frontera atmosférica que antes cruzaba las laderas se ha marchado por encima de casi todas las cumbres. Debajo quedan nieve húmeda, hielo expuesto y roca que pierde el frío que la mantenía unida.
Los Alpes no desaparecerán mañana. Cambiarán antes, que es otra forma menos espectacular y más incómoda de decirlo. Habrá glaciares convertidos en pequeños cuerpos residuales, torrentes con otro calendario, rutas demasiado peligrosas y paisajes que solo conservarán el hielo en fotografías antiguas. La montaña seguirá allí, claro. La montaña que conocíamos, no necesariamente.

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