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¿Qué hay detrás de los bulos con IA contra la familia real británica?

Una red de bots y contenidos creados con IA difundió falsedades sobre Carlos III y otros Windsor, mientras sigue sin aclararse quién la financió.

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Publicado

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familia real britanica en 2026

Imagen: Katie Chan / CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • Una red de bots difundió falsedades con IA sobre Carlos III
  • El bulo más llamativo afirmaba que el rey se había convertido al islam
  • Rusia aparece como hipótesis, pero su implicación no está demostrada

La familia real británica se ha convertido en objetivo de una sofisticada campaña de desinformación que combina inteligencia artificial, imágenes falsas y miles de cuentas automatizadas. Entre las historias difundidas aparece una especialmente llamativa: que Carlos III se habría convertido en secreto al islam. Es falso. La investigación que ha sacado a la luz la operación sitúa parte de la infraestructura empleada en granjas de bots de Vietnam y apunta a una posible financiación exterior, aunque de momento no se ha identificado de forma concluyente quién encargó o pagó la campaña.

El dato es importante porque permite separar dos asuntos que pueden confundirse con facilidad. Que determinadas cuentas hayan sido operadas desde Vietnam no significa que exista implicación del Gobierno vietnamita; tampoco está demostrado que Rusia esté detrás de la ofensiva. La investigación plantea esa posibilidad como una de las hipótesis sobre la financiación y describe un mercado mucho más turbio: operadores que gestionan redes de cuentas falsas a cambio de criptomonedas, mientras el verdadero cliente puede quedar oculto tras varias empresas, países e intermediarios.

La operación ofrece una fotografía inquietante de cómo está cambiando la propaganda digital. Antes hacían falta equipos relativamente grandes para producir y distribuir contenidos falsos a escala. Con la inteligencia artificial generativa, una misma infraestructura puede fabricar textos, fotografías, perfiles y mensajes en serie. La cantidad importa casi tanto como la calidad: lanzar muchas piezas, observar cuáles funcionan y multiplicar las que encuentran público.

El bulo sobre la conversión de Carlos III

La falsedad sobre Carlos III tenía una carga simbólica escogida con bastante precisión. El monarca británico es desde su llegada al trono gobernador supremo de la Iglesia de Inglaterra, de manera que presentar una supuesta conversión religiosa permitía fabricar una historia capaz de provocar indignación entre determinados públicos conservadores. La campaña se intensificó alrededor de acontecimientos relevantes de la agenda del rey y utilizó perfiles que aparentaban pertenecer a usuarios reales, algunos con estética y mensajes similares a los de comunidades políticas muy activas en redes sociales.

El bulo tampoco nació de la nada. Carlos III mantiene desde hace décadas una relación pública con comunidades musulmanas y ha defendido el diálogo entre religiones. Ya en 1993, cuando era príncipe de Gales, pronunció un conocido discurso sobre las relaciones entre el islam y Occidente. Ese historial proporciona material perfecto para una operación de manipulación: se toma un hecho verdadero —el interés del rey por el entendimiento interreligioso— y se estira hasta convertirlo en una afirmación completamente distinta. No existe ninguna evidencia que demuestre que Carlos III se haya convertido al islam.

Una mentira construida alrededor de hechos reales

Ese mecanismo resulta especialmente eficaz porque evita inventarlo absolutamente todo. Una buena pieza de desinformación suele colocar la mentira junto a datos auténticos y reconocibles: una visita, un discurso, una fotografía verdadera o una declaración antigua. El conjunto suena familiar y el salto falso puede pasar desapercibido. En redes sociales, donde una publicación se consume en segundos, esa pequeña grieta basta.

Ahí entra la inteligencia artificial. Ya no es necesario limitarse a publicar una frase inventada en una cuenta anónima. Los contenidos detectados incluían imágenes generadas artificialmente, entre ellas una supuesta fotografía del rey arrodillado sobre una alfombra de oración, y piezas concebidas para parecer auténticos contenidos informativos. La apariencia es lo que cambia el juego: una fotografía razonablemente convincente detiene durante unos segundos el instinto de sospecha y convierte una historia absurda en algo que, visto deprisa en una pantalla de móvil, puede parecer plausible.

Una fábrica de imágenes y cuentas automatizadas

La operación también alcanzó al príncipe Guillermo, Catherine y sus hijos. Se difundieron imágenes artificiales de la familia de los príncipes de Gales e incluso composiciones que introducían detalles inexistentes. La mentira puede ser rudimentaria; el envoltorio, cada vez menos. Ese contraste explica por qué las campañas contemporáneas de desinformación no necesitan fabricar una falsificación perfecta. Les basta con producir miles de piezas suficientemente creíbles, distribuirlas rápido y lograr que unas pocas salten desde las cuentas automatizadas hasta usuarios reales.

La firma británica Valent, especializada en estudiar manipulación digital, rastreó la narrativa hostil sobre el monarca hasta mediados de marzo. Según la investigación difundida por la prensa británica, dos cuentas automatizadas de Facebook operadas desde Vietnam tuvieron un papel relevante en las primeras fases y después entró en funcionamiento una infraestructura mucho mayor, formada por miles de perfiles automatizados. La red llegaba de manera recurrente a millones de personas. Un rumor que antes habría vivido en una esquina extravagante de internet podía recibir así una audiencia comparable a la de un gran medio.

La escala modifica el problema. Cuando una afirmación falsa aparece una vez, puede ignorarse. Cuando emerge repetida por decenas o cientos de perfiles, acompañada por imágenes diferentes y comentarios aparentemente espontáneos, empieza a producir una sensación artificial de consenso. No demuestra nada, claro, pero psicológicamente el efecto es distinto. Parece que mucha gente está hablando de ello cuando, en realidad, puede haber una misma infraestructura detrás.

Vietnam, bots y dinero difícil de rastrear

Lo peculiar es que las granjas de bots ya no responden necesariamente al viejo dibujo de un edificio estatal lleno de funcionarios escribiendo propaganda. Existe un ecosistema comercial de desinformación. Empresas, operadores y redes digitales pueden alquilar capacidad de difusión, fabricar perfiles, generar textos e imágenes con IA y moverlos de una plataforma a otra. El dinero puede atravesar varias jurisdicciones mediante criptomonedas, lo que complica enormemente determinar quién dio la orden inicial.

Este modelo permite que diferentes actores recurran a infraestructuras privadas sin dejar una línea sencilla entre quien paga y quien pulsa el botón de publicar. El resultado se parece más a una cadena de subcontratación que a la propaganda clásica: un cliente, varios intermediarios, operadores técnicos y finalmente una nube de perfiles que aparentan ser ciudadanos independientes.

La pista rusa sigue siendo una hipótesis

Por eso la posible pista rusa necesita una precisión importante. La investigación publicada en Reino Unido señala que la campaña podría haber recibido financiación de un tercero y menciona a Rusia como posibilidad, dentro de un contexto más amplio de operaciones de influencia conocidas. Pero la información disponible este 17 de septiembre no establece una atribución definitiva a Moscú. Presentar esa autoría como un hecho probado iría bastante más lejos de lo que permiten las evidencias conocidas.

Sí existe abundante documentación sobre el uso previo de redes automatizadas, medios estatales y herramientas de inteligencia artificial en operaciones de influencia vinculadas a actores rusos. También se han detectado sistemas capaces de producir grandes cantidades de contenido destinado posteriormente a ecosistemas mediáticos relacionados con Rusia. Es contexto relevante, pero no prueba por sí solo la autoría de esta campaña contra los Windsor. Son dos cosas distintas, y conviene no regalárselas a la misma trituradora de hechos que precisamente explotan estas operaciones.

El rey habla de IA mientras la IA fabrica otro rey

El asunto ha adquirido una ironía bastante británica. Mientras circulaban falsificaciones creadas con inteligencia artificial sobre su propia familia, Carlos III reunía este jueves 17 de septiembre en Dumfries House, Escocia, a responsables de algunas de las principales empresas mundiales de IA. Entre los participantes había representantes de Nvidia, Google DeepMind, OpenAI y Anthropic. El monarca advirtió de los riesgos asociados a una tecnología que avanza a una velocidad extraordinaria y defendió la necesidad de mantenerla al servicio de las personas.

La coincidencia ofrece una imagen casi demasiado perfecta: un rey hablando con quienes construyen la tecnología mientras, en otra parte de internet, versiones digitales de ese mismo rey rezan sobre alfombras que nunca pisó. Hace pocos años una fotografía falsa evidente podía desmontarse por unas manos deformadas o un rostro de plástico. Las herramientas generativas han mejorado. El ojo humano, en cambio, sigue entrando a internet con las mismas prisas.

La dificultad crece porque la IA no necesita crear una imagen impecable para resultar efectiva. En una pantalla pequeña, comprimida por una red social y observada durante apenas dos segundos, pequeños defectos pasan inadvertidos. Después entra en juego la distribución: cuentas automáticas, recomendaciones algorítmicas y usuarios reales que comparten el contenido, incluso para criticarlo. La viralidad hace el resto.

La desinformación ya no necesita ser perfecta

El fenómeno tampoco depende de que millones de personas crean íntegramente una mentira. La desinformación funciona muchas veces sembrando duda, enfado y confusión. Basta con que una parte de los usuarios comparta el contenido para ridiculizarlo, otra lo difunda indignada y una tercera conserve una vaga impresión de que “algo habrá pasado”. El algoritmo no siempre distingue entre adhesión y rechazo: ve interacción. Y la indignación, verdadera o impostada, sigue siendo combustible barato.

La campaña contra la monarquía británica muestra así una evolución bastante más seria que el viejo ejército de perfiles con nombres extraños y fotografías robadas. La IA abarata la producción de textos, rostros, fotografías y falsos formatos informativos; las granjas de cuentas proporcionan distribución; las criptomonedas y las cadenas internacionales pueden dificultar la atribución. Fabricar realidad aparente resulta cada vez más barato. Averiguar quién pagó por ella continúa siendo mucho más difícil.

Lo confirmado hasta este momento es que Carlos III no se ha convertido al islam, que la familia real británica ha sido utilizada como objetivo de una red organizada de contenidos falsos y que parte de esa actividad fue rastreada hasta operadores situados en Vietnam. La posible financiación rusa permanece en el terreno de la investigación y la hipótesis, no del hecho probado. Y quizá ahí esté el detalle más incómodo de todo el episodio: la falsedad más aparatosa puede desmontarse en minutos; descubrir quién construyó la fábrica que la lanzó exige bastante más tiempo.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.