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¿Qué revelan los archivos de Epstein sobre Bill Gates y Microsoft?
Bill Gates mantuvo una relación más extensa de lo conocido con Jeffrey Epstein; Microsoft aparece cerca del caso, pero sin pruebas de encubrimiento.

Resumen
- Bill Gates mantuvo contactos repetidos con Jeffrey Epstein entre 2011 y 2014
- La Fundación Gates registró unas 30 reuniones vinculadas a Epstein
- No hay pruebas públicas de que Microsoft encubriera los delitos de Epstein
La relación entre Bill Gates y Jeffrey Epstein existió, fue más extensa de lo que durante años se conoció públicamente y continuó después de que Epstein hubiera sido condenado por un delito sexual. Esa es la parte de la historia que, con los documentos conocidos, admite pocas piruetas. Las investigaciones y archivos divulgados en Estados Unidos sitúan numerosos contactos entre el financiero y el entorno filantrópico de Gates entre 2011 y 2014, además de aproximaciones anteriores. Gates sabía que Epstein tenía antecedentes judiciales y ha reconocido que relacionarse con él fue un grave error de criterio.
Otra afirmación es bastante más delicada: que detrás de aquella relación hubo un encubrimiento destinado a proteger a Microsoft. Hasta septiembre de 2026, los documentos públicos no permiten presentar esa hipótesis como un hecho probado. Microsoft aparece inevitablemente alrededor de Gates —fue su fundador y continuó ocupando posiciones relevantes en la compañía durante parte del periodo—, pero esa proximidad no demuestra que la empresa participara en sus contactos con Epstein, los ocultara institucionalmente o tuviera conocimiento de sus delitos. Un logotipo famoso pesa mucho en un titular; como prueba, bastante menos.
Lo que realmente sabemos de Bill Gates y Jeffrey Epstein
Durante años, la versión más repetida situó el comienzo de la relación en 2011, cuando Gates acudió a la casa de Epstein en Manhattan. La documentación conocida posteriormente añadió matices. Existen comunicaciones de 2010 relacionadas con la preparación de un posible encuentro, aunque las reuniones que Gates ha reconocido formalmente comienzan en 2011. El empresario declaró ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes estadounidense que mantuvo varios encuentros preliminares en 2011 y 2012 antes de que los contactos adquirieran mayor intensidad durante los dos años siguientes.
No hablamos, por tanto, de un saludo accidental entre copas en una recepción con cien invitados. Epstein consiguió acceso continuado al círculo de Gates. La explicación ofrecida por Gates y respaldada por la documentación disponible remite principalmente a la filantropía y a la posibilidad de captar enormes fortunas para proyectos internacionales de salud.
Epstein se presentaba como alguien capaz de atraer a grandes donantes hacia iniciativas benéficas. Sobre la mesa llegó a aparecer la posibilidad de crear un fondo multimillonario que reuniera aportaciones de algunas de las mayores fortunas del planeta. Para la Fundación Gates aquello podía traducirse en mucho dinero para programas sanitarios. Epstein vendía acceso, contactos y la sensación de conocer siempre a la persona que faltaba en la habitación.
El proyecto nunca llegó a cristalizar. Gates sostiene que hacia finales de 2014 concluyó que Epstein no podía proporcionar los grandes donantes prometidos y terminó la relación. Lo incómodo, claro, estaba bastante antes: Epstein había sido condenado en Florida en 2008 por delitos relacionados con prostitución, incluido uno vinculado a una menor.
Gates ha reconocido que conocía la existencia de aquel antecedente penal, aunque sostiene que entonces no comprendía la verdadera dimensión de los delitos de Epstein. Años después describiría sus reuniones con él como un grave error de juicio. El matiz importa, pero no borra el hecho esencial: un delincuente sexual condenado seguía consiguiendo entrar en algunos de los despachos más poderosos del mundo.
Las 30 reuniones que ampliaron la dimensión del caso
La cifra que mejor retrata el alcance de aquellos contactos apareció en 2026. Una revisión externa encargada por la propia Fundación Gates y realizada por el bufete WilmerHale concluyó que se produjeron aproximadamente 30 reuniones entre Epstein y alrededor de una decena de responsables o empleados de la fundación, incluido Gates, durante el periodo comprendido entre 2011 y 2014.
Conviene precisar el dato porque internet tiene cierta facilidad para convertir un número en otro: esas 30 reuniones no fueron 30 encuentros personales entre Gates y Epstein. La cifra engloba los contactos mantenidos por distintas personas vinculadas a la Fundación Gates. Aun así, cambia la escala del episodio. Ya no parece una sucesión de cenas ocasionales del fundador de Microsoft, sino una relación que llegó a penetrar en el funcionamiento profesional del entorno filantrópico.
Las advertencias internas existieron
La misma revisión concluyó que trabajadores de la Fundación Gates plantearon en varias ocasiones el riesgo reputacional de relacionarse con Epstein debido a su condena anterior. Pese a esas advertencias, los contactos continuaron mientras se estudiaban posibles fórmulas para atraer financiación filantrópica.
La escena resulta difícil de maquillar. Una de las organizaciones benéficas más poderosas del planeta buscaba dinero para combatir enfermedades mientras exploraba oportunidades con un hombre cuyo pasado judicial ya debía haber encendido unas cuantas luces rojas. Y algunas se encendieron. La relación, durante un tiempo, continuó pese a las reservas internas.
La investigación externa llegó, sin embargo, a otra conclusión igualmente importante: no encontró pruebas de que la fundación pagara a Epstein, participara en sus actividades delictivas o conociera su red de explotación sexual. La organización sostiene igualmente que Epstein nunca fue empleado suyo.
Uno de los asuntos examinados fue el proyecto para captar grandes donaciones. También se revisó la relación con el International Peace Institute, una organización presentada a Gates por Epstein y que posteriormente recibió financiación de la fundación para trabajos relacionados con la erradicación de la poliomielitis. El dibujo que dejan los documentos es incómodo, pero bastante concreto: contacto real y repetido; participación en los delitos de Epstein, no demostrada.
La investigación de la Fundación Gates también tuvo límites
La revisión realizada por WilmerHale aportó información relevante, aunque no iluminó cada rincón del caso. Fue contratada por la propia Fundación Gates, entrevistó a más de 50 empleados y antiguos empleados y examinó abundante documentación interna. Su ámbito, sin embargo, tenía fronteras.
El análisis no comprendió necesariamente todas las comunicaciones personales de Bill Gates ni todas las actividades desarrolladas por entidades separadas de la fundación, como Gates Ventures. Tampoco se hizo público el informe íntegro con cada documento examinado, sino las principales conclusiones de la revisión.
Eso no invalida el trabajo, pero obliga a no convertir sus conclusiones en algo que no son. La revisión sostiene que dentro del perímetro analizado no aparecieron pruebas de participación de la Fundación Gates en los delitos de Epstein ni de pagos al financiero. No significa que cada conversación privada, cada correo y cada contacto personal entre ambos haya quedado reconstruido hasta el último detalle.
Epstein, la vida privada de Gates y la sombra del chantaje
Otro episodio adquirió una nueva dimensión cuando Gates compareció el 10 de junio de 2026 ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. La transcripción de su declaración permitió conocer con mayor detalle cómo Epstein había accedido también a información sobre aspectos privados de la vida del multimillonario.
Gates reconoció haber mantenido relaciones extramatrimoniales y explicó que Epstein había llegado a conocer información sobre ellas. Según su versión, determinados borradores y comunicaciones le hicieron pensar que el financiero contemplaba utilizar esos datos para conservar influencia sobre él.
Gates fue prudente, sin embargo, con una palabra especialmente explosiva: chantaje. Su declaración sugiere que Epstein podía estar preparando o imaginando algún mecanismo de presión, pero Gates sostuvo que nunca recibió directamente un mensaje que pudiera considerar un intento consumado de extorsión. Hay indicios de una búsqueda de influencia personal; no una prueba pública de que Epstein consiguiera chantajearlo.
Ese episodio encaja, al menos en términos de comportamiento, con el mundo construido por Epstein durante décadas: personas extraordinariamente ricas, académicos, científicos, políticos y empresarios unidos por una maraña de cenas, recomendaciones, inversiones y contactos personales. El dinero abría puertas; la información podía mantenerlas abiertas. Epstein cultivaba relaciones con una constancia casi industrial.
Qué tiene que ver realmente Microsoft con Jeffrey Epstein
Aquí es donde la historia necesita bisturí. Bill Gates fundó Microsoft, pero durante los años centrales de su relación con Epstein ya no llevaba el día a día ejecutivo de la compañía. En 2008 había abandonado sus funciones cotidianas para dedicar más tiempo a la filantropía. Seguía, eso sí, siendo una figura decisiva: presidió el consejo de Microsoft hasta febrero de 2014 y permaneció después como consejero hasta 2020.
Por eso Microsoft forma parte del contexto. Entre 2011 y 2014, Gates no era simplemente un antiguo empresario jubilado y completamente separado de Redmond. Continuaba ocupando una posición institucional relevante y, sobre todo, su identidad pública llevaba décadas prácticamente soldada al nombre de la empresa.
Otra cosa muy diferente es convertir esa proximidad en responsabilidad corporativa. Los documentos conocidos muestran contactos de Epstein con personas pertenecientes al ecosistema profesional y social de Gates, además de conexiones con figuras destacadas de la industria tecnológica. También revelan hasta qué punto Epstein intentó acercarse a Silicon Valley, a sus inversores, científicos y empresarios.
Lo que no muestran, con las pruebas disponibles, es que Microsoft como compañía mantuviera una alianza institucional con Jeffrey Epstein, financiara sus actividades delictivas, participara en ellas o organizara una operación para ocultar la relación personal de Gates con el financiero.
La tesis publicada años atrás según la cual determinados medios habrían protegido no tanto a Gates como a Microsoft sigue siendo, por ese motivo, una interpretación no demostrada. Puede discutirse la cobertura mediática, analizar por qué algunos contactos tardaron tanto en conocerse y preguntarse cómo gestionan las grandes fortunas sus crisis reputacionales. Para hablar de un encubrimiento corporativo concertado hace falta algo más: pruebas.
Silicon Valley también formó parte del mundo de Epstein
Donde aquellas investigaciones tempranas sí apuntaban hacia un fenómeno que posteriormente ha quedado mucho mejor documentado es en la amplitud de la presencia de Epstein entre las élites tecnológicas y científicas. Los archivos divulgados contienen comunicaciones, invitaciones, encuentros o referencias relacionadas con numerosos empresarios e inversores del sector.
Nombres como Reid Hoffman, Peter Thiel, Elon Musk o Sergey Brin han aparecido en diferentes documentos o informaciones vinculadas al enorme archivo de Epstein, pero con relaciones, contextos y grados de proximidad muy distintos. Ese detalle es crucial: aparecer mencionado en un archivo, recibir una invitación o conocer a una persona no demuestra participación en sus delitos.
Meter a todos los nombres en el mismo saco sería sencillo, llamativo y falso. Los archivos relacionados con Epstein contienen millones de páginas de materiales procedentes de investigaciones, comunicaciones y documentos de naturaleza muy diversa. Una mención no equivale a culpabilidad, del mismo modo que una fotografía compartida no convierte automáticamente a dos personas en socios.
Lo que sí emerge es la extraordinaria capacidad de Epstein para construir una especie de salón privado de la era digital: científicos brillantes, universidades prestigiosas, dinero nuevo, multimillonarios y acceso social. Para alguien que necesitaba rehabilitar su posición después de una condena sexual, pocas credenciales podían resultar más útiles que continuar apareciendo rodeado de personas respetadas y poderosas.
Y ahí reside quizá la parte más perturbadora del caso Gates. No hace falta inventar una conspiración para encontrar algo difícil de explicar. Epstein ya estaba condenado y, pese a ello, siguió entrando en despachos, casas y círculos reservados para quienes podían mover millones. Su pasado no era invisible. En algunos lugares, incluso había gente avisando.
Los hechos son suficientemente incómodos sin añadir otros
Los documentos conocidos hasta septiembre de 2026 dejan una fotografía bastante más precisa de la relación. Bill Gates mantuvo contactos repetidos con Jeffrey Epstein después de su condena de 2008; el entorno de la Fundación Gates acumuló aproximadamente 30 reuniones entre 2011 y 2014; hubo empleados que advirtieron de los riesgos y Gates conocía la existencia de antecedentes sexuales del financiero.
También está documentado que Epstein tuvo acceso a información sobre aspectos privados de Gates y que el propio empresario interpretó determinados movimientos como una posible búsqueda de presión o influencia. Son hechos suficientes para plantear serias dudas sobre el criterio empleado al mantener aquella relación.
Lo que no está demostrado es que Gates participara en la red de explotación sexual de Epstein, que conociera aquellos delitos mientras se estaban produciendo, que la Fundación Gates financiara sus actividades criminales o que Microsoft organizara un encubrimiento para proteger su nombre. La revisión externa de la fundación tampoco encontró evidencia de esas conductas dentro del ámbito que examinó.
La realidad necesita poco maquillaje. Un delincuente sexual condenado consiguió conservar durante años acceso a algunas de las personas e instituciones más poderosas del planeta, y Bill Gates estuvo entre ellas. Microsoft estaba cerca por biografía, cargo y poder; las pruebas públicas no colocan a la compañía dentro de los delitos de Epstein. Entre ambas afirmaciones hay un espacio enorme. Es, precisamente, el que separa un hecho profundamente incómodo de una acusación que todavía necesita pruebas.












