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¿Baute dio voz al ‘Fuera la mona’ contra Delcy en Madrid?

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Delcy Rodríguez

Del fervor por María Corina Machado al escándalo por Delcy Rodríguez: el papel de Carlos Baute agitó la Puerta del Sol de Madrid en el acto.

Lo que ocurrió en la Puerta del Sol el sábado 18 de abril dejó de ser un simple detalle incómodo a los pocos minutos. El acto convocado en apoyo de María Corina Machado, después de la entrega de la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, terminó girando en torno a unos cánticos racistas contra Delcy Rodríguez y al papel que jugó Carlos Baute sobre el escenario. No fue un murmullo perdido entre miles de personas ni una escena marginal captada de refilón. El grito se escuchó con claridad, se repitió, subió de volumen y acabó convertido en la imagen más dañina de una visita que estaba diseñada para exhibir respaldo político, fuerza simbólica y músculo de la diáspora venezolana en España.

La secuencia, vista con algo de distancia, es bastante clara. Baute actuó e intervino desde la tarima antes de la aparición de Machado; mientras hablaba, una parte del público empezó a corear “¡Fuera la mona!” contra Delcy Rodríguez; y el cantante, en vez de cortar el ambiente o marcar una línea, acompañó el momento acercando el micrófono a los asistentes. Ahí se abrió la crisis. Lo que podía haberse quedado en un exabrupto de plaza pasó a convertirse en un episodio de alcance político, diplomático y mediático, con reacción de la Embajada de Venezuela en Madrid, rechazo público de la propia Machado y una nueva tormenta en la política madrileña, donde Más Madrid y Podemos reclamaron una condena explícita a Isabel Díaz Ayuso.

La escena que cambió el tono del acto

La visita de María Corina Machado a Madrid llegaba ya muy cargada de significado. Venía de recibir la Llave de Oro de Madrid de manos de José Luis Martínez-Almeida y, un día después, la Comunidad de Madrid le entregó su Medalla de Oro en un acto solemne en la Real Casa de Correos. Después, la dirigente opositora salió al balcón y bajó a la plaza, donde la esperaban miles de venezolanos, con estimaciones de alrededor de 11.000 asistentes según la Delegación del Gobierno. Había banderas, lágrimas, vítores, abrazos y el tono emocional propio de una diáspora que lleva años usando Madrid como una especie de capital sentimental. Era una escena de apoyo total, de esas que parecen pensadas para quedar en la memoria de los fieles y en la propaganda de los aliados.

En ese contexto apareció Carlos Baute, una figura popular, reconocible y además profundamente asociada a la comunidad venezolana en España. Su presencia no era decorativa. Servía para templar el ambiente, para darle un tono festivo y, de paso, para empujar el mensaje político del acto. Habló de elecciones, de libertad, del deseo de ver a Venezuela salir del agujero. Todo eso encajaba con el guion previsto. Lo que rompió el guion fue otra cosa: el momento en que el público pasó de las consignas políticas a un insulto de carga racial dirigido contra Delcy Rodríguez. El salto fue brusco y feo, casi de golpe. Y, sobre todo, fue público, nítido y muy difícil de relativizar después.

No se trató solo de que en una plaza excitada alguien gritara una barbaridad. Eso ocurre, para desgracia de casi cualquier concentración política de gran tamaño. Lo decisivo fue que el escenario no funcionó como freno. Baute no se desmarcó del cántico, no lo desactivó, no giró la escena hacia otra cosa. Al contrario: cedió el micrófono a quienes lo coreaban. Eso convirtió al cantante en parte central del episodio. El detalle importa porque en política el que lleva un micrófono no es un testigo neutral. Marca el tono. Legitimarlo por acción, aunque sea un gesto breve, cambia el sentido de todo lo demás. Y eso fue exactamente lo que hizo que el asunto dejara de ser una salida de tono de la multitud para convertirse en la gran polémica de la visita.

Carlos Baute y el momento que lo colocó en el foco

La noticia lleva su nombre por una razón bastante simple: Carlos Baute estaba arriba, no abajo. No era uno más entre la multitud. No era un asistente anónimo, ni un vídeo borroso subido a redes por una cuenta desconocida. Era una voz pública, visible, con capacidad para elevar o cortar el volumen moral de la plaza. En una concentración así, el que habla desde el escenario no administra solo entusiasmo; también administra límites. Por eso su papel quedó inmediatamente bajo la lupa. El gesto de dar aire a un cántico racista le colocó en el centro de un escándalo que ya no se podía despachar como un arrebato colectivo sin dueño.

Hay además un elemento de fondo que explica el daño. Baute no aparecía allí como un artista cualquiera contratado para amenizar un acto. Llegaba con una identidad política y simbólica muy concreta, muy vinculada al exilio venezolano y a la oposición al chavismo. Precisamente por eso el golpe fue mayor. Cuando alguien con ese perfil acompaña una descalificación de este tipo, el debate ya no se queda en la mala educación o en el exceso verbal. Entra de lleno en otra zona: la de la deshumanización del adversario y la de la rebaja moral de una causa que pretende presentarse como democrática, plural y civilizada. Ahí es donde el episodio se volvió especialmente corrosivo para quienes habían diseñado la visita como una demostración de legitimidad política.

La fuerza del escándalo tiene que ver también con la frase elegida. Llamar “mona” a una mujer no funciona como un insulto cualquiera, y menos aún cuando esa mujer es una figura pública racializada y el grito se lanza de manera repetida desde una plaza abarrotada. La expresión arrastra una carga racista evidente, a lo que se suma una dimensión de misoginia que después sería subrayada por la propia Embajada de Venezuela. No hacía falta un seminario, ni una mesa redonda, ni una tesis doctoral para entenderlo. Bastaba con escuchar el cántico y ver el contexto. Era un grito degradante, no una consigna política dura. Ahí está la línea. Y ahí es donde Baute quedó atrapado.

Ese detalle, el de la línea, explica por qué la discusión fue tan rápida y tan dura. Una cosa es atacar políticamente al chavismo, a Delcy Rodríguez, a Jorge Rodríguez o a cualquier otra figura del aparato venezolano con acusaciones, reproches o denuncias de fondo. Otra muy distinta es deslizarse hacia el lenguaje animalizante, ese viejo mecanismo por el que primero se reduce al otro y luego se pretende que todo vale. La política admite dureza. Lo que no admite sin pagar un precio es la confusión entre contundencia y rebaja racial del adversario. Eso fue lo que volvió el episodio tan tóxico y tan difícil de contener incluso para los propios aliados de Machado.

Una visita convertida en gran escaparate político

Sería un error leer esta polémica como un incidente aislado en mitad de una fiesta de la diáspora. La visita de María Corina Machado a Madrid fue mucho más que eso. En apenas dos días reunió respaldo institucional, exhibición pública y un alineamiento político muy visible con la derecha madrileña y española. Almeida le entregó la Llave de Oro de la ciudad por su defensa de la “libertad, la democracia y la paz”. Ayuso fue todavía más lejos y la presentó casi en términos de destino histórico, con palabras de enorme carga simbólica. Alrededor del viaje también estuvieron los encuentros con Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, mientras Pedro Sánchez quedaba fuera de la agenda porque la propia Machado rechazó reunirse con él durante su estancia en España.

Todo eso convierte lo ocurrido en Sol en algo más serio que una polémica viral de domingo. La plaza no estaba separada del marco institucional; estaba pegada a él. La líder opositora acababa de ser homenajeada por las dos grandes instituciones madrileñas controladas por el PP, en una ciudad donde la cuestión venezolana se usa desde hace años como símbolo de combate político interno. Por eso el grito no solo embarró a quienes lo corearon. También alcanzó a quienes habían convertido la visita en un escaparate de alta intensidad. En cuestión de horas, la conversación pública dejó de centrarse en la Medalla de Oro, en la Llave de Oro, en el apoyo a la oposición venezolana o en las reuniones de la dirigente. Todo quedó absorbido por tres palabras que estropearon la fotografía.

La propia Machado había construido estos días en Madrid un relato muy preciso: el de una líder arropada por el exilio, legitimada por reconocimientos institucionales y respaldada por sectores influyentes de la política española. En la Puerta del Sol insistió en la idea del regreso a casa, de la unidad de la oposición y del fin de una etapa histórica en Venezuela. El tono era de épica, de reencuentro, de transición imaginada como si ya asomara por la esquina. Pero la política tiene una crueldad bastante simple: a veces un solo detalle desagradable se come todo el decorado. Eso fue lo que pasó. El acto pensado para reforzar una narrativa acabó dejando otra, mucho más incómoda y mucho más difícil de digerir.

Hay además un dato nada menor. Madrid se ha convertido en la gran plaza del exilio venezolano en Europa, con una comunidad amplia, joven, profesionalizada y muy activa políticamente. Esa realidad da a cualquier gesto en la capital española una repercusión especial dentro del ecosistema venezolano. Lo que ocurre en la ciudad no queda en la ciudad. Circula rápido por redes, por medios, por grupos del exilio y por el propio aparato chavista. De modo que el episodio del cántico no solo dañó la escena madrileña del fin de semana; también entregó munición a quienes, desde el otro lado, quieren retratar a toda la oposición como una fuerza dominada por el resentimiento, el elitismo y el desprecio racial. Ese es uno de los costes más claros de lo sucedido.

La respuesta de la Embajada y el rechazo de Machado

La primera reacción institucional fuerte llegó desde la Embajada de Venezuela en Madrid, con un comunicado firmado por la embajadora Gladys Gutiérrez. El texto fue duro y muy directo. La delegación diplomática pidió disculpas al pueblo español, habló de crímenes de odio, condenó el episodio como una forma de violencia política basada en misoginia y racismo y subrayó que llamar “mona” a una mujer supone un acto de deshumanización incompatible con los principios de los derechos humanos. La elección de ese lenguaje no fue casual. La embajada quiso situar la polémica en un terreno más grave que el de la simple incorrección o la bronca partidista. Y lo hizo con una formulación pensada para que el incidente no pudiera rebajarse a simple exceso verbal.

Esa reacción diplomática multiplicó el alcance del caso. Lo que hasta ese momento era una escena fea de un acto político pasó a tener también una dimensión internacional. No ya porque el chavismo fuera a aprovecharlo —eso era obvio desde el primer minuto—, sino porque la respuesta oficial venezolana obligaba a todos los actores a retratarse. Machado tenía que decir algo. Ayuso quedaba bajo presión política. Baute aparecía definitivamente señalado. Y la propia oposición venezolana tenía que mostrar si era capaz de poner límites claros a una parte de sus apoyos más exaltados. La embajada, con su comunicado, aceleró ese momento.

La posición de María Corina Machado llegó después, este domingo 19 de abril, y fue inequívoca. En declaraciones públicas rechazó los cánticos racistas y dejó claro que de su boca no saldría nunca una descalificación basada en raza, religión o género. La respuesta era necesaria y, a estas alturas, casi obligada. Sin esa toma de distancia, el daño político habría sido bastante mayor. Con ella, la líder opositora intentó separar su proyecto de cualquier expresión de odio identitario y reconducir el episodio hacia una condena explícita. El problema, claro, es que en política el tiempo pesa. Primero circula el vídeo, luego se instala la imagen y solo después llega la rectificación. El orden no es neutro. El golpe ya estaba dado.

La condena posterior sirvió para fijar un límite, sí, pero no borró la escena anterior. Y eso explica por qué la polémica ha seguido viva durante todo el domingo. El vídeo del momento, la claridad del grito y la participación del cantante habían dejado una huella demasiado nítida. Machado consiguió desmarcarse del contenido, pero no impedir que su visita quedara asociada a ese episodio. En realidad, esa es una de las tragedias menores de la comunicación política moderna: un acto preparado durante días puede quedar resumido por quince segundos de ruido sucio. Medallas, discursos, balcones, aplausos, reuniones de alto nivel… todo eso puede desaparecer detrás de una secuencia breve si la secuencia tiene suficiente potencia. Esta la tuvo.

Delcy Rodríguez en el centro del choque

Para entender del todo el episodio conviene detenerse también en Delcy Rodríguez, porque no era un nombre lanzado al azar ni una figura secundaria del universo chavista. Delcy es uno de los rostros más duros y más reconocibles del aparato de poder venezolano, además de formar parte del núcleo de confianza del régimen junto a su hermano Jorge Rodríguez. Dentro del discurso de María Corina Machado, ambos representan una pieza central del entramado político que la oposición combate. De hecho, en el acto de Madrid volvió a aparecer el término “rodrigato”, con el que Machado agrupa el peso de ambos hermanos en la estructura de poder venezolana. Ese contexto explica el blanco político del grito, pero no lo justifica ni un milímetro.

La clave está en cómo se produjo el ataque. El cántico no iba solo contra una rival política. Iba contra ella mediante un registro racial y degradante, y por eso el caso se desbordó tan deprisa. En el combate político pueden caber muchas cosas, incluso un lenguaje áspero y de alta temperatura. Lo que no cabe sin consecuencias es el uso de fórmulas que arrastran una tradición de animalización del otro. Esa fue la frontera que se cruzó en Sol. Y por eso la discusión dejó de ser estrictamente venezolana para entrar también de lleno en el debate español sobre racismo, discurso de odio y responsabilidades públicas en actos de gran visibilidad.

Ahí aparece la otra derivada del domingo: la reacción de la izquierda madrileña. Manuela Bergerot, portavoz de Más Madrid, e Isa Serra, de Podemos, exigieron a Ayuso una condena clara de los cánticos y denunciaron el tono del acto. Su respuesta no fue solo una crítica al público ni a Carlos Baute. Fue también una impugnación del marco institucional que había envuelto la visita de Machado. A su juicio, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento habían convertido la agenda de la líder opositora en una operación política de gran visibilidad, y lo ocurrido en la plaza no podía presentarse como si fuera una anécdota ajena al conjunto del evento. En otras palabras: el escándalo se leyó también como un problema para Ayuso y Almeida.

Esa lectura no es menor en el contexto español. Venezuela lleva años funcionando como un espejo deformante en la política nacional, usado una y otra vez como arma arrojadiza entre bloques. Lo del sábado en Madrid reactivó ese mecanismo con toda crudeza. Para la derecha, el viaje de Machado servía para subrayar una causa democrática frente al chavismo y para exhibir un vínculo político muy reconocible. Para la izquierda, el episodio de los cánticos mostró el reverso incómodo de esa apropiación: una mezcla de fervor militante, bronca identitaria y permisividad con expresiones inaceptables. El resultado fue inmediato. El caso dejó de pertenecer solo a la oposición venezolana y pasó a jugarse también dentro del tablero madrileño y español.

Tres palabras que se comieron toda la visita

La paradoja del fin de semana es bastante brutal. María Corina Machado llegó a Madrid para reforzar su legitimidad internacional, dejar fotos de alto valor simbólico y exhibir que conserva un respaldo emocional enorme en la diáspora. Lo consiguió, en parte. Llenó la plaza, recibió reconocimientos institucionales de primer nivel y consolidó su sintonía con buena parte de la derecha española. Pero el saldo político del viaje ya no puede leerse solo en esa clave. La visita quedó secuestrada por un episodio que nadie del entorno de la dirigente habría querido ver estampado en titulares: el grito racista contra Delcy Rodríguez y la participación de Carlos Baute en ese momento.

Eso tiene consecuencias para todos los protagonistas. Baute sale del fin de semana con una imagen mucho más dañada de la que probablemente imaginó al subir al escenario. Machado se ha visto obligada a corregir públicamente el tono de una parte de su público. Ayuso queda bajo presión por el marco institucional del evento. Almeida aparece salpicado de forma indirecta por la politización extrema de la visita. Y el chavismo encuentra un filón narrativo para intentar desacreditar al bloque opositor. A veces la política funciona así, con una lógica casi mecánica y bastante cruel: quien pretendía capitalizar un acto termina administrando sus desperfectos.

También deja una enseñanza muy concreta sobre el exilio venezolano en España, o mejor dicho, sobre una parte de su expresión pública más visible. La comunidad movilizada en Madrid arrastra dolor, rabia, memoria y una sensación de despojo que atraviesa casi cualquier acto de estas características. Todo eso se entiende. Lo que no se sostiene es convertir esa emoción en patente de corso verbal. Precisamente cuando una causa quiere presentarse como democrática, necesita distinguirse del barro, no revolcarse en él. Y en Sol, durante unos segundos que acabaron siendo larguísimos, esa distinción se perdió por completo.

La visita de Machado había sido preparada como una escena de legitimidad, homenaje y promesa política. Acabó convertida en un caso sobre límites, sobre responsabilidades y sobre el modo en que un acto multitudinario puede venirse abajo por la incapacidad de frenar a tiempo lo que nunca debió ser jaleado. El nombre de Carlos Baute queda hoy en el centro de esa historia porque su intervención fue el punto exacto en que la plaza dejó de ser solo plaza y pasó a hablar desde el escenario. Y ahí ya no cabía esconderse detrás del entusiasmo, ni de la emoción, ni del argumento de que eran miles y nadie controla una multitud. El micrófono, al final, sí lo controlaba alguien.

Más allá del ruido de estas horas, el hecho central es muy simple y muy serio. En Madrid, durante un acto pensado para exhibir apoyo a María Corina Machado, se escucharon cánticos racistas contra Delcy Rodríguez; Carlos Baute les dio altavoz desde el escenario; la Embajada de Venezuela condenó lo ocurrido y pidió disculpas; la izquierda madrileña exigió una respuesta política; y Machado terminó rechazando públicamente esas expresiones. Todo lo demás —el uso partidista, la explotación propagandística, la guerra de relatos entre bloques— vendrá después. Pero esa secuencia ya ha quedado fijada. Y es esa, no otra, la que explica por qué un viaje pensado para reforzar una figura terminó, de pronto, oliendo a pólvora mojada.

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