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¿Qué pasó en Rusia tras el ataque de 416 drones y 64 cerca de Moscú?

Rusia afirma haber interceptado 416 drones ucranianos en una sola noche, 64 cerca de Moscú, en una ofensiva que tensó aeropuertos y defensas.

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general rusa controla drones

Por Ministry of Defence of the Russian Federation - Ministerio de Defensa de la Federación Rusa, CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • Rusia afirma haber derribado 416 drones ucranianos durante una sola noche
  • Al menos 64 fueron interceptados en la región de Moscú, según Sobianin
  • La oleada provocó restricciones y tensión en varios aeropuertos de la capital

Rusia afrontó durante la noche del 2 al 3 de septiembre una de las mayores oleadas de drones ucranianos registradas desde el comienzo de la invasión a gran escala. El Ministerio de Defensa ruso asegura que sus sistemas antiaéreos interceptaron y destruyeron 416 aparatos de largo alcance sobre numerosas regiones del país, la península de Crimea —anexionada por Rusia en 2014— y el mar Negro. La magnitud es extraordinaria incluso para una guerra en la que los enjambres de drones han dejado de ser excepción para convertirse casi en paisaje.

La presión llegó esta vez muy cerca del centro político ruso. El alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, informó de 64 drones derribados en la región de Moscú, mientras los equipos de emergencia acudían a distintos puntos donde habían caído restos. Durante la mañana se escuchó cerca de una decena de explosiones al sur de la capital. En las primeras horas no había constancia oficial de daños importantes provocados por esta oleada.

Hay, eso sí, una cautela imprescindible. Las cifras de 416 drones interceptados y 64 abatidos alrededor de Moscú proceden de las autoridades rusas y no pueden comprobarse de manera independiente en su totalidad. En plena guerra, los números también forman parte del campo de batalla. Moscú enfatiza la eficacia de sus defensas; Kiev suele ofrecer información limitada sobre muchas de sus operaciones de largo alcance.

Una oleada de drones extendida por buena parte de Rusia

El ataque no se concentró en un único corredor. Según el parte militar ruso, los drones fueron detectados sobre 15 regiones, entre ellas Briansk, Bélgorod, Kaluga, Tver, Smolensk, Kursk, Oriol, Tula, Vorónezh, Lípetsk, Tambov, Rostov, Volgogrado, Penza y Moscú. También se notificaron interceptaciones sobre Crimea y las aguas del mar Negro. Es una superficie enorme; defenderla simultáneamente no es precisamente colocar un par de baterías junto a una frontera.

Ahí aparece una de las dimensiones más importantes de estas operaciones. Lanzar centenares de aeronaves no tripuladas obliga a dispersar radares, baterías antiaéreas, sistemas de guerra electrónica y equipos de emergencia por un territorio gigantesco. Incluso cuando la mayoría de los aparatos son destruidos, el atacante puede conseguir parte de su objetivo: saturar las defensas, hacerlas trabajar durante horas y obligarlas a consumir recursos.

La ofensiva venía precedida, además, por otra jornada especialmente intensa. Los partes rusos habían comunicado la interceptación de otros 238 drones durante las horas anteriores. Sumados a los 416 de la noche, esos datos dibujan 654 aparatos neutralizados en aproximadamente 24 horas. La cifra debe leerse con la misma precaución que el resto del balance oficial, pero permite hacerse una idea de la escala que ha alcanzado esta guerra aérea.

Moscú vuelve a sentir la guerra a pocos kilómetros

Durante buena parte de la invasión, Moscú pudo contemplar la guerra desde una distancia física que Kiev, Járkov, Odesa o Dnipró jamás tuvieron. Esa comodidad relativa se ha ido erosionando. Los ataques ucranianos de largo alcance son más frecuentes y numerosos, y la capital rusa ha pasado de observar incursiones aisladas a enfrentarse a oleadas sucesivas de drones.

Sobianin fue actualizando el balance durante la madrugada a medida que avanzaba el ataque. Primero fueron grupos de aparatos relativamente pequeños; después llegaron nuevas tandas hasta alcanzar los 64 drones comunicados en la región moscovita. La secuencia importa porque no describe un golpe de unos minutos, sino una presión prolongada que obliga al dispositivo defensivo a mantenerse activo y reaccionar una y otra vez.

El salto respecto a los primeros años de la guerra resulta visible. Moscú ya había sufrido durante los últimos meses ataques con alrededor de 200 drones dirigidos hacia la capital y sus alrededores. Aquello parecía un umbral excepcional. Cada vez lo parece menos. La tecnología, la producción y la experiencia acumulada han convertido el dron de largo alcance en una herramienta habitual de la estrategia ucraniana.

Los aeropuertos de Moscú, otra vez bajo restricciones

El efecto más inmediato para la población volvió a sentirse en el tráfico aéreo. Las autoridades rusas impusieron restricciones temporales en aeropuertos de Moscú, con interrupciones o limitaciones en las operaciones mientras continuaba la actividad de las defensas antiaéreas. Domodédovo, al sur de la capital, estuvo entre las terminales afectadas, al igual que otros aeropuertos de la región moscovita.

No hace falta que un dron alcance una pista para alterar decenas de vuelos. Basta con que exista un riesgo dentro del corredor utilizado por la aviación civil para detener despegues, retrasar aterrizajes, modificar rutas o enviar aeronaves a otros aeropuertos. Así, una máquina relativamente pequeña puede generar un problema operativo enorme. El espacio aéreo ruso se ha convertido poco a poco en otro escenario de esta guerra.

Ucrania ha advertido ante los organismos internacionales de aviación del creciente riesgo asociado a los ataques de largo alcance dentro de Rusia. Kiev sostiene que sus drones no buscan aviones civiles, aunque la combinación de aeronaves no tripuladas, sistemas antiaéreos y operaciones militares en torno a grandes ciudades crea un entorno objetivamente más complejo. Moscú rechaza esa lectura y mantiene que puede garantizar la seguridad de sus rutas aéreas.

Los drones no buscan solamente provocar explosiones

La estrategia ucraniana tiene una dimensión que va bastante más allá del impacto visible de cada aparato. Durante meses, Kiev ha utilizado drones de largo alcance contra refinerías, depósitos de combustible, instalaciones militares y centros logísticos situados dentro de Rusia. Cada incursión obliga al Kremlin a decidir dónde coloca sus defensas: alrededor de Moscú, junto a una base aérea, protegiendo una refinería o cubriendo una instalación energética a cientos de kilómetros del frente.

Durante el verano, la intensidad aumentó de manera drástica. Los recuentos elaborados a partir de los propios partes rusos sitúan en más de 43.000 los drones interceptados entre junio y agosto, muy por encima del volumen registrado durante el mismo periodo del año anterior. La comparación ilustra la transformación. Ya no hablamos de incursiones esporádicas, sino de una campaña sostenida destinada a trasladar una parte del coste de la guerra al interior de Rusia.

También explica los problemas sufridos por algunas instalaciones petroleras. Un dron no necesita destruir una refinería completa para tener efectos económicos. Un incendio, la parada preventiva de una unidad o varias semanas de reparaciones pueden reducir temporalmente la producción. Es una forma peculiar de guerra industrial del siglo XXI: aparatos relativamente baratos obligando a proteger instalaciones que cuestan cientos o miles de millones.

La escalada aérea funciona en las dos direcciones

La oleada sobre territorio ruso no ocurre en un vacío. Las fuerzas rusas mantienen al mismo tiempo una intensa campaña de drones y misiles contra Ucrania, con ataques reiterados contra Kiev, Odesa y otras ciudades. Viviendas, redes eléctricas, centros logísticos e infraestructuras civiles siguen expuestos prácticamente a diario.

Los ataques contra instalaciones energéticas ucranianas han provocado cortes de electricidad que afectan a centenares de miles de hogares, mientras los bombardeos continúan causando muertos y heridos. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha ordenado incrementar la capacidad ofensiva de drones ucranianos de largo alcance, una tecnología que Kiev considera fundamental para compensar parcialmente la superioridad rusa en otros tipos de armamento.

La lógica es áspera, casi matemática. Rusia dispone de una capacidad mucho mayor para lanzar misiles y drones contra territorio ucraniano; Ucrania intenta reducir esa diferencia golpeando objetivos situados lejos del frente y obligando a Moscú a dedicar más defensas a su propia retaguardia. El resultado es una guerra aérea cada vez más profunda, donde unos cientos de kilómetros ofrecen bastante menos protección que hace apenas unos años.

Por qué 416 drones suponen un problema aunque sean derribados

La cifra comunicada este 3 de septiembre muestra precisamente ese cambio de escala. 416 drones en una sola noche, 64 de ellos interceptados en la región de Moscú, restricciones aeroportuarias y sistemas defensivos trabajando sobre una amplia franja del territorio ruso. Incluso suponiendo una elevada tasa de derribos, semejante volumen convierte la defensa en una tarea cara, compleja y permanente.

Un sistema antiaéreo no funciona gratis. Cada detección moviliza radares, operadores, interceptores, munición, equipos de guerra electrónica y personal de emergencia. Luego aparecen los restos. Derribar un dron sobre un área poblada tampoco elimina automáticamente el peligro: fragmentos del aparato o del proyectil utilizado contra él pueden caer sobre edificios, carreteras o instalaciones industriales. De ahí que la defensa contra enjambres sea uno de los grandes desafíos militares de esta guerra.

También queda por conocer qué objetivos perseguían exactamente todos los aparatos, cuántos lograron aproximarse a las zonas previstas y si aparecieron daños que no figuraban en los primeros comunicados. En operaciones de esta dimensión es habitual que el balance se modifique con las horas. Lo indiscutible es el volumen declarado y la extensión geográfica del ataque: desde áreas próximas a Ucrania hasta la propia región de Moscú.

Una retaguardia rusa cada vez más corta

La imagen que deja la madrugada es difícil de ignorar. Aeropuertos con operaciones restringidas, explosiones escuchadas alrededor de Moscú, defensas trabajando durante horas y centenares de aparatos cruzando el cielo ruso. La guerra que comenzó con columnas blindadas avanzando sobre territorio ucraniano se libra también, cuatro años después, mediante pequeñas aeronaves capaces de recorrer enormes distancias.

Para Ucrania, esa capacidad permite presionar instalaciones que hasta hace poco parecían protegidas por su lejanía. Para Rusia supone distribuir recursos antiaéreos entre el frente y una retaguardia de dimensiones continentales. Ninguna de las dos realidades garantiza por sí sola un cambio decisivo en el curso de la guerra, pero ambas alteran el cálculo militar.

Ese es, finalmente, el dato que deja el ataque de los 416 drones más allá de la espectacularidad de la cifra. La retaguardia rusa es cada vez menos retaguardia. La distancia que separaba el frente de Moscú se está encogiendo: no sobre el mapa, claro, sino en términos militares, económicos y cotidianos. Una noche tras otra, dron tras dron.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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