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¿Qué cambia tras volver Argelia al tratado con España?

Argelia devuelve a España el Tratado de Amistad y abre una nueva etapa de gas, comercio y política tras casi cuatro años de crisis bilateral
Argelia ha decidido reactivar el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación con España, el gran armazón político de la relación bilateral que llevaba suspendido desde junio de 2022. La decisión se la comunicó en Argel el presidente Abdelmadjid Tebboune al ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, durante una visita con un valor político muy evidente: no era un viaje rutinario, era el viaje del deshielo. Lo que vuelve no es un papel simbólico ni una pieza de museo diplomático. Vuelve el instrumento que ordenaba las reuniones de alto nivel, la cooperación política, la interlocución económica, la colaboración en materia de energía, los contactos entre administraciones, la circulación de personas y buena parte del clima de confianza entre dos países condenados a entenderse, aunque a veces lo hagan con gesto torcido.
La noticia importa porque el tratado no se había roto por una cuestión menor ni por un malentendido consular de esos que duran una tarde. Se congeló después del giro del Gobierno de Pedro Sánchez sobre el Sáhara Occidental, cuando Madrid apoyó el plan marroquí de autonomía y Argel consideró que España había cruzado una línea roja. Desde entonces, la relación quedó tocada: el embajador argelino salió de Madrid, el comercio no energético se desplomó, las cumbres se evaporaron y el vínculo político quedó reducido a mínimos. Ahora Argel da por superada esa crisis y reabre la puerta a una etapa nueva, con el gas en el centro, el Mediterráneo de fondo y una idea muy clara sobre la mesa: cuando España y Argelia se alejan demasiado, no solo se resiente la diplomacia; se resienten la economía, la seguridad y la capacidad de maniobrar en el sur.
El tratado que vuelve no era decorativo
El Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación fue firmado en Madrid el 8 de octubre de 2002 por José María Aznar y Abdelaziz Bouteflika. Entró en vigor al año siguiente y nació con una ambición bastante seria: convertir la relación entre ambos Estados en una asociación estable, organizada y de largo recorrido. No era un acuerdo sectorial centrado solo en gas o comercio. Era una especie de paraguas general, un texto de Estado que fijaba principios políticos y a la vez abría carriles concretos para cooperar en defensa, economía, cultura, educación, justicia, migración y seguridad. Ese es el tratado que regresa, no otro más pequeño, no una declaración amable sin consecuencias.
Su filosofía era la de una relación privilegiada entre dos vecinos mediterráneos con vínculos históricos, humanos y estratégicos. El texto hablaba de respeto a la soberanía, de no injerencia, de solución pacífica de controversias, de derechos humanos, de diálogo entre culturas y de cooperación para el desarrollo. Visto desde 2026, el detalle más delicado es precisamente ese énfasis en la no intervención en los asuntos internos y en el respeto a la posición del otro. Argelia entendió en 2022 que España rompía ese equilibrio al alinearse con Rabat en el contencioso saharaui. Por eso la suspensión del tratado tuvo una carga política mucho más profunda de lo que parecía desde Madrid. No era solo una protesta. Era una manera de decir: la confianza se ha roto.
El artículo más importante, porque estructura todo lo demás, es el que institucionaliza una Reunión de Alto Nivel anual entre los jefes de Gobierno de los dos países, otra reunión anual entre los ministros de Exteriores y consultas regulares entre altos cargos de ambas diplomacias. También preveía contactos fluidos entre otros ministerios, parlamentos, universidades, organizaciones profesionales y representantes del sector privado. Traducido al castellano de la vida real: el tratado obligaba a mantener abierta la conversación en todos los niveles, justo lo contrario de lo que ocurrió desde 2022. La reactivación, por tanto, significa que vuelven a encenderse los mecanismos que permiten ordenar la relación antes de que los problemas se conviertan en crisis.
La letra pequeña que hoy pesa más que en 2002
A veces los tratados envejecen mal. Este, curiosamente, ha envejecido con una actualidad casi incómoda. En su capítulo económico daba prioridad a proyectos de infraestructura, con mención expresa a la energía, las obras públicas, el transporte, las comunicaciones, la pesca, el medio ambiente y la gestión de recursos naturales. En defensa, hablaba de cooperación entre Fuerzas Armadas, intercambios de delegaciones, formación, ejercicios conjuntos y hasta programas comunes de investigación y desarrollo. En educación y cultura, impulsaba el intercambio de estudiantes, profesores e investigadores, la cooperación audiovisual, el patrimonio compartido y la enseñanza del español en Argelia y del árabe en España.
No se quedaba ahí. El tratado incluía además cooperación jurídica en materia civil, mercantil, penal y administrativa; colaboración consular; protección de nacionales en el otro país; facilidades para los intercambios humanos y la circulación de personas; y trabajo conjunto en el control de los flujos migratorios, la lucha contra la trata, el terrorismo transnacional, el crimen organizado y el narcotráfico. Es decir, el documento tocaba casi todos los puntos sensibles de la relación bilateral. Reactivarlo no resuelve por sí solo cada asunto, pero sí devuelve un marco estable para tratarlos. Y eso, entre Madrid y Argel, ya es mucho.
El golpe de 2022 y la factura política del Sáhara
La ruptura tuvo una fecha y un detonante muy claros. En marzo de 2022, el Ejecutivo español avaló públicamente la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental como la base “más seria, creíble y realista” para una solución del conflicto. Para Marruecos fue una victoria diplomática enorme. Para Argelia, que respalda al Frente Polisario y lleva décadas considerando el contencioso saharaui como una cuestión central de equilibrio regional y de legalidad internacional, aquello fue poco menos que una deserción española. La respuesta argelina llegó en junio: suspensión inmediata del tratado, llamada a consultas de su embajador y congelación práctica de una parte importante de la relación comercial.
La escena dejó una imagen bastante clara del tablero magrebí. España quería recomponer su vínculo con Rabat tras la crisis migratoria y política de 2021. Lo consiguió, sí, pero al precio de incendiar su relación con Argel. Durante meses, Madrid intentó sostener la idea de que podía mejorar con Marruecos sin pagar un coste serio con Argelia. No salió así. Argelia no cerró el grifo del gas, algo importante y a menudo olvidado, pero sí utilizó el instrumento que tenía más a mano para mostrar su malestar: el castigo político y comercial. El mensaje fue nítido. El gas seguiría llegando porque hay contratos y porque también Argelia juega con cálculo, no con arrebatos. Pero la relación de confianza, esa, quedaba en suspenso.
La crisis tuvo varios tiempos. Primero llegó el shock diplomático. Después, el castigo económico. Más tarde, una larga fase de congelación, con tímidos gestos de acercamiento y mucho silencio incómodo. El nombramiento del nuevo embajador argelino en Madrid, Abdelfetah Daghmoum, a finales de 2023 y la presentación de sus credenciales en 2024 abrieron una etapa menos áspera. Luego vinieron señales sectoriales, algunos permisos parciales, más vuelos, más conversaciones. En noviembre de 2024, Argelia levantó las restricciones comerciales que había impuesto a las exportaciones españolas. El daño, sin embargo, ya estaba hecho: las ventas españolas a Argelia habían caído desde 2.906 millones de euros en 2019 a apenas 351,8 millones en 2023. La diplomacia, cuando se rompe, deja huella en la aduana.
El gas explica media noticia y el momento explica la otra media
La reactivación del tratado no llega en un vacío geopolítico. Llega cuando el mercado energético vuelve a moverse con nerviosismo por el conflicto en Oriente Próximo y por la inquietud que provocan las tensiones sobre rutas críticas como Ormuz. En ese contexto, Argelia reaparece con toda su fuerza como proveedor cercano, por tubería, relativamente estable y estratégico para el sur de Europa. Albares habló en Argel de reforzar la asociación energética y de profundizarla no solo en suministro de gas, también en inversiones y en sectores como el hidrógeno verde o la energía solar. El tono de la visita no fue el de quien intenta salvar una relación moribunda. Fue el de quien quiere relanzarla porque vuelve a necesitarla mucho.
Los datos ayudan a entender por qué. En 2025, Argelia fue por tercer año consecutivo el primer proveedor de gas natural de España, con alrededor del 35% de las importaciones. En los dos primeros meses de 2026, el gas argelino seguía representando más del 29% del total. El principal conducto es Medgaz, el gasoducto submarino directo entre Argelia y España, en el que Sonatrach controla el 51% y Naturgy mantiene una participación minoritaria. En las conversaciones de estos días se ha hablado de aumentar el flujo por esa vía hasta en torno a un 10%, una subida técnicamente posible gracias al margen adicional de la infraestructura. No es un detalle menor. En un contexto de tensión global, cada metro cúbico cercano pesa más que nunca.
Aquí conviene parar un segundo. El tratado no es un contrato de gas. Pero sin tratado activo, sin confianza política, sin reuniones al máximo nivel y sin canales ordenados entre Gobiernos, empresas y ministerios, cualquier ampliación energética se vuelve más frágil, más lenta y más vulnerable al primer roce político. Por eso la noticia no se limita a la frase “Argelia vuelve al tratado”. Lo que realmente dice esa frase es otra cosa: Argel y Madrid vuelven a aceptar que su relación necesita estructura porque la improvisación sale cara.
Del comercio hundido al rebote espectacular
El otro gran termómetro es el comercio. Tras la congelación de 2022, la relación económica quedó patas arriba. Las importaciones españolas desde Argelia, muy concentradas en gas y crudo, siguieron teniendo músculo. Pero las exportaciones españolas al mercado argelino se desplomaron durante la crisis. La recuperación empezó a notarse a medida que se levantaban trabas y se recompusieron circuitos bancarios y administrativos. El salto llegó en 2025, cuando las exportaciones españolas a Argelia alcanzaron 2.133 millones de euros, un aumento del 270% respecto a 2024. La cifra no borra el daño previo, pero retrata con bastante crudeza hasta qué punto el conflicto había sido un tapón artificial y no una falta real de interés económico mutuo.
Ese rebote tiene lógica. Argelia necesita proveedores, tecnología, inversión, servicios e interlocución europea. España necesita mercado, energía, estabilidad en el Magreb y un vínculo político funcional con un vecino esencial. En cuanto la barrera política se relaja, reaparece el interés empresarial. Por eso la reactivación del tratado tiene un efecto inmediato incluso antes de que se firme nada nuevo: manda una señal de seguridad política al tejido económico. Y en diplomacia económica, las señales valen casi tanto como los boletines oficiales.
Lo que el regreso del tratado pone otra vez sobre la mesa
Una de las primeras consecuencias plausibles es el regreso de una Reunión de Alto Nivel entre ambos Gobiernos, algo que el propio tratado prevé de forma anual y que no se celebra desde 2018. Albares habló de relanzar viajes, visitas y reuniones a todos los niveles, aunque sin poner fecha todavía a una cumbre. Eso encaja con el estilo de esta reconciliación: paso a paso, sin exhibiciones innecesarias, con bastante prudencia y con el cuidado de no vender como abrazo sentimental lo que en realidad es una normalización funcional. Aun así, si la cumbre vuelve, tendrá un valor simbólico enorme: significará que la relación deja atrás la lógica de la excepción y recupera la rutina institucional.
La reactivación también refuerza asuntos menos vistosos, pero muy concretos. La cooperación migratoria, por ejemplo, vuelve a ganar peso. La ruta desde las costas argelinas hacia Baleares ha sido una de las que más preocupación ha generado en los últimos tiempos, incluso cuando la presión global sobre otras fronteras descendía. España y Argelia han reconocido que ya existe trabajo conjunto en esta materia, pero también que hace falta reforzarlo. Con el tratado activo, esa cooperación ya no depende solo de conversaciones puntuales entre ministerios; tiene detrás un marco político bilateral revalidado.
Lo mismo sucede con la cooperación consular, la circulación de personas, la interlocución judicial o el intercambio de información en materia de seguridad. Son temas que rara vez ocupan el titular principal, pero que forman la textura real de la relación entre Estados. Cuando fallan, se nota enseguida en deportaciones que no salen, en expedientes congelados, en visados más lentos, en contactos policiales más fríos o en canales judiciales menos eficaces. El tratado no hace magia, pero sí reduce la fricción estructural.
Orán, el Cervantes y la parte menos áspera del deshielo
La visita de Albares no se ha movido solo entre despachos y gasoductos. La agenda incluía también Orán, la inauguración de un nuevo Instituto Cervantes y actos de memoria vinculados al exilio republicano español y al Standbrook, aquel barco que en 1939 evacuó a miles de republicanos desde Alicante hacia el norte de África. No es un adorno cultural metido con calzador. Encaja con el propio espíritu del tratado, que da importancia a la lengua, la educación, el patrimonio compartido y la creación de centros culturales en ambos territorios.
Además, hay un dato nada menor detrás de ese gesto. En Argelia existe un interés creciente por el español, con decenas de miles de estudiantes en enseñanza primaria y secundaria y varios miles más en la universidad. Esa dimensión cultural suele quedar sepultada bajo el peso del gas y del conflicto saharaui, pero forma parte de la relación profunda entre ambos países. Y sirve para recordar algo elemental: España y Argelia no son solo energía y broncas diplomáticas. También son historia compartida, rutas humanas, intercambio lingüístico, memoria mediterránea y una proximidad que no se desactiva porque dos Gobiernos pasen una temporada enfadados.
El Sáhara sigue ahí, aunque Argel y Madrid bajen la voz
Que Argelia haya decidido reactivar el tratado no significa que el conflicto de fondo haya desaparecido. España no ha rectificado públicamente su posición sobre el Sáhara Occidental y Argelia no ha renunciado a la suya. Lo que ha cambiado es otra cosa: ambos han decidido dejar de convertir ese desacuerdo en el eje único de la relación bilateral. Es un movimiento importante, pero conviene no disfrazarlo. No hay reconciliación doctrinal sobre el Sáhara. Hay una decisión pragmática de no permitir que ese asunto bloquee indefinidamente todo lo demás.
De hecho, durante la visita de Albares a Argel, la cuestión saharaui apenas apareció en primer plano. Hubo menciones, sí, y el contexto sigue siendo evidente, sobre todo después de las conversaciones impulsadas por Estados Unidos en Madrid y Washington durante febrero de 2026 para intentar reactivar una salida negociada al conflicto. Pero el tono general fue otro. Argelia ha preferido concentrarse en el relanzamiento de la relación con España, en el refuerzo energético y en la cooperación mediterránea. Eso no equivale a dar la razón a Madrid. Equivale a aceptar una convivencia diplomática donde el desacuerdo continúa, pero ya no paraliza todo.
Ese matiz es fundamental. La política exterior real funciona muchas veces así: dos países pueden discrepar de manera seria en un asunto y, aun así, cooperar en otros muchos porque la alternativa sería peor. España necesita a Argelia como suministrador energético, como vecino sur, como actor central del Magreb y como socio relevante en el Sahel y en la gestión migratoria. Argelia necesita a España como cliente, como socio europeo, como puerta económica y como interlocutor estable al otro lado del Mediterráneo. El resultado no es una amistad idílica. Es una relación necesaria, cargada de intereses mutuos y vigilada de cerca por ambos.
Madrid y Argel vuelven a hablar en serio
Lo decisivo de esta noticia no está solo en el gesto diplomático ni en la fotografía del día. Está en que Madrid y Argel vuelven a tratarse como dos capitales que tienen demasiado en juego como para permitirse la congelación permanente. El tratado recupera su vigencia en un momento de volatilidad energética, de competición por el gas argelino, de tensión regional y de reordenación del tablero magrebí. Italia también ha movido ficha estos días para pedir más suministro. Europa mira al sur. Argelia lo sabe y aprovecha ese margen. España también lo sabe, y por eso ha querido sellar cuanto antes la normalización.
Este regreso del tratado envía varios mensajes a la vez. A Marruecos, porque demuestra que la mejora de la relación hispano-marroquí no implica necesariamente una hostilidad perpetua con Argel. A la Unión Europea, porque confirma que Argelia sigue siendo un actor central en la seguridad energética y comercial del sur. A las empresas, porque ofrece una señal de estabilidad tras años de incertidumbre. Y al propio sistema político español, porque deja una lección bastante visible: en el Magreb, cada movimiento tiene réplica y toda decisión sobre el Sáhara termina proyectándose sobre el gas, el comercio, la migración y la diplomacia de vecindad.
Lo que vuelve, en el fondo, es una idea de normalidad. No una normalidad ingenua, porque la herida de 2022 no se olvida y porque Argelia seguirá mirando con lupa cualquier evolución del expediente saharaui. Pero sí una normalidad útil, de Estado a Estado, con interlocución, con mecanismos y con una agenda que deja de girar exclusivamente alrededor del enfado. Después de casi cuatro años de frialdad, eso ya es una noticia con bastante peso.
Un pacto viejo para una etapa completamente nueva
El tratado que hoy recupera Argelia fue firmado en otro mundo. En 2002 no existía el actual mapa energético europeo, no se había cerrado el gasoducto Magreb-Europa que pasaba por Marruecos, no había estallado la cadena de crisis que ha ido del gas ruso al caos de Oriente Próximo y el Sáhara Occidental seguía instalado en su larga hibernación diplomática. Y, sin embargo, el texto ha reaparecido con una utilidad sorprendente. Porque servía entonces y sirve ahora para lo mismo: dar estructura a una relación que, sin estructura, se vuelve vulnerable.
Argelia no ha regalado nada. España tampoco. Lo que ambos han hecho es reconocer una evidencia incómoda pero práctica: necesitan una relación menos emocional, menos reactiva y más previsible. El regreso del tratado no arregla por sí mismo el pulso del Sáhara, no garantiza una cumbre inmediata, no multiplica el gas por arte de magia y no borra la desconfianza acumulada. Pero vuelve a poner en pie la arquitectura que permite discutir todo eso con método, con canales abiertos y con menos ruido de fondo. En una zona del mapa donde la política se mezcla con el gas, la historia y la seguridad en cuestión de minutos, eso pesa mucho más de lo que parece.












