Naturaleza
¿Cómo Galápagos utilizó 700 cabras espía contra 140.000 invasoras?
Galápagos eliminó más de 140.000 cabras invasoras con helicópteros y cabras Judas, una operación insólita que cambió para siempre sus islas.

La historia parece escrita por un guionista con cierta afición a la ironía: las islas Galápagos estaban siendo devastadas por decenas de miles de cabras asilvestradas y, para localizar a las últimas, los conservacionistas recurrieron precisamente a otras cabras. Las llamaron “cabras Judas”. Llevaban radiocollares, habían sido esterilizadas y hacían algo tan sencillo como decisivo: buscar compañía. Al reunirse con los pequeños grupos de cabras salvajes que todavía quedaban escondidos, revelaban su posición a los equipos de erradicación.
Eso sí, hay un matiz importante detrás de la cifra que ha vuelto a circular con fuerza. No fueron 700 cabras espía las que eliminaron por sí solas a 140.000 animales. Project Isabela combinó durante años helicópteros, cazadores en tierra, perros, GPS, sistemas de información geográfica y, en la fase más difícil, cientos de cabras Judas. El proyecto retiró más de 140.000 cabras de unas 500.000 hectáreas y tuvo un coste aproximado de 10,5 millones de dólares. Las cabras rastreadoras fueron el ingenioso remate de una operación mucho mayor.
También conviene colocar la historia correctamente en el calendario. No se trata de una operación recién terminada. Project Isabela comenzó en 1997 y sus principales trabajos concluyeron en 2006, después de actuar sobre Pinta, Santiago y el norte de Isabela. Lo que vuelve a llamar la atención es uno de los episodios más sorprendentes —y estudiados— de restauración ecológica de las últimas décadas.
No fue una batalla de 700 contra 140.000
Las cabras domésticas llegaron a Galápagos por obra humana. Marineros, balleneros y otros navegantes las dejaron en las islas como una especie de despensa viviente: animales capaces de reproducirse sin demasiados cuidados y disponibles como alimento cuando los barcos regresaran. El invento era práctico visto desde la cubierta de un navío del siglo XIX. Desde la perspectiva de un ecosistema insular aislado durante millones de años, bastante menos brillante. Las cabras ya estaban presentes en el archipiélago cuando Charles Darwin llegó en 1835.
Sin grandes depredadores naturales y con alimento disponible, algunas poblaciones crecieron de forma explosiva. En el norte de Isabela se estimaban unas 100.000 cabras al iniciarse Project Isabela. Los animales devoraban arbustos, árboles jóvenes, cactus y otras plantas de las que también dependían especies nativas. En el volcán Alcedo llegaron a transformar áreas utilizadas por las tortugas gigantes durante la estación seca, reduciendo sombra, vegetación y puntos de agua asociados a los bosques húmedos de las zonas altas.
La campaña comenzó por territorios más pequeños para probar métodos y formar equipos. Pinta funcionó como laboratorio; después llegó Santiago. El reto verdaderamente descomunal era Isabela: terreno volcánico, enormes extensiones sin carreteras y animales capaces de esconderse en una geografía que alterna lava desnuda, matorral y vegetación densa. El viejo sistema de mandar cazadores a caminar hasta encontrar algo tenía un límite bastante evidente: una isla no es un corral.
Cómo una cabra se convirtió en un radar con patas
La solución aprovechaba un comportamiento elemental. Las cabras son animales gregarios. Una cabra aislada tiende a buscar a otras cabras. Los responsables del proyecto capturaban algunos ejemplares, los esterilizaban, les instalaban radiotransmisores y los liberaban nuevamente.
Después ocurría lo interesante. La cabra Judas recorría el terreno hasta localizar a otros individuos y se incorporaba al grupo. Los técnicos podían seguir la señal del collar mediante radiotelemetría, desplazarse hasta el lugar y eliminar las cabras salvajes que permanecían allí. La rastreadora quedaba disponible para repetir el proceso. Una traición involuntaria, desde luego; al animal nadie le había explicado el nombre del programa.
El procedimiento tenía sentido sobre todo cuando la población ya se encontraba muy reducida. Encontrar miles de cabras desde un helicóptero es relativamente fácil. Encontrar tres animales escondidos entre kilómetros de vegetación puede convertirse en una pesadilla logística. Y una erradicación no admite demasiados “casi”: si queda una población reproductora suficiente, el problema puede empezar otra vez.
En Isabela, cuando la densidad cayó a niveles bajos a comienzos de 2005, la operación cambió progresivamente hacia las cabras Judas. Entre marzo de 2005 y marzo de 2006 fueron desplegadas más de 700 por distintas zonas de la isla. Los registros del proyecto contabilizaron 5.470 comprobaciones de estos animales durante 465 días; 3.439 cabras salvajes fueron abatidas mientras estaban asociadas directamente con una Judas y otras 1.085 fueron localizadas durante esas operaciones aunque no estuvieran junto a ellas en el momento de ser encontradas.
La cifra total utilizada en Isabela fue incluso algo superior: alrededor de 770 ejemplares Judas durante el proyecto. En Santiago se emplearon más de 200. Por eso reducir toda la operación a “700 cabras contra 140.000” resulta estupendo para contar la historia en una frase, pero no refleja exactamente cómo se desarrolló.
Las “Mata Hari”, una versión todavía más eficaz
Los técnicos llevaron la idea un poco más lejos con las llamadas cabras Mata Hari. Eran hembras Judas esterilizadas a las que se aplicaban tratamientos hormonales destinados a mantener durante más tiempo señales reproductivas capaces de atraer a otros animales.
El nombre tenía poca sutileza y bastante sentido del humor científico: si Judas encontraba al rebaño mediante su instinto social, Mata Hari aumentaba su capacidad de atraer compañeros. El sistema formó parte de los métodos desarrollados y probados durante las campañas de Santiago e Isabela.
No era una ocurrencia pintoresca añadida al final del proyecto. Resolver el problema de los últimos ejemplares era una cuestión económica central. En Santiago se retiraron alrededor de 79.000 cabras, pero los aproximadamente últimos 1.000 animales costaron unos dos millones de dólares. Cuando la población se hace diminuta, cada ejemplar restante exige más horas de vuelo, búsqueda y personal. El último 1% puede resultar bastante más complicado que el primer 90%.
Helicópteros, GPS y una guerra de desgaste
Antes de que entraran en escena las cabras Judas, buena parte del trabajo pesado se hizo desde el aire. En la primera fase de la campaña de Isabela, entre abril de 2004 y mayo de 2005, los equipos eliminaron 55.657 cabras mediante caza aérea. Los cazadores en tierra retiraron otras 2.637 durante el conjunto de la campaña.
Los helicópteros recorrían sectores previamente definidos y los equipos registraban con GPS los lugares donde encontraban animales. Esa cartografía permitía conocer qué zonas habían sido inspeccionadas, dónde seguían apareciendo grupos y cómo evolucionaba la densidad. En un territorio gigantesco y sin una cuadrícula de carreteras debajo, el mapa digital acabó siendo casi tan importante como el propio helicóptero.
En Isabela fueron retiradas 62.818 cabras en aproximadamente dos años, con un coste calculado en 4,1 millones de dólares. La última cabra salvaje conocida del norte de Isabela fue eliminada en diciembre de 2005 y las operaciones principales de seguimiento terminaron en marzo de 2006. Quedaron 266 cabras Judas repartidas por Isabela como sistema de vigilancia.
Project Isabela fue, en realidad, algo más amplio que una campaña contra una única especie. También perseguía eliminar cerdos y burros introducidos en determinadas zonas. Para 2006, Santiago había sido declarado libre de los grandes mamíferos introducidos que constituían el objetivo del programa, mientras Pinta y el norte de Isabela habían quedado libres de cabras asilvestradas.
Qué destruyeron las cabras en Galápagos
Una cabra no necesita ser un depredador para transformar una isla. Basta con comer. Y comer mucho.
Los ecosistemas insulares son especialmente vulnerables porque muchas de sus especies evolucionaron durante enormes periodos sin determinados herbívoros, depredadores o competidores. Cuando aparece de pronto un mamífero resistente, reproductivamente eficiente y dispuesto a alimentarse de casi cualquier brote vegetal, el paisaje puede cambiar a una velocidad que las especies locales no tienen tiempo de asumir.
En Galápagos, las cabras provocaron sobrepastoreo, pérdida de bosques y erosión, además de competir indirectamente con las tortugas gigantes por recursos vegetales. En el volcán Alcedo, la degradación de los bosques redujo incluso las zonas de sombra y acumulación de humedad utilizadas por las tortugas durante los meses secos. Una cabra comiéndose un arbusto parece un episodio trivial; cien mil haciéndolo durante años dejan de ser una anécdota y pasan a convertirse en ingeniería del paisaje.
La presión era especialmente grave en un archipiélago cuya extraordinaria biodiversidad procede precisamente de su aislamiento. Las especies invasoras continúan siendo una de las grandes amenazas para Galápagos. La conservación de las islas sigue dependiendo de controles, vigilancia y bioseguridad destinados a impedir que nuevos organismos introducidos repitan historias parecidas.
La recuperación llegó, pero no como por arte de magia
Cuando desaparecieron las grandes poblaciones de cabras, algunas respuestas fueron sorprendentemente rápidas. Árboles que habían quedado reducidos a tocones comenzaron a rebrotar, aparecieron nuevas plántulas y aumentaron arbustos, cactus Opuntia y distintas especies endémicas. En las tierras altas de Santiago e Isabela, la recuperación de la vegetación era visible poco después de las campañas.
El efecto se extendió más allá de las plantas. Investigaciones posteriores documentaron una notable recuperación del rascón de Galápagos, mientras varias especies vegetales endémicas aumentaron sus poblaciones. Una de ellas, Scalesia atractyloides, había llegado a considerarse prácticamente desaparecida en algunas zonas y respondió favorablemente tras reducirse la presión de los herbívoros introducidos.
Pero la ecología rara vez permite pulsar un botón de “restaurar configuración de fábrica”. Al desaparecer las cabras también prosperaron algunas plantas invasoras. En Santiago, por ejemplo, avanzó la mora invasora, Rubus niveus, obligando a desarrollar nuevos programas de control. Resolver un desequilibrio puede dejar espacio a otro. Los ecosistemas son así de poco aficionados a los finales limpios.
El verdadero legado de aquellas cabras espía
La gran peculiaridad de Project Isabela no fue utilizar un truco extravagante, sino combinar biología animal, tecnología y logística hasta conseguir algo que pocos años antes parecía desproporcionado: erradicar mamíferos invasores de islas enormes y geográficamente difíciles. El proyecto demostró que el tamaño del territorio podía dejar de ser una barrera insalvable cuando se mezclaban helicópteros, cartografía, cazadores especializados y seguimiento individual de los últimos animales.
También dejó una lección menos fotogénica. La mejor erradicación sigue siendo evitar la introducción. Décadas de trabajo y millones de dólares fueron necesarios para reparar una decisión humana aparentemente inocente tomada mucho antes: soltar animales domésticos en unas islas para disponer de carne en futuros viajes.
Galápagos continúa lidiando con especies introducidas. Los programas de conservación siguen señalando como amenazas importantes a gatos asilvestrados, hormigas invasoras y plantas como la mora, además de otros organismos llegados con la actividad humana. Las zonas donde las cabras fueron erradicadas muestran, mientras tanto, cómo la vegetación y la fauna nativa pueden recuperar terreno cuando desaparece una presión que nunca debería haber estado allí.
Y ahí está lo extraordinario de aquellas cabras Judas. No derrotaron ellas solas a 140.000 congéneres ni protagonizaron una especie de espionaje zoológico en sentido estricto. Hicieron algo mucho más sencillo: buscaron otras cabras. Los humanos pusieron el radiocollar, el helicóptero y el resto. El instinto social del animal hizo de brújula. Dos siglos después de haber introducido una especie para facilitarse la vida, hubo que aprender a utilizar su propio comportamiento para reparar parte del destrozo.

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