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¿Por qué hubo 38 ceros en euskera en la PAU de Euskadi y dos aulas?
Treinta y ocho ceros en euskera, dos aulas en el foco y una revisión decisiva que puede cambiar notas y aclarar qué ocurrió en la PAU vasca.

La polémica no nace de que varios estudiantes hayan suspendido Euskera en la PAU de Euskadi. Suspender entra dentro de lo posible, incluso entre jóvenes con buenos expedientes. Lo extraordinario es otra cosa: 38 calificaciones de 0,0, concentradas en alumnado de dos centros concertados del modelo A y, según la información conocida, vinculadas a dos aulas de un mismo tribunal de Bizkaia. La EHU sostiene que revisó los exámenes con resultados anómalos y que las notas son correctas. Las familias replican que la distribución resulta demasiado llamativa para despacharla con una frase administrativa.
El caso, actualizado a este 14 de junio, no ofrece pruebas públicas de manipulación, discriminación lingüística o corrección deliberadamente arbitraria. Tampoco permite cerrar el asunto con un simple «todo está bien». La universidad corrigió un error técnico que había dejado a ocho estudiantes como no presentados pese a haber hecho la prueba, pero mantiene como válidos los demás ceros. La controversia se ha desplazado así desde el sistema informático hasta el criterio de corrección, la concentración de las notas y la falta de una explicación suficientemente detallada. Ahí está el núcleo: ni conspiración demostrada ni normalidad convincente.
El patrón que convirtió una mala nota en un caso público
Los datos que han encendido la protesta son fáciles de entender y difíciles de ignorar. De los 41 estudiantes presentados por uno de los colegios, 12 obtuvieron un 0,0 en Lengua Vasca y Literatura II. En otro centro del mismo modelo educativo, 26 de 120 recibieron idéntica calificación. Son 38 ceros entre 161 aspirantes, alrededor del 23,6 % de ese conjunto. En el primer colegio, la proporción se aproxima al 29,3 %; en el segundo, al 21,7 %.
Un porcentaje alto no demuestra por sí solo que haya ocurrido una irregularidad. Puede existir una preparación deficiente, una comprensión equivocada de las instrucciones, una respuesta común mal planteada o, sencillamente, un grupo con menor competencia escrita de la esperada. Pero el elemento que ha disparado las sospechas no es únicamente la cantidad. Es la concentración en dos aulas y la diferencia entre estudiantes del mismo centro según el espacio en el que hicieron el examen. Cuando la nota parece seguir el mapa de las mesas más que el historial académico, la estadística deja de ser un decorado y exige preguntas.
Los afectados pertenecen principalmente al modelo A, en el que la enseñanza se imparte en castellano y el euskera se estudia como asignatura. Esa circunstancia puede explicar diferencias generales de dominio respecto al alumnado escolarizado con el euskera como lengua vehicular. No explica automáticamente por qué una parte concreta de los candidatos cae hasta el 0,0 mientras otros compañeros, formados en el mismo colegio, obtienen resultados muy distintos. El modelo lingüístico aporta contexto; convertirlo en sentencia automática sería una manera bastante cómoda de no mirar los exámenes.
El foco se sitúa en el tribunal 11, ubicado en el edificio Miguel Ángel Blanco de la Facultad de Economía y Empresa de Sarriko, en Bilbao. Allí se examinó alumnado de centros como El Carmen de Indautxu, Munabe, Ayalde, La Merced, Colegio Bizkaia, Urdaneta, Escolapios y el Instituto Basauri, entre otros. La presencia de colegios distintos complica cualquier explicación demasiado sencilla, aunque el patrón más preciso divulgado hasta ahora apunta a dos aulas y estudiantes de dos centros de modelo A.
También conviene rebajar una sospecha que ha circulado con rapidez: los correctores trabajan con ejercicios anónimos y no conocen el nombre ni el centro del aspirante. Eso vuelve muy improbable una selección deliberada de estudiantes por su colegio. Ahora bien, el anonimato no elimina otras posibilidades: una aplicación desigual de la rúbrica, un lote corregido con severidad excepcional, una incidencia en la asignación de cuadernillos o una interpretación rígida de determinadas respuestas. Son hipótesis, no hechos. Precisamente por eso hace falta trazabilidad, no consignas.
La PAU de 2026 reunió en Euskadi a 13.066 estudiantes y se organizó en 41 tribunales. Tres de cada cuatro hicieron las pruebas en euskera y alrededor del 24 % las realizó en castellano. En el conjunto de la fase de acceso, 11.507 de los 12.080 estudiantes de Bachillerato presentados aprobaron, un 95,26 %. El sistema, observado desde lejos, funcionó con una tasa de éxito muy elevada. Pero las medias generales tienen una vieja habilidad para ocultar los problemas locales, como una sábana limpia extendida sobre una baldosa rota.
Dos fallos distintos bajo el mismo cero
El desconcierto aumentó porque las primeras comunicaciones apuntaron a un posible problema técnico en la introducción de las calificaciones. Algunos centros recibieron un aviso relacionado con el aplicativo GAUR, utilizado para registrar las notas. Durante unas horas, numerosas familias pensaron que la avalancha de ceros era un error informático y que bastaría con corregir la base de datos. No fue exactamente así.
Los ocho estudiantes que aparecían como no presentados
La EHU confirmó que ocho estudiantes figuraban como no presentados aunque habían realizado el examen. La universidad revisó esos registros, incorporó las calificaciones correctas e informó a los centros afectados. En algunos casos, según la explicación institucional, la nota real seguía siendo cero; en otros, no. Fue una incidencia administrativa comprobada y subsanada.
Ese fallo importa por dos motivos. Primero, porque demuestra que el sistema no fue impecable. Hubo un error material capaz de colocar la ausencia donde existía un ejercicio entregado. Segundo, porque alimentó una expectativa que después chocó con la respuesta oficial: corregidos esos registros, la universidad aseguró que no había detectado más incidencias y que los ceros restantes correspondían a la evaluación académica de los exámenes.
No debe sumarse de manera automática ocho y 38 para hablar de 46 afectados. Las cifras describen planos diferentes y puede existir solapamiento entre algunos expedientes. Mezclarlas fabricaría un titular más grande, sí, pero también menos riguroso. Lo relevante es que el primer problema quedó localizado en el registro de notas, mientras la controversia posterior se refiere a la valoración de un número mucho mayor de pruebas.
Los 38 ceros que la EHU mantiene como correctos
Tras revisar de oficio ejercicios con un porcentaje elevado de suspensos, la EHU concluyó que las calificaciones habían sido asignadas correctamente. La vicerrectora del Campus de Bizkaia, Estitxu Garai, defendió que el procedimiento es garantista y recordó que los estudiantes pueden solicitar una segunda revisión. La posición institucional es clara: hubo un error con varios «no presentados», pero no un fallo general del tribunal ni de la corrección.
El problema es que una declaración de corrección no equivale todavía a una explicación pública del patrón. Las familias no piden que se apruebe por decreto a quien no demostró competencia. Quieren saber por qué tantos ejercicios de determinados grupos recibieron exactamente cero puntos, qué partes se consideraron inválidas, cuántos correctores intervinieron, cómo se distribuyeron los lotes y si las diferencias entre aulas se compararon con el resto del tribunal. Son preguntas razonables, incluso incómodas. Las instituciones democráticas se hicieron, entre otras cosas, para responder preguntas incómodas sin interpretarlas como una falta de respeto.
Sería igualmente irresponsable presentar a los correctores como culpables sin pruebas. Evaluar cientos de exámenes en pocos días, con una rúbrica minuciosa y una presión considerable, es una tarea difícil. La sospecha pública puede destruir una reputación con la misma ligereza con la que una nota equivocada altera un expediente. La salida no pasa por señalar nombres, sino por auditar el proceso: doble lectura, distribución de notas por corrector, comparación entre aulas y aplicación documentada de los criterios.
La polémica ha empezado a adquirir tonos políticos porque mezcla educación, centros concertados y euskera, tres ingredientes que en Euskadi convierten cualquier conversación en un pequeño campo magnético. Pero la cuestión concreta es menos épica y bastante más verificable: si varios ejercicios merecen un 0,0, la universidad debe poder mostrar cómo se llegó a ese resultado. Y si no lo merecen, debe rectificar. La lengua no necesita mártires improvisados ni enemigos de cartón; necesita evaluaciones serias.
Un examen de diez puntos que obliga a explicar el 0,0
El examen oficial de Lengua Vasca y Literatura II estaba dividido en dos grandes bloques. La primera mitad, valorada con cinco puntos, medía comprensión lectora y lengua. Incluía cuatro preguntas sobre un texto, la identificación del tema, un resumen de hasta 60 palabras, corrección de errores, sinónimos y transformación de formas verbales. La segunda mitad, también de cinco puntos, exigía producir un texto: un artículo de opinión o un correo electrónico de al menos 180 palabras, valorado con cuatro puntos, y relacionar el texto principal con otro material en una respuesta breve de un punto.
Esta estructura permite suspender de muchas maneras. Un estudiante puede comprender el texto y escribir mal; puede manejar la gramática pero no desarrollar la redacción; puede perder puntos por no ajustarse al género solicitado o por entregar un escrito demasiado corto. Lo menos habitual es acabar con 0,0 en el conjunto completo, porque la prueba reparte puntuación entre tareas distintas y permite obtener fracciones de punto en apartados independientes.
La guía de corrección aclara que las respuestas incorrectas de comprensión no reciben una penalización añadida: sencillamente, no suman. El resumen se valora por su capacidad de síntesis, coherencia y elaboración propia. La redacción principal se puntúa según la adecuación al encargo, la organización, la calidad de los argumentos, el registro, el vocabulario, la sintaxis, la ortografía y la puntuación. Incluso los textos con carencias importantes pueden situarse en la franja de uno a dos puntos si siguen siendo comprensibles. La banda de cero a uno queda reservada para escritos con errores que dificultan seriamente la comprensión.
Hay otro detalle decisivo. Los criterios oficiales establecen que por ortografía, gramática y aspectos pragmáticos se pueden descontar como máximo dos puntos sobre diez. Una acumulación de faltas no basta por sí sola para convertir en cero un examen que haya obtenido puntuación por contenido, comprensión o tareas lingüísticas. Para llegar al 0,0 tendría que no haberse reconocido prácticamente ningún mérito en ninguno de los apartados, o existir alguna circunstancia que invalidara las respuestas.
Eso no vuelve imposible la nota. Un examen en blanco, respuestas ajenas a lo pedido, un texto incomprensible o apartados sin contestar pueden conducir a ella. También podría ocurrir que un grupo recibiera una preparación alejada del formato final y fallara en bloque. Pero cuantos más estudiantes entregaron ejercicios completos y mejores fueran sus antecedentes, más necesaria resulta una explicación individualizada. Un certificado B2, por cierto, no garantiza aprobar una prueba concreta; tampoco casa bien con la idea perezosa de que cualquier 0,0 debe aceptarse sin volver a mirar el papel.
El texto de la prueba abordaba la importancia de atender a los pacientes en su lengua materna. A partir de ese contenido, el alumnado debía responder cuestiones de comprensión, resumir, corregir formas lingüísticas y redactar sobre las barreras de comunicación en la sanidad. No era un examen secreto ni una improvisación oral. Había criterios publicados, tareas separadas y una escala detallada. La discusión no debería girar alrededor de impresiones como «era fácil» o «era difícil», sino de algo más sobrio: qué puntuación recibió cada respuesta y por qué.
Ahí aparece el valor de la segunda corrección. No es una concesión compasiva ni un favor de la universidad. Es el mecanismo diseñado para comprobar que todas las preguntas fueron evaluadas, que no existen errores de suma y que la rúbrica se aplicó correctamente. En un caso con una concentración tan peculiar, esa revisión no sólo protege a cada estudiante. También protege a los correctores y a la propia EHU de sospechas que, sin datos, crecerán como humedad en una pared.
La revisión puede cambiar notas y despejar sospechas
El plazo ordinario para solicitar la revisión permanece abierto hasta el lunes 15 de junio. La petición se tramita mediante SARBIDEA y debe incluir las materias que se quieren revisar. La normativa establece que el ejercicio será examinado por un especialista distinto del primer corrector. Antes de volver a calificarlo, comprobará que todas las cuestiones fueron valoradas y que no hubo errores materiales o aritméticos. Si detecta uno, se rectifica la primera nota.
Después se realiza una segunda corrección completa. La calificación final resulta de la media entre la primera —o la rectificada— y la segunda. Si ambas difieren en dos puntos o más, otras dos personas deben efectuar una tercera corrección y consensuar la nota definitiva. No es un vistazo rápido por encima del papel. Sobre el reglamento, al menos, es un procedimiento robusto.
Los resultados de la revisión se publicarán el 22 de junio. Quienes hayan reclamado podrán solicitar ver sus exámenes los días 23 y 24, y recibirán una copia por correo electrónico entre el 25 de junio y el 6 de julio. Esas fechas importan porque la controversia se resolverá en dos tiempos. Primero llegará la corrección académica. Después, el acceso a los ejercicios permitirá comprobar si la nota encaja con lo escrito.
Familias y estudiantes han convocado una protesta en San Mamés para este lunes bajo el lema de respeto y transparencia. Algunos centros estudian también reclamaciones conjuntas. La movilización puede servir para pedir información, pero no sustituye el procedimiento individual. Cada nota pertenece a un examen concreto, y cada ejercicio debe recorrer la vía de revisión. El ruido de la calle puede abrir una puerta; la corrección documentada decide lo que hay detrás.
Una nota muy baja en una materia de la fase de acceso reduce la media de la PAU y puede afectar a la calificación con la que se compite por una plaza universitaria. En titulaciones con notas de corte elevadas, unas décimas separan a veces una matrícula de un año de espera. El cero no es una mancha simbólica: pesa sobre el cálculo y puede alterar decisiones académicas, mudanzas, becas y planes familiares.
La nota de acceso combina el 60 % del expediente de Bachillerato y el 40 % de la fase de acceso, siempre que la media de esta última alcance al menos cuatro puntos. Un cero en una de las materias no implica automáticamente suspender toda la PAU, pero arrastra la media y puede resultar especialmente dañino para quienes necesitan competir en la franja alta. El sistema es una balanza fina; soltar una piedra en uno de los platillos y pedir calma nunca ha sido una gran política de comunicación.
La EHU tiene razón en una cuestión esencial: existe un cauce garantista y debe utilizarse. Las familias también la tienen al reclamar algo más que una remisión burocrática al formulario. Cuando decenas de resultados extremos se agrupan en un espacio concreto, la respuesta institucional debería incluir datos agregados: distribución de notas en el tribunal, comparación entre aulas, número de correctores, dispersión de calificaciones y porcentaje de cambios tras la revisión. Sin identificar a menores, sin exhibir exámenes, sin montar un juicio popular. Transparencia básica.
La confianza también se examina
Este episodio no demuestra que exista una persecución contra el alumnado del modelo A. El anonimato de los ejercicios y la ausencia de pruebas públicas obligan a descartar acusaciones tajantes. Tampoco demuestra que los 38 ceros sean necesariamente erróneos. Es posible que la segunda corrección confirme una parte importante de ellos. La responsabilidad exige no rellenar con certezas lo que todavía son huecos.
Pero la concentración de calificaciones extremas es un dato relevante. Un 0,0 no es un suspenso corriente, y 38 ceros vinculados a dos aulas no pueden tratarse como una simple anécdota estadística. La EHU ya comprobó que el sistema había cometido al menos un fallo de registro con ocho estudiantes. Desde ese momento, pedir una revisión más amplia no es paranoia. Es prudencia.
La salida razonable pasa por mantener separados tres planos. El primero es el error informático ya reconocido y corregido. El segundo es la revisión individual de los exámenes que recibieron cero. El tercero es el análisis global del patrón, que debe determinar si hubo un efecto de aula, de lote o de corrector. Mezclarlo todo beneficia a los extremos: a quienes quieren convertir el caso en una guerra contra el euskera y a quienes preferirían liquidar cualquier duda como una rabieta de familias incapaces de aceptar un suspenso.
La educación pública —también cuando participan centros concertados— necesita reglas iguales, criterios comprensibles y capacidad para rectificar. No basta con que el procedimiento sea garantista en el reglamento; debe parecerlo cuando llega el conflicto. La confianza no se obtiene pronunciando la palabra «garantía» varias veces, como si fuera un conjuro. Se obtiene mostrando el recorrido de la nota, aceptando la revisión externa y publicando datos suficientes para que el patrón deje de parecer inexplicable.
El 22 de junio ofrecerá la primera respuesta sólida. Si las segundas correcciones mantienen los ceros, la EHU tendrá argumentos más fuertes, aunque seguirá siendo útil explicar la concentración. Si cambian muchas notas, habrá que aclarar por qué la revisión de oficio no detectó antes el problema. En ambos escenarios, esconderse detrás de fórmulas genéricas sería un error. La universidad se juega algo más que unas décimas: se juega la credibilidad del acceso universitario.
Y los estudiantes, mientras tanto, esperan. Han pasado meses preparando una prueba que decide buena parte de su futuro inmediato. No merecen aprobados regalados ni sospechas infladas. Merecen que cada línea de sus exámenes sea corregida con el mismo rasero y que, cuando 38 ceros aparecen juntos, alguien encienda la luz y explique el dibujo completo.

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