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Economía

¿Por qué Trump está regalando al euro una ocasión de oro?

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Trump vende su economía al Congreso

Trump convierte el dólar en un arma política y abre al euro una ocasión inesperada mientras China gana margen para cobrar en moneda europea.

Donald Trump no ha convertido al euro en moneda dominante del planeta, ni China ha abandonado el dólar, ni estamos ante una revolución monetaria de madrugada con confeti en Fráncfort. La noticia es más sutil, y por eso más importante: cuanto más usa Estados Unidos su moneda como palanca política, más incentivos encuentran otras potencias para reducir dependencia, repartir riesgos y cerrar operaciones en euros, yuanes u otras divisas. El dólar sigue mandando. Pero manda con más ruido alrededor. Y el ruido, en finanzas, también cotiza. El dólar conserva todavía más de la mitad de las reservas oficiales mundiales, mientras el euro se mantiene como segunda gran divisa internacional y el renminbi chino avanza lentamente desde una posición mucho más modesta.

La ayuda involuntaria de Trump al euro nace de una paradoja bastante trumpiana: intenta reforzar el poder económico de Estados Unidos mediante aranceles, presión comercial y unilateralismo, pero esa misma exhibición empuja a gobiernos, bancos centrales y empresas a preguntarse qué ocurre cuando la moneda imprescindible deja de parecer neutral. La Casa Blanca ha recurrido a recargos a las importaciones y a nuevas presiones comerciales para corregir desequilibrios exteriores, una fórmula técnica con aroma a martillo político. El mensaje que reciben aliados y rivales es claro: el dólar sigue siendo central, sí, pero cada vez llega más cargado de condiciones, amenazas y sobresaltos.

El dólar sigue en el trono, pero el trono cruje

El dólar no está cayendo por un precipicio. Conviene decirlo pronto, antes de que la imaginación convierta los mercados de divisas en una serie de Netflix. Estados Unidos conserva la moneda más líquida, más profunda y más utilizada del sistema internacional, porque detrás del billete verde hay mercados de deuda gigantescos, contratos energéticos, deuda corporativa, seguros, derivados, comercio marítimo, reservas oficiales y una costumbre de décadas. Cambiar eso no es como cambiar de banco porque la app funciona mal. Es cambiar las tuberías de una ciudad mientras la ciudad sigue bebiendo agua.

Pero una cosa es dominar y otra muy distinta parecer inevitable. Ahí está el matiz. Durante años, buena parte del mundo aceptó el dólar no solo por fuerza económica, sino porque ofrecía una promesa de estabilidad: la moneda estadounidense era el gran idioma común del comercio internacional. Se usaba entre países que ni siquiera tenían relación directa con Estados Unidos, del mismo modo que dos turistas recurren al inglés aunque ninguno haya nacido en Londres. El problema empieza cuando ese idioma común se convierte también en un detector de enemigos, un sistema de sanciones, una amenaza arancelaria y una extensión de la política interior de Washington.

Trump ha intensificado esa percepción. Su política comercial no solo encarece importaciones o cambia márgenes empresariales; introduce incertidumbre jurídica y estratégica. Sus aranceles, sus amenazas a socios tradicionales y su tendencia a mezclar comercio, seguridad nacional y relato político han colocado al dólar en una posición incómoda. Sigue siendo refugio, pero empieza a parecer también un instrumento de presión. Y cuando una moneda deja de ser solo un activo de confianza para convertirse demasiado en herramienta de castigo, el resto del mundo empieza a buscar salidas. Sin épica. Sin pancartas. Con hojas de Excel.

El mensaje que llega fuera de Estados Unidos no es solo “vamos a cobrar más en aduanas”. Es otro: el acceso al mercado estadounidense, al dólar y al marco financiero de Washington puede cambiar por decisión política rápida. Para un exportador chino, un banco europeo, un fondo soberano asiático o una petrolera de Oriente Medio, esa señal pesa. No siempre se traduce en una ruptura. Casi nunca. Se traduce en una hoja de cálculo más prudente: un poco menos de dólar aquí, una línea de liquidez en euros allá, más coberturas, más contratos en monedas locales, más oro, más acuerdos bilaterales. Nada épico. Todo acumulativo.

China no abandona el dólar: aprende a rodearlo

La frase “China ya cobra en euros” necesita bisturí, no megáfono. No significa que Pekín haya sustituido el dólar por el euro en su comercio exterior, ni que los contenedores chinos salgan de Shanghái con una bandera azul de estrellas amarillas pintada en el casco. Significa que la relación financiera entre China y Europa cuenta cada vez con más mecanismos para operar en monedas distintas al dólar, incluido el euro, y que la propia lógica comercial invita a ampliar ese uso cuando Washington se vuelve menos previsible.

La pieza relevante no es un gesto aislado, sino la infraestructura. El Banco Central Europeo y el Banco Popular de China mantienen un acuerdo bilateral de swap euro-renminbi, un mecanismo que permite disponer de liquidez en ambas monedas ante situaciones de tensión. Su función oficial es técnica, casi gris: servir como respaldo para los bancos de la zona euro si necesitan renminbi. Pero su importancia política es más amplia: Europa y China mantienen una cañería monetaria propia, ajena al dólar, preparada para momentos de fricción. En tiempos tranquilos parece fontanería. En tiempos de crisis, puede parecer una autopista.

Ese acuerdo no convierte al euro en emperador de Asia. Tampoco convierte al yuan en divisa libre y universal, porque China mantiene controles de capital, interviene su sistema financiero y no ofrece todavía la confianza institucional que sí proporcionan los mercados estadounidenses o europeos. Pero sí enseña algo: Pekín no quiere depender de una sola autopista financiera. Cuando una carretera tiene peajes imprevisibles, sanciones posibles y un guardia con gorra roja agitando la libreta de multas, el conductor busca rutas secundarias. Algunas son peores. Otras son más lentas. Pero existen.

La relación comercial entre la Unión Europea y China da tamaño a esa posibilidad. Europa compra muchísimo más a China de lo que vende allí, con un desequilibrio enorme en bienes industriales, tecnológicos y de consumo. Ese déficit es incómodo, políticamente inflamable y muy difícil de corregir sin dañar cadenas de suministro. Pero también significa que hay un volumen gigantesco de facturas, financiación comercial, seguros, coberturas y pagos donde el euro puede ganar uso si las partes quieren reducir exposición al dólar. La pregunta real no es si China deja de usar el dólar. La pregunta útil es cuántas operaciones puede sacar del dólar sin romper nada.

China tiene además su propia ambición: internacionalizar el renminbi sin abrir del todo la puerta de casa. Ha impulsado sistemas de pagos transfronterizos, acuerdos bilaterales, liquidaciones en moneda local y una red financiera más resistente a sanciones occidentales. Esa arquitectura no destrona al dólar, pero muestra que Pekín está construyendo raíles alternativos, pieza a pieza, como quien levanta una estación antes de anunciar la línea completa. En el fondo, China sabe que la hegemonía monetaria no se improvisa. Se cultiva. Y también se aprovechan los errores del rival.

El regalo involuntario de Trump al euro

La ironía es limpia. Trump quiere que Estados Unidos sea más fuerte, más autosuficiente, más temido. Pero al convertir la política comercial en una sucesión de amenazas, recargos, excepciones y litigios, está dando argumentos a quienes defienden una economía mundial menos dependiente del dólar. No porque el euro sea más seductor de pronto, ni porque Bruselas se haya levantado una mañana con reflejos imperiales. Más bien porque el dólar, usado como arma con demasiada frecuencia, pierde parte de su apariencia de suelo común.

Esa convergencia no es casual. Europa quiere autonomía estratégica; China quiere blindaje frente a sanciones; muchos países emergentes quieren no quedar atrapados en guerras ajenas. Cada uno mira su bolsillo, que suele ser la forma más sincera de geopolítica. La discusión sobre la desdolarización lleva años circulando en cumbres, informes y despachos, pero Trump le ha dado algo que no siempre tenía: una razón emocional, política y comercial al mismo tiempo. El dólar no solo es dominante. También puede ser incómodo.

El euro aparece ahí como una alternativa imperfecta, pero útil. Tiene detrás una economía grande, un banco central creíble, inflación vigilada, mercados financieros desarrollados y una zona monetaria de enorme poder comercial. También tiene defectos conocidos: fragmentación política, falta de un verdadero activo seguro común comparable al bono del Tesoro estadounidense, crecimiento débil y demasiada lentitud institucional. Europa, cuando decide, decide como una comunidad de vecinos con traducción simultánea. A veces desespera. A veces protege.

El Banco Central Europeo lleva años defendiendo que el euro es la segunda moneda más importante del sistema monetario internacional. Su papel global no avanza como un cohete, pero tampoco retrocede como una moneda menor. Se mantiene. Aguanta. Y ese aguante, en un mundo de sobresaltos, empieza a valer más. La moneda europea no es una promesa romántica de poder. Es una herramienta estable, regulada, reconocible, con suficiente músculo para absorber parte de la diversificación que muchos actores buscan.

Ese aguante es justo lo que puede resultar atractivo cuando el dólar empieza a parecer más político. Nadie necesita enamorarse del euro para usarlo más. Basta con considerarlo suficientemente seguro, suficientemente líquido y suficientemente práctico. En comercio internacional, muchas decisiones no nacen del entusiasmo, sino de la fatiga. Si una empresa china vende a Europa y compra maquinaria europea, si un banco europeo financia operaciones en Asia y si ambos quieren reducir riesgo de sanción o tipo de cambio, el euro deja de ser una bandera y se convierte en herramienta de trabajo.

Aranceles, miedo y esa cosa fría llamada confianza

Las monedas internacionales viven de algo muy aburrido y muy frágil: confianza repetida. No basta con que un país sea rico. Debe ser previsible. No basta con tener ejército. Debe tener tribunales, reglas, profundidad financiera y cierta contención política. El dólar ha disfrutado durante décadas de una ventaja extraordinaria porque Estados Unidos combinaba poder duro, mercados abiertos y una arquitectura institucional que el resto del mundo aceptaba incluso cuando la criticaba. Esa mezcla no desaparece. Pero se erosiona cuando la regla parece depender demasiado del humor presidencial.

Los aranceles de Trump contra socios y competidores producen daños visibles en cadenas de suministro, precios y márgenes. También producen otro daño menos fotogénico: obligan a empresas y gobiernos a valorar el riesgo político estadounidense como coste permanente. Una empresa europea que exporta a Estados Unidos no solo calcula transporte, aduanas y demanda. Calcula también qué puede anunciar Washington la semana siguiente. Un proveedor chino no solo mira el tipo de cambio. Mira sanciones, controles tecnológicos, restricciones financieras y futuras represalias. El dólar sigue siendo útil, pero ya no parece completamente neutro.

La tensión con la Unión Europea lo muestra bien. Trump ha usado los aranceles como presión sobre sectores sensibles, incluido el automóvil, una industria donde Alemania, Francia, Italia y España tienen mucho que perder. Cuando Washington amenaza con elevar gravámenes sobre coches y camiones europeos, no solo mueve una partida comercial. Golpea empleo industrial, inversiones, proveedores, cadenas logísticas y política interna. Otra vez el mismo patrón: Washington aprieta para traer producción; Europa calcula daños; los mercados revisan riesgos.

En ese paisaje, el euro puede ganar peso no porque Europa esté eufórica, sino porque ofrece una cobertura frente a la arbitrariedad estadounidense. Es una moneda de una potencia regulatoria, no de una potencia militar clásica. Bruselas no tiene portaaviones suficientes para impresionar a nadie, pero tiene normas, mercado, consumidores, tribunales y una obsesión casi monástica por los procedimientos. A veces esa lentitud que irrita a todos se convierte en una forma de estabilidad financiera. El mundo financiero, que presume de audaz, suele dormir mejor con burócratas previsibles que con caudillos improvisando aranceles en horario televisivo.

El problema para Europa es que una moneda internacional fuerte también trae incomodidades. Si el euro se aprecia demasiado, las exportaciones europeas sufren. Si atrae más demanda como activo de reserva, los flujos financieros pueden complicar la política monetaria. Si se convierte en refugio geopolítico, la Unión Europea tendrá que asumir responsabilidades que históricamente ha preferido delegar en Estados Unidos. No hay poder gratis. El euro no puede querer ser adulto internacional solo para las fotos y menor tutelado cuando llegan las facturas.

La eurozona tiene ocasión, pero no chequera infinita

Para que el euro aproveche esta ventana, Europa necesita algo más que beneficiarse de los errores de Trump. Necesita profundidad financiera, unión de mercados de capitales, activos seguros comunes, defensa creíble, energía competitiva y una política industrial menos sonámbula. Suena a menú de cumbre europea, sí. Pero detrás de esa jerga hay una realidad simple: una moneda global necesita un continente capaz de absorber ahorro mundial sin partirse por dentro.

Estados Unidos ofrece al mundo un océano de bonos del Tesoro. Europa ofrece varios lagos nacionales, algunos muy profundos, otros más pequeños, conectados por canales políticos que a veces se atascan. Esa diferencia importa. Un banco central asiático que quiere colocar cientos de miles de millones necesita liquidez, seguridad y salida rápida. El euro puede ofrecer parte de eso, pero no con la misma escala ni simplicidad que el dólar. Por eso la sustitución total no está sobre la mesa. Lo que sí está sobre la mesa es una diversificación lenta, selectiva, casi doméstica en su pragmatismo.

La oportunidad europea es más real en pagos, financiación comercial, reservas parciales, emisiones de deuda y contratos bilaterales que en una coronación monetaria mundial. Si una petrolera, una minera o un fabricante asiático decide cerrar parte de sus operaciones con clientes europeos en euros, no está haciendo una declaración ideológica. Está reduciendo costes de conversión, alineando ingresos y gastos, y evitando pasar siempre por el dólar. La desdolarización, cuando ocurre de verdad, no entra por la puerta principal con banda de música; se cuela por contabilidad, tesorería y gestión de riesgos.

China lo entiende bien. Por eso empuja el yuan, fortalece sus sistemas de pago, firma acuerdos de swap, usa Hong Kong como laboratorio financiero y acepta más operaciones en monedas locales cuando le conviene. Pero Pekín tampoco quiere perder control. Un renminbi plenamente global exigiría liberalizar capitales, aceptar salidas bruscas de dinero, tolerar mercados más independientes y permitir que los inversores extranjeros juzguen sin filtros la economía china. Ese es el candado del yuan. Puede avanzar mucho como moneda de comercio, sobre todo con países dependientes de China, pero le cuesta convertirse en reserva universal mientras el Estado siga con la mano tan cerca del interruptor.

Ahí el euro tiene una ventaja curiosa: no es el dólar, pero tampoco es el yuan. No pertenece a una superpotencia única con apetito de sanción permanente ni a un sistema cerrado de partido único. Es la moneda de una unión complicada, discutidora, reglamentista, a veces exasperante. Precisamente por eso puede resultar cómoda para terceros que buscan un punto intermedio. No enamora. No intimida. Sirve. En finanzas, servir ya es muchísimo.

Lo que cambia para empresas, bancos y gobiernos

Para las empresas europeas, este giro no significa que mañana todos los contratos con China vayan a firmarse en euros. Significa que conviene mirar la moneda de facturación con más atención. Una compañía española que venda maquinaria, alimentación, componentes industriales o servicios tecnológicos a clientes chinos puede encontrarse con más disposición a negociar pagos en euros, sobre todo si sus costes principales también están en euros. Cobrar en la propia moneda reduce riesgo cambiario, simplifica coberturas y protege márgenes cuando el dólar se mueve con violencia.

Para los bancos, el movimiento implica más negocio, pero también más vigilancia. Operar en varias monedas exige liquidez, cumplimiento normativo y capacidad técnica. Los acuerdos entre bancos centrales funcionan precisamente como red de seguridad para tensiones de liquidez, no como adorno diplomático. La fontanería financiera importa porque las crisis casi siempre empiezan cuando alguien descubre que la moneda que necesita no llega a tiempo.

Para los gobiernos, la lección es más incómoda. La soberanía monetaria no se declama; se construye. Europa lleva años hablando de autonomía estratégica, pero sigue dependiendo de Estados Unidos en seguridad, tecnología crítica, energía en parte, plataformas digitales y financiación global. El euro puede ganar papel internacional si el dólar pierde brillo político, pero esa ganancia será limitada si la Unión Europea no completa sus propios deberes internos. Una moneda fuerte no compensa una industria débil ni una defensa subcontratada.

Trump, mientras tanto, actúa como acelerador involuntario. Cada amenaza arancelaria, cada pulso con aliados, cada uso expansivo de herramientas comerciales, cada duda sobre la independencia institucional estadounidense alimenta una conversación que hace diez años sonaba académica y ahora suena ejecutiva: cuánto dólar es demasiado dólar. No es antiamericanismo. Es prudencia. Cuando el proveedor principal cambia condiciones cada dos semanas, el comprador busca segundo proveedor aunque siga comprando al primero.

El euro todavía no reina, pero ya pesa más

La gran noticia no es que el euro vaya a sustituir al dólar. La gran noticia es que el mundo empieza a comportarse como si depender por completo del dólar fuera menos cómodo que antes. Esa diferencia parece pequeña, pero en economía internacional las placas tectónicas rara vez se mueven con titulares limpios. Se desplazan bajo tierra, durante años, hasta que un día el paisaje ya no coincide con el mapa antiguo.

Trump quería reforzar Estados Unidos con presión comercial. Puede conseguir parte de ese objetivo en sectores concretos, arrancar concesiones, forzar inversiones o encarecer importaciones. Pero también está dejando un efecto secundario que ni sus discursos suelen admitir: al politizar más el dólar, facilita que el euro parezca una alternativa sensata para una parte del comercio y de las reservas. No una alternativa total. No una revolución. Una cuña monetaria. Y las cuñas, cuando entran bien, separan bloques enormes.

China cobra y cobrará más operaciones en euros cuando le convenga, Europa intentará vender estabilidad sin haber terminado de construirla y el dólar seguirá dominando mientras no aparezca un rival con la profundidad, liquidez y confianza suficientes. La escena, por tanto, no es el funeral del billete verde. Es otra cosa: un mercado mundial que empieza a guardar una segunda llave en otro bolsillo. Y esa llave, cada vez más a menudo, tiene el símbolo del euro grabado en el metal.

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