Historia
¿Qué revelan las tres tumbas del Imperio Nuevo halladas en Saqqara?
Tres tumbas del Imperio Nuevo halladas en Saqqara revelan relieves, jeroglíficos y la vida de altos funcionarios del mundo faraónico egipcio.

Una misión arqueológica egipcia ha descubierto tres tumbas excavadas en la roca en la necrópolis de Bubastión, dentro del extenso yacimiento de Saqqara. Los enterramientos pertenecieron a Mentuhotep, Paremwia —también llamado Samut— y Nehesy, tres hombres vinculados a la administración, el ejército y el poderoso entorno religioso de Menfis durante el Imperio Nuevo, la etapa comprendida aproximadamente entre 1550 y 1069 a.C.
El hallazgo incluye relieves, inscripciones jeroglíficas, nombres de familiares y una referencia al regreso de un jefe militar desde Naharin, en el norte de Siria. No ha aparecido, al menos de momento, el consabido cofre de oro con maldición cinematográfica. Lo encontrado resulta menos vistoso para una portada de Hollywood, pero bastante más valioso para reconstruir cómo funcionaban el poder, las familias y las redes internacionales del antiguo Egipto.
Tres tumbas que devuelven el nombre a sus propietarios
Las sepulturas fueron localizadas en el sector oriental del escarpe calizo de Bubastión. Se trata de espacios tallados directamente en la piedra, una arquitectura funeraria que exigía planificación, trabajadores especializados y recursos suficientes. No eran agujeros discretos para pasar a la eternidad sin hacer ruido.
Los jeroglíficos han permitido identificar a sus propietarios y, sobre todo, recomponer parte de sus biografías. Esa es la importancia real del descubrimiento. En arqueología, un nombre acompañado por cargos, parentescos y escenas cotidianas puede contar más que una vitrina llena de objetos descontextualizados.
Las tumbas aportan nueva información sobre las élites de la antigua Menfis, una ciudad que siguió conservando peso administrativo y religioso durante el Imperio Nuevo, aunque la corte y el centro político se desplazaran en distintos momentos hacia Tebas y otras capitales.
Mentuhotep, un funcionario con poder civil y militar
La primera tumba pertenece a un hombre llamado Mentuhotep. No se le presenta como uno de los faraones homónimos que gobernaron siglos antes, sino como un alto cargo dotado de una colección de títulos que, incluso para los estándares egipcios, impresiona.
Las inscripciones lo describen como príncipe hereditario, alcalde, portador del sello real, administrador, supervisor de las tierras extranjeras y responsable del ejército de Khabeshet. También aparece como quien complacía el corazón del gobernante, una fórmula cortesana que suena delicada, aunque probablemente escondiera obligaciones bastante menos poéticas.
El muro norte conserva escenas de portadores de ofrendas y actividades de caza. En otra composición de mayor tamaño, Mentuhotep aparece sentado junto a su madre, Iahhotep. Su presencia no es un detalle doméstico colocado por ternura: la representación conjunta y el tamaño de las figuras reflejan la posición elevada de la familia y el valor del linaje dentro de la identidad pública del difunto.
Los títulos combinan competencias municipales, administrativas y militares. Mentuhotep parece haber trabajado en ese territorio poroso donde la gestión de ciudades, tierras, tropas y dominios exteriores se mezclaba bajo la autoridad del faraón. El Estado egipcio era muy antiguo, sí, pero su burocracia no tenía nada de rudimentaria.
Un pozo funerario todavía sin excavar
Dentro de la tumba se ha identificado un pozo funerario que aún no ha sido excavado por completo. Los arqueólogos prevén continuar los trabajos durante la próxima campaña para comprobar qué conserva en su interior y si aporta datos adicionales sobre la familia, la carrera o el enterramiento de Mentuhotep.
Conviene enfriar aquí la imaginación. Que el pozo permanezca pendiente no significa que esté intacto ni que vaya a contener una cámara repleta de objetos. Muchas tumbas egipcias fueron saqueadas, reutilizadas o modificadas durante siglos. Pero un espacio no explorado puede conservar inscripciones, restos humanos, fragmentos de ajuar o elementos arquitectónicos capaces de afinar la datación.
La excavación pausada no es lentitud burocrática, aunque a veces se parezca desde fuera. Cada capa removida destruye una posición arqueológica que ya no puede reconstruirse físicamente. Hay que fotografiar, medir, dibujar, registrar y conservar. La piedra lleva tres milenios esperando; puede soportar unas semanas más.
Samut y Nehesy, entre el templo, la familia y la administración
La segunda tumba perteneció a Paremwia, conocido también como Samut, que ostentaba el título de gran comerciante o principal mercader de la Casa de Ptah. La expresión no describe a un simple vendedor. La Casa de Ptah era el gran entorno institucional asociado al dios protector de Menfis, con templos, propiedades, talleres, almacenes y una compleja circulación de bienes.
Samut habría ocupado, por tanto, un puesto relevante dentro de la administración económica del templo. En el Egipto faraónico, la frontera entre religión, economía y Estado era bastante tenue. Los templos no se limitaban a organizar ceremonias solemnes entre columnas de piedra: controlaban tierras, recibían productos, mantenían personal y gestionaban recursos a gran escala.
Las inscripciones conservan los nombres de su esposa, Tuwi, mencionada como señora de la casa; de su madre, Atibyu, que ejercía como cantora de Amón; y de sus cuatro hijos. El registro familiar ofrece una imagen poco habitual de una casa acomodada del Imperio Nuevo, con miembros conectados tanto al mundo doméstico como al servicio religioso.
La tercera tumba corresponde a Nehesy. Su conservación es peor, pero los textos supervivientes lo identifican como supervisor de la casa y citan a su esposa, Neferptah, también distinguida con el título de señora de la casa.
No sabemos todavía cuánto poder efectivo implicaba su cargo ni el alcance exacto de la institución que supervisaba. Las titulaturas egipcias podían cambiar de significado según la época, el lugar y la persona. Traducirlas de forma demasiado literal sería como intentar comprender la política española del siglo XXI leyendo únicamente las tarjetas de visita de sus altos cargos. Algo se aprende; todo, desde luego, no.
La inscripción que conduce hasta el norte de Siria
Uno de los elementos más relevantes del descubrimiento es un fragmento de columna con una inscripción jeroglífica relativa al regreso de un comandante militar desde Naharin, una región situada en el norte de Siria y vinculada a las relaciones de Egipto con el Próximo Oriente.
El texto ayuda a confirmar la datación de las tumbas dentro del Imperio Nuevo y añade una pieza al mapa de los contactos militares y diplomáticos egipcios. Durante esta etapa, Egipto dejó de ser únicamente una potencia asentada en el valle del Nilo y proyectó su influencia hacia Nubia y el Levante.
Las campañas militares no consistían solo en batallas y carros avanzando bajo el sol. Tras ellas circulaban tributos, materias primas, emisarios, prisioneros y artesanos. También prestigio. Haber regresado de una región extranjera podía convertirse en un episodio digno de quedar tallado en piedra, especialmente si el protagonista pertenecía al círculo de altos funcionarios.
La inscripción no permite reconstruir por sí sola una expedición concreta ni adjudicarla con seguridad a un faraón determinado. Harán falta estudios epigráficos, comparaciones con otros textos y una datación más precisa de las fases arquitectónicas. La prudencia arqueológica, en estos casos, no estropea la noticia; la limpia de purpurina.
Por qué Bubastión sigue dando sorpresas
Bubastión forma parte de la necrópolis de Saqqara y su nombre está relacionado con Bastet, la divinidad felina venerada en el antiguo Egipto. El área fue utilizada en distintas épocas y acumuló enterramientos humanos, espacios religiosos y depósitos vinculados al culto de animales sagrados.
Las nuevas tumbas pertenecen, sin embargo, a una fase anterior a muchos de los grandes depósitos de momias felinas conocidos en la zona. Confirman que este sector del escarpe ya funcionaba durante el Imperio Nuevo como lugar de enterramiento para funcionarios de alto rango.
No es una revelación aislada, sino otra pieza dentro de un paisaje funerario extraordinariamente complejo. Saqqara fue la gran necrópolis de Menfis, una de las ciudades fundamentales del Egipto antiguo. Allí conviven monumentos de épocas separadas por más de dos mil años: pirámides, mastabas, tumbas rupestres, galerías para animales sagrados, templos y construcciones de periodos posteriores.
El conjunto de Menfis y sus necrópolis, desde Guiza hasta Dahshur, está incluido en la Lista del Patrimonio Mundial. Saqqara contiene la pirámide escalonada de Zoser, considerada la primera gran construcción monumental de piedra de Egipto, pero reducir el lugar a sus pirámides sería quedarse mirando la fachada y olvidar el edificio.
Saqqara, el gran archivo bajo la arena
La continuidad de los enterramientos convierte Saqqara en una especie de archivo vertical. Unos periodos construyeron junto a los anteriores; otros reutilizaron cámaras, abrieron pozos o desplazaron restos. La arena cubrió estructuras y, en ocasiones, las protegió. También hubo saqueos, derrumbes, humedad, reutilizaciones y excavaciones antiguas con métodos que hoy provocarían sudores fríos.
Las tumbas de Mentuhotep, Samut y Nehesy permiten asomarse a la sociedad sin depender exclusivamente de reyes y grandes batallas. Aparecen madres, esposas e hijos; funcionarios que administraban propiedades; religiosos que cantaban en los templos; responsables militares que miraban hacia territorios extranjeros.
Ese tejido humano resulta esencial para comprender el Imperio Nuevo. Los faraones ocupaban la cúspide, pero debajo trabajaba una estructura inmensa de escribas, militares, sacerdotes, comerciantes y administradores. Sin ellos no habría habido templos colosales, campañas exteriores ni graneros llenos. Tampoco jeroglíficos proclamando que todo marchaba de maravilla, una costumbre gubernamental bastante resistente al paso de los milenios.
Por ahora, el anuncio se concentra en las inscripciones, los relieves y la arquitectura. No se ha comunicado la aparición de un ajuar funerario completo ni de enterramientos intactos. La investigación continúa en los pozos y espacios próximos, donde podrían surgir nuevas tumbas o materiales capaces de relacionar a estos personajes con otros funcionarios conocidos.
La piedra aún conserva nombres por pronunciar
Las tres tumbas de Bubastión no cambian de golpe la historia del antiguo Egipto, pero afinan su retrato. Mentuhotep aporta la imagen de un alto funcionario situado entre la administración y el ejército; Samut abre una ventana a la economía del templo de Ptah y a una familia de la élite; Nehesy, pese al deterioro de su sepultura, deja constancia de otro engranaje de la gestión institucional.
La referencia a Naharin amplía el foco más allá de Saqqara y recuerda que el Egipto del Imperio Nuevo mantenía una relación intensa, a veces diplomática y a veces resuelta con armas, con los territorios del Próximo Oriente. Las tumbas eran lugares para los muertos, pero también currículos tallados para la eternidad.
Queda el pozo de Mentuhotep. Quedan zonas sin explorar alrededor del escarpe. Y quedan jeroglíficos que deberán ser estudiados con calma, signo a signo, antes de convertir una hipótesis en certeza. Bajo la caliza de Saqqara, la historia no aparece como un fogonazo. Sale lentamente, cubierta de polvo, con nombres olvidados que llevaban más de tres mil años esperando que alguien volviera a leerlos.










