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Ciencia

¿Cuánto durará la tormenta geomagnética G3 en Europa?

La tormenta solar mantiene Europa bajo un pulso eléctrico con auroras, riesgos para satélites y GPS y un cielo que cambia durante días enteros La tormenta geomagnética sigue activa este 21 de enero y mantiene un nivel G3 (fuerte) por tercer día consecutivo.

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tormenta geomagnética G3 en Europa

La tormenta solar mantiene Europa bajo un pulso eléctrico con auroras, riesgos para satélites y GPS y un cielo que cambia durante días enteros

La tormenta geomagnética sigue activa este 21 de enero y mantiene un nivel G3 (fuerte) por tercer día consecutivo, según los partes operativos del Centro de Predicción del Clima Espacial de la NOAA. El episodio arrancó con el impacto del frente de choque de una eyección de masa coronal (CME) el domingo 19 de enero a las 19:38 UTC, una hora que en España peninsular e Italia se tradujo en 20:38, y desde entonces ha ido alternando tramos de bajada con repuntes bruscos; de hecho, el lunes y el martes rozó de nuevo el nivel G4 (severo) en ventanas concretas. En términos de calendario, lo habitual en un evento así es que la fase principal se estire entre horas y pocos días, pero aquí la palabra clave no es “duración” como si fuese una vela que se consume sin sorpresas, sino persistencia con dientes: mientras siga pasando material del CME y el campo magnético incrustado llegue con la orientación adecuada, la tormenta puede sostenerse o reavivarse.

Ahora mismo, el mejor retrato es este: el golpe grande ya ocurrió, el sistema Tierra-Sol continúa sacudido y el descenso no siempre es lineal. La razón es física, casi mecánica, y a la vez imprevisible en el detalle fino: importa tanto la velocidad del plasma como el “signo” del campo magnético que trae dentro. Si ese campo apunta con componente sur, se engancha mejor con el terrestre y la energía entra con más facilidad; si gira al norte, la agitación se amortigua. Por eso la madrugada del 20 dio esa sensación de “se va” y, poco después, “vuelve”: no fue magia ni error, fue el interior del CME mostrando otra cara… y el marcador cambiando.

El estallido del 18, el impacto del 19 y el vaivén del 20

La secuencia tiene fechas y apellidos. El Sol lanzó una llamarada potente el 18 de enero, asociada a una región activa identificada en seguimientos como AR4341, y a continuación expulsó una CME de tipo halo, de esas que en las imágenes coronográficas parecen envolverte la pantalla como una nube circular. El tránsito fue rápido, de los que ponen nerviosos a los equipos de control: del orden de unas 25 horas entre la expulsión y el impacto en la Tierra, una “autopista” en línea recta para el plasma solar. Cuando esa masa alcanza la magnetosfera, primero llega el frente de choque —el portazo— y después el cuerpo principal, con su estructura magnética interna, que es donde se decide si la noche será solo vistosa o también incómoda para la tecnología.

El domingo 19, con el choque ya encima, el nivel subió a G4 a las 19:38 UTC. Esa primera ola coincidió con avistamientos tempranos de auroras en puntos de Europa donde no es habitual que aparezcan sin avisar. En el tramo posterior, ya dentro del 20 de enero, hubo nuevas ventanas de G4 registradas en horas concretas de la mañana UTC, señal de que la “capa” principal del CME —y su orientación magnética— seguía siendo capaz de empujar fuerte. Y el 21, con el episodio todavía vivo, el estado se ha estabilizado en G3, que no es poco: es la franja donde los sistemas no suelen romperse “por sistema”, pero sí se vigilan con atención porque los fallos aparecen como un estornudo eléctrico, cortos, intermitentes, molestos, a veces caros.

G3 y G4 en castellano llano: qué se altera cuando el cielo se pone eléctrico

La escala geomagnética de NOAA, con su G1 a G5, sirve para traducir un fenómeno espacial a impactos concretos. En G3, se puede ver afectada la transmisión eléctrica en latitudes altas, aumentan las probabilidades de corrientes inducidas en líneas largas y algunos transformadores pueden experimentar condiciones de operación menos cómodas. También pueden darse degradaciones en comunicaciones por satélite, errores puntuales en GNSS (GPS, Galileo y compañía) y perturbaciones en radio de alta frecuencia, esa HF que sigue siendo una herramienta clásica para aviación y navegación marítima en determinadas rutas y escenarios. En G4, todo eso sube de intensidad y de probabilidad, y además crece un ingrediente que suele quedar oculto en titulares: el aumento del arrastre atmosférico en órbita baja, porque la atmósfera se calienta, se expande y “muerde” un poco más a los satélites, obligándolos a ajustar.

La idea práctica no es pintar apocalipsis, sino entender el tipo de riesgo: no es que un móvil deje de funcionar como si alguien cortase un cable, sino que determinados sistemas que dependen de precisión —señal, tiempo, sincronía— pueden sufrir degradaciones o interrupciones breves. En un día normal eso se confunde con “cosas que pasan”; en un día de tormenta geomagnética, esa misma rareza tiene un origen claro y se vigila con más seriedad. En paralelo, el efecto visible, el que engancha por la ventana, es la aurora: energía que entra, partículas que se canalizan hacia latitudes altas, colisiones con la atmósfera superior, luz. Verde como una señal de neón antiguo, roja en algunos casos más intensos y altos, violeta cuando se mezclan capas y energías.

La tormenta que no se ve: radiación solar en nivel S4

Este episodio no solo ha sido geomagnético. La NOAA informó de una tormenta de radiación solar S4 (severa) en progreso el 19 de enero, basada en mediciones de un satélite GOES (en comunicaciones se citó GOES-19). Aquí cambia el foco: ya no es tanto la magnetosfera agitándose, sino una lluvia de protones energéticos acelerados por la llamarada y su entorno. La escala S (S1 a S5) describe riesgos especialmente relevantes para lo que está fuera del “abrigo” terrestre: astronautas, satélites, instrumentos sensibles, y también la aviación en rutas polares o de gran altitud, donde la atmósfera protege menos que a nivel del suelo.

Conviene decirlo con precisión para evitar malentendidos de sobremesa: una tormenta S4 no significa que “baje radiación” a la calle como si fuese niebla. La atmósfera y el campo magnético son un escudo formidable para la vida en superficie. Lo que sí significa es que, en el entorno espacial, la electrónica puede sufrir más, algunos sensores se saturan, aumentan las probabilidades de eventos de partícula única (errores provocados por impactos energéticos en circuitos), y se toman medidas de precaución. En episodios severos, es habitual que algunas misiones pongan sistemas en modo seguro; y en el caso de la Estación Espacial Internacional, se ha reportado en coberturas de este evento que los astronautas tomaron precauciones desplazándose a zonas más protegidas. Cuando la radiación sube, el espacio deja de ser un “vacío” amable y se convierte en un campo de partículas con mala leche.

Por qué “se calmó” y luego volvió: el papel del Bz y la estructura del CME

La meteorología espacial tiene un punto desesperante: se puede predecir la llegada con bastante solvencia, pero la intensidad exacta depende de detalles internos que solo se miden bien cuando el material está ya cerca. La CME no es un bloque homogéneo; es una estructura con bordes, torbellinos, gradientes. Dentro viaja un campo magnético “congelado” en el plasma. Si la componente vertical del campo interplanetario —ese famoso Bz— se orienta hacia el sur durante horas, el acoplamiento con el campo terrestre es más eficiente, como si se abriese una cremallera y la energía entrase sin fricción. Si el Bz gira al norte, la cremallera se atasca y la tormenta pierde fuelle.

Eso explica el comportamiento del 20 de enero: no fue que el fenómeno “mintiera”, fue que el interior del CME ofreció otra orientación en otro tramo. En la práctica, la intensidad puede subir y bajar aunque el material siga pasando. En el lenguaje más llano: el vendaval sigue, pero cambia de dirección; y cuando sopla en la dirección mala, se nota más. Por eso los avisos hablaban de rangos, no de certezas talladas en piedra: se podía pasar de G1-G3 a picos de G4, y se acabó viendo.

Europa y España: auroras más al sur, pero no como postal islandesa

En Europa, la gran noticia visual ha sido la posibilidad de auroras en latitudes más bajas de lo habitual. En noches intensas, la “óvalo auroral” se ensancha y baja, y eso abre la puerta a avistamientos en países donde normalmente solo se ven auroras en contadas ocasiones, o en regiones del norte de esos países. En el continente, durante este episodio se han multiplicado los reportes desde Países Bajos, Alemania, Reino Unido y zonas más templadas, con fotografías que muestran bandas verdes y, en algunos casos, tonos rojizos.

En España, el escenario es más exigente. El país está fuera del núcleo habitual de auroras, así que cuando aparecen suele ser de forma marginal: resplandores bajos hacia el horizonte norte, efectos que la cámara capta mejor que el ojo, colores suaves que se confunden con contaminación lumínica si no se está en un lugar oscuro. Aun así, en eventos fuertes como un G3 sostenido con picos de G4, no es descabellado que haya intentos y algunas capturas desde el norte peninsular si el cielo acompaña. La palabra que mejor lo define no es “garantía”, es ventana. Si se abre, dura poco. Si se cierra, no hay truco que la fuerce.

Y aquí se cuela un matiz importante: el espectáculo depende tanto del espacio como del suelo. Nubosidad, Luna, contaminación lumínica… y esa realidad española de ciudades brillantes que hacen que la noche sea menos noche. Las auroras, por muy potentes que sean arriba, necesitan oscuridad abajo para lucirse.

GPS, Galileo y el arte de que una señal llegue limpia

Uno de los impactos más citados en tormentas G3 y G4 es la degradación del posicionamiento por satélite. La causa principal no es que el satélite “deje de emitir”, sino que la señal atraviesa una ionosfera alterada, con irregularidades y burbujas de densidad electrónica que cambian la velocidad y la trayectoria efectiva de la señal. Resultado: errores en la solución de posición, saltos, pérdida temporal de precisión. Para el uso cotidiano, la mayoría de veces queda en anécdota; para aplicaciones sensibles, puede ser un problema serio.

En España, GNSS no es solo “la app del mapa”. Está en agricultura de precisión, en logística, en sincronización de redes eléctricas y de telecomunicaciones, en navegación marítima, en operaciones de emergencia. La sincronía —el tiempo exacto— es un nervio invisible del sistema digital, y GNSS lo alimenta. En una tormenta fuerte, lo que se vigila no es solo la posición, también la estabilidad temporal. Por eso, aunque el ciudadano no note nada, hay equipos siguiendo gráficos y alertas, mirando el Kp como quien mira el viento antes de un aterrizaje complicado.

Satélites en modo prudencia y la atmósfera que se hincha

En órbita baja, la atmósfera terrestre no termina de golpe; se estira como una sábana cada vez más fina. Cuando llega energía extra, esa sábana se calienta y se expande, aumentando el rozamiento con satélites de órbita baja. No es un “choque” visible, pero sí un empujón continuo que obliga a corregir. Para constelaciones grandes, con muchos satélites, la gestión se vuelve una operación de precisión: ajustes de órbita, cálculo de colisiones, cuidado con la basura espacial. En episodios intensos, algunas misiones optan por modos de seguridad para proteger electrónica y reducir riesgos.

En este evento concreto, se han descrito medidas preventivas habituales: satélites cambiando a modos seguros, operadores atentos al arrastre y a posibles perturbaciones. El efecto no siempre se traduce en fallos visibles para el público, pero existe como capa de riesgo real. La infraestructura espacial es más robusta que hace veinte años, sí, pero también es más abundante y más dependiente de un equilibrio delicado: más piezas, más probabilidades de que alguna se lleve el golpe.

La red eléctrica: el miedo al apagón y la realidad de las corrientes inducidas

Cuando se habla de tormentas geomagnéticas, aparece la palabra “apagón” con una facilidad casi automática. La experiencia histórica pesa, y los manuales de operación también. La física detrás es conocida: variaciones rápidas del campo magnético inducen corrientes en conductores largos, y las redes de transmisión, con líneas extensas, se comportan como antenas gigantes. Esas corrientes geomagnéticamente inducidas pueden empujar transformadores a condiciones no ideales, aumentar calentamientos y provocar disparos de protecciones en casos extremos.

En un G3 sostenido, el riesgo no es cero, pero tampoco es una sentencia. Lo que cambia es el nivel de vigilancia y la prudencia operativa. Los operadores de red suelen tener protocolos para ajustar cargas, monitorizar, distribuir esfuerzos y evitar operar cerca de límites. En G4, la presión sube. Y hay otro factor menos visible: la geografía. Las redes en latitudes altas y con determinadas características geológicas pueden ser más vulnerables. Europa del norte suele estar más expuesta que la península ibérica, aunque España no esté “blindada” por definición; simplemente está, por latitud, en una zona menos castigada por este tipo de tormentas… salvo cuando el episodio es realmente fuerte.

Aun así, la tormenta de estos días ha servido para recordar que la electricidad moderna, tan fiable, depende de equilibrios que no se ven. No hace falta un apagón general para que haya impacto: basta con microincidencias, con ajustes, con costes de operación, con equipos trabajando de madrugada. La historia completa rara vez llega al titular, pero existe.

Radio y aviación: cuando el aire se llena de estática

Las tormentas solares tienen un capítulo que suena antiguo y, sin embargo, sigue siendo actual: la radio HF. En determinadas rutas y circunstancias, sigue siendo una herramienta de comunicación importante. Las llamaradas solares pueden causar apagones de radio en la cara diurna de la Tierra, y las tormentas geomagnéticas pueden alterar propagación y ruido. En este episodio se ha señalado también actividad de apagón de radio asociada a la llamarada (se ha hablado de nivel R3 en reportes internacionales), lo que completa el cuadro: no solo magnetosfera agitada, también ionosfera alterada por radiación.

En aviación, además, las tormentas de radiación S4 elevan la atención en rutas polares o de alta latitud, donde se pueden ajustar planes de vuelo por precaución, tanto por comunicaciones como por exposición. No es un drama público, es una gestión técnica. El pasajero no lo sabe. El sistema sí.

El número que se cuela en todas las conversaciones: Kp, cuando el planeta “marca” 8

La escala Kp, derivada de magnetómetros en distintos puntos del planeta, se usa como termómetro de actividad geomagnética. En este evento se han reportado picos asociados a G4, que equivalen aproximadamente a Kp 8 en ese marco. Kp tiene una virtud y un defecto: es un número fácil de compartir, casi de camiseta, pero condensa un fenómeno complejo y dinámico. Aun así, sirve para entender el salto: no se ha quedado en una tormenta menor. Ha sido un episodio fuerte-severo, y la persistencia lo convierte en noticia de varios días, no de una sola noche.

Qué se espera a partir del 21: descenso probable, pero con posibilidad de coletazos

Con el CME ya impactado y parte del material ya pasado, la tendencia natural es que la tormenta vaya perdiendo fuerza conforme la estructura magnética se desengancha y el viento solar vuelve a valores más normales. Sin embargo, los “coletazos” son típicos si quedan tramos del CME con orientación favorable, o si el evento se combina con otros factores como flujos de alta velocidad provenientes de agujeros coronales. En estos días se ha hablado precisamente de la coexistencia de influencias: material del CME y, a la vez, condiciones de viento solar que podían sostener actividad.

El resultado práctico es que el 21 puede actuar como un día de transición: todavía G3 en tramos, quizá momentos de bajada a niveles menores, y la posibilidad de repuntes si el campo magnético vuelve a alinearse de la peor manera durante algunas horas. No es una ruleta sin reglas: hay física y hay mediciones. Pero tampoco es una agenda fija: el espacio, cuando se altera, tiene ese punto de imprevisibilidad que obliga a hablar con cautela.

Los protagonistas silenciosos: NOAA, ESA y los satélites centinela

En esta historia hay protagonistas que no salen en las fotos de auroras. La NOAA, a través de su Space Weather Prediction Center, es el referente global para avisos operativos de escalas G, S y R, y sus actualizaciones marcan el pulso de decisiones técnicas en muchas industrias. La Agencia Espacial Europea (ESA), desde su oficina de meteorología espacial, también ha señalado que está monitorizando el evento, recopilando información de centros de servicio expertos y actualizando sus páginas de seguimiento con detalles y marcas temporales.

Y luego están los satélites que hacen de guardias jurado: la familia GOES midiendo protones y rayos X; los satélites en el punto L1 como DSCOVR o ACE, que observan el viento solar antes de que alcance la Tierra, ofreciendo una especie de aviso con minutos de antelación sobre densidad, velocidad y orientación del campo magnético. Esos minutos, cuando hay un G3 o G4 en juego, valen oro operativo.

Un final de tormenta que todavía no firma el armisticio

A 21 de enero, la tormenta geomagnética continúa en G3, fuerte, y eso por sí solo ya explica el eco de tres días: no se trata de una chispa, sino de una sacudida sostenida con episodios severos confirmados. El inicio fue claro, con el impacto del 19 a las 19:38 UTC; el desarrollo, irregular, con repuntes a G4 el 20; y el presente, aún activo, con la actividad bajando de escalón pero manteniéndose en una franja donde la tecnología sigue bajo vigilancia. En paralelo, la tormenta de radiación S4 del 19 añadió un componente de riesgo espacial que convierte este evento en algo más completo y más serio que una simple noche de auroras.

Lo que queda, por ahora, es un escenario de descenso probable con posibilidad de coletazos, y una certeza práctica: el episodio ya ha dejado una huella medible en escalas oficiales, ha forzado precauciones en el entorno espacial y ha devuelto a las conversaciones una idea que a veces se olvida, casi con comodidad. El Sol no solo calienta; a veces también empuja. Y cuando empuja así, el planeta entero lo nota, aunque sea en silencio, en un transformador que se calienta un poco más de la cuenta, en un satélite que entra en modo seguro, en una señal que llega con ruido, en un cielo europeo que de pronto, sin pedir permiso, se pinta de verde.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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