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Ciencia

¿Por qué el cohete lunar de la NASA ya está en la rampa?

Un cohete monumental de la NASA alcanza la rampa 39B y pone en marcha la cuenta atrás para Artemis II, una misión tripulada que volará alrededor de la Luna y marcará un nuevo hito en la exploración humana.

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cohete lunar de la NASA ya está en la rampa

Un cohete monumental de la NASA alcanza la rampa 39B y pone en marcha la cuenta atrás para Artemis II, una misión tripulada que volará alrededor de la Luna y marcará un nuevo hito en la exploración humana.

La NASA ya tiene su megacohete SLS, coronado por la cápsula Orion, plantado en la plataforma 39B del Kennedy Space Center, en Florida, después de una maniobra lenta y milimétrica que empezó al amanecer y terminó entrada la noche del sábado 17 de enero de 2026. El conjunto, de 98 metros de altura (322 pies) y alrededor de cinco millones de kilos (11 millones de libras), recorrió unos 6,4 kilómetros (cuatro millas) desde el gigantesco edificio de ensamblaje, el Vehicle Assembly Building, montado sobre un transportador-oruga que se mueve a ritmo de paseo, como si el tiempo se hubiese puesto en modo “seguridad ante todo”.

El movimiento a la rampa no es un trámite fotogénico: es una frontera operativa. Artemis II, la segunda misión del programa Artemis y la primera con tripulación del nuevo sistema lunar, se acerca a su tramo decisivo con una fecha objetivo marcada en el calendario, 6 de febrero de 2026, y ventanas alternativas si la realidad impone su propio guion: del 6 al 11 de febrero, del 3 al 11 de marzo y del 1 al 6 de abril. La misión durará en torno a 10 días y será, por primera vez en más de medio siglo, un vuelo tripulado que se alejará de la órbita baja para rodear la Luna y regresar.

El viaje del cohete: cuatro millas, doce horas y un silencio raro

El traslado del SLS a la 39B tiene algo de procesión industrial, pero sin incienso: acero, focos, radios, cascos y una paciencia que no cabe en un tuit. El cohete sale de un entorno casi clínico, bajo techo, y se expone al aire salino de la costa atlántica. Parece un detalle menor, pero no lo es. En la rampa, el vehículo queda conectado a sistemas distintos, a rutas de comprobación distintas, a un escenario donde el viento, la humedad y el calor de Florida forman parte del trabajo. Todo cambia de tono: dentro se ensambla, fuera se opera.

El transportador-oruga —una mole que avanza despacio, con el cohete erguido como un edificio— no solo mueve peso: mueve responsabilidad. Ese trayecto es deliberadamente lento para minimizar vibraciones y esfuerzos estructurales. El SLS no es una pieza de museo; es un sistema que debe comportarse como un reloj cuando llegue el momento de cargar combustible criogénico y entrar en cuenta atrás. Hay un punto curioso, casi doméstico: en esa marcha, lo impresionante no es la velocidad, es la fragilidad que se protege. Una máquina que parece invencible se trata como porcelana cara.

También hay un componente humano, tangible, de los que se quedan en la memoria: cientos —en algunos recuentos, miles— de empleados, contratistas y familias se acercaron a verlo. No era solo “mirad qué grande”, era “esto por fin está aquí”. Quien ha vivido años entre pruebas y retrasos suele reconocer ese instante: un paso que no asegura el éxito, pero que ya no se puede fingir.

Artemis II, explicado sin humo: volar alrededor de la Luna y volver vivos

Artemis II no aterriza. No se posa. Ni siquiera está pensado como un “tour orbital lunar” al estilo de otras misiones futuras. Su objetivo es más sobrio y, por eso mismo, más importante: comprobar con personas dentro que Orion puede ser una nave habitable y segura en espacio profundo, con todo lo que eso significa cuando la Tierra deja de ser el “plan B” inmediato.

El perfil de misión previsto incluye un comienzo que a mucha gente le sorprende: antes de apuntar hacia la Luna, la tripulación pasará un tiempo en órbita terrestre para verificar sistemas, ajustar procedimientos y confirmar que la nave responde como debe. Luego llegará el empuje hacia trayectoria translunar, el paso alrededor de la Luna —con un tramo inevitable por la cara no visible desde la Tierra— y el regreso. No es una excursión: es un ensayo general con un margen de complejidad enorme.

Hay dos momentos que concentran la tensión técnica. El primero es la vida a bordo: soporte vital, control de CO₂, temperatura, energía, comunicaciones, navegación, redundancias… y la rutina humana de dormir, comer, moverse en un espacio pequeño sin que el cuerpo se resienta más de la cuenta. El segundo es el regreso, la parte que no perdona: la reentrada a velocidades propias del viaje lunar, con una cápsula atravesando la atmósfera y generando una envoltura de plasma que corta comunicaciones durante minutos. Ese “apagón” es normal, pero siempre impone respeto. Con Artemis I se recogieron datos valiosísimos; con Artemis II se busca confirmar que todo eso funciona sin depender de la frialdad de un vuelo sin personas.

Los cuatro astronautas: Wiseman, Glover, Koch y Hansen, una tripulación con peso

El equipo está formado por Reid Wiseman, comandante; Victor Glover, piloto; Christina Hammock Koch, especialista de misión; y Jeremy Hansen, astronauta de la Agencia Espacial Canadiense, también como especialista de misión. Sus nombres llevan tiempo en la agenda pública, pero ahora pasan a una fase distinta: dejan de ser “la tripulación anunciada” para convertirse en la tripulación que volará en una fecha concreta, con un cohete en una rampa concreta.

Wiseman llega con experiencia en la Estación Espacial Internacional y un perfil de mando muy trabajado. Glover, además de su recorrido como astronauta, ha sido una figura clave en la comunicación pública del programa, algo que en una misión así no es accesorio: la percepción, el relato y la transparencia importan porque la presión mediática existe y es constante. Koch aporta un historial de vuelos largos y resistencia física y mental probada, justo lo que se busca en una misión que no se limita a “subir y bajar”. Hansen representa, además, el componente internacional del programa Artemis, una alianza que se exhibe tanto en acuerdos como en personas.

Lo que se está ensayando en Artemis II no es solo tecnología. También es coordinación humana: cómo opera una tripulación con procedimientos nuevos, cómo se integran responsabilidades, cómo se decide en tiempo real en un entorno donde la duda es cara. Ese trabajo empieza ahora, con el cohete en la rampa, porque el equipo de tierra y el de vuelo se acercan al mismo calendario, al mismo margen, al mismo reloj.

La fecha del 6 de febrero y el factor “ensayo general”: lo que se prueba antes del despegue

La NASA trabaja con una fecha objetivo del 6 de febrero de 2026, pero esa palabra, “objetivo”, conviene leerla como la leen en Cabo Cañaveral: una referencia, no una promesa. En una misión tripulada, el programa se somete a pruebas previas que no son decorado. La más relevante en este tramo se conoce como wet dress rehearsal, el ensayo general con carga real de propelentes. Es “ponernos en modo lanzamiento” sin lanzar, una especie de simulacro que descubre lo que no se ve en un banco de pruebas.

En el caso del SLS, hablamos de cargar más de 700.000 galones de propelentes criogénicos, oxígeno e hidrógeno líquidos, con temperaturas extremas que enfrían líneas, contraen materiales y hacen aflorar problemas que, en seco, no existen. Es el tipo de prueba que parece puramente técnica hasta que recuerdas lo obvio: si algo sale mal ahí, se para. Si algo sale mal el día de lanzamiento, se para también, pero el coste emocional y operativo es incomparable, más aún con una tripulación en la ecuación, aunque no esté a bordo durante el ensayo.

El plan conocido sitúa ese ensayo general cuatro días antes del 6 de febrero, alrededor del 2 de febrero, precisamente para dejar espacio a correcciones. Hay una frase que se repite en operaciones espaciales, sin dramatismos: “la cuenta atrás empieza mucho antes del cero”. Aquí es literal. La rampa 39B no es un pedestal, es un entorno de trabajo donde se conectan umbilicales, se calibran sensores, se validan secuencias y se ensayan contingencias. Se revisa lo que parece mínimo —una lectura de presión, una válvula, una telemetría— porque en un cohete de este tamaño lo pequeño no se queda pequeño: escala.

Y luego está el calendario cruzado con otras misiones. La planificación de Artemis II convive con el vuelo Crew-12 a la Estación Espacial Internacional, y esos encajes importan porque comparten recursos, equipos, prioridades y, sobre todo, ventanas de seguridad. El tráfico espacial no es una metáfora: hay un ecosistema operativo que no se detiene porque Artemis sea “la gran historia”.

Por qué Artemis II no aluniza: el salto que aún no toca y lo que falta por encajar

La pregunta aparece siempre, incluso entre gente que sigue el programa: si vuelven a la Luna, ¿por qué no bajan? La respuesta, sin adornos, es que el alunizaje exige una cadena completa de capacidades que no se valida de golpe con una tripulación en su primer vuelo del sistema. Artemis II está diseñada para verificar lo esencial del “ir y volver” con humanos: que el cohete lanza, que la nave sostiene vida, que la navegación funciona lejos, que las comunicaciones aguantan, que el retorno a casa es seguro. Ese paquete ya es enorme.

Aterrizar implica otra capa de complejidad. No es solo tocar suelo: es operar cerca del polo sur lunar, trabajar con sombras largas y temperaturas extremas, coordinar un módulo de aterrizaje, gestionar ascenso desde la superficie, acoplamiento, márgenes de combustible, y hacerlo con procedimientos que, por definición, se vuelven más exigentes cuando hay gente respirando dentro. Artemis II es el puente. Sin ese puente, el salto al aterrizaje sería temerario.

Este diseño por etapas también responde a una lección histórica. En la era Apollo, la NASA no llegó a la superficie en el primer intento: hubo vuelos de prueba, orbitales, ensayos de acoplamiento, misiones que parecían “menos espectaculares” hasta que se entiende que sin ellas no hay épica posible. Artemis II está en esa tradición, con una diferencia importante: la transparencia y el escrutinio actuales son constantes. Cada demora se amplifica, cada decisión se discute, cada cifra de presupuesto se convierte en debate.

Hay además un motivo muy concreto detrás de la cautela: Artemis II se retrasó tras el vuelo de Artemis I en 2022 por cuestiones detectadas en el comportamiento del sistema de protección térmica y en elementos de la cápsula que debían revisarse antes de sentar a cuatro astronautas. No es un secreto ni una anécdota; es el tipo de asunto que marca el ritmo del programa. En un vuelo no tripulado puedes tolerar incertidumbre residual. En uno tripulado, no.

SLS y Orion: el músculo y la cabina, con virtudes, críticas y una realidad tozuda

El Space Launch System es el lanzador pesado de la NASA para misiones de espacio profundo. Alto, potente, diseñado para empujar cargas grandes fuera de la órbita baja. En su configuración actual, el cohete combina un núcleo principal con motores derivados de tecnologías previas y propulsores laterales que aportan empuje inicial. Es un diseño que mezcla herencia y modernización, y ahí vive parte de la polémica: su desarrollo ha sido largo, su coste, muy discutido, y su cadencia de lanzamientos, limitada.

Ese debate existe y no se evaporará, pero tiene una realidad física delante: el SLS ha volado una vez (Artemis I) y ahora está en la rampa para su segundo vuelo, el primero con humanos. Es el momento en que el proyecto deja de ser “una discusión sobre PowerPoints” y vuelve a ser un objeto que se mide por resultados. La crítica suele concentrarse en dos ideas: cuánto cuesta cada lanzamiento y si es sostenible frente a alternativas privadas que han acelerado el mercado espacial. La defensa, por su parte, insiste en estándares, certificaciones y el papel de un sistema gubernamental para misiones tripuladas de alto riesgo. No es una pelea de bar; es una discusión de modelo de país, de industria, de estrategia.

Orion, mientras tanto, es el lugar donde se juega la confianza humana. No basta con que vuele: debe ser habitable, debe proteger de radiación y micrometeoritos, debe ofrecer control térmico y soporte vital, debe mantener comunicación con la Tierra y con la red de seguimiento, y debe tener redundancias para fallos inevitables. En el espacio profundo no hay estaciones de servicio. No hay “paramos aquí a revisar”. Lo que llevas, es lo que tienes.

En una misión como Artemis II se suele hablar mucho del cohete porque es la pieza visible, la que se fotografía desde kilómetros. Pero la conversación de verdad, la que se oye en pasillos técnicos, suele girar alrededor de la cápsula y sus sistemas. La reentrada es la prueba de fuego y el escudo térmico es el escudo literal: el elemento que separa un regreso controlado de un final imposible. Tras Artemis I, la NASA decidió revisar con lupa lo observado en vuelo antes de comprometer un despegue tripulado. Ese tipo de prudencia, aunque frustre calendarios, es el motivo por el que el programa sigue.

Una Luna a la vista, sin pisarla todavía

Que el SLS haya llegado a la 39B coloca a Artemis II en un estado nuevo: menos discurso, más comprobación final. Ya no se trata de imaginar un lanzamiento, sino de practicarlo, medirlo, repetirlo, corregirlo. El objetivo del 6 de febrero de 2026 está ahí, con sus ventanas de respaldo en marzo y abril, y con un ensayo general que será decisivo para confirmar si el cohete y la rampa se entienden, si los sistemas responden como se espera cuando el combustible real circula por venas heladas.

Artemis II no promete huellas en polvo lunar, y quizá por eso es más seria de lo que parece: su misión es abrir el camino de manera verificable para que el siguiente paso, el aterrizaje, sea algo más que un deseo. En el horizonte inmediato hay un vuelo de unos diez días alrededor de la Luna con Wiseman, Glover, Koch y Hansen a bordo, y un regreso que volverá a poner a prueba la idea más antigua y más moderna de la exploración espacial: salir lejos, muy lejos, y volver contando exactamente qué funcionó, qué no, y qué se aprendió en el trayecto. La rampa 39B, de momento, guarda silencio. Luego vendrá el rugido.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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