Economía
¿Por qué Telefónica perdió 4.318 millones en 2025?

Telefónica cierra 2025 con pérdidas récord por ERE y ventas en Hispam; mantiene dividendo, baja deuda y enfoca su plan en España y Alemania.
Telefónica cerró 2025 con pérdidas de 4.318 millones de euros, un salto brusco frente a los 49 millones que dejó en rojo 2024, y lo hizo con una explicación de dos carriles que se cruzan en el mismo punto: las minusvalías por las ventas en Hispanoamérica y las provisiones por los ERE que la compañía tiene en marcha en España. La cifra impresiona por tamaño y por contraste, pero el motor del golpe no está tanto en el pulso cotidiano del negocio como en el coste, ya reconocido, de reordenar el perímetro y ajustar la estructura.
En esa misma presentación remitida a la CNMV este martes 24 de febrero de 2026, Telefónica pone sobre la mesa un matiz que cambia el gesto: sin esos impactos extraordinarios, el grupo habría logrado un beneficio de 2.122 millones en 2025, cuando en 2024 había registrado pérdidas de 19 millones bajo esa mirada “sin ruido”. En otras palabras, la compañía sitúa el año como una fotografía con dos capas: por arriba, el impacto contable de decisiones estratégicas; por debajo, un negocio que, con sus tensiones, sigue generando resultado.
Dos golpes en la cuenta: ventas en Hispam y provisiones por ERE
El primer golpe llega desde Hispanoamérica. Telefónica ha ido vendiendo activos en la región —y aquí la palabra clave es “minusvalías”—, es decir, pérdidas contables asociadas a operaciones de desinversión: lo que se vende no siempre se vende al valor que figura en libros o al valor que se deseaba capturar. Cuando la compañía convierte en dinero una participación o un negocio, y ese dinero queda por debajo de lo que estaba registrado, la diferencia se refleja como una pérdida. Es una herida contable, no necesariamente un desangre operativo, pero duele igual en el titular.
El segundo golpe es doméstico y laboral: las provisiones por los ERE en España. Provisión significa, en términos sencillos, anticipar el coste esperado de un proceso —indemnizaciones, compromisos, impactos derivados— antes de que el último trámite esté culminado. Es una forma de decir: esto se va a pagar, se contabiliza ya. Telefónica lo reconoce como un lastre relevante del año y lo integra en el resultado final, de manera que el impacto aparece entero, sin medias tintas.
La propia compañía ofrece una lectura por partes, casi quirúrgica, que ayuda a ordenar el caos. Si en 2025 solo se hubieran tenido en cuenta las dotaciones por provisiones aplicadas por los ERE y los impactos derivados, las pérdidas habrían sido 2.049 millones. Si solo se contemplaran las minusvalías de las desinversiones efectuadas en Hispanoamérica, el resultado negativo habría sido 2.269 millones. Sumadas ambas vías —más otros efectos— se llega al número que se queda en la retina: 4.318 millones.
También está el contexto de mando. Telefónica presenta estas cifras en el primer año de Marc Murtra como presidente. En una empresa de este tamaño, el primer año no suele ser el de las promesas delicadas: suele ser el de mover muebles, sellar decisiones heredadas, y dejar claro qué se va a priorizar. El 2025, por lo que muestran los números, ha sido un año de limpieza costosa: se paga el precio de ajustar ahora para no arrastrar después.
La foto de ingresos: España y Alemania empujan, Brasil sufre por divisa
Más allá del resultado neto, el grupo ha cerrado 2025 con ingresos de 35.120 millones, un 1,5% menos que en 2024. Es una caída contenida, aunque incómoda, que convive con comportamientos distintos según mercado. Aquí se ve la Telefónica real, la de los países donde compite de verdad cada semana, con ofertas, portabilidades, subastas de espectro, inversión en red y presión regulatoria.
En España, los ingresos crecieron un 1,7%, hasta 13.012 millones, un dato que Telefónica acompaña con una bandera comercial: el mejor churn anual desde el lanzamiento de las tarifas convergentes, con un 0,8%. Churn, dicho sin solemnidad, es la tasa de cancelación o fuga de clientes; cuanto más baja, menos gente se marcha. Y un 0,8% anual es un mensaje que Telefónica subraya porque, en un mercado donde el cliente cambia de operador con dos clics y un SMS, retener es casi tan importante como captar.
En Alemania, la compañía también crece: ingresos de 8.172 millones, un 3,8% más. Es un mercado donde Telefónica ha buscado estabilidad y escala, y donde la evolución del ingreso, con lo que implica de competencia y madurez, tiene valor simbólico: si Alemania sube, el relato europeo gana consistencia.
El caso de Brasil es el que exige leer con dos ojos. Los ingresos bajaron un 1,7% hasta 9.451 millones, pero Telefónica añade el asterisco que suele esconder la explicación verdadera: si no fuera por el tipo de cambio, en Brasil habrían crecido un 6,7%. Es el clásico choque entre negocio y moneda: el rendimiento local puede mejorar, pero al convertir a euros, la foto se enfría. No es un detalle menor, porque Brasil es el gran mercado latinoamericano que Telefónica conserva fuera del “saco” Hispam.
Y luego está Hispanoamérica sin Brasil. Telefónica ha eliminado de sus resultados el segmento Telefónica Hispam, que abarcaba el negocio en Latinoamérica salvo Brasil, tras varias ventas y con una frase que funciona como línea editorial: la compañía “continúa su estrategia de salida”. Ese movimiento no solo reordena la geografía del grupo; también reescribe la comparación con años anteriores, porque el perímetro cambia y las cifras dejan de ser calcadas por definición.
Qué significa “sin extraordinarios” y por qué cambia el relato
Cuando Telefónica dice que sin impactos extraordinarios habría ganado 2.122 millones en 2025, está separando el resultado recurrente del coste de decisiones singulares. En la práctica, está diciendo: el negocio que factura, presta servicio y compite cada día habría terminado en positivo; lo que lo hunde en el resultado neto es el coste contable de vender activos y provisionar ajustes. Esa separación no es un truco mágico, pero sí un marco útil para entender por qué se puede hablar a la vez de pérdidas históricas y de objetivos operativos cumplidos.
Esa coexistencia es incómoda, porque el mercado no vive de marcos teóricos, vive de confianza en el futuro. Aun así, la distinción ayuda a calibrar el golpe: no es lo mismo perder porque el negocio se desangra que perder porque se ha decidido reconocer de golpe el coste de una transformación. Telefónica, al poner las cifras comparadas, intenta que el año 2025 se lea más como cirugía que como accidente.
La salida de Hispam: ventas, pérdidas y una estrategia que se acelera
La palabra “Hispam” fue durante años un cajón inmenso que agrupaba operaciones en varios países latinoamericanos, con sus ritmos políticos, sus divisas cambiantes, su competencia feroz y, a menudo, un retorno que no siempre compensaba el esfuerzo. En 2025, Telefónica da un paso más y elimina ese segmento de sus resultados, después de vender negocios en Argentina, Perú, Ecuador, Uruguay y Colombia. Es una lista larga y concreta, y señala que la salida no es un gesto: es un proceso ya ejecutado en varios frentes.
La compañía enmarca la decisión como una reducción del peso de las operaciones en la región y la vincula a un contexto donde confirma que sigue con esa salida. Lo relevante aquí no es solo que se venda, sino cómo se vende. Las minusvalías asociadas a esas desinversiones han pesado en el resultado, y Telefónica las cuantifica indirectamente cuando habla de esos 2.269 millones de pérdidas “si solo se contemplaran” las minusvalías de las desinversiones realizadas en Hispanoamérica. Es decir: hay un coste por salir, y ese coste ya está, en buena parte, reconocido.
En paralelo, Telefónica aporta el dato de los ingresos agregados de las compañías que aún se contabilizan en Hispanoamérica: 2.880 millones en 2025, un 3,2% menos. No es una cifra menor, pero sí refleja un perímetro ya más pequeño y más concentrado. La mayor parte procede de Chile (1.449 millones) y de México (1.127 millones). Chile aparece como el gran aportante entre lo que queda; México, como un segundo gran bloque.
Y aquí llega un detalle que acota el mapa futuro inmediato: Telefónica confirma que continúa con su salida en Hispam y menciona que el proceso apunta a México y Venezuela. México, por tamaño y volumen, es una pieza delicada: no se mueve sin impacto. Venezuela, por complejidad, es una presencia que siempre exige leer entre líneas. En el texto de resultados, Telefónica señala que mantiene su negocio en Venezuela, un recordatorio de que no todo se vende al mismo ritmo ni bajo las mismas condiciones.
El efecto “perímetro”: menos países, menos ingresos… y otra forma de compararse
Cuando una empresa vende unidades y reduce presencia en regiones, el crecimiento de ingresos deja de ser una simple comparación de “año contra año”. Cambia lo que se incluye. En ese sentido, el descenso del 1,5% en ingresos totales hasta 35.120 millones convive con una realidad de perímetro que se estrecha y se redefine. Telefónica trata de que esa transición se lea como una concentración: menos dispersión, más foco.
La clave está en si el foco compensa el tamaño perdido. Telefónica se queda con España, Alemania y Brasil como ejes de peso claro en el mapa que se dibuja, mientras reduce exposición a mercados con volatilidad y rentabilidad más complicada. La operación, en teoría, busca mejorar la calidad del ingreso, aunque en el corto plazo implique asumir pérdidas por ventas y renunciar a facturación que, aunque exista, no siempre es rentable.
España: crecimiento, fidelidad récord y el coste de ajustar plantilla
España aparece en los resultados de 2025 como un mercado con crecimiento moderado, pero con un indicador que Telefónica luce: churn anual del 0,8%, el mejor desde el lanzamiento de las tarifas convergentes. No es un adorno. Las tarifas convergentes (fijo, móvil, banda ancha, televisión) cambiaron el mercado español hace años, y desde entonces la retención se volvió una guerra de desgaste: una vez el cliente lo tiene todo junto, marcharse cuesta más, sí, pero la competencia responde con ofertas agresivas. Mantener el churn bajo significa que el paquete pesa, que la marca aguanta, que la red y el servicio retienen.
Los ingresos en España alcanzan 13.012 millones, un 1,7% más, lo que sugiere un año razonablemente sólido en un mercado que no regala nada. Pero el contraste con la otra palabra del año es inevitable: ERE. Telefónica provisiona el coste de esos expedientes de regulación de empleo, y ese impacto contable se traduce en parte del agujero final.
La convivencia de “crezco en ingresos y retengo clientes” con “recorto estructura” tiene lógica industrial: una teleco vive obligada a invertir en red y tecnología y, a la vez, a ser eficiente por dentro. Fibra, 5G, sistemas, ciberseguridad, atención, plataformas… todo cuesta. Si el ingreso no sube con la misma alegría que los costes potenciales, la empresa busca margen donde puede: simplificación, automatización, reducción de duplicidades, ajuste de plantilla. Es una realidad incómoda, pero habitual en el sector.
El dato clave, el que explica por qué el ERE se vuelve protagonista del año, es el tamaño del impacto. Telefónica no solo menciona provisiones; cuantifica el efecto potencial separado: 2.049 millones de pérdidas si solo se tienen en cuenta las dotaciones por provisiones aplicadas por los ERE y sus impactos derivados. Es una cifra enorme y coloca el ajuste laboral como una de las dos columnas que sostienen el resultado negativo de 2025.
Un mercado saturado: por qué España aprieta aunque el churn sea bueno
España es un tablero con demasiadas fichas para el tamaño del tablero. La competencia de operadores y marcas, con guerras de precio y promociones, limita la capacidad de subir ingresos sin pelear cada céntimo. En ese contexto, un churn bajo ayuda a estabilizar, pero no garantiza expansión. Telefónica presume de retención, sí, y es relevante, pero la presión estructural del mercado sigue ahí, igual que la necesidad de sostener inversión y rentabilidad.
En ese escenario, el ERE funciona como palanca de coste a medio plazo. El problema es el corto: el coste se reconoce ahora y abulta el resultado neto. Telefónica lo asume y lo cuenta como parte del proceso de ajuste. El mensaje implícito es que 2025 recoge el impacto, y que el beneficio de ese ajuste se buscará en los ejercicios siguientes, cuando el gasto estructural sea más ligero.
Deuda y dividendo: el equilibrio entre pagar y reducir peso financiero
A la vez que reconoce pérdidas, Telefónica muestra una cifra que suele ser casi tan importante como el beneficio: la deuda. Al cierre de 2025, la deuda del grupo se situó en 26.824 millones, tras descender un 1,2%. Y ese descenso llega “pese a los efectos del dividendo”, que ascendió a 2.126 millones. Esta frase tiene intención: da a entender que, incluso retribuyendo al accionista, el grupo ha conseguido seguir recortando deuda.
El dividendo, además, no se queda en insinuación. Telefónica confirma el dividendo de 2025 y concreta la segunda parte: 0,15 euros por acción, con pago previsto en junio de 2026, pendiente de aprobación por la junta de accionistas. Mantener un dividendo en un año de pérdidas tan abultadas siempre genera debate, porque obliga a explicar de qué tipo de pérdidas se trata. Telefónica lo enfrenta con su argumento central: el agujero viene de extraordinarios, mientras el negocio recurrente, según su cálculo, habría sido rentable.
La deuda, el dividendo y el resultado neto forman un triángulo delicado. Una empresa puede permitirse pagar si tiene capacidad de generar caja, si la deuda es manejable y si el mercado cree el relato de la transformación. Aquí Telefónica se esfuerza en sostener esa narrativa: el ajuste duele, pero la disciplina financiera se mantiene.
Y no solo es disciplina: es señal. La reducción del 1,2% no es espectacular, pero en un año con reorganización, provisiones y ventas, y con un dividendo de 2.126 millones, no es un detalle trivial. Habla de control de palancas, de gestión de balance. Y, a la vez, deja una pregunta inevitable en el aire: cuánto margen hay para seguir pagando y reduciendo si los próximos años exigen inversión fuerte y el crecimiento de ingresos sigue siendo contenido.
El plan 2026-2030, ya en la mesa, y su promesa implícita
Telefónica presentó su plan estratégico 2026-2030 el 4 de noviembre de 2025. La compañía lo centra en un crecimiento rentable, creación de valor para el accionista y la aspiración de ser una operadora europea de referencia mundial. Son fórmulas que suenan corporativas, pero detrás hay decisiones visibles: salir de mercados, concentrarse en los que se consideran prioritarios, ajustar la estructura y cuidar el balance.
Con Marc Murtra en el primer año de mandato, los resultados de 2025 funcionan como una especie de “año bisagra”. No porque todo cambie de golpe, sino porque se empieza a ver en números el coste de poner ese plan en marcha. La salida de Hispam y las provisiones por ERE encajan en esa lógica: ordenar el perímetro y ajustar la base de costes. El desafío, en adelante, es que el plan no se quede en ingeniería financiera: tiene que traducirse en crecimiento de margen, estabilidad de ingresos y fortaleza competitiva en mercados clave.
Clientes, fibra y mayoristas: la batalla silenciosa de la red
En el negocio de telecomunicaciones, el número de clientes no es solo una métrica de orgullo; es un termómetro de escala y una pista de futuro. Telefónica cerró 2025 con 326,1 millones de accesos totales, un 2,1% más. El dato, en bruto, indica crecimiento. Pero lo interesante está en el desglose, porque ahí se ve hacia dónde se desplaza el peso del grupo.
La fibra creció un 7,5%, hasta 15,04 millones de accesos. Es una cifra que encaja con la estrategia de las grandes telecos en Europa: sostener la ventaja por infraestructura, convertir la red fija en un activo diferencial y mejorar la experiencia del cliente con más capacidad y estabilidad. La fibra no solo sirve para vender más velocidad; sirve para sostener servicios, para reducir incidencias, para empaquetar ofertas, para defender churn. Y cuando una empresa presume de churn bajo en España, la red siempre está detrás, aunque no aparezca en el titular.
Los clientes mayoristas crecieron un 10,7%, hasta 26,4 millones. Mayorista significa que Telefónica no solo vende al cliente final: también vende capacidad, acceso o servicios a otros operadores o actores, convirtiendo su red en una plataforma de negocio. Este crecimiento sugiere que la compañía está capturando demanda de terceros, una vía que puede mejorar el retorno de la inversión en red si se gestiona bien.
Pero junto a esos crecimientos aparecen caídas que conviene no maquillar. Los clientes de tarifas de contrato descendieron un 5,9%, hasta 108,6 millones. Y los clientes de televisión de pago bajaron un 1,4%, hasta 7,809 millones (en torno a 7,8 millones). No es raro: el contrato está sometido a competencia y a cambios de hábitos, y la televisión de pago vive desde hace años bajo el empuje de plataformas digitales y consumo a la carta. Aun así, el descenso en contrato siempre llama la atención porque el contrato suele ser la base “estable” frente al prepago.
Estos movimientos de clientes encajan con una realidad del sector: se gana en infraestructura y en negocio de red, mientras se pelea por mantener bases tradicionales en un mercado con nuevas formas de consumo y con competencia intensa. Telefónica subraya la fibra y el mayorista porque ahí hay futuro y margen. Las caídas en contrato y TV obligan a gestionar el presente sin perder foco.
Objetivos de 2025 cumplidos: la otra cara del año
Con estos resultados, Telefónica afirma haber cumplido sus objetivos de 2025: crecer en ingresos un 1,5% y el ebitda ajustado un 2%. El ebitda ajustado, explicado sin rigidez, es una forma de medir el rendimiento operativo antes de ciertos gastos y antes de impactos que se consideran no recurrentes, para ver cómo late el negocio principal sin el ruido de operaciones extraordinarias. Que la compañía hable de objetivos cumplidos en el mismo documento donde reporta pérdidas multimillonarias no es un capricho: es la manera de sostener que el negocio recurrente cumple mientras el resultado neto absorbe el coste de la transformación.
La lectura crítica aquí no es negar la métrica; es entender el contraste. El resultado neto es el que se queda en el imaginario. El ebitda ajustado es el que la empresa usa para explicar que lo que ocurre no es un colapso operativo, sino una transición con costes extraordinarios. Telefónica necesita que ambas lecturas convivan sin que una destruya a la otra.
El balance que deja 2025 antes del giro de 2026
El año 2025, en Telefónica, se parece más a una mudanza cara que a una casa derrumbada. El número que domina la conversación —4.318 millones de pérdidas— nace del cruce de dos decisiones que estaban llamadas a pesar: vender en Hispanoamérica asumiendo minusvalías y reconocer el coste de ajustar plantilla mediante provisiones por ERE. La compañía lo cuantifica con precisión y, al hacerlo, deja claro que el golpe no viene de un único error, sino de un paquete completo de reordenación.
Aun así, la misma documentación pone otras piezas encima de la mesa. Los ingresos bajan un 1,5% hasta 35.120 millones, sí, pero España crece a 13.012 millones con un churn del 0,8%, Alemania sube a 8.172 millones y Brasil cae a 9.451 millones por efecto divisa pese a que, a tipo de cambio constante, habría avanzado un 6,7%. En clientes, el grupo crece hasta 326,1 millones de accesos, la fibra avanza hasta 15,04 millones y el mayorista sube a 26,4 millones, mientras contrato y televisión de pago retroceden con cifras claras.
En el plano financiero, la deuda queda en 26.824 millones, un 1,2% menos, pese al dividendo de 2.126 millones, y Telefónica mantiene el guion de retribución con la segunda parte del dividendo de 2025, 0,15 euros por acción, prevista para junio de 2026 si la junta la aprueba. En paralelo, el plan estratégico 2026-2030, presentado el 4 de noviembre de 2025, ya funciona como marco de todo lo anterior: más foco, menos dispersión, y la promesa —todavía promesa— de que el coste de 2025 se convierta en estructura más ligera y negocio más rentable.
Ese es el punto exacto en el que queda Telefónica tras reportar a la CNMV este 24 de febrero de 2026: un año con pérdidas históricas explicado por decisiones extraordinarias, y un negocio que presume de señales operativas y de control del balance mientras remata la salida de una parte de Latinoamérica y paga el precio del ajuste en España. El calendario ya está escrito en números; lo que falta es que el plan se convierta en resultados que no necesiten asteriscos.

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