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Naturaleza

El submarino soviético hundido que sigue fugando radiación

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El submarino soviético Komsomolets

El submarino soviético Komsomolets sigue fugando radiación en el mar de Noruega y reabre el debate sobre su reactor, torpedos y desgaste real

El K-278 Komsomolets sigue liberando material radiactivo en el mar de Noruega casi 37 años después de su hundimiento, y esa es la parte central de la noticia, la que importa de verdad y la que había que despejar sin humo. No se ha descubierto una explosión nueva ni un deterioro súbito capaz de transformar el Atlántico norte en una pesadilla nuclear de un día para otro. Lo que ha quedado confirmado es otra cosa, menos espectacular y bastante más incómoda: el reactor del submarino continúa emitiendo radionúclidos, lo hace de forma intermitente, con episodios detectables de fuga, y el combustible que quedó en su interior muestra señales de corrosión. Al mismo tiempo, las mediciones científicas más recientes no apuntan, por ahora, a un impacto amplio en el entorno marino ni a una dispersión fuera de control. El problema existe. Sigue ahí. Pero no tiene la forma de una catástrofe inmediata, sino la de una fuente radiactiva localizada, persistente y vigilada desde hace décadas.

La pieza que ha reactivado la alarma se publicó en marzo de 2026 y confirma que el pecio continúa soltando sustancias radiactivas desde el compartimento del reactor, mientras que no se ha encontrado evidencia de plutonio procedente de las ojivas nucleares en el entorno cercano del compartimento de torpedos. Esa distinción es decisiva y conviene dejarla limpia desde el arranque. El reactor sí fuga; los torpedos, de momento, no muestran una liberación equivalente en su zona inmediata. Los científicos detectaron, además, concentraciones muy elevadas de cesio-137 y estroncio-90 justo sobre uno de los puntos de emisión. Son cifras que impresionan, claro. Pero la misma investigación subraya que esas señales se atenúan con rapidez en el agua y que no hay pruebas de una contaminación expansiva comparable a los peores escenarios que suelen acompañar cualquier noticia con las palabras “submarino”, “nuclear” y “Guerra Fría” en la misma frase.

Qué han encontrado exactamente los científicos

El retrato más preciso del estado actual del Komsomolets nace de una expedición realizada en julio de 2019 con el buque de investigación G. O. Sars y el vehículo operado por control remoto Ægir 6000, capaz de bajar a gran profundidad y trabajar con cámaras, sensores y equipos de muestreo sobre el fondo marino. En aquella campaña participaron especialistas del Instituto de Investigación Marina de Noruega, de la Autoridad Noruega de Seguridad Radiológica y Nuclear, de la Universidad Noruega de Ciencias de la Vida y un observador de la entidad rusa Typhoon, una combinación que retrata bien el tipo de problema que es este: heredado de la Unión Soviética, situado en aguas que preocupan a Noruega y demasiado serio como para tratarlo solo como una curiosidad de archivo. La expedición cartografió el pecio, filmó su estado exterior, tomó muestras de agua, sedimentos y organismos marinos, y permitió reconstruir con mucha más precisión qué parte del submarino sigue activa desde el punto de vista radiológico. No era una excursión al pasado, era una inspección a un artefacto que todavía emite.

Ahí aparecen los datos que han encendido los titulares. En una muestra recogida sobre el tubo de ventilación del compartimento del reactor, los investigadores midieron 398 kilobequerelios por metro cúbico de estroncio-90 y 792 kilobequerelios por metro cúbico de cesio-137. Traducido a escala comprensible, esas concentraciones equivalen a alrededor de 400.000 veces y 800.000 veces los niveles típicos de esos radionúclidos en el mar de Noruega. Es muchísimo en el punto exacto donde se localiza la fuga, y conviene decirlo sin rebajar nada. También conviene añadir la otra mitad de la escena, porque sin ella la noticia queda torcida: esas mediciones se registraron junto a la fuente y no describen, por sí solas, el nivel de contaminación a gran distancia. En el océano profundo, los números pueden dispararse en la boca del problema y desplomarse unos metros más allá. Aquí pasa justamente eso. La herida radiactiva existe, pero está muy localizada.

La parte quizá más seria del estudio no está en el cesio ni en el estroncio, aunque sean los nombres que mejor funcionan en un titular. Lo más importante es que los autores detectaron también plutonio-239, plutonio-240 y uranio-236 en las liberaciones asociadas al reactor, con relaciones isotópicas compatibles con corrosión del combustible nuclear. Ahí está el núcleo duro del asunto. No solo sale material radiactivo: sale de un reactor cuyo combustible se está degradando. Eso cambia el enfoque. Ya no se trata únicamente de un pecio que arrastra la contaminación acumulada de un accidente antiguo, sino de una estructura interna que continúa deteriorándose bajo el agua. El estudio insiste, además, en que las emisiones no son continuas, sino episódicas, algo coherente con un sistema dañado, sometido a corrientes variables y a una conexión abierta con el mar a través de una tubería de ventilación. Dicho de una manera menos académica: no hay un grifo siempre abierto, pero sí una fuga que no se ha cerrado nunca del todo.

Cómo acabó en el fondo del mar de Noruega

Para entender la importancia del hallazgo hay que volver al propio submarino. El K-278 Komsomolets entró en servicio en 1983 y era, para la marina soviética, una mezcla de arma, laboratorio y alarde tecnológico. Era el único submarino de su clase, con un doble casco y un diseño pensado para operar a profundidades extraordinarias para un sumergible militar de combate. Llevaba un reactor de agua a presión OK-650b-3 de 190 megavatios y dos torpedos con ojiva nuclear, además de armamento convencional. En el momento del hundimiento, el inventario radiactivo estimado del reactor era de 29 petabequerelios, mientras que las dos ojivas almacenaban en conjunto unos 16 terabequerelios de plutonio-239 y plutonio-240. Son magnitudes enormes, de laboratorio serio, de expediente que nadie firmaría con la mano tranquila. Y, sin embargo, durante años el pecio permaneció en una especie de limbo público: demasiado profundo para ser visible, demasiado antiguo para competir con los desastres nuevos y demasiado complejo para encajar en el simplismo del susto instantáneo.

El 7 de abril de 1989 todo se torció. Un incendio a bordo, iniciado en la zona de popa, se propagó y acabó convirtiendo una avería grave en una secuencia fatal. El submarino consiguió emerger tras el fuego, pero no logró salvarse. Terminó hundiéndose en el mar de Noruega, al suroeste de la isla del Oso, a una profundidad de 1.673 metros, según la documentación técnica noruega; otras referencias redondean la cota a 1.680 o 1.667 metros, una diferencia menor que tiene que ver con la forma de registrar el punto exacto del lecho marino. A bordo viajaban 69 tripulantes. Murieron 42 y sobrevivieron 27. Buena parte de las muertes se produjo tras el abandono del buque, en aguas gélidas, con hipotermia y heridas en una escena que combinó incendio, caos y una capacidad de rescate limitada por el mar y el tiempo. No fue solo un accidente naval, fue también una tragedia humana enorme, una de las más graves asociadas a un submarino nuclear soviético en plena recta final de la Guerra Fría.

Lo que quedó en el fondo no era un simple casco vacío. El reactor seguía dentro y también los dos torpedos nucleares. Las primeras investigaciones soviéticas y rusas describieron daños importantes en la sección delantera del submarino, con agujeros y grietas en torno al compartimento de torpedos y la sospecha de que el material de las ojivas había entrado en contacto con el agua de mar. A partir de ahí se organizaron varias misiones con sumergibles tripulados y, en 1994, se realizó una intervención clave: los seis tubos lanzatorpedos y varios orificios del compartimento de torpedos fueron sellados con placas de titanio para reducir la entrada de agua marina. Ese detalle explica buena parte de la situación actual. Durante años, el miedo principal estuvo en los torpedos; lo que la investigación más reciente muestra es que esas medidas siguen desempeñando un papel relevante y que el frente más activo, al menos a día de hoy, está en el reactor.

El reactor sí fuga; los torpedos, por ahora, aguantan

La inspección moderna del pecio confirma justamente esa separación entre dos riesgos distintos. En la zona delantera, donde se encontraba el compartimento de torpedos, los investigadores observaron daños exteriores y verificaron que la antigua actuación rusa seguía en su sitio. Lo importante es el resultado químico y radiológico: no encontraron indicios de plutonio apto para armas nucleares en el agua ni en los sedimentos recogidos cerca de esa parte del submarino. Eso no autoriza a cantar victoria ni a vender la historia como si el problema estuviera muerto y enterrado. Significa algo más sobrio, más técnico y bastante más útil: el sellado de los torpedos parece seguir funcionando o, al menos, no hay evidencia actual de una fuga relevante en esa zona. En cambio, el compartimento del reactor sigue conectado al mar por un conducto de ventilación a través del cual ya se habían detectado liberaciones en expediciones anteriores, y es ahí donde la campaña noruega ha vuelto a encontrar el rastro más claro y más preocupante.

La clave de por qué no se observa una devastación ambiental inmediata está en la dilución. El propio estudio sostiene que, pese a más de treinta años de emisiones desde el reactor, hay poca evidencia de acumulación significativa de radionúclidos en el entorno inmediato del submarino. En paralelo, el programa nacional noruego de vigilancia radiológica marina no ha detectado concentraciones inusuales de radionúclidos artificiales ni en el mar de Noruega ni en el mar de Barents que puedan atribuirse a una expansión amplia del problema. Eso es importante porque pone el caso en su sitio real. No hay un escape masivo extendiéndose por la columna de agua como una mancha de petróleo. Hay una fuente puntual, activa, vigilada, con valores muy altos en el punto de emisión y con una dispersión rápida una vez el agua se mueve alrededor del pecio. El océano, con su escala inmensa, amortigua. No resuelve. Amortigua. Y esa diferencia, pequeña en apariencia, cambia el sentido entero de la noticia.

Lo que dicen el agua, los sedimentos y la fauna

Las muestras biológicas ayudan a rebajar el tono apocalíptico sin caer en la complacencia. Los equipos noruegos detectaron bajas concentraciones de cesio-137 en algunos organismos marinos recogidos junto al casco, algo compatible con emisiones continuas a baja escala, pero no en niveles que hagan esperar un efecto directo apreciable sobre esos organismos. Las propias imágenes del pecio muestran el casco cubierto por una fina capa de vida marina: esponjas, invertebrados, pequeños organismos adheridos al metal, la película lenta del fondo profundo instalándose sobre un objeto que para la biología no deja de ser una superficie más. La escena resulta extraña, incluso un poco cruel. Un submarino nuclear corroído y lleno de material radiactivo puede aparecer cubierto de vida. El océano no funciona con símbolos ni con moralinas; funciona con corrientes, densidades, diluciones y escalas temporales que casi siempre desbordan la intuición humana. Por eso mismo el dato relevante no es si alrededor del casco hay seres vivos, sino qué radionúclidos aparecen en ellos, en qué cantidad y con qué tendencia. Y ahí, por ahora, el balance sigue siendo contenido.

Noruega lleva monitorizando la zona desde 1990, precisamente porque el asunto no admite sustos esporádicos ni olvido administrativo. Durante años se tomaron muestras con instrumental bajado desde barcos, una tarea compleja a esa profundidad y con corrientes cambiantes cerca del fondo. En 2013 y 2015 se afinaron los muestreos con sistemas de posicionamiento más precisos que permitieron recoger agua y sedimento a unos 20 metros del casco. La campaña de 2019, ya con el Ægir 6000, dio un salto cualitativo porque permitió trabajar pegado al pecio, ver con cámaras lo que antes era solo inferencia y relacionar mucho mejor cada muestra con una zona concreta del submarino. Ese avance técnico explica por qué en 2026 hay un diagnóstico más fino y también más incómodo. No es que el Komsomolets haya empezado a fugar ahora. Es que ahora se sabe mejor cómo, por dónde y con qué firma isotópica.

Qué riesgo real existe a partir de 2026

El riesgo real no está en una gran frase redonda, está en la suma de varios hechos menos vistosos. El reactor conserva todavía una carga radiológica relevante; en 2019 se estimaba que quedaban en su interior alrededor de 3 petabequerelios, casi todo asociado a cesio-137 y estroncio-90. El combustible se está corroyendo. Las emisiones siguen produciéndose. El mar las diluye y por eso el impacto detectado hoy es limitado. Todo eso es cierto al mismo tiempo. La conclusión seria, la única que no fuerza la realidad hacia un extremo u otro, es que el Komsomolets no representa hoy una emergencia ambiental abierta, pero tampoco es un problema cerrado ni un simple monumento hundido de la Guerra Fría. Sigue siendo un foco radiactivo activo en el fondo del mar, uno de esos legados que dejan de sonar a historia cuando los instrumentos vuelven a pitar. La vigilancia continuará precisamente por eso: porque el elemento más inquietante no es la fuga puntual conocida, sino la evolución futura de la corrosión dentro del reactor.

También conviene ordenar el caso dentro de un marco más amplio. La radiactividad artificial del océano no empieza ni termina en el Komsomolets. Parte procede de los ensayos nucleares del siglo XX y parte de vertidos autorizados y operaciones industriales del ciclo nuclear. El submarino soviético no inventa ese mapa; se incrusta en él como uno de sus puntos más delicados, porque combina combustible nuclear, armamento hundido, profundidad extrema y una larga historia de incertidumbre técnica y geopolítica. Pero justamente por eso no sirve exagerarlo con brochazos gruesos. No está contaminando medio hemisferio, ni hay datos que sostengan semejante salto. Lo que sí hay es un recordatorio brutal de cómo envejecen estas tecnologías cuando terminan en el lugar menos pensado: el fondo del mar. Nada se resuelve del todo a 1.673 metros; simplemente cuesta más verlo y tarda más en contarse.

El pecio nuclear que sigue sin apagarse

A estas alturas, el Komsomolets ya no es solo el nombre de un submarino soviético perdido en 1989. Es el nombre de un problema técnico todavía vivo. La noticia de 2026 no dice que se haya desatado un desastre nuevo; dice algo más áspero y bastante más revelador: la avería nunca terminó del todo. El reactor continúa liberando radionúclidos, el combustible presenta signos de corrosión y la vigilancia internacional sigue siendo necesaria porque nadie responsable puede dar por amortizado un pecio con reactor nuclear y dos torpedos atómicos en el fondo del mar. Los torpedos sellados resisten, de momento. El reactor, no tanto. Entre esas dos frases cabe casi toda la historia reciente del caso.

Por eso el dato verdaderamente sólido no es el número enorme que sale en un titular, ni la imagen casi fantasmal del submarino cubierto de organismos en la oscuridad. Lo decisivo es que la fuga sigue existiendo y que, por ahora, su impacto permanece contenido por la propia dinámica del mar. Es una mala noticia, pero no la peor. También es una advertencia bastante concreta sobre el legado submarino de la Guerra Fría, sobre la fragilidad de los materiales frente a décadas de corrosión y sobre lo que ocurre cuando una potencia militar hunde una parte de su historia sin conseguir enterrarla del todo. El Komsomolets sigue abajo. Y sigue emitiendo. Eso, en 2026, ya no admite discusión.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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