Síguenos

Ocio

¿Puede Pogacar romper la Strade Bianche en su regreso?

Publicado

el

Strade Bianche 2026

Pogacar reaparece en Siena para buscar un récord histórico en la Strade Bianche, una clásica de polvo, trampas y rivales muy duros al acecho.

Tadej Pogacar vuelve a la Strade Bianche con una amenaza muy concreta sobre la mesa: ganar por cuarta vez en Siena y quedarse solo en lo más alto del palmarés de una clásica que ya parece escrita con su nombre. La carrera se disputa este sábado 7 de marzo de 2026, abre de nuevo la gran primavera italiana y coloca al esloveno en el centro de todo incluso antes de la salida. No es una exageración, ni una forma de hablar. Pogacar arranca aquí su temporada, en una prueba de 203 kilómetros, con 14 sectores de sterrato y alrededor de 64 kilómetros de caminos de tierra, exactamente el terreno donde su manera de correr suele convertir una carrera de un día en una exhibición de largo alcance.

La noticia de fondo está ahí, y es bastante contundente: Pogacar no llega a Siena para tantear, llega para hacer historia. Ya ganó en 2022, 2024 y 2025, comparte el techo con Fabian Cancellara y se presenta en la 20.ª edición de la Strade con un reconocimiento poco habitual incluso para las grandes figuras: la organización ha dedicado a su nombre el sector de Colle Pinzuto, uno de los tramos decisivos del recorrido. Todo eso ocurre antes de bajar la bandera. Después vendrá lo importante, claro, que es la carrera. Pero el ambiente ya deja una lectura bastante nítida: si Pogacar acelera donde suele hacerlo, la Strade vuelve a quedar bajo su ley.

La Strade Bianche 2026 mantiene su salida y llegada en Siena, conserva el final brutal hacia la Piazza del Campo y retoca algo la dureza respecto a años recientes, aunque sin tocar el alma del recorrido. Sigue siendo una clásica que no admite disimulos, una prueba donde el cuerpo va entrando poco a poco en una especie de negociación salvaje con el polvo, la vibración de la bici, los repechos cortantes y ese desgaste raro, tan propio del sterrato, que no siempre se ve en televisión pero se adivina enseguida en las caras. Aquí no basta con mover muchos vatios. Aquí hay que saber pasar por la tierra, salir vivo del traqueteo y elegir el momento exacto para romper la carrera.

A esa ecuación se suma una lista de nombres con peso real. Tom Pidcock, ganador en 2023 y segundo el año pasado, vuelve a aparecer como la gran amenaza más lógica. Wout van Aert, vencedor en 2020, regresa a la cita toscana con ambición renovada. El fenómeno francés Paul Seixas, con solo 19 años, aterriza en Siena tras unas primeras semanas de temporada que ya lo han colocado en la conversación grande. También están Ben Healy, Matteo Jorgenson, Julian Alaphilippe, Giulio Pellizzari, Filippo Zana o Romain Grégoire. Y dentro del propio UAE Team Emirates-XRG, Pogacar llega bien arropado por Isaac del Toro, Jan Christen y Florian Vermeersch, aunque sin Tim Wellens, una baja relevante. Todo eso hace la carrera más rica. No necesariamente más imprevisible.

La clásica que mejor entiende a Pogacar

No todas las carreras explican igual a un campeón, y la Strade Bianche lleva tiempo siendo una especie de radiografía perfecta de Pogacar. Hay algo en estos caminos blancos que le encaja con una naturalidad casi ofensiva: la mezcla de fondo, técnica, explosividad, resistencia a los cambios de ritmo y una agresividad que en él no aparece como gesto teatral, sino como costumbre. Mientras otros calculan, él muerde. Mientras otros esperan, él abre la puerta. En Siena suele correr como si conociera el momento exacto en que la carrera se parte, y esa intuición, cuando va acompañada de piernas, suele ser devastadora.

Sus tres victorias anteriores no se parecen del todo entre sí, y eso también dice mucho. En 2022 ganó atacando con decisión y resolviendo una jornada ya durísima. En 2024 destrozó la prueba con una cabalgada larguísima, de esas que en otro corredor parecerían un exceso romántico y en él acaban convertidas en un método. En 2025 sobrevivió a una caída dura, se rehízo, alcanzó de nuevo a los mejores y terminó imponiéndose con ese aire de caos controlado que tanto le acompaña. Tres maneras distintas de dominar un mismo escenario. Tres mensajes parecidos: si la Strade se vuelve áspera, Pogacar suele sentirse todavía más cómodo.

No es casualidad que la organización haya querido dejar su huella en el recorrido. El homenaje en Colle Pinzuto tiene algo de reconocimiento institucional y algo de constatación histórica. La Strade todavía es una carrera joven comparada con los grandes monumentos del ciclismo, pero ya tiene iconografía propia, y Pogacar forma parte de esa iconografía como muy pocos ciclistas de su época. Un corredor no recibe un sector con su nombre solo por acumular triunfos. Lo recibe cuando ha alterado la memoria de la prueba. Cuando hablar de la carrera y hablar de él empieza a ser casi lo mismo.

Hay otro detalle nada menor. Esta es su primera carrera oficial de 2026. Eso convierte la cita en un debut, sí, pero también en una declaración. Pogacar no ha elegido un lugar cómodo para aparecer. Ha elegido un lugar duro, vistoso, exigente, simbólico. Una clásica donde una mala tarde se ve enseguida y una gran tarde se recuerda durante meses. Es una decisión coherente con el personaje deportivo que ha construido: no empezar a medio gas, no esconderse detrás del calendario, no entrar poco a poco, sino entrar mandando.

Un palmarés que ya huele a récord

El dato pesa por sí solo. Fabian Cancellara y Tadej Pogacar comparten con tres triunfos el máximo histórico de la Strade Bianche masculina. Si el esloveno gana en 2026, rompe ese empate y se queda solo. No es un adorno estadístico. En una carrera tan selectiva, tan peculiar y tan marcada por el prestigio reciente, una cuarta victoria sería algo más que una línea nueva en el currículum. Sería un modo de fijar territorio. La Strade dejaría de ser una de sus grandes carreras para convertirse, ya sin discusión, en su carrera.

Cancellara fue durante años el patrón emocional de esta prueba, el corredor que ayudó a elevar su prestigio cuando todavía estaba creciendo. Pogacar está en otra época y con otro tipo de ciclismo alrededor, más explosivo, más agresivo desde lejos, más dado a los movimientos de gran impacto. Que ambos se crucen ahora en esa frontera del récord da una dimensión extra a lo que puede pasar en Siena. No se trata solo de ganar, sino de desplazar un símbolo muy pesado dentro de la historia moderna de la carrera.

Un recorrido algo más corto, pero igual de cruel

La Strade Bianche 2026 ha rebajado algo la dureza respecto a versiones recientes, aunque el matiz conviene no exagerarlo. El trazado mantiene 203 kilómetros, presenta 14 sectores de tierra y ronda los 64 kilómetros de sterrato, con salida cerca de la Fortezza Medicea y un viaje por las carreteras y colinas del entorno de Siena que sigue teniendo zonas donde la carrera suele empezar a temblar de verdad. Se reducen algunos excesos, sí. No desaparece el castigo.

Después de los primeros kilómetros de asfalto llega la entrada en los caminos blancos de la Toscana, con la carrera buscando su ritmo entre polvo fino, pista compacta y esa sensación de fragilidad permanente que convierte cualquier mal gesto en un problema. La ruta pasa por zonas como Radi, Buonconvento, la subida asfaltada hacia Montalcino, y se va enroscando después en la secuencia más severa de la jornada, donde aparecen sectores tan serios como Lucignano d’Asso, Pieve a Salti y San Martino in Grania. No son nombres decorativos. Son el terreno donde los equipos empiezan a perder piezas y donde los favoritos deben dejar de esconderse.

El gran punto de ruptura emocional y táctica vuelve a ser Monte Sante Marie. No siempre sentencia, pero casi siempre revela. Es uno de esos lugares donde un corredor entra todavía con apariencia de control y sale ya desnudo del todo, con las piernas hablando sin intermediarios. Pogacar ha hecho muchísimo daño ahí, y el pelotón lo sabe. El problema para sus rivales es que conocer el sitio del golpe no siempre significa poder evitarlo. La Strade tiene algo de emboscada anunciada: todos ven venir el momento importante, pero eso no impide que llegue.

Tras esa parte central tan dura, la carrera no afloja de verdad. Aparecen Monteaperti y el circuito final con doble paso por Colle Pinzuto y Le Tolfe, dos sectores cortos pero explosivos, con rampas que castigan a corredores ya exprimidos por las dos horas anteriores de vibración constante. Le Tolfe tiene esa crueldad breve, seca, muy italiana, una subida que no necesita ser larguísima para hacer daño. Colle Pinzuto, ahora ligado al nombre de Pogacar, es además un lugar cargado de simbolismo: un homenaje antes de intentar otro golpe.

Y después llega el final, que sigue siendo uno de los más bellos y retorcidos del ciclismo mundial. La entrada en Siena, el paso por sus calles estrechas y el remate por Via Santa Caterina hasta la Piazza del Campo forman un desenlace que no se parece a casi ningún otro. No es un esprint masivo, no es una cima larga, no es un final para especialistas puros. Es una emboscada urbana en cuesta, un último latigazo que premia al corredor capaz de conservar algo de motor después de haber atravesado media Toscana con la bici temblando bajo los pies.

Dónde puede estallar de verdad la carrera

El guion más lógico coloca la primera selección seria en el bloque central y la ruptura definitiva entre Monte Sante Marie, Colle Pinzuto y Le Tolfe, pero con Pogacar los márgenes siempre se ensanchan. Ya ha ganado aquí atacando desde muy lejos, y ese antecedente modifica por completo la lectura previa. No hace falta esperar al último sector para imaginar la carrera rota. Si se siente bien, puede tensar el grupo con mucha antelación y obligar a que todo el mundo corra a la defensiva desde bastante antes de la cuenta.

Eso afecta directamente a rivales como Pidcock o Van Aert, que necesitan un escenario algo menos abierto para jugar mejor sus cartas. A Pidcock le beneficia una carrera nerviosa, técnica, viva, incluso agresiva, pero no necesariamente un solo larguísimo hasta meta con Pogacar en versión trituradora. A Van Aert le interesa llegar muy cerca, con margen para exprimirse en la parte final y sacar rédito de su potencia en un grupo reducido o en un desenlace de persecución. La gran cuestión táctica de la Strade 2026 es si alguien podrá obligar a Pogacar a correr con paciencia. Ahí está el verdadero desafío.

Pidcock, Van Aert y el resto del pelotón contra una costumbre

Tom Pidcock aparece en esta previa como el rival más creíble por una razón simple: ya ha demostrado que sabe ganar aquí y ya ha demostrado que puede resistir, al menos un rato, las arrancadas de Pogacar. El británico ganó la Strade en 2023, fue segundo en 2025 y posee un repertorio perfecto para un terreno de este tipo, donde el manejo importa casi tanto como la fuerza. Baja bien, cambia de ritmo con soltura, se mueve con naturalidad sobre el sterrato y no le asusta correr entre sobresaltos. Tiene, en fin, las herramientas correctas. Lo que no está claro es que eso baste.

En el recuerdo aún pesa la edición pasada, cuando Pidcock fue de los pocos capaces de seguir el arranque del esloveno y de obligarlo incluso a asumir riesgos en el descenso. Aun así, Pogacar volvió, reconstruyó la situación y acabó rematando la carrera. Esa escena deja una lección incómoda para el resto: aunque alguien resista el primer golpe, no siempre sobrevive al segundo. Y con Pogacar suele haber segundo, tercero y cuarto si la tarde viene encendida.

Wout van Aert introduce otro tipo de amenaza. Su palmarés en Siena incluye el triunfo de 2020 y un podio anterior en 2018, y aunque su relación reciente con la carrera ha tenido más pausas que continuidad, nadie sensato lo quita de la ecuación. Van Aert necesita menos explicación que otros corredores: cuando tiene el día, es una fuerza capaz de cambiar cualquier clásica. Su potencia, su resistencia y su capacidad para aguantar esfuerzos muy largos lo mantienen en el grupo de hombres que, al menos en teoría, pueden incomodar a Pogacar. Lo difícil es imaginar que esa incomodidad se convierta en control total.

El nombre que más curiosidad despierta es Paul Seixas. El francés, todavía adolescente hace nada, ya se ha metido en la conversación del ciclismo grande con una mezcla de desparpajo, motor y facilidad para atacar que inevitablemente ha disparado comparaciones. En Siena aterriza con foco, con presión y con la clase de expectativa que puede pesar mucho o liberar muchísimo. La Strade suele castigar la inexperiencia, pero también premia el coraje cuando va acompañado de piernas. Seixas no parte como favorito, ni falta que hace. Llega como una de esas presencias capaces de alterar la carrera aunque no la gane.

Luego están los outsiders de verdad, que en una clásica así nunca son del todo secundarios. Ben Healy vuelve a ser un nombre serio por perfil y por agresividad. Matteo Jorgenson aparece como carta valiosa dentro del bloque de Visma. Julian Alaphilippe, ganador en 2019, conoce perfectamente el sabor de esta prueba y conserva el instinto para días rotos. Giulio Pellizzari, Filippo Zana, Romain Grégoire, Tibor Del Grosso, Valentin Madouas o Maxim Van Gils añaden profundidad a una salida en la que sobran piernas para incendiar el día. Lo que quizá falte es alguien con capacidad real para llevar el incendio hasta el final sin que Pogacar lo apague a su manera.

El papel del UAE y la baza de Isaac del Toro

Hablar de Pogacar sin mirar a su equipo sería simplificar demasiado una carrera que cada vez se corre más a gran velocidad táctica. UAE Team Emirates-XRG llega a Siena con un bloque serio, aunque sin Tim Wellens, cuya ausencia resta una pieza muy útil en este tipo de clásicas. Aun así, la estructura sigue teniendo músculo de sobra para endurecer el día y proteger a su líder en los sectores donde la colocación vale oro. El equipo ya no corre solo para sobrevivir a la tensión; muchas veces corre para fabricar la tensión que después Pogacar aprovecha.

Dentro de ese plan, el nombre de Isaac del Toro tiene un interés especial. El mexicano dejó señales muy serias en estos caminos y representa una ayuda de lujo para las fases más agresivas de la carrera. Su crecimiento en este tipo de terreno se sigue con atención porque tiene motor, intuición y una facilidad notable para moverse en escenarios quebrados. No llega con la obligación de ganar, pero sí con el perfil ideal para endurecer sectores, seleccionar grupos y servir de apoyo adelantado si Pogacar decide lanzar un movimiento lejano.

También entran en esa lógica Jan Christen y Florian Vermeersch, dos corredores que aportan perfiles distintos y complementarios. Christen puede ser útil en una carrera nerviosa, con cambios de guion, mientras que Vermeersch ofrece presencia física y fondo para sostener un ritmo alto en las zonas más ásperas. El gran valor del UAE aquí no es solo la calidad individual, sino la posibilidad de jugar la clásica desde más de un frente. Cuando Pogacar tiene equipo para anticipar y rematar, la Strade se le abre todavía más.

Ese es uno de los motivos por los que varios rivales llegan obligados a pensar en alianzas tácitas, aunque luego en carrera esas alianzas duren poco. Si UAE controla la cabeza del grupo en la entrada a los sectores clave, todo se estrecha: hay menos margen para sorpresas, menos espacio para movimientos caóticos y más probabilidades de que la carrera desemboque exactamente donde quiere Pogacar. La batalla no consiste solo en seguir su ataque; empieza bastante antes, en la pelea por impedir que llegue a ese ataque en la posición ideal.

La Strade que abre la primavera y mide el pulso del pelotón

La Strade Bianche se ha convertido con los años en una prueba con un peso muy superior al de su antigüedad. No tiene el siglo largo de otras clásicas, pero ya manda muchísimo en el calendario por una razón evidente: es una carrera con personalidad absoluta. No parece una versión menor de nada. Tiene paisaje propio, tensión propia, dolor propio y una estética que la ha colocado entre las citas más reconocibles del ciclismo mundial. Por eso todo lo que ocurre en Siena resuena tanto. No es solo una victoria de marzo; es una señal fuerte sobre el estado de forma, la ambición y la jerarquía del pelotón.

En 2026, además, la prueba llega cargada de lectura porque funciona como el gran pistoletazo de salida para un tramo del año donde las clásicas empiezan a ordenar poderes. Ver a Pogacar debutar aquí significa medirlo de golpe en una de las carreras más exigentes y, al mismo tiempo, observar cómo responden rivales que también tienen objetivos grandes durante la primavera. Lo que pase en Siena no determina todo lo demás, pero sí deja pistas muy útiles. A veces la temporada arranca con ruido; otras, arranca con una sentencia provisional. La Strade tiene esa capacidad de adelantar jerarquías.

No conviene olvidar el componente físico puro de esta edición. La organización la ha hecho un punto menos extrema en el papel, pero sigue siendo una carrera de más de 3.500 metros de desnivel, con tierra compacta, curvas, repechos violentos y una acumulación de microgolpes que van desgastando incluso a los mejores. El cuerpo no se vacía aquí solo por una subida o por un ataque. Se vacía a pellizcos, con cada vibración, con cada frenada, con cada cambio de superficie, con cada pequeño esfuerzo que obliga a salir de una curva ya por encima del límite.

En ese contexto, la figura de Pogacar pesa más porque parece haber borrado la frontera entre corredor de grandes vueltas y dominador de clásicas. Otros campeones brillan por especialidad. Él va sumando registros sin pedir demasiadas explicaciones. La Strade le sirve como escaparate de esa amplitud: puede subir, puede arrancar desde lejos, puede bajar con agresividad, puede gestionar el caos, puede sostener un solo larguísimo. Esa colección de recursos es lo que hace tan difícil imaginar una versión controlada de la carrera si entra realmente encendido.

Siena espera otra firma de Pogacar

Todo lo importante de esta Strade Bianche 2026 cabe en una imagen muy sencilla: Pogacar entrando en Siena con la carrera ya rota y el resto intentando adivinar dónde se les fue exactamente. Puede no ocurrir, desde luego. El ciclismo sigue siendo un deporte con polvo, averías, caídas, días malos y piernas que a veces no obedecen. Pero la lógica previa apunta con mucha claridad en una dirección. El esloveno llega como campeón del mundo, como triple ganador de la prueba, como gran protagonista de la víspera y como líder de un equipo capaz de sostener su plan. Enfrente hay rivales muy serios. Lo que no hay, de entrada, es un favorito más fuerte.

La belleza de esta carrera está en que nunca parece del todo domesticada, ni siquiera cuando un hombre la domina tanto. Siena no entrega nada gratis. La tierra castiga, la colocación decide, un mal apoyo puede mandar a un favorito dos grupos por detrás y un ataque demasiado pronto puede acabarte vaciando a 25 kilómetros de meta. La Strade castiga la soberbia, y quizá por eso Pogacar funciona tan bien aquí: porque su agresividad, por espectacular que parezca, suele estar apoyada en una lectura finísima del terreno y del momento exacto de hacer daño.

Queda por ver si Pidcock encuentra la manera de convertir la carrera en un problema táctico, si Van Aert llega con la dureza suficiente para jugar de tú a tú en la parte final, si Seixas confirma ya en Siena que lo suyo no es promesa sino presente, o si algún corredor menos esperado se mete en la escena grande antes de lo previsto. Todo eso forma parte del interés real de la jornada. Pero por encima de cada nombre flota el mismo hilo conductor: la Strade vuelve a girar alrededor de Pogacar.

Y cuando una carrera tan especial empieza así, con el favorito total debutando en la temporada y persiguiendo un récord que solo depende de una tarde buena en su terreno predilecto, lo normal es que el foco se cierre sobre él con una precisión casi brutal. La 20.ª edición de la Strade Bianche no arranca como una clásica más. Arranca como el intento de un campeón por adueñarse del todo de una prueba que ya le pertenece bastante. Siena, con su plaza inclinada y su polvo blanco, espera saber si este sábado asiste a otro capítulo grande o directamente a una nueva apropiación.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído