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¿Por qué Somalia vuelve a rozar el abismo del hambre?

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Somalia vuelve el abismo del hambre

Somalia se ahoga entre sequía, combustible disparado y ayuda insuficiente mientras millones de personas vuelven a caer en un hambre salvaje.

Somalia no se está hundiendo por una sola desgracia, sino por un atasco de desgracias a la vez. La sequía ha vaciado cosechas y rebaños, el país depende de importaciones para buena parte de lo que come, la guerra en Oriente Medio ha disparado el combustible y con él el transporte, el agua, la electricidad y el precio de los alimentos, mientras la ayuda humanitaria llega más cara, más lenta y con menos dinero detrás. En ese cruce de golpes, el hambre deja de ser una amenaza abstracta y pasa a ser una rutina diaria para millones de personas.

La fotografía de marzo de 2026 es durísima. En Mogadiscio, el combustible subió un 150 %, de 0,60 a 1,50 dólares por litro; el sorgo y el maíz, básicos en la mesa somalí, se encarecieron un 25 % y un 33 %; y el Programa Mundial de Alimentos ha advertido de aumentos de al menos un 20 % en productos esenciales. Al mismo tiempo, 6,5 millones de personas afrontan inseguridad alimentaria aguda y 1,84 millones de niños menores de cinco años corren riesgo de desnutrición aguda durante 2026, incluidos cientos de miles de casos graves. No es un sobresalto puntual. Es una emergencia que vuelve a acelerar.

Un país atrapado entre la sequía y el petróleo

Somalia está lejos de los centros de decisión del conflicto que ha agitado el Golfo, pero paga la factura como si estuviera pegada al estrecho de Ormuz. La guerra y la interrupción de flujos energéticos en esa zona han sacudido el mercado mundial del crudo y del gas, elevando costes en países muy expuestos a la importación. Los organismos internacionales llevan semanas avisando de lo mismo: los países de renta baja son especialmente vulnerables porque el encarecimiento de la energía arrastra después al alimento, al fertilizante, al transporte y, al final, al plato. En Somalia, donde casi todo llega por una cadena logística frágil, ese efecto dominó se nota enseguida. Primero en el surtidor, luego en el mercado y al final en el estómago.

El golpe que llega desde fuera

La dependencia exterior convierte cualquier sacudida global en una crisis doméstica. Save the Children subraya que más del 70 % de los alimentos consumidos en Somalia procede de importaciones y ayuda alimentaria. A eso se suma otra dependencia menos visible, pero igual de cruel: la electricidad del país descansa en gran medida sobre generadores diésel. Cuando el litro se dispara, no solo sube el taxi o el camión que lleva harina; también se encarece encender una bomba de agua, mantener abierto un pequeño negocio, conservar productos o sostener la actividad de una escuela o un hospital. En un país ya exhausto, el combustible no es un gasto lateral. Es el sistema nervioso.

El precio del diésel, en cada plato

Por eso la crisis no se entiende solo mirando mapas climáticos o estadísticas de ayuda. Se entiende mejor mirando escenas corrientes. En Mogadiscio, conductores de tuk-tuk han dejado de trabajar porque el combustible se ha comido su margen y los pasajeros ya no pueden pagar tarifas más altas. En Puntlandia, una comerciante contaba que cada producto ha sumado entre 10 y 15 dólares y que quien antes llenaba dos cestas ahora sale con una. La imagen tiene algo de brutalidad silenciosa: no hay un gran estallido, no hay una sola explosión decisiva, pero todo se va haciendo más pequeño. La compra, el trayecto, la comida, la paciencia.

El hambre no nace solo en el campo

La sequía sigue siendo el gran telón de fondo. El último análisis alimentario sobre Somalia describe un país castigado por lluvias fallidas, pastos agotados, agua cada vez más escasa y producción agropecuaria deteriorada. El dato más elocuente es casi un mazazo: la cosecha cerealista Deyr de 2025 en el sur se estimó en 15.600 toneladas, un 83 % por debajo de la media de largo plazo y la peor desde 1995. Cuando se llega a un suelo así, cualquier encarecimiento internacional deja de ser un problema de precios y se convierte en un problema de supervivencia. No hay reserva local suficiente que amortigüe el golpe.

Somalia, además, no pelea solo contra la meteorología. La ONU y las agencias humanitarias llevan tiempo señalando que el deterioro se alimenta también de la inseguridad, del desplazamiento forzado y de la dificultad para mover mercancías y asistencia en varias zonas. El Gobierno somalí sigue lidiando con la guerra prolongada contra Al Shabab, mientras las familias desplazadas por sequía y violencia se concentran en campamentos donde la fragilidad sanitaria y alimentaria se multiplica. En esas condiciones, el mercado deja de ser una red que distribuye y se parece más a una cuerda que se tensa hasta romper.

Somalia tiene potencial agrícola y ganadero, y el campo sigue siendo columna vertebral de su economía, pero el sistema alimentario lleva años dependiendo de cereal, harina, aceite y otros productos que llegan de fuera. Cuando falla la lluvia, cae la producción local; cuando además sube el combustible, esa dependencia exterior se vuelve asfixiante. El resultado no es solo que la gente pague más por comer, sino que el país entero pierde margen para respirar. Comer pasa a ser más caro justo cuando producir dentro resulta más difícil. Mala combinación. Casi perfecta, pero en el peor sentido.

Cuando la ayuda llega tarde y más cara

La otra cara del drama está en la ayuda humanitaria. El plan de respuesta para Somalia en 2026 necesita 852 millones de dólares para atender a la población más golpeada, y arranca el año con una financiación muy insuficiente. Save the Children precisó que a comienzos de marzo apenas se había cubierto algo más del 10 % del objetivo y que unas 600.000 personas vulnerables ya habían perdido acceso a asistencia alimentaria y transferencias en efectivo. El dato tiene una crueldad administrativa muy moderna: no hace falta que desaparezca la ayuda por completo; basta con que se estreche justo cuando el coste de moverla sube. Entonces el sistema se queda corto aunque siga en pie.

Y mover la ayuda cuesta mucho más. UNICEF ha advertido de que tiene suministros vitales valorados en 15,7 millones de dólares en tránsito o preparándose para Somalia, pero ese flujo está ahora bajo presión. El coste del transporte puede aumentar entre un 30 % y un 60 %, e incluso duplicarse en algunas rutas, mientras los retrasos por desvíos y embotellamientos logísticos se vuelven más probables. Traducido a tierra: la pasta terapéutica para un niño desnutrido, las vacunas, las redes antimosquitos o el material sanitario tardan más y llegan peor. Y el hambre, como casi todo lo mortal, no espera con educación británica a que se resuelva la burocracia del mundo.

Los niños en el centro del desastre

Cuando una crisis así se vuelve profunda, los niños dejan de ser el grupo más vulnerable en teoría y se convierten en el termómetro real de la catástrofe. Se calcula que 1,84 millones de menores de cinco años sufrirán desnutrición aguda en Somalia a lo largo de 2026, incluidos 483.000 casos severos. La situación se deteriora a un ritmo alarmante y la malnutrición aguda nacional se mueve en niveles críticos. Detrás de la frialdad del dato hay cuerpos diminutos que pierden masa, defensas y tiempo. Y el tiempo, en un niño gravemente desnutrido, vale más que en cualquier rueda de prensa.

El panorama sanitario empeora todavía más el cuadro. En el último año han cerrado más de 400 centros de salud y nutrición en Somalia, principalmente por recortes de financiación exterior. En zonas como Dollow, responsables sanitarios admitían que las existencias para tratar a menores con desnutrición podrían alcanzar solo hasta mediados o finales de abril si no entran nuevos suministros. Es decir, no se trata únicamente de que haya más niños enfermos, sino de que la red capaz de sostenerlos se está quedando sin suelo. Un país con hambre puede resistir mal; un país con hambre y sin red clínica, bastante peor.

A eso se suma el repunte de enfermedades que aceleran la caída. Hay brotes de diarrea acuosa aguda, cólera, sarampión y difteria en varias zonas del sur y del centro. En un niño desnutrido, cualquiera de esas enfermedades funciona como una pendiente resbaladiza: la infección empeora la desnutrición y la desnutrición empeora la infección. Las cifras de nutrición dejan entonces de depender solo de la comida disponible y empiezan a depender también del agua segura, del saneamiento, de la vacunación y del acceso a servicios básicos. Por eso esta crisis no es solo alimentaria. Es alimentaria, sanitaria, logística y política al mismo tiempo.

Un shock global sobre un país exhausto

Hay un matiz importante, porque no todo apunta exactamente en la misma dirección. Las previsiones climáticas sugieren que unas lluvias Gu cercanas a la media entre abril y junio podrían aliviar parcialmente la situación en algunos territorios. Pero la palabra clave es parcialmente. Incluso con esa mejora, 5,5 millones de personas seguirían en fase de crisis o peor durante ese periodo, incluidas 1,6 millones en fase de emergencia. El país está lleno de puntos críticos donde coinciden inseguridad alimentaria aguda y malnutrición aguda. O sea: aunque el cielo se comporte algo mejor, Somalia seguiría muy lejos de una normalización. La sequía puede aflojar; la crisis, no tanto.

Eso obliga a mirar Somalia sin el consuelo tramposo del parte meteorológico. Las lluvias pueden dar un respiro, sí, pero no arreglan por sí solas una cadena de importación encarecida, ni reabren centros cerrados, ni rellenan presupuestos vacíos, ni revierten en semanas el daño sobre hogares que llevan meses vendiendo animales, reduciendo comidas y agotando ahorros. El deterioro de 2026 se parece menos a una mala temporada y más a la acumulación de facturas históricas impagadas: clima, conflicto, dependencia exterior y ayuda insuficiente. Cuando todas vencen a la vez, el país entra en una economía de supervivencia.

Lo que está ocurriendo en Somalia tiene, además, una lectura más amplia. La guerra en Oriente Medio empuja al alza los precios y enfría el crecimiento global, con un castigo especialmente severo para economías pobres e importadoras. Somalia encaja casi de manual en ese perfil: poca capacidad para absorber el golpe, alta vulnerabilidad climática, fuerte dependencia de mercados externos y un sistema humanitario que ya venía debilitado. La gran ironía, si se permite la palabra, es que un conflicto a miles de kilómetros puede decidir cuántas comidas se saltará una familia en el Cuerno de África. La globalización, vista desde Mogadiscio, a veces no suena a modernidad sino a peaje.

Y ahí está la explicación de fondo. Somalia vuelve a acercarse al abismo del hambre porque se han juntado cuatro crisis en una sola: la agrícola, la energética, la humanitaria y la sanitaria. Ninguna de ellas empezó esta semana, pero todas se han reforzado entre sí en marzo con una violencia bastante nítida. El país llega a este nuevo golpe más cansado, con menos margen y con millones de personas ya instaladas en la precariedad extrema. De modo que la noticia no va solo de precios, ni solo de sequía, ni solo de guerra. Va de cómo un Estado frágil y una sociedad exhausta reciben un shock externo cuando todavía no se han rehecho del anterior. Y casi nunca sale bien.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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