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¿De qué murió Carolina Sellés, periodista de Canal 9?

Foto: Linkedin
La muerte de Carolina Sellés deja una carrera brillante en televisión y una lucha pública contra el cáncer contada con verdad y pulso propio.
Carolina Sellés murió este martes 31 de marzo de 2026 a los 51 años después de convivir durante años con un cáncer de mama metastásico que ella misma había relatado en primera persona, con una mezcla poco frecuente de serenidad, crudeza y oficio. La noticia ha sacudido al periodismo valenciano y alicantino porque no desaparece solo un rostro conocido de la televisión. Se va una profesional con recorrido, con voz propia, de esas que sabían contar sin hacer teatro, algo cada vez menos habitual en un ecosistema donde demasiada gente confunde comunicar con posar.
Quien llega a su nombre buscando cuándo murió, cómo fue, de qué murió, dónde estaba, qué hizo y por qué su figura ha generado tanta reacción encuentra una historia completa, no una necrológica automática. Carolina Sellés, nacida en La Romana, en la provincia de Alicante, construyó una carrera sólida en Canal 9, pasó por La Sexta, presentó en Antena 3 y desarrolló después una segunda etapa vinculada a la comunicación digital, la formación y los eventos. En paralelo convirtió su enfermedad en un relato público sin maquillaje. No vendió épica. No se disfrazó de heroína. Habló como paciente, como periodista y como mujer que entendía muy bien el valor de las palabras cuando todo alrededor se vuelve ruido.
La muerte de Carolina Sellés y la causa del fallecimiento
La información conocida hasta este momento sitúa su muerte en este 31 de marzo, tras el avance de un cáncer de mama con metástasis que llevaba años condicionando su vida. En las semanas previas había dejado constancia de su estado físico delicado y de la necesidad de guardar reposo por la evolución de la enfermedad, especialmente por la afectación en el hígado. No hay, al menos de forma pública, un parte detallado del lugar exacto en el que murió, pero sí una certeza biográfica y emocional: su nombre estaba profundamente ligado a Alicante y a la Comunitat Valenciana, donde desarrolló buena parte de su carrera y donde su muerte ha tenido un eco inmediato.
Ese dato, el de la causa del fallecimiento, no ha sorprendido del todo a quienes seguían sus publicaciones. Carolina Sellés había contado desde 2021 su proceso oncológico con una honestidad casi incómoda para los amantes del discurso de plástico. Habló de diagnósticos tardíos, de tratamientos agresivos, de cirugía, de cansancio y de miedo. También de las pausas. Del cuerpo roto. Del desconcierto. A ratos de una esperanza muy concreta, sin luces de plató. Y en ese relato fue dibujando, casi sin proponérselo, una dimensión pública distinta: la de una comunicadora que no usó la enfermedad como escaparate sentimental, sino como una experiencia real, llena de grietas y con muy poco glamour, como suele ser la vida cuando de verdad aprieta.
Una biografía marcada por la vocación de contar
Carolina Sellés nació en 1974 en La Romana, un municipio alicantino pequeño, de esos donde la identidad no se declama, se respira. Ese origen no fue un detalle pintoresco dentro de su biografía, sino una pieza importante de su manera de estar en el mundo. Ella misma se definía como hija de un agricultor y de una aparadora, educada en la cultura del esfuerzo, una expresión que a veces suena a frase de taza y otras, cuando encaja de verdad, ilumina media vida. En su caso encajaba.
Estudió Periodismo en la Universitat Autònoma de Barcelona y más tarde completó su formación con estudios vinculados a la dirección y a las redes sociales en la Universidad de Alicante. Esa combinación, humanística y práctica, clásica y adaptada a los nuevos tiempos, explica bastante bien su perfil profesional. Primero se formó para contar el mundo en los formatos tradicionales; después aprendió a moverse en un entorno donde la cámara ya no estaba siempre en un plató, sino muchas veces en la palma de la mano.
Desde niña arrastraba la necesidad de narrar. No es una imagen poética añadida a posteriori para embellecer una necrológica. Era una idea recurrente en cómo ella misma se presentaba: hablar, relatar, explicar, conectar. Una vocación de raíz antigua, casi doméstica. Esa pulsión la acompañó en televisión, en la comunicación institucional, en las retransmisiones en directo y en la formación de portavoces. No era solo alguien que leía bien delante de una cámara. Era alguien que entendía el relato. Y eso marca una diferencia notable entre ser visible y tener de verdad una carrera.
Canal 9, el territorio donde se hizo periodista
El gran bloque de su trayectoria se construyó en Radiotelevisión Valenciana, en la antigua Canal 9, donde trabajó durante más de una década. Allí fue reportera, presentadora, enviada especial y parte de la delegación en Madrid. No ocupó un único rol porque pertenecía a una generación de periodistas de televisión obligada a aprender sobre la marcha, a cambiar de tono según el formato, a sostener directos tensos y a entender que el oficio no se ejercía desde una sola casilla.
Aquella etapa no fue menor. Canal 9 fue durante años una escuela acelerada, áspera, a veces contradictoria, donde se mezclaban la información, el entretenimiento, la política territorial, la identidad valenciana y la lógica feroz de la televisión diaria. Quien salía de allí con tablas solía arrastrar un tipo de experiencia muy concreta: cintura, rapidez, olfato y resistencia. Carolina Sellés formó parte de esa generación. Se curtió en una tele donde no bastaba con estar; había que resolver.
También presentó La Bomba, uno de los formatos reconocibles de la cadena en los años dos mil. Este tipo de programas, vistos desde fuera, parecen a veces piezas menores frente al prestigio más solemne del informativo. Pero no lo son. La televisión popular exige una capacidad difícil de fingir: sostener ritmo, cercanía, improvisación y control sin parecer artificial. Sellés se movía bien ahí. Tenía una presencia que no sonaba impostada. Cercana, sí, pero sin esa fabricación de proximidad tan de laboratorio que se ha vuelto costumbre en tantos canales.
El salto a la televisión nacional
Su carrera fue más allá de la pantalla autonómica. Pasó por La Sexta y se hizo visible a nivel nacional en Antena 3, donde presentó UAP: Unidad de Análisis Policial, un formato centrado en crónica negra y análisis de casos criminales. Aquel salto confirmaba algo que ya era evidente en su recorrido: no estaba limitada a un entorno territorial ni a un género concreto. Podía conducir información, podía manejar entretenimiento, podía asumir formatos más narrativos, incluso aquellos que pedían una mezcla rara de credibilidad, tensión y claridad.
No fue una estrella de ruido, y tal vez por eso deja un recuerdo más nítido. Nunca perteneció del todo a ese ecosistema de tertulia permanente, de frase prefabricada y visibilidad sin sustancia. Se movió mejor en otro terreno, el del trabajo serio y la comunicación con fondo. De ahí que muchos de los mensajes de despedida insistan en su profesionalidad y en su cercanía. Son palabras manoseadas, sí, pero en su caso describen bastante bien una presencia pública que no necesitaba sobreactuarse.
La segunda carrera: del plató a la pantalla móvil
Después de la gran etapa televisiva llegó una transformación que en su caso no fue cosmética. Carolina Sellés desarrolló una segunda vida profesional vinculada a la comunicación digital, la narración de eventos, la formación en oratoria, la telegenia y el storytelling. Cambió el ecosistema, no el corazón del oficio. Seguía trabajando con la voz, con el gesto, con la estructura del relato, con la necesidad de conectar con un público. Solo que el decorado ya no era siempre una cadena de televisión.
Impulsó proyectos propios ligados a las retransmisiones en directo y al periodismo de viajes, y se convirtió en una figura reconocible en el circuito de presentaciones, congresos y comunicación de marca. Esa deriva no fue una huida ni una renuncia. Fue, más bien, una adaptación inteligente a un sector que llevaba años mutando. Muchos periodistas quedaron atrapados en el lamento, mirando con desprecio una realidad que ya les había cambiado la mesa de trabajo. Ella optó por otra vía: entender los nuevos formatos sin perder la dignidad profesional.
Ahí aparece una de sus grandes virtudes. Sabía moverse entre lo online y lo offline sin vender humo. Esa expresión, “sin vender humo”, conviene subrayarla. En el mercado de la comunicación abundan los perfiles inflados, los expertos de domingo y los gurús de escaparate. Sellés proyectaba otra cosa: una experiencia real de televisión llevada al entorno digital, con herramientas nuevas pero con criterio periodístico detrás. Su trabajo en turismo, en retransmisiones en redes y en formación de portavoces respondía a esa lógica.
Una figura reconocida también fuera del plató
En sus últimos años recibió reconocimientos por su capacidad emprendedora e inspiradora dentro del ámbito alicantino. No se trataba solo de nostalgia por su pasado televisivo. Había logrado consolidar una identidad nueva, menos dependiente de las cadenas y más asentada en una marca personal coherente. Esa continuidad resulta especialmente significativa porque demuestra que su presencia pública no descansaba solo en haber salido en pantalla durante una época concreta. Había algo más estable: oficio, credibilidad y una forma de contar que seguía funcionando fuera del ecosistema clásico de la televisión.
Su proyecto de viajes y sus colaboraciones con iniciativas de promoción territorial encajaban además con una idea de comunicación bastante limpia, muy visual pero no hueca, cercana al territorio, a la cultura y a los eventos. En una provincia como Alicante, donde la mezcla entre turismo, identidad local y proyección exterior es casi una industria emocional, esa clase de perfil encontraba un espacio natural.
El cáncer contado sin el sentimentalismo de saldo
Buena parte del impacto de su muerte tiene que ver con cómo decidió hablar de su enfermedad. Carolina Sellés convirtió su proceso oncológico en un relato público sostenido, constante y muy poco complaciente. No era habitual. Lo normal, en estos casos, suele ser deslizar mensajes edulcorados, aceptar la retórica del guerrero o plegarse al ritual de la positividad obligatoria. Ella se colocó en otro sitio. Cuestionó ese lenguaje. Rechazó la romantización del cáncer y criticó abiertamente el llamado pinkwashing, esa tendencia a envolver el cáncer de mama en una estética amable, rosa, vendible, casi publicitaria.
Su postura era simple y a la vez incisiva: no se trataba de ser heroína, ni de ganar una batalla por fuerza de voluntad, ni de posar de luchadora profesional. Se trataba de sobrevivir a una enfermedad grave. Con tratamientos duros. Con diagnósticos que pueden llegar tarde. Con secuelas. Con incertidumbre. Y con una necesidad brutal de investigación médica, de detección precoz y de acompañamiento real. Ese discurso tuvo fuerza precisamente porque no sonaba a consigna. Venía de alguien que lo estaba viviendo en carne propia.
Contó también el precio psicológico del cáncer. La espera de los resultados. El desconcierto tras el diagnóstico. El golpe de la cirugía. La transformación del cuerpo. El miedo al avance de la enfermedad. El desgaste emocional de convivir con una metástasis. No hacía literatura de la tragedia, pero tampoco rebajaba el dolor a una frase luminosa para compartir y seguir con la vida como si nada. En un mundo saturado de mensajes decorativos, su voz tenía el valor de lo no impostado.
Una presencia útil para otros pacientes
Ese modo de narrar la enfermedad la convirtió, además, en una referencia para pacientes y familias. Participó en encuentros, congresos y actos vinculados al mundo oncológico, donde su presencia no era ornamental. No estaba allí para poner cara conocida a una jornada. Aportaba algo más delicado: credibilidad, comprensión y una capacidad muy concreta para poner palabras a experiencias que a menudo quedan enterradas bajo el protocolo o el silencio.
Su testimonio servía porque no negaba la complejidad. A veces hablaba del ejercicio, de la alimentación o del acompañamiento psicológico; otras, del puro agotamiento. Esa mezcla resultaba valiosa. No ofrecía recetas mágicas. No construía moralejas cómodas. Contaba una experiencia atravesada por la enfermedad y por la comunicación, y en ese cruce producía una especie de verdad muy escasa en la esfera pública.
El legado de Carolina Sellés en el periodismo valenciano
Hablar de legado puede sonar solemne, incluso prematuro, pero en este caso hay materia suficiente para usar la palabra sin rubor. Carolina Sellés deja una carrera de más de dos décadas en medios y comunicación, una huella visible en la televisión valenciana y una forma singular de trasladar el oficio periodístico a los nuevos lenguajes digitales. Deja también una conversación pública sobre el cáncer contada desde dentro, sin filtros sentimentales y sin esa alegría industrial que a veces se exige a los enfermos para no incomodar demasiado.
Su figura conecta varias generaciones y varias pantallas. La recuerdan quienes la vieron en Canal 9, quienes la siguieron en formatos nacionales, quienes se toparon después con su trabajo en redes, en eventos o en proyectos personales, y quienes encontraron en sus publicaciones sobre la enfermedad algo más que un testimonio. Encontraron una voz afinada, dolida, lúcida. Una voz que no pedía lástima, pero tampoco jugaba a la fortaleza como disfraz.
Hay además algo muy contemporáneo en su recorrido. Representa a esa generación de periodistas que empezó en la televisión tradicional, sobrevivió al derrumbe de un modelo y supo reconstruirse en un ecosistema nuevo sin caer en la caricatura del emprendedor eufórico. Eso también forma parte de su biografía. Y no es un detalle menor. Es, de hecho, una de las claves para entender por qué su muerte golpea más allá de la estricta noticia del día.
Una voz que se queda en la memoria pública
La muerte de Carolina Sellés deja un vacío evidente en el periodismo alicantino y valenciano, pero también deja algo más resistente que la pura tristeza del momento. Queda una manera de contar. Queda una forma de aparecer en público sin sobreactuarse. Queda la imagen de una profesional que atravesó la televisión, la comunicación digital y la enfermedad sin entregar nunca del todo su voz al cliché.
Murió a los 51 años, demasiado pronto, como suele decirse. Pero en su caso esa frase no es una fórmula vacía. Había todavía una energía de trabajo, una capacidad de relato y una utilidad pública muy visibles. Su biografía, vista en conjunto, no se reduce al desenlace. Está la periodista de La Romana que se abre paso hasta Canal 9. Está la presentadora que salta a Antena 3 y pasa por La Sexta. Está la comunicadora que reinventa su carrera. Está la mujer que cuenta el cáncer sin barniz. Y está, al final, una presencia que deja rastro.
Eso es lo que queda cuando se apaga la cámara: no el foco, no la pose, no el ruido. Queda la verdad de una trayectoria. Y en Carolina Sellés esa verdad tenía peso, oficio y un pulso muy reconocible.

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