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Se suicida un soldado israelí que combatió en Gaza: ¿qué hay detrás?
William Shakin, voluntario de Golani que combatió en Gaza, murió por suicidio en Nueva York después de un grave deterioro de su salud mental.

William «Will» Shakin, un estadounidense de 25 años que se trasladó a Israel después de los ataques del 7 de octubre de 2023 y acabó combatiendo en Gaza con la Brigada Golani, murió por suicidio en Nueva York tras atravesar un grave deterioro de su salud mental. Había regresado a Estados Unidos después de su etapa militar y personas de su entorno sostienen que arrastraba un fuerte trauma relacionado con el combate, aunque no había sido reconocido oficialmente por las autoridades israelíes como afectado por trastorno de estrés postraumático (TEPT).
Su muerte ha abierto otra historia, menos inmediata pero quizá más incómoda: la del tratamiento que reciben los militares después de abandonar el frente, especialmente cuando son voluntarios extranjeros y vuelven a sus países de origen. La familia de Shakin cuestiona la asistencia que recibió y pretende que sea enterrado en el cementerio militar del monte Herzl, en Jerusalén. El Ministerio de Defensa israelí rechaza, sin embargo, parte de las críticas y asegura que no consta una solicitud formal de reconocimiento presentada en su nombre.
De Nueva York a la Brigada Golani después del 7 de octubre
Shakin procedía de Great Neck, Nueva York, y dejó sus estudios universitarios después de los ataques perpetrados por Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023. Se trasladó a Israel y se incorporó a las Fuerzas de Defensa de Israel mediante Mahal, el programa que permite servir temporalmente en el Ejército israelí a voluntarios procedentes del extranjero.
Fue destinado como combatiente al 13.º Batallón de la Brigada Golani, una de las unidades de infantería más conocidas de las FDI. Combatió durante meses en la Franja de Gaza y perdió a compañeros durante la guerra. Quienes lo conocían relacionaron posteriormente su deterioro psicológico con aquellas experiencias, aunque conviene separar dos planos que a menudo se mezclan cuando una tragedia irrumpe en los titulares: que familiares y amigos describieran síntomas compatibles con un trauma grave no equivale a que existiera un reconocimiento administrativo o diagnóstico oficial de TEPT por parte de las autoridades israelíes.
Durante su servicio residió en HaBayit Shel Benji, una organización que proporciona alojamiento y apoyo a los llamados lone soldiers. El término no significa literalmente que el militar esté completamente solo: en el sistema israelí identifica, entre otros perfiles, a soldados que carecen de padres o de una estructura familiar inmediata viviendo en Israel. Para alguien llegado desde otro continente, esa diferencia es bastante menos burocrática de lo que parece sobre el papel.
El deterioro tras el servicio militar
Después de terminar su etapa de servicio, el estado psicológico de Shakin preocupó a las personas que estaban cerca de él. Responsables del centro donde había vivido contactaron con sus padres y, finalmente, el joven regresó a Estados Unidos. Amigos del soldado aseguran que vivir solo en Israel se había vuelto demasiado difícil para él y que buscó refugio en su entorno familiar de Nueva York.
Su historia no fue la de un soldado que regresa del frente, cuelga el uniforme y recupera automáticamente la vida anterior. Esa imagen funciona bien en las películas; la cabeza humana tiene menos respeto por los créditos finales. Las secuelas de una experiencia bélica pueden aparecer o agravarse después, cuando desaparece la disciplina cotidiana de la unidad, baja la adrenalina y vuelve algo parecido a la normalidad.
Personas próximas a Shakin afirmaron que sufría estrés postraumático ligado al combate y que había expresado el impacto que le produjo la muerte de compañeros. Las informaciones disponibles no permiten convertir esas declaraciones en un diagnóstico clínico retrospectivo ni establecer una explicación única de su muerte. El suicidio es un fenómeno complejo y atribuirlo a una sola experiencia, enfermedad o fallo institucional sería reducir una realidad que rara vez admite una causa única.
La familia cuestiona el apoyo que recibió fuera de Israel
Aquí aparece el punto más controvertido del caso. Chaim Meisels, vinculado a una organización que presta ayuda a antiguos soldados israelíes en Estados Unidos, sostiene que Shakin no recibió el acompañamiento que necesitaba después de regresar a Nueva York. Según su versión, obtener el reconocimiento oficial de su trauma planteaba obstáculos difíciles de salvar desde el extranjero.
Otros medios israelíes han recogido una cifra aportada por este entorno: alrededor de 1.200 expedientes relacionados con veteranos y afectados por trauma de combate en Estados Unidos estarían siendo atendidos con recursos muy limitados. Se trata de una estimación atribuida a la organización y no de un balance independiente que permita concluir, por sí solo, cómo fue gestionado específicamente el caso de Shakin.
La respuesta del Ministerio de Defensa israelí introduce un matiz fundamental. El departamento expresó sus condolencias a la familia, pero aseguró que no encontró ninguna solicitud de reconocimiento presentada a nombre de William Shakin. También negó que una persona deba encontrarse físicamente en Israel para iniciar el procedimiento: según el ministerio, la petición puede realizarse de manera digital y, una vez concedido el reconocimiento correspondiente, determinadas evaluaciones médicas pueden celebrarse a distancia.
Una discusión que va más allá de un formulario
Las dos versiones no encajan cómodamente, y ese es precisamente el núcleo del problema. El entorno del joven considera que el sistema no consiguió alcanzarlo cuando necesitaba ayuda; el ministerio responde que existían canales para solicitarla y que no consta que fueran activados formalmente. Entre una cosa y la otra queda un terreno gris muy conocido en salud mental: disponer administrativamente de un recurso no significa necesariamente que una persona vulnerable sea capaz de encontrarlo, solicitarlo y atravesar todo el procedimiento.
La cuestión resulta especialmente delicada para antiguos combatientes que han regresado al extranjero. No cuentan con la misma proximidad física a hospitales, unidades militares, asociaciones de veteranos o servicios públicos israelíes, mientras el soporte informal de antiguos compañeros puede quedar a miles de kilómetros. La distancia, en estos casos, no se mide solo en horas de avión.
El trauma de guerra se ha convertido en un problema nacional en Israel
La muerte de Shakin aparece en medio de una preocupación creciente por la salud mental de soldados y reservistas israelíes movilizados desde octubre de 2023. Datos oficiales divulgados a comienzos de 2026 señalaban un aumento cercano al 40% en los casos de TEPT respecto al periodo anterior a la guerra y proyectaban un crecimiento todavía mayor durante los próximos años. Entre 22.300 militares y miembros de las fuerzas de seguridad atendidos por heridas relacionadas con la guerra, alrededor del 60% presentaba algún tipo de trauma psicológico, según las cifras difundidas entonces.
Un informe parlamentario israelí había contabilizado, además, 279 intentos de suicidio entre militares desde enero de 2024 hasta julio de 2025. Los combatientes tenían un peso especialmente alto en esas estadísticas. Son cifras que no permiten explicar un caso individual, pero dibujan el paisaje en el que se produce esta muerte: años de despliegues, pérdidas de compañeros, exposición repetida al combate y retornos a una vida civil que, para algunos, deja de sentirse realmente civil.
También existe otra dimensión del trauma de guerra menos visible. Especialistas han descrito la llamada lesión moral, el sufrimiento psicológico que puede aparecer cuando alguien participa, presencia o cree haber participado en hechos que chocan con sus valores. No es exactamente lo mismo que el TEPT y tampoco afecta del mismo modo a todas las personas. Gaza, donde decenas de miles de civiles palestinos han muerto y buena parte del territorio ha quedado devastado, ha convertido esta dimensión en parte inevitable de la conversación sobre las consecuencias psicológicas de la guerra tanto para quienes la padecen como civiles como para quienes combaten en ella.
La disputa por su entierro en el monte Herzl
Tras la muerte de Shakin, sus padres solicitaron trasladar sus restos a Israel y enterrarlo en la sección militar del monte Herzl, el gran cementerio nacional y militar de Jerusalén. Para la familia, el vínculo entre su servicio en Golani, el deterioro posterior y su muerte justifica ese reconocimiento.
La petición se ha encontrado con dificultades precisamente porque Shakin no estaba reconocido oficialmente como víctima de trauma de combate. El asunto, por tanto, ha abandonado rápidamente el ámbito estrictamente familiar para convertirse en una discusión pública y administrativa sobre qué responsabilidad conserva el Estado respecto de quienes combatieron bajo su uniforme después de que termine formalmente su servicio. El ministro israelí de Aliá e Integración, Ofir Sofer, se ha comprometido a intentar ayudar a la familia en sus gestiones.
A 11 de agosto, las informaciones disponibles seguían describiendo el entierro militar solicitado por los padres como una petición en disputa, no como una decisión definitivamente resuelta. En un caso que se mueve deprisa y bajo una enorme carga emocional, ese matiz importa.
Una muerte que deja abierta una disputa de fondo
William Shakin tenía 25 años. Había dejado Estados Unidos, se había ofrecido voluntario para servir en Israel después del 7 de octubre y había combatido en Gaza dentro del 13.º Batallón de Golani. Regresó posteriormente a Nueva York con graves dificultades psicológicas descritas por quienes lo acompañaban y murió por suicidio. Eso es lo que puede afirmarse con claridad.
Lo que permanece en discusión es qué ayuda buscó, qué ayuda recibió y hasta dónde llegaba la responsabilidad institucional una vez que se encontraba de nuevo en Estados Unidos. El Ministerio de Defensa sostiene que no existía una solicitud formal de reconocimiento a su nombre y que sus trámites podían realizarse desde el extranjero; su entorno considera, por el contrario, que el sistema no consiguió ofrecerle una respuesta efectiva cuando más la necesitaba.
La controversia sobre el monte Herzl añade un símbolo poderoso a una cuestión bastante terrenal. Detrás de los uniformes, las ceremonias y las palabras grandes quedan personas que regresan de una guerra llevando algo que no siempre se ve. Y ahí, lejos del frente y del ruido de las armas, empieza otra batalla mucho menos fotogénica: cómo sostener a quienes vuelven.

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