Economía
¿Por qué Rusia vuelve al G20 y EE.UU. excluye a varios periodistas?
Rusia vuelve a una cita presencial del G20 y agita a Europa, mientras EE.UU. mantiene las sanciones y limita el acceso de algunos periodistas.

Estados Unidos ha vuelto a sentar al ministro de Finanzas ruso, Anton Siluanov, en una reunión presencial del G20 por primera vez desde la invasión de Ucrania de 2022, una decisión que ha irritado a varios socios europeos y ha convertido un encuentro pensado para hablar de crecimiento, deuda y desequilibrios comerciales en otro termómetro de las tensiones con Moscú.
Washington no ha levantado las sanciones ni ha ofrecido a Rusia una normalización económica. De hecho, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, comunicó a Siluanov que no habrá alivio económico ni acuerdos relevantes mientras continúe la guerra en Ucrania. El movimiento es más sutil: recuperar el contacto directo con Moscú dentro del G20 y mantener abierta la vía diplomática impulsada por Donald Trump. Una silla, en diplomacia, puede decir casi tanto como un comunicado.
El encuentro de ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales se celebra entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre en Asheville, Carolina del Norte, bajo la presidencia estadounidense del G20. La vuelta presencial del representante ruso habría bastado para levantar alguna ceja en Europa. Pero Estados Unidos añadió otro foco de polémica al negar acreditaciones a determinados periodistas de Bloomberg News, The New York Times y The Wall Street Journal.
Rusia nunca dejó el G20, pero había quedado aislada
Conviene precisar una diferencia que cambia bastante la lectura de lo ocurrido. Rusia no había sido expulsada del G20. Continúa formando parte del grupo, a diferencia de lo que sucedió con el antiguo G8, convertido en G7 después de que Moscú fuera apartado tras la anexión de Crimea en 2014.
Lo que cambió tras la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022 fue la relación política dentro del foro. Moscú quedó prácticamente congelada en el paisaje diplomático occidental. En abril de aquel año, la participación virtual de Siluanov en una reunión del G20 en Washington provocó incluso que representantes de Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y el Banco Central Europeo abandonaran la sala.
Cuatro años después, la escena de Asheville resulta casi fotográfica: Siluanov vuelve a estar físicamente sentado en la mesa y mantiene una reunión bilateral con Bessent. El Ministerio de Finanzas ruso aseguró que ambos trataron la cooperación financiera dentro del marco del G20; desde Washington, la explicación fue bastante distinta y situó el plan de paz de Trump para Ucrania en el centro de la conversación.
Una foto de familia sin el ministro ruso
La reacción europea apareció enseguida. El ministro alemán de Finanzas, Lars Klingbeil, consideró preocupante que el representante ruso fuera recibido como un participante aparentemente normal mientras continúa la guerra.
Los responsables europeos llegaron a rechazar la posibilidad de aparecer junto a Siluanov en la tradicional fotografía de familia del encuentro. Finalmente, la imagen oficial se tomó sin el ministro ruso. Un gesto pequeño, casi ceremonial, pero la diplomacia vive precisamente de esas pequeñas escenografías.
Polonia también expresó su malestar. Su ministro de Finanzas, Andrzej Domanski, recordó que Rusia es el agresor en la guerra contra Ucrania y mostró su profunda desconfianza hacia Moscú.
La posición europea tiene además un contexto material. La Unión Europea mantiene amplias sanciones económicas contra Rusia, dirigidas a sectores financieros, energéticos, comerciales y tecnológicos, mientras continúa aumentando la presión sobre entidades vinculadas a la maquinaria militar rusa.
Bessent marca una frontera: hablar no significa levantar sanciones
La recepción de Siluanov podría interpretarse como una señal de deshielo, pero Washington se ha esforzado en ponerle límites. Según una persona conocedora de la reunión bilateral, Bessent dejó claro que no habrá alivio económico para Rusia mientras continúe la guerra.
Ese matiz es fundamental. Estados Unidos permite un regreso visible de Moscú a una mesa económica internacional mientras intenta evitar que esa imagen se convierta en un cheque diplomático en blanco.
La Administración Trump parece apostar así por una convivencia incómoda entre presión y negociación. Hablar con Rusia, sí; ofrecer contrapartidas económicas antes de un acuerdo sobre Ucrania, no. Al menos esa es la línea trasladada públicamente desde el entorno de Bessent.
También existe una contradicción inevitable. Europa intenta endurecer el aislamiento económico ruso mientras Washington recupera espacios de interlocución directa. No significa necesariamente que ambas políticas sean incompatibles, pero la apariencia de normalización importa, sobre todo cuando cada fotografía acaba convertida en mensaje político.
La polémica paralela: periodistas sin acreditación
La otra disputa de Asheville no ocurrió dentro de la sala sino en su puerta. El Departamento del Tesoro estadounidense rechazó solicitudes de acreditación de determinados periodistas de Bloomberg News, The New York Times y The Wall Street Journal, una medida inusual para una reunión económica internacional de esta dimensión.
Bloomberg aseguró que fueron rechazadas numerosas solicitudes de periodistas destinados tanto en Estados Unidos como en otros países. The New York Times también denunció que uno de sus corresponsales económicos habituales quedó fuera, aunque otro periodista del periódico sí obtuvo acceso.
El Tesoro sostiene que más de 300 profesionales de medios de comunicación cubren el encuentro y ha defendido que la acreditación implica la responsabilidad de informar de manera factual conforme a estándares periodísticos establecidos. Bessent afirmó, por su parte, que las decisiones sobre acreditaciones no estaban relacionadas con el punto de vista de los periodistas.
Una explicación que no ha apagado las críticas
La respuesta no ha convencido a todos. Klingbeil calificó de inaceptable excluir a periodistas o redacciones completas y defendió el derecho de la prensa a informar libremente sobre una reunión del G20.
El asunto cobra más peso porque no se trata de un congreso menor perdido en algún hotel de carretera. En Asheville se discuten deuda mundial, inflación, mercados de bonos, energía, comercio internacional e inteligencia artificial. Decisiones que, con menos ceremonia de la que parece, acaban alcanzando hipotecas, impuestos, precios y empleo a miles de kilómetros de Carolina del Norte.
La controversia conecta además con las crecientes disputas entre la segunda Administración Trump y algunos grandes medios estadounidenses por las condiciones de acceso a instituciones y actos oficiales. Aquí la cuestión es bastante sencilla: cuando una administración decide quién puede observar de cerca una reunión internacional, el debate deja de ser meramente logístico.
Estados Unidos quería hablar de crecimiento y terminó hablando de Rusia
La ironía del encuentro es evidente. Washington pretendía devolver el G20 financiero a una agenda muy económica: más crecimiento, menos obstáculos regulatorios, más inversión y reducción de los desequilibrios mundiales. Rusia y las acreditaciones terminaron ocupando buena parte de los titulares.
Bessent sostiene que el crecimiento es la mejor salida a una montaña de deuda acumulada después de la crisis financiera de 2008 y de la pandemia. La deuda global alcanzó este año un récord cercano a 353 billones de dólares, utilizando la escala numérica española, y los inversores empiezan a mirar con más nerviosismo incluso activos tradicionalmente considerados seguros.
Estados Unidos quiere que el G20 analice obstáculos como la excesiva burocracia, incentivos fiscales mal diseñados, falta de inversión, fragmentación de mercados y carencias de trabajadores cualificados. La receta de Washington mezcla desregulación, mayor producción energética e innovación, con la inteligencia artificial convertida en una de las grandes esperanzas de crecimiento.
El presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, ha descrito el momento económico como una etapa de fuerte expansión de la inversión global impulsada, entre otros factores, por la infraestructura vinculada a la inteligencia artificial. Al otro lado está la factura: semejante movilización de capital también modifica los flujos de ahorro y puede presionar los costes de financiación.
China, la deuda y un G20 cargado de asuntos incómodos
La siguiente batalla estadounidense dentro del foro apunta a China. Bessent quiere que los miembros del G20 revisen sus relaciones comerciales con Pekín y presionen para que la economía china dependa menos de las exportaciones y más de su consumo interno.
Washington señala especialmente el enorme superávit comercial chino de bienes, situado alrededor de 1,2 billones de dólares. La tesis estadounidense es que una economía de semejante tamaño no puede intentar resolver indefinidamente sus debilidades internas inundando el exterior de producción.
Europa comparte parte del diagnóstico sobre los desequilibrios, aunque introduce otro ingrediente incómodo para Washington: Estados Unidos también tiene deberes pendientes. Sus grandes déficits fiscales y el aumento de su deuda pública forman parte del mismo rompecabezas mundial.
El ministro francés de Finanzas, Roland Lescure, lo expresó con una idea difícil de discutir: China, Estados Unidos y Europa tienen cada uno trabajo por hacer. Traducido del dialecto ministerial, nadie puede exigir equilibrio al vecino mientras deja su propio salón patas arriba.
El G20 muestra hasta dónde ha cambiado la relación con Moscú
La reunión de Asheville deja una imagen bastante precisa del momento internacional. Rusia vuelve a ocupar físicamente un asiento que jurídicamente nunca perdió, mientras Europa insiste en que eso no puede confundirse con una vuelta a la normalidad. Washington conversa con Moscú, pero mantiene que no habrá alivio económico mientras siga la guerra. Y los aliados occidentales vuelven a comprobar que estar en el mismo bloque no significa necesariamente interpretar cada gesto de la misma manera.
El episodio de las acreditaciones añade otra capa menos geopolítica, aunque igualmente sensible. La libertad de acceso de la prensa se convierte en parte de una reunión que pretendía hablar de mercados, inversión y crecimiento. Mala suerte para quien buscaba una cumbre ordenada.
El G20 nació para gestionar problemas que ningún país puede resolver solo. Deuda, comercio, energía, estabilidad financiera. Su problema es que esas materias nunca llegan limpias a la mesa: vienen acompañadas de guerras, sanciones, rivalidades y decisiones políticas. Asheville lo ha demostrado con bastante claridad. Rusia vuelve a aparecer en primer plano, pero todavía está muy lejos de poder decir que las relaciones económicas con Occidente hayan regresado a donde estaban antes de 2022.

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