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¿Qué busca Rusia con ocho misiles y 136 drones sobre toda Ucrania?
Rusia intensifica sus ataques con misiles y drones sobre Ucrania, mientras Kiev, Járkov y Donetsk vuelven a sufrir daños, víctimas y tensión.

Rusia lanzó durante la noche del sábado al domingo ocho misiles y 136 drones contra Ucrania en una ofensiva extendida desde Kiev hasta las regiones del este y del mar Negro. La defensa aérea ucraniana aseguró haber derribado o neutralizado 110 objetivos, pero dos misiles balísticos y 27 aeronaves no tripuladas alcanzaron 18 puntos del país. En la capital, tres personas resultaron heridas y varios incendios afectaron edificios, almacenes y vehículos.
El ataque no fue una descarga indiscriminada de proyectiles, sino una operación combinada: misiles difíciles de interceptar, drones de ataque, aparatos propulsados a reacción y señuelos concebidos para confundir radares y agotar munición defensiva. Mientras las alarmas atravesaban buena parte del país, Rusia mantenía la presión terrestre sobre Donetsk, con Druzhkivka sometida a bombardeos diarios y un reciente intento de avance mecanizado en el sector de Dobropillia. Aire y tierra, la vieja pinza con herramientas nuevas.
La ofensiva aérea que atravesó Ucrania
La oleada comenzó alrededor de las 18:00 del sábado 25 de julio y continuó durante la madrugada del domingo 26. Según el parte preliminar de la Fuerza Aérea de Ucrania, Rusia empleó un misil guiado Kh-59/69 lanzado desde el espacio aéreo situado sobre el mar Negro y siete misiles balísticos Iskander-M o proyectiles disparados mediante sistemas S-400. Los lanzamientos balísticos procedieron de las regiones rusas de Briansk, Kursk y Vorónezh.
A ese núcleo se sumaron 136 drones de distintas familias. Entre ellos había Shahed de ataque —algunos con propulsión a reacción—, Gerbera, Italmas y aparatos señuelo Parodiya. Partieron desde numerosas posiciones rusas y territorios ocupados: Briansk, Kursk, Oriol, Millerovo, Primorsko-Ajtarsk, Donetsk y la península de Crimea. Una geografía amplia para obligar a Ucrania a vigilar muchas rutas al mismo tiempo, como quien intenta cerrar todas las ventanas de una casa mientras alguien arroja piedras desde cuatro calles distintas.
Misiles rápidos, drones lentos y radares saturados
La defensa ucraniana afirmó haber neutralizado el Kh-59/69, cinco de los siete misiles balísticos y 104 drones. La palabra neutralizado no significa siempre destruido en el aire: incluye aparatos derribados por misiles o ametralladoras, pero también drones desviados o inutilizados mediante guerra electrónica. Participaron aviones, baterías antiaéreas, unidades de interferencia, sistemas no tripulados y grupos móviles de fuego.
Pese a esa respuesta, dos proyectiles balísticos y 27 drones llegaron a sus objetivos en 18 localizaciones. También se registró la caída de restos en otros siete puntos. El balance muestra el problema central de estas ofensivas: incluso una tasa elevada de interceptación deja margen para daños graves cuando el número de amenazas es grande y se mezclan armas con velocidades, altitudes y trayectorias diferentes.
El papel de los drones señuelo
Los Parodiya y otros aparatos de imitación tienen una misión menos espectacular, aunque endiabladamente útil para el atacante: parecer peligrosos. Pueden ocupar la atención de radares, provocar alertas, revelar posiciones defensivas o inducir el lanzamiento de interceptores mucho más caros. Los Shahed y Gerbera, mientras tanto, buscan infraestructuras o zonas urbanas; los modelos a reacción reducen el tiempo disponible para responder. No hace falta que todos lleven una gran carga explosiva. Basta con que cada eco en la pantalla obligue a decidir, y rápido.
Kiev y Járkov vuelven a contar daños y víctimas
En Kiev, las autoridades informaron de tres heridos, una mujer y dos hombres. Uno tuvo que ser hospitalizado y los otros dos recibieron asistencia ambulatoria. Los restos de un misil cayeron sobre un edificio residencial de 18 plantas en el distrito de Shevchenkivski, donde se declaró un incendio, mientras otras zonas sufrieron daños en oficinas, almacenes, aparcamientos y vehículos. Los fuegos quedaron posteriormente extinguidos.
La capital fue atacada con misiles balísticos, capaces de alcanzar su zona de impacto en pocos minutos y mucho más difíciles de interceptar que un dron convencional. Los habitantes apenas reciben margen entre la activación de la alarma y las explosiones. No es un detalle técnico menor: reduce el tiempo para llegar a un refugio y eleva la dependencia de sistemas como Patriot, cuya munición es limitada y costosa.
En Járkov, un dron Banderol impactó contra un inmueble residencial del distrito de Slobidski. Las autoridades locales situaron el balance en un muerto y nueve heridos, entre ellos dos menores, y comunicaron daños en más de una decena de viviendas. El ataque combinó, otra vez, el propósito militar declarado por Moscú con consecuencias directas sobre barrios habitados, una contradicción convertida desde hace tiempo en paisaje cotidiano de la guerra.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, señaló que también fueron atacadas las regiones de Jersón, Donetsk, Dnipropetrovsk, Járkov, Sumi, Odesa, Mikoláiv, Zaporiyia y Chernígov. En Krivói Rog, los servicios de emergencia trabajaban en la extinción de un incendio declarado en un hipermercado de materiales de construcción.
Druzhkivka, una ciudad que combate drones a pie de calle
La nueva oleada nacional coincidió con imágenes tomadas en Druzhkivka, una ciudad industrial de la región de Donetsk castigada de forma persistente por bombas aéreas guiadas —las llamadas KAB— y drones. Una patrulla de la brigada Khyzhak abrió fuego contra un aparato ruso mientras avanzaba entre edificios destrozados, fachadas abiertas y calles casi vacías. Allí la defensa antiaérea no siempre es una batería sofisticada en la distancia: a veces son soldados mirando al cielo desde una acera cubierta de polvo.
Druzhkivka se encuentra en una de las franjas más vulnerables del Donbás controlado por Ucrania. Su población se ha reducido drásticamente por las evacuaciones, la destrucción de servicios y la aproximación del frente. Quienes permanecen conviven con ataques diarios, cortes, restricciones y una economía civil cada vez más delgada. La ciudad funciona como retaguardia inmediata de otras posiciones defensivas y, precisamente por eso, se ha convertido en un objetivo recurrente.
Los drones de pequeño tamaño complican incluso las evacuaciones. El 10 de julio, un FPV ruso atacó a un equipo policial de los Ángeles Blancos mientras trataba de sacar a dos hombres de Druzhkivka. Es una de las transformaciones más turbias de esta guerra: ambulancias, coches, patrullas y personas aisladas pueden ser observados durante minutos antes del impacto. La distancia entre el operador y la víctima deshumaniza el gesto, pero no sus consecuencias.
Dobropillia y el intento de ruptura con tanques
A pocos kilómetros, en el eje de Dobropillia, fuerzas rusas protagonizaron el viernes uno de sus mayores intentos de avance mecanizado de los últimos meses. El servicio fronterizo ucraniano afirmó que la unidad Phoenix, apoyada por otras formaciones, detuvo la columna y destruyó nueve tanques, dos blindados y tres lanzacohetes múltiples Grad, además de causar varias decenas de bajas. Estas cifras proceden de fuentes militares ucranianas y no han podido verificarse de forma independiente.
El episodio, aun con esa cautela necesaria, explica por qué nombres como Druzhkivka y Dobropillia aparecen junto a los grandes ataques aéreos. Rusia intenta desgastar la defensa en profundidad: presiona las líneas terrestres, golpea carreteras y centros urbanos cercanos al frente y obliga a dispersar la protección antiaérea sobre un territorio enorme. Ucrania, por su parte, combina minas, artillería, drones y pequeñas unidades móviles para frenar columnas que ya no avanzan con la libertad de los primeros meses de la invasión.
La defensa antiaérea ante la presión balística
Zelenski afirmó que Rusia empleó durante la última semana cerca de 1.700 drones, más de 1.630 bombas aéreas guiadas y 95 misiles, más de la mitad de ellos balísticos. Son datos proporcionados por la presidencia ucraniana, pero describen un patrón visible: Moscú está aumentando la frecuencia de armas que dejan menos tiempo de reacción y exigen interceptores especializados.
Los sistemas Patriot son especialmente importantes frente a determinados misiles balísticos, aunque no pueden colocarse en todas partes ni disparar contra cada amenaza. Utilizar un interceptor avanzado contra un dron barato sería económicamente insostenible; reservarlo demasiado, en cambio, puede dejar pasar un proyectil devastador. De ahí la defensa escalonada: grupos con ametralladoras para drones lentos, guerra electrónica para cortar la navegación, sistemas de corto y medio alcance y, por encima, baterías capaces de afrontar misiles de alta velocidad.
El problema es la munición antiaérea. Cada noche obliga a Ucrania a consumir proyectiles defensivos mientras Rusia mezcla drones baratos, señuelos y misiles balísticos de mayor valor. La aritmética bélica es fría, casi obscena: un ataque puede considerarse ampliamente interceptado y, al mismo tiempo, dejar muertos, heridos y bloques residenciales quemados.
El cielo y la tierra, bajo la misma presión
La ofensiva del 26 de julio no fue la mayor sufrida por Ucrania, pero sí otra muestra de una campaña que apenas concede pausas. Ocho misiles y 136 drones bastaron para activar defensas de norte a sur, golpear 18 localizaciones y volver a llevar el fuego a viviendas de Kiev y Járkov. Dos días antes, otro misil balístico había alcanzado un evento de la industria de defensa cerca de la capital, con diez muertos y cerca de un centenar de heridos. La sucesión importa: no son episodios aislados, sino capas de un mismo desgaste.
En Donetsk, la escena se completa sobre el terreno. Patrullas que disparan contra drones en Druzhkivka, columnas blindadas frenadas cerca de Dobropillia, ciudades vaciadas poco a poco. Rusia persigue abrir grietas militares y psicológicas; Ucrania trata de impedir que cada impacto se convierta en una ruptura. Entre ambas estrategias queda la población, despertando con las alarmas, barriendo cristales y mirando un cielo que ya no es paisaje. Es amenaza.










