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Naturaleza

Las Tablas de Daimiel renacen con agua, pero aún no se recuperan

El humedal puede reverdecer cuando vuelve el agua, aunque recuperar su equilibrio es una tarea mucho más compleja.

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renacen Las Tablas de Daimiel

Cuando el agua vuelve a extenderse por las lagunas, las aves encuentran de nuevo refugio y la vegetación acuática puede rebrotar. Ese renacer visible explica por qué Las Tablas de Daimiel siguen asociadas a la esperanza, pero también puede llevar a una conclusión engañosa: recuperar agua en la superficie no significa que el ecosistema haya regresado a su estado anterior. La cantidad, la calidad y el origen del agua determinan qué vida puede sostener el humedal.

En la provincia de Ciudad Real, este paisaje nació de la expansión de los ríos Guadiana y Gigüela sobre una llanura de escasa pendiente. El desbordamiento formaba una red cambiante de zonas inundadas, carrizales y masegares, especialmente valiosa para las aves acuáticas migradoras. Hoy, la imagen de un humedal que resurge convive con una realidad más compleja: la presión sobre el agua y las alteraciones acumuladas durante décadas siguen marcando sus límites.

Un paisaje creado por ríos que se desbordan

Las llamadas tablas fluviales aparecen cuando el agua de los ríos se dispersa por terrenos llanos en lugar de avanzar por un cauce profundo y estrecho. En Daimiel, la confluencia de las aguas del Guadiana y el Gigüela daba lugar a una llanura inundable de poca profundidad y gran extensión. No era una laguna uniforme, sino un mosaico: manchas de agua, vegetación emergente y espacios abiertos que cambiaban con las condiciones del año. La diversidad de ambientes era parte esencial de su riqueza.

Ese movimiento del agua sostenía a numerosas aves. Las zonas inundadas ofrecían alimento y lugares de descanso durante las migraciones; los carrizales y los masegares, por su parte, aportaban cobertura y espacios para otras actividades de la fauna. La importancia de estos humedales no depende solo de que se vean llenos desde una pasarela: también cuenta la extensión de las áreas encharcadas, cuánto duran y cómo se conectan entre sí. Un paisaje acuático vivo es más que una lámina de agua.

La memoria audiovisual de las Tablas también conserva esa mirada. Un episodio de la serie Fauna ibérica de El hombre y la Tierra, dirigido por Félix Rodríguez de la Fuente y emitido en 1976, presentaba las lagunas esteparias como espacios decisivos para las aves migradoras de los países mediterráneos. Su sinopsis advertía, además, de que las desecaciones habían destruido lagunas importantes. La observación sigue siendo pertinente: el humedal no puede separarse de la historia de las intervenciones humanas sobre el territorio.

Cómo se fue reduciendo la inundación

La transformación no ocurrió de golpe. Según la información recogida por investigadores citados en el material de referencia, los drenajes destinados a ganar terrenos para el cultivo afectan a las Tablas desde comienzos del siglo XX. Más tarde, desde la década de 1960, el bombeo de agua para el riego intensificó la presión sobre el sistema. El resultado fue la pérdida de buena parte de la gran llanura inundable que había caracterizado el lugar. El agua empezó a faltar por una combinación de cambios en el territorio y extracción.

La diferencia entre un humedal que recibe aportes naturales y otro que depende de intervenciones para retener o conducir agua es importante. Las presas y los canales especiales pueden ayudar a mantener zonas inundadas en momentos de escasez, pero no reproducen por sí solos el funcionamiento de una cuenca sin alteraciones. En las Tablas actuales, la gestión del agua forma parte de la propia historia ecológica del parque. La presencia de agua puede ser real y, al mismo tiempo, depender de un sistema muy modificado.

Las dificultades se hicieron especialmente visibles durante el periodo de sequía comprendido entre 1980 y 2010, según la información disponible. En 2010, el espacio pudo recuperarse en parte gracias a un llenado artificial, además de otros factores. La imagen de las lagunas con agua alimentó la idea de un renacimiento, aunque aquel episodio no borró los efectos de décadas de drenajes y bombeos. Una recuperación puntual puede devolver vida y también dejar al descubierto cuánto depende el ecosistema de decisiones humanas.

El agua que regresa no siempre devuelve el equilibrio

La primera señal de recuperación suele ser visual: vuelve a verse agua donde antes había suelo expuesto y reaparecen aves en el entorno. Sin embargo, esa imagen no permite saber, por sí sola, si el humedal ha recuperado la calidad necesaria para sostener sus comunidades. Los cambios en los aportes de agua y la entrada excesiva de nutrientes pueden alterar las condiciones del ecosistema. Por eso, el regreso de la inundación debe leerse junto con otros indicadores, como la vegetación, los peces y la presencia de fauna acuática. El volumen de agua cuenta, pero no cuenta toda la historia.

El llenado de 2010 coincidió con un deterioro severo de la calidad del agua, según los datos de referencia. También se habían perdido seis de las nueve especies nativas de peces mencionadas en el análisis citado. La llegada de agua, por tanto, no restauró automáticamente la composición anterior de la comunidad acuática. Y si cambian las especies que viven en el humedal, también pueden cambiar las relaciones entre ellas y las condiciones de las que dependen las plantas y otros animales. Una laguna puede recuperar su superficie inundada sin recuperar la misma vida que la habitaba.

La carpa muestra con claridad esa diferencia. Su abundancia puede remover el fondo, aumentar la turbidez y dificultar el crecimiento de las plantas sumergidas. Cuando el agua se vuelve más turbia, la luz penetra peor; y cuando las plantas pierden terreno, se modifica el hábitat disponible para otras especies. La perca sol y el pez gato figuran también entre los peces invasores señalados como una alteración importante del ecosistema. El problema no consiste únicamente en qué especies llegan, sino en cómo transforman el entorno.

Los responsables del parque han buscado medidas como retirar ejemplares o instalar barreras que frenen la entrada de esos peces. Son respuestas dirigidas a una presión concreta, pero el control de especies invasoras no resuelve por sí solo la falta de agua ni el deterioro de su calidad. Las distintas amenazas pueden reforzarse entre sí, y una intervención eficaz en un frente puede quedarse corta si los demás siguen activos. La restauración depende de atender el conjunto del sistema, no de una solución aislada.

Calor, mala calidad del agua y episodios de botulismo

El calentamiento añade presión a un humedal que ya ha perdido aportes. Temperaturas más altas favorecen una evaporación mayor y pueden agravar la sequía, de modo que el agua disponible dura menos. A ese escenario se suman la entrada excesiva de nutrientes y una depuración insuficiente de las aguas que llegan desde municipios o polígonos industriales de la Mancha Húmeda. El cambio climático no actúa solo: amplifica vulnerabilidades que ya existen.

Una de las consecuencias descritas es la aparición de brotes de botulismo aviar, asociados a las altas temperaturas y a una calidad deficiente del agua. Se trata de una intoxicación que puede causar la muerte de aves, y cuya frecuencia constituye una amenaza para la diversidad de fauna acuática. Investigadores del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos han estudiado dónde aparecen los brotes y qué condiciones ambientales favorecen la presencia de la bacteria que produce la toxina. Comprender el mecanismo ecológico permite ver que estos episodios no son un fenómeno desconectado del estado del humedal.

La depuración importa porque el agua que llega al espacio natural transporta las consecuencias de lo que ocurre en su entorno. Los tanques de tormentas, que permiten recoger el agua de lluvia y tratarla de forma gradual, se han planteado como una forma de reducir vertidos directos a lagunas. Pero la existencia de infraestructuras no garantiza por sí misma que toda el agua se trate adecuadamente: la capacidad y el funcionamiento de las depuradoras también condicionan el resultado. Proteger el humedal empieza aguas arriba, antes de que los contaminantes alcancen sus lagunas.

El agua subterránea también forma parte del paisaje

La superficie visible es solo una parte del sistema. Las extracciones para riego reducen el agua disponible y se suman a los efectos de la sequía y del aumento de la evaporación. La demanda agrícola puede concentrarse precisamente en los meses cálidos, cuando cultivos como el maíz consumen agua y el humedal afronta mayor estrés. Así, el paisaje de las Tablas depende también de decisiones que se toman lejos de sus pasarelas. Lo que ocurre en la cuenca puede decidir cuánto tiempo permanece inundado el parque.

Este vínculo explica por qué las acciones locales pueden influir en la capacidad de resistencia de un humedal frente a cambios globales. Mejorar la gestión del agua, reducir la entrada de contaminantes y contener la presión de especies invasoras no detiene el cambio climático, pero puede evitar que sus efectos se sumen a daños que ya son evitables. La adaptación no equivale a resignarse a la pérdida: significa reconocer qué procesos pueden modificarse y cuáles requieren una respuesta sostenida. La conservación empieza por distinguir entre una amenaza global y las presiones que sí pueden reducirse en el entorno.

También hay límites. Si el agua disponible disminuye de forma persistente, las medidas de gestión pueden ganar tiempo, pero no convertir un sistema sobreexplotado en uno sano por decreto. Y si el agua vuelve con una calidad deficiente, la inundación puede sostener una apariencia de recuperación sin restablecer las condiciones necesarias para toda la comunidad biológica. La resiliencia del humedal depende tanto de la cantidad como de la continuidad y las características del agua.

Lo que se pierde cuando desaparece un humedal

Las Tablas tienen un valor que va más allá de su atractivo paisajístico. Son un lugar de descanso y refugio para aves acuáticas migradoras, y un espacio donde conviven ambientes distintos en una superficie relativamente llana. Cuando se desecan las lagunas, no desaparece solo el reflejo del cielo: se reducen los espacios de alimentación y cobertura, y se altera el entramado que permite a las especies utilizar el humedal a lo largo del año. La pérdida de agua reorganiza todo el hábitat, no solo su aspecto.

La disminución de aves acuáticas y la situación de especies ligadas a estos ambientes muestran que el daño puede ser menos visible que una laguna seca. Entre los ejemplos recogidos por los investigadores figura una subespecie de escribano palustre que tiene en Daimiel su principal zona de reproducción y de la que quedan pocos centenares, según el material de referencia. Es una señal de que la conservación no se mide únicamente por la presencia de agua o por el número de aves que se ven en una visita. También importa que las especies puedan reproducirse y mantener poblaciones viables.

En ese sentido, un humedal funciona como una red de dependencias. La vegetación ofrece condiciones para la fauna; la calidad del agua influye en las comunidades acuáticas; y la duración de la inundación determina qué espacios están disponibles. Cuando una pieza se altera, las consecuencias pueden propagarse. El efecto de la carpa sobre las plantas sumergidas y el vínculo entre las altas temperaturas y los brotes de botulismo son ejemplos distintos de una misma fragilidad: las presiones se conectan y pueden multiplicar sus efectos.

Qué significa de verdad que las Tablas renazcan

Decir que el humedal renace puede describir con acierto una escena concreta: el retorno del agua, el rebrote de la vegetación o la vuelta de las aves. Pero la palabra no debería confundirse con una restauración completa. Tras décadas de drenajes y extracción, con una gestión artificial del agua y cambios en la calidad y en las especies presentes, el renacimiento es más bien un proceso irregular. Puede haber recuperación en algunos aspectos y deterioro persistente en otros.

La pregunta de fondo no es solo si vuelve a inundarse una parte del parque, sino qué régimen de agua puede sostenerse y qué calidad tendrá. También cuenta si se frenan las presiones que empobrecen el ecosistema, desde las extracciones hasta los vertidos y la expansión de peces invasores. El seguimiento científico, la gestión del agua en la cuenca y las medidas de conservación local son piezas complementarias, no alternativas entre sí. La recuperación duradera requiere que el agua regrese en condiciones compatibles con la vida que debe sostener.

El humedal conserva así una lección menos cómoda que la de una naturaleza que siempre vuelve por sí sola. Cuando el agua reaparece, la vida puede responder con rapidez, pero el equilibrio perdido no se reconstruye de manera automática. Las Tablas de Daimiel siguen siendo un refugio para la biodiversidad y, a la vez, un indicador de cómo se usa y se gestiona el agua en su entorno. Su futuro dependerá de que el renacer deje de ser un episodio aislado y se convierta en una recuperación ecológica real.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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