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¿Quién ganó el Super Bowl 2026? Todo lo qué pasó en la final

Seattle se lleva la Super Bowl LX: 29-13 a Patriots, Walker MVP, Myers implacable y la defensa asfixia a Maye con seis sacks y robos claves.

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Quién gano el Super Bowl 2026

Seattle se lleva la Super Bowl LX: 29-13 a Patriots, Walker MVP, Myers implacable y la defensa asfixia a Maye con seis sacks y robos claves.

Los Seattle Seahawks ganaron la Super Bowl LX este domingo 8 de febrero de 2026 y lo hicieron con un 29-13 sobre los New England Patriots en el Levi’s Stadium de Santa Clara. Ganaron porque mandaron en lo que más pesa en febrero: el golpeo, el balón y el reloj. Mientras New England buscaba chispa, Seattle fue construyendo una ventaja a martillazos: 141 yardas de carrera, cero pérdidas, y una defensa que convirtió la noche de Drake Maye en una cuesta arriba interminable.

El marcador se sostiene sobre nombres muy concretos. Kenneth Walker III, elegido MVP, firmó 135 yardas en 27 carreras (161 totales sumando recepción) y convirtió cada serie ofensiva en un desgaste real, físico, de esos que se notan en la respiración del rival. Jason Myers metió cinco field goals (33, 39, 41, 41 y 26 yardas) y sumó 17 puntos sin necesidad de épica. Sam Darnold administró sin regalar nada y clavó el pase de touchdown a AJ Barner que abrió la veda en el último cuarto. Y, sobre todo, la defensa: seis sacks, un fumble provocado, dos intercepciones y un golpe final con sello de Uchenna Nwosu, que devolvió una para touchdown cuando los Patriots aún intentaban agarrarse al partido.

Un 29-13 que se cocinó durante tres cuartos

Hubo un detalle que definió el tono desde el primer cuarto: Seattle no necesitó correr más rápido que nadie, le bastó con correr más tiempo. La final arrancó con esa tensión rara de las grandes noches: balón nuevo, manos frías, y la sensación de que cada error iba a sonar amplificado en un estadio lleno, 70.823 personas metidas en una caldera de ruido y focos. El primer golpe fue silencioso, casi quirúrgico: a falta de 11:58, Myers abrió el marcador con un field goal de 33 tras una serie de 51 yardas. No parecía gran cosa. En realidad era una señal: Seattle iba a puntuar cada vez que oliera territorio útil.

El segundo cuarto fue la versión más incómoda para un ataque joven: mover la bola cuesta lo mismo que subir un armario por la escalera, y cuando por fin llegas al rellano… te lo vuelven a bajar. New England, dirigido por Maye y entrenado por Mike Vrabel, se encontró con un frente que apretaba sin necesidad de blitzeos suicidas, con placajes que cortaban la inercia justo cuando asomaba una rendija. Seattle, con Mike Macdonald en la banda, apretó donde duele: obligó a Maye a jugar “un segundo tarde”. En ese tramo llegaron otros dos golpes de Myers, uno de 39 yardas a 11:16 del segundo cuarto y otro de 41 con 0:11 antes del descanso. Al intermedio, 9-0, y el dato que lo explicaba mejor no era el tanteo sino el paisaje: New England se fue al vestuario con 51 yardas netas en toda la primera mitad, una cifra que en una Super Bowl suena a asfixia.

El tercer cuarto siguió ese mismo guion de paciencia. No hubo touchdowns, no hubo locura, no hubo esa sucesión de highlights que suele alimentar las repeticiones. Lo que hubo fue una especie de desgaste metódico: Seattle avanzaba, se atascaba cerca, y aún así sumaba. A 9:12, Myers volvió a acertar desde 41 yardas tras una serie de 69 yardas que duró 4:50. El 12-0 no era una sentencia, pero ya era una especie de pared: New England tenía que encontrar puntos de golpe en un partido en el que cada snap parecía cobrar un peaje.

Y en medio de todo, un contraste que retrata la noche: en yardas totales acabaron casi empatados, 335 para Seattle y 331 para New England, pero el partido no fue “igualado” en el sentido emocional. Seattle controló la posesión con 33:11 y, aunque su eficacia en tercer down fue pobre (4 de 16), no se descompuso: jugó a no regalar el balón, a mantener el campo largo y a confiar en que el error acabaría apareciendo. New England, incluso con un 6 de 15 en terceros downs, vivió demasiado tiempo en modo supervivencia, y eso termina pasando factura.

Walker y el reloj: el partido en las piernas

Kenneth Walker III no tuvo touchdown, y aun así fue el futbolista que más se notó en el partido. Eso pasa cuando una carrera de cuatro yardas no son “solo” cuatro yardas, sino un mensaje repetido: cada contacto cuenta, cada placaje acumula cansancio. Walker acabó con 27 carreras para 135 yardas, cinco por intento, y además aportó en el pase con dos recepciones para 26, incluida una de 20 que ayudó a respirar cuando el partido pedía oxígeno. Su impacto se vio en el tipo de partido que permitió: uno en el que Darnold no tuvo que vivir del riesgo, sino de la gestión.

Seattle corrió 32 veces para 141 yardas en total, con pequeñas apariciones de Garrett Holani y alguna escapada de Darnold para mantener honesta a la defensa. Es un detalle que a veces se pasa por alto: cuando un quarterback suma aunque sea 5 yardas en dos carreras, obliga a que la defensa respete el “keep”, el amago, el borde. En una final, ese respeto también vale puntos porque evita que el rival se lance a cazar el running back sin pensar.

Walker, además, jugó con una lectura madura del ritmo. Hubo series en las que Seattle no ganaba demasiado por aire y, aun así, la carrera sostenía el guion: segundo y seis, tercero y dos, campo controlable, reloj corriendo. Cooper Kupp fue el receptor más productivo con 6 para 61, pero muchas de esas rutas llegaron en contexto favorable, cuando la defensa ya había tenido que bajar un paso por el miedo a Walker. No es que Kupp viviera de Walker; es que el partido se dobló un poco hacia Seattle porque Walker obligaba a doblarlo.

Del 30 al 29: las carreras que movieron el campo

Si hay dos carreras que resumen esa noche, son las dos que llegaron casi seguidas en el segundo cuarto y cambiaron la geografía del partido. Con 14:04, Walker se escapó por el lado izquierdo para 30 yardas hasta la yarda 46 de New England. Un par de jugadas después, a 13:34, repitió con otra de 29 yardas por el centro-derecha que dejó a Seattle instalado en la 17. No acabó en touchdown, y ahí está la gracia: incluso sin rematar, Seattle se llevó puntos y, sobre todo, se llevó la sensación de superioridad física. Esa serie terminó en el field goal de 39, sí; también terminó con la defensa de New England mirando el reloj y pensando que aún quedaba muchísimo partido por delante.

En el otro lado, la carrera de New England nunca llegó a ser una amenaza constante. Los Patriots acabaron con 79 yardas en 18 intentos, un promedio idéntico al de Seattle por intento (4,4), pero con mucha menos continuidad y, sobre todo, con menos capacidad para dictar el guion. Drake Maye fue el máximo corredor del equipo con 37 yardas en cinco carreras, y eso dice bastante: cuando el quarterback es tu plan B recurrente por tierra, es que el plan A no está fluyendo. Rhamondre Stevenson se quedó en 23 yardas en siete carreras y TreVeyon Henderson aportó 19 en seis; números respetables, pero sin el peso específico de un juego de carrera que obligue a la defensa a cambiar de cara.

Myers y la suma constante: 33, 39, 41, 41, 26

La noche de Jason Myers fue la clase de actuación que no siempre sale en póster, pero que gana campeonatos. Cinco de cinco en field goals y dos extra points sin pestañear. 17 puntos solo con el pie, repartidos de forma quirúrgica para construir una ventaja que nunca se evaporó. En una Super Bowl en la que el primer touchdown llegó ya en el último cuarto, ese tipo de fiabilidad es casi un arma psicológica: el rival puede defender bien durante minutos y, aun así, ver cómo el marcador se mueve del lado contrario.

El primer field goal, el de 33, nació de una serie de 8 jugadas y 51 yardas que ya dejaba entrever el plan: avances sin prisas, equilibrio, y una confianza total en que el kicker iba a hacer su parte. El segundo, el de 39, llegó también tras 8 jugadas y 55 yardas, precedidas por esas dos carreras largas de Walker que quebraron el campo. El tercero, el de 41 justo antes del descanso, tuvo algo de puñalada elegante: 9 jugadas, 34 yardas, y la sensación de que Seattle podía sumar incluso sin necesidad de grandes explosiones.

En el tercer cuarto, Myers repitió desde 41 en una serie más completa, 10 jugadas y 69 yardas, y ahí se vio el valor de tener un puntero que no tiembla. Porque Seattle, en zona roja, no estuvo fino: terminó con 1 de 4 en eficiencia de red zone, un dato que, en otro contexto, podría haber metido el partido en una moneda al aire. No pasó. No pasó porque Myers convirtió cada avance “decente” en puntos, y en una final eso es oro con peso real.

El último field goal, el de 26 yardas a 5:35 del último cuarto, también tuvo un punto narrativo: llegó justo después de que New England se hubiera acercado con un touchdown y pareciera que el partido podía agarrar ritmo ofensivo. Seattle respondió con puntos inmediatos, sin florituras, como diciendo “aquí no hay pánico”. Ese 22-7 obligó a Maye a acelerar todavía más… y el acelerón terminó con la intercepción que sentenció la final.

La defensa de Seattle: seis sacks y dos robos

La palabra que define el trabajo defensivo de Seattle es simple: incomodidad. Incomodidad en el pocket, incomodidad en la lectura, incomodidad en el timing. Maye completó 27 de 43 para 295 yardas y dos touchdowns, y aun así su partido quedó marcado por lo que le hicieron sin balón: lo derribaron seis veces, le quitaron 43 yardas en sacks y le obligaron a vivir en ese lugar mental en el que el quarterback deja de “leer” y empieza a “sobrevivir”. Seattle, en cambio, apenas permitió un sack a Darnold, solo uno para 8 yardas, otra forma de decir que el partido se jugó en trincheras.

El gran momento bisagra llegó con Derick Hall, que no solo sumó un sack sino que lo convirtió en una jugada que cambia títulos. A falta de 0:16 del tercer cuarto, Hall cazó a Maye, le arrancó el balón y provocó el fumble recuperado por Byron Murphy II en la yarda 37 de New England. Ese robo, además, fue el tipo de golpe que se siente doble: por un lado, corta una serie que estaba empezando a respirar; por otro, entrega campo corto en el momento exacto en que Seattle necesitaba pasar de la suma lenta al mordisco grande.

Seattle también castigó con intercepciones en el cuarto periodo. La primera fue de Julian Love, que interceptó a Maye en la yarda 27 de Seattle y devolvió la jugada 35 yardas hasta la 38 de New England. No acabó en touchdown, pero sí en puntos, porque la ofensiva encontró la forma de rascar el field goal de 26 que mantuvo el colchón firme. En finales así, esas intercepciones “sin touchdown” siguen siendo dinamita: cambian el campo, cambian el ánimo, cambian el reloj.

Hubo nombres menos vistosos que también pesaron. Ernest Jones lideró el placaje con 11 combinados y estuvo por todas partes en el centro del campo. La secundaria jugó con disciplina, y aunque Maye encontró ventanas —sobre todo en ritmo rápido—, Seattle no se desordenó. En un partido con pocas jugadas realmente explosivas, no perder la forma es casi tan importante como forzar el error.

De Maye al suelo al touchdown de Nwosu

El último cuarto fue un carrusel breve pero definitivo. Seattle por fin entró en la zona de anotación con el pase de 16 yardas de Darnold a AJ Barner a 13:24, un touchdown limpio, de ejecución y timing, que puso el 19-0 y pareció abrir la puerta del desahogo. New England respondió con rapidez, y ahí apareció la mejor versión de Maye: scramble, pase intermedio, y luego el bombazo a Mack Hollins para touchdown de 35 yardas a 12:27. En un minuto, el partido pasó del silencio al ruido. 19-7, y por fin la sensación de que podía haber final con tensión real.

Pero el golpe definitivo llegó con forma de balón robado y carrera de celebración. Con 4:37 por jugar, ya en modo no-huddle, Maye intentó un pase corto al centro dirigido a Kayshon Boutte. Uchenna Nwosu leyó, interceptó y devolvió el balón 45 yardas para touchdown. Esa jugada fue el resumen perfecto de la noche: Maye intentando exprimir una ventana, Seattle esperando el error con la calma de quien lleva tres cuartos cocinando el partido. El 29-7 fue demasiado incluso para un equipo que, a esas alturas, ya jugaba sin freno.

Aun así, los Patriots no se fueron sin dejar una última señal de competitividad. Con 2:21, Maye conectó un pase de touchdown de 7 yardas con Rhamondre Stevenson, que cerró el marcador en 29-13 tras un intento fallido de conversión de dos. Fue un final orgulloso, pero ya sin capacidad de alterar la historia, porque el onside no llegó y Seattle administró el último tramo con el mismo aplomo con el que había llevado el partido desde el principio.

Seattle, campeón con la receta más difícil

Seattle no ganó porque tuviera el ataque más brillante ni porque dominara cada apartado estadístico. Ganó porque eligió una receta que exige carácter: correr, patear, defender y esperar el error sin impacientarse. Darnold terminó con 202 yardas, 19 completos de 38, un touchdown y ninguna intercepción; números de gestión, de control emocional, de saber exactamente qué partido estaba jugando. Barner fue el receptor decisivo con 4 recepciones para 54 y un touchdown, Kupp aportó estabilidad con 61, y el resto —Jaxon Smith-Njigba, Rashid Shaheed, Holani, Walker en el checkdown— fueron piezas de un mecanismo diseñado para no romperse.

El contraste final está en las pérdidas. Seattle terminó con 0 fumbles perdidos y 0 intercepciones, mientras New England se dejó por el camino dos intercepciones y un fumble. En una Super Bowl, ese diferencial es como jugar con una mano más. Y si encima la defensa suma puntos directos —ese pick-six de Nwosu—, el margen se vuelve casi imposible. También hubo un factor de campo oculto: el trabajo de Michael Dickson en el punt y la diferencia de retorno. New England tuvo chispa en los kickoffs con D’Ernest Johnson, 103 yardas en cuatro retornos, y un regreso largo de 38 de Henderson, pero Seattle compensó con posición de campo y con la certeza de que su unidad de equipos especiales no iba a cometer el error tonto que regala una final.

En el lado de los Patriots queda una lectura doble. Maye tuvo momentos de quarterback grande, especialmente en ese arranque del último cuarto en el que movió el balón con urgencia y precisión, y el touchdown a Hollins fue una prueba de brazo y valentía. Hollins acabó con 4 recepciones para 78 y un touchdown, Stevenson fue un seguro en corto con 5 para 40 y otro touchdown, DeMario Douglas sumó constancia con 45, y Stefon Diggs aportó 37 en tres recepciones. Pero el partido, en el fondo, lo rompieron los golpes que llegaron cuando Maye todavía estaba buscando ritmo: los sacks, el fumble, las intercepciones. Una final puede permitir un mal drive; difícilmente perdona una cadena completa de heridas.

Para Seattle, además, el trofeo tiene un peso histórico. Es el segundo título de la franquicia y llega con el eco inevitable de aquella Super Bowl perdida ante New England hace once años. Esta vez no hubo tragedia al final, ni una jugada que resuma el dolor. Hubo algo menos cinematográfico y más contundente: un plan que se repite, una defensa que aprieta, un running back que no se cansa y un kicker que no falla. A veces el fútbol americano se decide así, sin romanticismo, con el sonido seco de los cascos y el marcador moviéndose de tres en tres… hasta que el rival se queda sin tiempo, sin aire y sin balón. Seattle ganó porque fue mejor en lo esencial, y en una Super Bowl eso suele ser la diferencia entre volver a casa con medalla o con anillo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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