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¿Qué hizo Bad Bunny en el Super Bowl? Así fue su actuación
Bad Bunny hizo del descanso de la Super Bowl una boda real inédita en directo con Lady Gaga, Ricky Martin; Seattle ganó 29-13 en Santa Clara.

Foto: Instagram
Bad Bunny hizo del descanso de la Super Bowl una boda real inédita en directo con Lady Gaga, Ricky Martin; Seattle ganó 29-13 en Santa Clara.
Bad Bunny convirtió el descanso de la Super Bowl LX en un escenario de Puerto Rico a escala estadio y, en mitad del ruido, dejó caer la sorpresa que nadie vio venir: una boda real, con pareja, oficiante, beso y hasta tarta, celebrada sobre el césped del Levi’s Stadium. El show duró unos 13 minutos, fue esencialmente en español, y tuvo invitados de primer nivel —Lady Gaga y Ricky Martin— en una noche que acabó siendo, a la vez, espectáculo pop y conversación política nacional.
Mientras el estadio miraba al escenario, el partido seguía su propia lógica fría: Seattle Seahawks terminó levantando el título tras imponerse 29-13 a New England Patriots, con Kenneth Walker III como MVP y una defensa que convirtió la noche de Drake Maye en una cuesta arriba constante. El contraste fue casi cómico: por un lado, una ceremonia de amor en directo; por otro, seis sacks y una final que se ganó a base de golpes, campo y paciencia.
La boda que partió el descanso en dos
La escena apareció sin avisar, como esas trampillas de teatro que se abren justo cuando crees haber entendido el truco. Pasados unos minutos, entre coreografías y cambios de cámara, el show se detuvo lo justo para revelar a una pareja vestida de blanco y a un oficiante que remató la ceremonia allí mismo, con músicos y bailarines alrededor como si el estadio se hubiera transformado en una plaza de barrio, pero a escala NFL. No era un gag: el “sí, quiero” fue de verdad, el beso también, y la pareja quedó oficialmente casada en el mismo lugar donde, segundos antes, se bailaba reguetón con fuego y planos aéreos.
El detalle que terminó de hacer creíble lo inverosímil fue lo doméstico, lo casi cutre en el buen sentido: hubo tarta, hubo ese momento de recepción improvisada y hubo, según la confirmación del entorno del artista, hasta firma como testigo en la documentación del enlace. La identidad de los recién casados se mantuvo en privado, pero la idea —un gesto íntimo dentro del escaparate más grande de la televisión estadounidense— quedó clara sin necesidad de nombres: el halftime no iba a ser “un medley más”, sino un pequeño relato con principio, nudo y un final con confeti.
Puerto Rico plantado en el césped
Hubo una decisión estética que mandó sobre todas las demás: no “americanizar” el show para hacerlo digerible, sino hacer el camino inverso, llevar una postal boricua —con textura, con ruido, con contradicciones— al centro del evento. La escenografía jugó con imágenes reconocibles: una “casita” como corazón del montaje, rincones que parecían sacados de una esquina cualquiera con sillas, luz cálida y un aire de celebración comunitaria, y un arranque que funcionó como declaración de intenciones. Ese primer golpe fue “Tití Me Preguntó”, lanzado con energía de himno, no como concesión.
Del cañaveral a los postes del apagón
El show abrió con un cañaveral gigante —caña de azúcar en vertical, como un muro vegetal— que no estaba ahí solo para verse bonito en alta definición. La caña es paisaje y es historia; y, en pantalla, ese telón verde funcionó como puerta de entrada a un recorrido que fue cambiando de ritmo sin cambiar de identidad. La cámara, muy encima, buscó la piel del espectáculo: sudor, miradas, un plano corto aquí, un travelling allá, la sensación de estar dentro. En ese marco, la transición hacia “El Apagón” fue más que musical: el escenario se llenó de postes eléctricos y chispazos, una referencia directa a la fragilidad de la red eléctrica en Puerto Rico y a la memoria de los apagones —un símbolo que el artista ha usado otras veces, pero que aquí ganó potencia por la escala y por la audiencia.
En lo visual también hubo mensaje sin pancarta. Bad Bunny apareció con un conjunto blanco de aire deportivo —camiseta tipo jersey, pantalón a juego— y un detalle que se leyó como guiño familiar: “OCASIO 64” en la espalda, el apellido materno y el año de nacimiento de su madre, un gesto pequeño en un evento gigante, casi una firma. El vestuario, limpio y simbólico, evitó el barroquismo de otros halftime y se apoyó en la coreografía y en la narrativa: un baile que cambiaba de registro, del perreo al sabor salsero, y un escenario que alternaba la fiesta con el recuerdo de los cortes de luz, como si dijera: aquí se baila, sí, pero también se sobrevive.
Y luego está el “cómo” musical, que fue el verdadero motor. El medley se movió a toda velocidad por su catálogo: enlazó “Yo Perreo Sola”, “Safaera” y “Party” con el pulso alto, cruzó por “VOY A LLeVARTE PA PR” y “EoO” como quien pasa por un puente sin mirar abajo, se permitió el lujo de “Mónaco” como momento de tensión controlada —justo antes de la boda— y volvió a apretar con “BAILE INoLVIDABLE” y “NUEVAYoL”, hasta desembocar en “El Apagón”, “CAFÉ CON RON” y el cierre con “DtMF”, la pieza que ha terminado funcionando como emblema reciente. En medio, asomaron fragmentos de clásicos del reguetón puertorriqueño —un homenaje explícito a una genealogía que no empezó ayer— sin necesidad de subrayarlo con un discurso.
Invitados, cameos y una canción convertida en salsa
El primer gran golpe de invitado fue Lady Gaga, que apareció en un punto quirúrgico, con el estadio ya caliente y la historia de la boda servida. Su intervención giró alrededor de “Die With a Smile”, el tema que comparte con Bruno Mars, reinterpretado con un giro más bailable, casi salsero, encajando sorprendentemente bien en el universo del show. No fue un “feat” de postureo; fue un cameo con función narrativa: levantar el puente entre públicos y, a la vez, mantener el tono latino del descanso sin pedir permiso.
La otra aparición con peso propio fue Ricky Martin, que entró para “LO QUE LE PASÓ A HAWAii”, añadiendo otra capa de identidad caribeña y una sensación de continuidad generacional: de la explosión pop latina de otra época a la hegemonía urbana actual, sin rivalidad, más bien como relevo. Entre medias, el show jugó con cameos y presencias que el realizador fue soltando como huevos de pascua: Pedro Pascal bailando en escena, Cardi B apareciendo en el ecosistema del montaje, Jessica Alba y Karol G entre los rostros que el show colocó donde sabía que habría cámara. No se trató tanto de “quién vino” como de “cómo se llenó el plano”: una fiesta diseñada para que cada segundo tuviera algo que mirar.
Hubo también un momento emocional, breve pero medido, en el que el artista entregó una estatuilla tipo Grammy a un niño —un gesto leído como autorretrato de infancia, como si el show se permitiera un segundo de fragilidad dentro del músculo de la producción— antes de volver a la energía de estadio. Y en la cocina musical, la presencia de un director al frente del componente orquestal, Giancarlo Guerrero, ayudó a que el halftime no sonara como una pista plana, sino como un bloque con matices, con respiraciones.
El ruido político alrededor de 13 minutos
Lo político no llegó como mitin, sino como reacción. El show, por su propia existencia —un set en español en el prime time estadounidense, con símbolos boricuas, reguetón sin traducción y una estética orgullosamente no asimilada— ya iba cargado antes de empezar. Aun así, Bad Bunny optó por un cierre más de unidad que de confrontación, con el mensaje “The Only Thing More Powerful Than Hate is Love” en pantalla y un remate verbal que mencionó países del continente como si estuviera dibujando un mapa humano, no una frontera. La frase final, “Together We Are America”, estampada también en un balón, dejó el marco: América entendida como plural, no como eslogan exclusivo.
Trump, la contra-programación y el debate
La reacción más ruidosa vino de Donald Trump, que calificó el halftime de “absolutamente terrible” en su red Truth Social y criticó, entre otras cosas, que gran parte del país no entendería la letra por estar en español. Su mensaje no se quedó en el gusto musical: lo enmarcó como un choque cultural y lo usó para alimentar una lectura identitaria del evento, en una línea que ya venía calentándose desde que se anunció la elección del artista.
En paralelo, Turning Point USA organizó un show alternativo online, presentado como “All-American Halftime Show”, con Kid Rock al frente y un cartel de artistas country; la idea era competir en directo contra la retransmisión oficial, como si el descanso del partido fuera también una batalla por la banda sonora del país. En esa conversación se colaron nombres del ecosistema político conservador, incluido Pete Hegseth, que se sumó públicamente al relato de “contra-programación” alrededor del halftime. El resultado fue extraño: el show principal evitó un discurso frontal, pero el contexto lo empujó igualmente al centro del ring.
También hubo activismo en el perímetro del estadio: un grupo repartió toallas con el lema “ICE OUT”, intentando colar una protesta visual durante el partido y el descanso. Dentro, la imagen dominante terminó siendo otra —banderas, referencias culturales, estética de fiesta— pero el gesto confirma el clima: la Super Bowl, incluso cuando intenta ser un producto neutro, ya no consigue aislarse del todo del momento político. Y, de fondo, la biografía reciente del artista pesaba: su crítica a las redadas y su decisión de evitar una gira amplia por Estados Unidos en un contexto de tensión migratoria han hecho que cada aparición pública se lea con lupa.
Seahawks-Patriots y la resaca de la noche
El partido, mientras tanto, tuvo un guion de esos que parecen escritos con rotulador negro: defensa, patadas y una sensación de bloqueo ofensivo que se sostuvo más de lo esperado. Jason Myers metió cinco field goals para Seattle Seahawks —una barbaridad en una final así— y el marcador fue creciendo como crece una ventaja que no se discute: poco a poco, sin glamour, con el rival atascado. En la otra banda, Mike Vrabel se encontró con un equipo que resistía pero no lograba respirar en ataque, y la diferencia se fue haciendo estructural, no accidental.
El MVP acabó en manos de Kenneth Walker III, que corrió 135 yardas en 27 carreras, sosteniendo el juego terrestre como quien sostiene una pared para que no se caiga la casa. No necesitó un festival de touchdowns para ser decisivo: lo fue por insistencia, por eficiencia, por convertir segundos y terceros downs en desgaste, y por obligar a la defensa rival a vivir siempre un paso por detrás. Sam Darnold, al mando, jugó una final sobria, sin tiros imposibles, con un pase de touchdown a A.J. Barner como uno de los puntos de ruptura del encuentro.
La otra cara fue la noche de Drake Maye, perseguido durante horas por la presión de Seattle: seis sacks, golpes que llegan cuando todavía estás levantando la cabeza, un partido que se juega con el cuerpo encogido porque cada lectura tarda medio segundo más de lo permitido. Hubo un tramo en el que el marcador —9-0 al descanso— parecía una rareza de otra época, pero lo que estaba ocurriendo era simple: la defensa de Seattle estaba dictando el tempo y el ataque de New England no encontraba una respuesta estable. La final acabó 29-13 y, para la franquicia de Seattle, tuvo sabor de ajuste de cuentas: el mismo rival al que se le escapó un título hace once años, ahora derrotado con un plan opuesto, menos épico y más cruel.
En la foto final de la noche, sin embargo, el deporte y el espectáculo quedaron pegados como dos caras de la misma moneda. El partido coronó a Seattle; el descanso se llevó la conversación global con una boda real, un set en español y una puesta en escena boricua que empujó la cultura pop al centro de una retransmisión que, tradicionalmente, ha sido el gran altar de lo “mainstream” estadounidense. El dato quizá más revelador no es quién ganó o quién cantó, sino cómo un evento pensado para ser universal terminó discutiéndose, otra vez, en clave de identidad, idioma y pertenencia… y aun así, entre tanto, hubo un momento rarísimo y humano: dos personas casándose en directo mientras el estadio rugía.

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