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¿Quién es Orlando Gill, el gigante que llevó a Paraguay a octavos?
Orlando Gill sostuvo a Paraguay ante Alemania, paró a Havertz y pasó de la reserva de San Lorenzo a convertirse en héroe del Mundial de 2026.

Foto: Instagram
Resumen
- Orlando Gill sostuvo a Paraguay durante 120 minutos ante Alemania
- Paró el penalti de Havertz y abrió el camino hacia los octavos
- Su carrera pasó de la reserva de San Lorenzo a héroe del Mundial
Orlando Daniel Gill Noldín es el portero paraguayo de 1,99 metros que sostuvo a su selección durante 120 minutos ante Alemania y terminó de inclinar la eliminatoria en la tanda de penaltis. El guardameta de San Lorenzo de Almagro realizó seis paradas durante el encuentro, detuvo el primer lanzamiento alemán, ejecutado por Kai Havertz, y permitió que Paraguay pasara de resistir un asedio a celebrar una clasificación histórica para los octavos del Mundial de 2026.
Gill tiene 26 años, nació el 11 de junio de 2000 en San Lorenzo, Paraguay, es zurdo y llegó al Mundial después de una carrera construida bastante lejos de las alfombras rojas del fútbol. Pasó por categorías modestas de su país, aterrizó inicialmente en la reserva del San Lorenzo argentino y necesitó una sucesión de lesiones ajenas para encontrar la puerta del primer equipo. Luego ocurrió lo que suele ocurrir cuando el talento lleva demasiado tiempo encerrado: salió de golpe.
El portero que convirtió el asedio alemán en una tanda
Alemania tuvo la pelota hasta desgastarla, acumuló 19 remates y obligó a Paraguay a vivir durante largos tramos a pocos metros de su propia portería. La posesión alemana parecía una escritura de propiedad, aunque el fútbol —criatura bastante menos obediente que las estadísticas— no concede victorias por metros cuadrados ocupados.
Paraguay se adelantó en el minuto 42 mediante un cabezazo de Julio Enciso. Havertz empató en el 54, también de cabeza, y desde entonces el encuentro se convirtió en una persecución. Alemania atacaba; la defensa paraguaya achicaba espacios, despejaba y volvía a colocarse. En el centro de aquella muralla estaba Gill, largo de brazos, sobrio y sin esa gesticulación industrial con la que algunos porteros intentan convertir cada parada rutinaria en una escena de ópera.
Su intervención más llamativa durante el tiempo reglamentario llegó en el minuto 78. Kai Havertz apareció cerca del área pequeña y cabeceó con suficiente dirección para hacer daño, pero Gill reaccionó sobre la línea y evitó el segundo gol. Ya en el 119, cuando el cansancio había convertido cada córner en una emergencia nacional, atrapó un remate de Anton prácticamente sobre la raya. No fue una colección de vuelos para la fotografía; fue algo bastante más valioso: no conceder una segunda oportunidad.
El gol anulado que dejó a Gill en el centro de la polémica
Alemania llegó a celebrar el 2-1 en la prórroga después de que Jonathan Tah enviara el balón a la red. El árbitro acudió al monitor y anuló la jugada al considerar que Waldemar Anton había bloqueado o derribado a Gill dentro del área pequeña.
El gol anulado provocó protestas alemanas y críticas de antiguos futbolistas. El contacto podía parecer leve desde algunos ángulos, pero existió y condicionó al portero cuando trataba de intervenir. Gill cayó, el VAR entró y el gol desapareció. También aquí hubo algo de oficio: un guardameta debe dominar el área, pero antes necesita conseguir que los demás recuerden que esa zona no es una estación de metro en hora punta.
Llegaron los penaltis. Havertz tomó el primer lanzamiento de Alemania y Gill adivinó la dirección, bajó con rapidez y rechazó el disparo. Paraguay fue aprovechando sus oportunidades mientras los errores alemanes ensanchaban una herida que ya venía abierta desde los 120 minutos anteriores. La clasificación no perteneció únicamente al portero —Enciso marcó, la defensa se vació y los lanzadores paraguayos cumplieron—, pero sin la parada inicial de Gill probablemente la historia habría adquirido otro acento.
De la segunda paraguaya al escaparate argentino
El recorrido de Orlando Gill no responde al molde habitual del prodigio detectado a los 12 años, trasladado a una academia europea y presentado al público con un vídeo de regates y música solemne. Creció en el fútbol de San Lorenzo, su ciudad natal, y pasó por el Club 13 de Junio y el Sportivo San Lorenzo antes de viajar a Argentina a finales de 2023.
En Paraguay no había conseguido una continuidad estable. San Lorenzo de Almagro lo incorporó inicialmente para la reserva, casi como una apuesta de bajo ruido. En enero de 2025 compró sus derechos y le firmó un contrato hasta diciembre de 2027. El guardameta que durante años había esperado una oportunidad pasó a convertirse en una de las piezas más reconocibles del club de Boedo.
La aceleración fue brusca. Gill llegó a Buenos Aires con experiencia limitada en la élite y tuvo que adaptarse al campeonato argentino, donde el área pequeña se parece, por momentos, a un mercadillo: delanteros, defensas, empujones, protestas y balones que caen desde todos los ángulos. Su físico ayudó. La serenidad hizo el resto.
Miguel Ángel Russo vio un titular donde otros buscaban un fichaje
El giro decisivo se produjo durante una gira de San Lorenzo por Uruguay. Dos porteros del equipo sufrieron problemas físicos y Miguel Ángel Russo decidió utilizar a Gill. El club podía incorporar a un guardameta más experimentado, incluso manejó alternativas de nivel internacional, pero Russo rechazó esa salida y mantuvo al paraguayo.
Gill nunca ha ocultado la importancia de aquella confianza. Bajo la dirección de Russo disputó 20 encuentros, encajó 14 goles y dejó su portería a cero en nueve. Más que una simple estadística, fue la confirmación de que podía sostener un puesto sometido a una lupa permanente. En los grandes clubes del fútbol argentino, una mala salida aérea dura cinco segundos; la discusión posterior, aproximadamente una semana.
Sus actuaciones en Argentina lo acercaron a la selección absoluta de Paraguay, con la que debutó en 2025. Gustavo Alfaro terminó llevándolo al Mundial y, durante el torneo, Gill pasó por una prueba incómoda: recibió cuatro goles ante Estados Unidos en el estreno, pero respondió manteniendo la portería a cero frente a Turquía y Australia. Ante Alemania llegó la consagración, ya sin margen para esconderse detrás del aprendizaje.
Qué clase de guardameta es Orlando Gill
La primera característica salta a la vista: una envergadura de casi dos metros. Gill ocupa mucha portería y reduce los espacios en los mano a mano sin necesidad de precipitarse. Sus brazos largos le permiten alcanzar balones que para otros guardametas quedan medio palmo demasiado lejos, esa distancia minúscula que separa una buena estirada de un gol.
Pero sería simplista describirlo como un portero eficaz únicamente por ser alto. Hay gigantes que tardan una eternidad en llegar al césped; Gill flexiona bien, reacciona con rapidez ante disparos bajos y conserva el equilibrio cuando debe cambiar de dirección. Contra Alemania mostró otra virtud importante: bloquea muchos remates en lugar de rechazarlos hacia el centro, una diferencia aparentemente pequeña que evita incendios.
En el juego aéreo utiliza su tamaño y ha mejorado la lectura de los centros. No sale siempre —ningún portero debería hacerlo—, pero cuando decide abandonar la línea suele hacerlo con autoridad. También posee una potente pierna izquierda para iniciar transiciones largas. Su antiguo formador destaca su golpeo, sus salidas, el uno contra uno y una particular familiaridad con los penaltis. No solo intenta detenerlos: durante sus categorías inferiores llegó a lanzarlos.
Tiene aspectos por pulir. Alguna salida demasiado aventurera y ciertas decisiones con el balón pueden producir sobresaltos, especialmente cuando el rival presiona cerca. En la primera parte ante Alemania se alejó de la portería en una acción que habría resultado peligrosa sin el fuera de juego previo. Un recordatorio útil: el héroe de la tanda también es un portero en evolución, no una estatua terminada.
El antiguo número 10 al que llamaban Courtois
Una de las curiosidades de su carrera es que Gill no empezó como portero. Durante su infancia jugaba de número 10, una posición reservada tradicionalmente al futbolista que imagina el ataque. A los 16 años, su estatura llamó la atención de Tito Peralta en el Club 13 de Junio. Gill dijo que podía ponerse bajo palos, realizó una prueba y ya no abandonó la portería.
En el vestuario comenzaron a llamarlo “Courtois” por su altura, su condición de zurdo y cierto parecido futbolístico con el guardameta belga. La comparación resulta fácil, quizá demasiado. Gill comparte con Thibaut Courtois la capacidad de hacerse enorme ante el delantero, aunque todavía debe demostrar esa regularidad durante varias temporadas y en competiciones de máxima exigencia. Una noche extraordinaria abre una puerta; no construye por sí sola un palacio.
También aparece, inevitablemente, el nombre de José Luis Chilavert. Todo guardameta paraguayo con personalidad, buen desplazamiento y presencia física acaba atravesando esa comparación, como si el país solo pudiera producir un modelo de guardameta. Gill posee temple y golpeo, pero su carácter parece menos volcánico. Chilavert entraba en los partidos como quien acudía a una disputa fronteriza; Gill transmite una frialdad distinta, casi silenciosa.
Una frontera paraguaya de 1,99 metros
La victoria frente a Alemania no convierte a Orlando Gill en el mejor portero del mundo ni borra los defectos que todavía debe corregir. Sí revela algo más razonable y, quizá, más importante: Paraguay tiene un guardameta capaz de decidir una eliminatoria mundialista cuando el partido se rompe, el rival aprieta y cada error pesa como una piedra.
Gill llegó a Argentina como una apuesta para la reserva, consiguió el puesto por una combinación de lesiones y confianza técnica, soportó un estreno mundialista doloroso y terminó la noche de Boston deteniendo el penalti de una estrella alemana. Entre una escena y otra no hay milagro. Hay años de espera, un físico privilegiado y una serenidad que no se aprende leyendo estadísticas.
Alemania tuvo más balón, más remates y más nombres conocidos. Paraguay tuvo a Enciso, una defensa dispuesta a sufrir y un portero que parecía ocupar media portería. A veces el fútbol se reduce a eso: una selección empuja durante dos horas, la otra aguanta y, al final, Orlando Gill baja una mano. El gigante no derrotó solo a Alemania, pero sin él Paraguay no estaría en octavos.

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