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¿Quién es Martín Landaluce, la sorpresa española de Miami?

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Quién es Martín Landaluce

Martín Landaluce irrumpe en Miami con una victoria que cambia el foco: edad, carrera, estilo y el techo real del nuevo nombre español firme.

Martín Landaluce ya no es solo un nombre prometedor del tenis español ni el típico perfil que se menciona con media sonrisa y la coletilla de “habrá que seguirle”. Su victoria ante Karen Khachanov por 6-3 y 7-6(2) en el Miami Open 2026 le ha colocado, de golpe, en una conversación más seria: la de los jugadores capaces de competir de verdad en un Masters 1000 y no solo de asomarse, saludar y marcharse por la puerta de atrás. El madrileño, procedente de la fase previa, enlazó en Florida una secuencia que pesa de verdad en este circuito: remontó para entrar en el cuadro, ganó a Marcos Giron, después tumbó a Luciano Darderi, entonces top-20, y remató la semana con la mejor victoria de su carrera frente a Khachanov. El premio era enorme: primeros octavos de final en un Masters 1000 y un duelo posterior con Sebastian Korda, el hombre que había dejado fuera a Carlos Alcaraz.

Eso explica la noticia del momento, pero no la agota. Landaluce tiene 20 años, nació en Madrid el 8 de enero de 2006, mide 1,93 y juega a derechas con revés a dos manos. Es un tenista formado primero en el Club de Tenis Chamartín, moldeado desde muy joven en Madrid y asentado después en la Rafa Nadal Academy de Manacor, donde su trabajo se ha ido puliendo con Óscar Burrieza como figura central del equipo técnico y con apoyos complementarios dentro de una estructura cada vez más profesional. En paralelo, mantiene los estudios de ADE, un detalle que no define su tenis, pero sí ayuda a dibujar el personaje: un chico menos histriónico de lo que a veces exige el escaparate y más dado a construir carrera sin vender una película distinta cada semana. Llegó a Miami como número 151 del ranking ATP, con un mejor puesto oficial de 110 logrado en octubre de 2025, y su recorrido en Florida le empujó en el ranking en directo hacia la zona del 123.

Miami, el torneo que le cambia la cara

Lo primero que ha dejado Miami es una evidencia: lo de Landaluce no ha sido un partido suelto ni una tarde rara del rival. Su torneo empezó en la previa, donde derrotó a Mackenzie McDonald por 6-3 y 6-4 y después remontó ante Thiago Agustín Tirante por 3-6, 7-5 y 6-4 cuando parecía que el cuadro principal se le escapaba. Ya en el cuadro final, ganó a Marcos Giron por 6-3 y 7-6(6), un triunfo con valor doble porque confirmaba una relación especial con Miami: allí había logrado en 2024 su primera victoria ATP, y dos años más tarde regresaba para dar un salto bastante más serio. A veces un torneo funciona como espejo; en este caso, Miami le ha devuelto una imagen más adulta, más consistente, menos de júnior brillante reconvertido a medias y más de profesional que empieza a encontrar sitio.

El verdadero punto de inflexión llegó después. Darderi, que venía instalado entre los veinte mejores del mundo, cayó ante Landaluce en un partido áspero, largo, partido en dos días, cerrado por el español con un 6-3, 6-7(4) y 6-4 que ya sonaba a aviso. Y no quedó ahí. Dos jornadas más tarde, el madrileño superó a Karen Khachanov, ex número 8 del mundo y uno de esos jugadores que no suelen regalar ni una ronda, con un tenis mandón, firme y sorprendentemente sereno para alguien que estaba jugando el mejor torneo de su vida. Antes de esta semana, Landaluce no tenía victorias frente a jugadores del top-60. En Miami pasó de ese cero bastante feo a encadenar dos triunfos ante top-20. Eso no arregla una carrera, claro, pero cambia la conversación. Y en la ATP, antes del respeto llega casi siempre una victoria así, seca, incontestable, de las que obligan a mirar dos veces el apellido del rival en el cuadro.

La magnitud de la semana se entiende mejor con un par de cifras. La ATP destacó que contra Khachanov, Landaluce conectó 25 golpes ganadores y ganó el 78% de los puntos con primer saque. Llegaba como 151 del mundo y, aun así, se metió en octavos de final de un Masters 1000 por primera vez. Distintos resúmenes del torneo lo situaron además como el jugador con peor ranking en alcanzar esa ronda en Miami desde 2009, una rareza estadística que sirve para poner tamaño al golpe, no para fabricar leyendas exprés. También quedó como único español con vida en el cuadro después de las eliminaciones de Alcaraz, Davidovich y Rafa Jódar. Dicho de otro modo: durante unos días, en un torneo grande y en pista rápida, el nombre español que resistía no era el que todo el mundo esperaba. Era el suyo.

Del júnior campeón al barro del circuito

Quien conociera a Landaluce antes de Miami ya tenía una referencia nítida: ganó el US Open júnior en 2022, con 16 años, y esa no es una medalla decorativa ni un trofeo de promesa doméstica. Es uno de los títulos que, en categorías formativas, suelen señalar a los que tienen material serio. Aquel mismo año cerró un balance extraordinario en el circuito júnior, fue número 1 mundial de la categoría y dejó muy claro que su talento no era un espejismo de academias y vídeos cortos. El problema, si se le quiere llamar así, es que después empieza el tenis de verdad: viajes, derrotas, pistas secundarias, torneos Challenger, cuadros durísimos y la comprobación de que el cuerpo y la cabeza tardan bastante más en madurar que los titulares. Ahí fue donde Landaluce dejó de ser un nombre bonito para empezar a convertirse, poco a poco, en jugador.

Ese tránsito ha sido menos meteórico que el de otros jóvenes españoles, pero más reconocible para cualquiera que mire el circuito sin dejarse hipnotizar por el ruido. En 2024 ganó su primer título ITF en Vila Real de Santo António y luego levantó el Challenger de Olbia, una conquista mucho más relevante porque ya situaba su tenis en un rango competitivo respetable. En 2025 sumó el Challenger de Orleans, alcanzó su mejor ranking oficial, el 110, se clasificó por primera vez para el cuadro final de un Grand Slam en Australia y añadió otra victoria ATP importante en Cincinnati. El curso terminó con su presencia en las Next Gen ATP Finals de Yeda, una cita reservada a los mejores talentos sub-21. Allí, eso sí, le tocó la parte menos agradable del aprendizaje: cerró el torneo con 0-3 en la fase de grupos, derrotado por Budkov Kjaer, Learner Tien y Rafa Jódar. No fue un fracaso dramático. Fue una radiografía honesta de dónde estaba entonces.

Esa trayectoria ayuda a entender por qué en Miami no ha aparecido un desconocido, sino un jugador que llevaba tiempo picando piedra. Su debut profesional llegó en 2022 en Alicante, y desde entonces ha ido sumando partidos, golpes, derrotas y capas. También se recordó en estos días que en 2024, también en Miami, se convirtió en el primer jugador nacido en 2006 o después en ganar un partido de Masters 1000. Son hitos pequeños, dispersos, casi laterales, pero dibujan una línea coherente. No la de un niño prodigio que se come el circuito con 18 años, sino la de un tenista que se va haciendo de forma más lenta, quizá más áspera, seguramente más normal. Y a veces, en el tenis masculino, lo normal tarda más, pero aguanta mejor.

Un tenista español poco convencional

Lo más interesante de Landaluce quizá no sea solo lo que ha ganado, sino cómo juega. Su perfil rompe bastante con el molde clásico del tenista español de fondo, piernas eternas y paciencia de taller. Con 1,93, saque pesado y una derecha que busca daño pronto, se acerca más al patrón contemporáneo de pista dura que al imaginario castizo de la tierra batida. Tiene potencia, sí, pero no vive únicamente de eso. Cuando está suelto, encadena bien el primer golpe después del saque, gana pista con la derecha, no se asusta en los intercambios y puede sostener ritmos altos sin parecer un poste con cordaje. Contra Khachanov se vio con nitidez: mandó desde el inicio, aguantó la presión cuando el segundo set se enredó y resolvió con autoridad el ‘tie-break’. Ahí hubo tenis, claro, pero también carácter competitivo.

Su equipo y quienes le siguen de cerca insisten bastante en un rasgo menos visible: el equilibrio mental. Burrieza lo ha descrito como un chico maduro, responsable, predispuesto al trabajo y capaz de absorber bien las derrotas, que en el tenis son el pan de casi todas las semanas. Esa cualidad importa más de lo que parece. El circuito está lleno de jugadores con mejor vídeo de entrenamiento que carrera real. Lo que separa una cosa de la otra no suele ser un golpe milagroso, sino la capacidad para sostenerse en medio del ruido, convivir con semanas malas y no convertir cada derrota en una crisis teológica. En Landaluce, al menos por lo que ha enseñado hasta ahora, hay una mezcla útil de agresividad en pista y cabeza bastante fría fuera de ella. No garantiza nada. Pero suma mucho.

También conviene matizar qué le falta. Porque le falta, claro. No es todavía un tenista terminado, ni mucho menos. Tiene margen en la devolución, en la gestión de ciertos partidos cuando el saque pierde filo y en la continuidad semanal frente a rivales duros. Su tenis parece especialmente bien diseñado para pista dura, mientras que en tierra todavía debe demostrar la misma capacidad para imponer patrón y sostener los intercambios. Y está el asunto que decide casi todo en este deporte: la regularidad. Ganar a Darderi y Khachanov es un salto magnífico; repetir ese nivel durante meses es otro oficio. La buena noticia para él es que su progresión invita a pensar que el techo no está fijado, ni mucho menos cerrado con cemento.

La comparación con Alcaraz explica poco

En cuanto un español joven da un paso visible, aparece la comparación con Carlos Alcaraz como aparece la humedad en Miami: sin pedir permiso y a todas horas. Es inevitable, pero bastante tramposa. Alcaraz es una excepción histórica, un jugador que rompió antes, más fuerte y con una variedad de recursos que no entran en la normalidad estadística. Medir a Landaluce con esa vara sería injusto y, sobre todo, poco útil. Su desarrollo ha sido más pausado, menos volcánico y bastante más lógico en términos de circuito. No se ha instalado en la élite a los 19 como si aquello fuera un trámite burocrático. Ha necesitado más tiempo para hacerse cuerpo ATP, para sumar victorias, para soportar temporadas con más Challenger que focos. Eso no le empequeñece; simplemente le coloca en otro itinerario.

También son distintos en pista. Alcaraz vive muy bien en el caos, improvisa, defiende, cambia alturas, rompe el punto y lo recompone en una misma secuencia. Landaluce parece más de estructura, peso de bola y patrones claros: saque, primer golpe, iniciativa, verticalidad medida. Uno trabaja con una electricidad casi salvaje; el otro transmite una sensación más sobria, más de construcción. De ahí que la comparación más razonable no sea “si será el próximo Alcaraz”, sino qué versión grande de Landaluce puede llegar a ser Landaluce. La pregunta buena no tiene nada de épica prefabricada. Tiene más que ver con si podrá asentarse en el top-50, si dispone de herramientas para entrar en el top-20 y si esa potencia natural acabará acompañada por una lectura cada vez más madura del partido.

Dónde puede llegar de verdad

Con los datos que hay sobre la mesa, lo prudente es decir que Landaluce tiene madera real de jugador importante del circuito, pero todavía no de figura confirmada. Su combinación de altura, saque, potencia desde el fondo y margen de mejora encaja con un perfil capaz de vivir con naturalidad en el top-50 si la evolución acompaña. El salto al top-20 no puede descartarse, porque ese tipo de techo suele empezar justo donde aparecen victorias como las de Miami: partidos contra rivales de rango alto en los que el joven deja de parecer impresionable. Otra cosa es venderle ya como futuro campeón de Grand Slam o heredero de nadie. Eso sería una irresponsabilidad o, peor aún, un resumen de red social disfrazado de análisis. El tenis no funciona así. Casi nunca.

Hay, además, varias señales a favor. Su mejor ranking oficial, el 110, llegó después de una temporada 2025 en la que enlazó avances concretos y no simples destellos: Grand Slam, Cincinnati, Orleans, clasificación a las Next Gen. Ahora Miami le ha dado un empujón competitivo y también simbólico, porque le ha permitido enfrentarse a jugadores de mayor jerarquía sin esa sensación de invitado temporal. Cuando un jugador joven empieza a ganar partidos así, cambia la mirada del vestuario, la de su entorno y la suya propia. Todo eso pesa. Y pesa más todavía en un país que mira al tenis con exigencia feroz y memoria selectiva, donde un chico puede ser promesa insuficiente un martes y “fenómeno” un domingo por la noche. A Landaluce le conviene exactamente lo contrario: paciencia, continuidad y menos ruido del habitual.

La incógnita seria está en el calendario largo. Si convierte esta inercia en resultados regulares, si protege el físico, si mejora devolución y consistencia, y si logra que la agresividad no dependa tanto del estado de inspiración del día, su recorrido puede ser muy alto. No es un juvenil desordenado al que haya que enseñarle dónde está la pista. Tiene estructura, equipo, formación y ya un par de victorias que sirven como carta de presentación. Lo que viene después será más duro: sostener semanas enteras, entrar directo en cuadros más grandes, ganar en superficies distintas y dejar de vivir a rachas. Pero ese trabajo, el verdaderamente decisivo, ya ha empezado. Miami solo lo ha iluminado con un foco mucho más potente.

El espacio que empieza a ganarse

Quizá la mejor manera de resumir el momento de Landaluce sea esta: por primera vez su nombre pesa más por el presente que por el recuerdo del US Open júnior. Hasta ahora, buena parte de su relato seguía anclada en aquel título de 2022, como si el circuito profesional no hubiera terminado de validar la promesa. Miami cambia eso. No porque una semana resuelva todo, sino porque enseña algo mucho más valioso: el tipo de tenis con el que puede hacerse sitio entre los mayores. Un tenis grande, agresivo, de pista rápida, con base moderna y margen para crecer en los detalles que separan al jugador peligroso del jugador importante.

A partir de aquí ya no toca preguntarse si existe. Existe, y bastante. Lo que toca mirar es cuánto tarda en consolidarse. El partido con Sebastian Korda aparecía como la siguiente prueba de verdad, no tanto por el resultado aislado como por lo que implicaba: volver a competir al máximo nivel después de haber dejado de ser una sorpresa amable. Esa es la frontera. Ganar un gran partido abre una puerta; sostener el nivel cuando todos te miran empieza a construir una carrera. Y ahí es donde Martín Landaluce, después de mucho tiempo llamando desde fuera, por fin ha empezado a poner el pie dentro.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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