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Naturaleza

¿Cómo convirtió Carrifran un valle casi vacío en 750.000 árboles?

Carrifran pasó de ser un valle casi desnudo a reunir más de 750.000 árboles nativos tras décadas de restauración ecológica y trabajo vecinal.

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Carrifran

Hace algo más de 26 años, Carrifran Glen era un valle escocés donde los árboles apenas encontraban sitio para prosperar. El 1 de enero de 2000 comenzó allí un experimento que sonaba casi ingenuo: recuperar un paisaje castigado durante siglos por el pastoreo mediante especies autóctonas y una reducción radical de la presión del ganado. Aquel primer día se plantaron alrededor de 100 árboles jóvenes. Desde entonces se han introducido más de 750.000 árboles y arbustos nativos.

No ocurrió por arte de magia, ni aquellos cien primeros árboles se multiplicaron alegremente hasta convertirse en tres cuartos de millón. La transformación de Carrifran Wildwood, en las Moffat Hills del sur de Escocia, combina plantación durante décadas, regeneración natural, retirada del pastoreo intensivo y protección frente a herbívoros. Es precisamente ahí donde está la parte interesante de la historia: no basta con plantar. A veces, para que vuelva un bosque hay que dejar de impedir que crezca.

La imagen actual cuesta relacionarla con la del final del siglo XX. Hay laderas cubiertas de abedules, serbales y otros árboles, flores silvestres entre la vegetación, aves forestales que antes apenas aparecían y zonas húmedas que vuelven a funcionar como tales. No es todavía un bosque antiguo, naturalmente. Un bosque de 26 años sigue siendo jovencísimo en la escala de tiempo de un roble.

Carrifran era un valle casi desnudo después de siglos de pastoreo

Carrifran se encuentra en las Moffat Hills, dentro de Dumfries y Galloway, y ocupa aproximadamente 660 hectáreas, unas 1.600 acres. El paisaje había sido modelado durante generaciones por el aprovechamiento ganadero y había perdido prácticamente toda su cubierta forestal. Cuando comenzó la restauración quedaban algunos árboles aislados, pero aquello estaba muy lejos del mosaico de bosque, matorral, turbera y zonas abiertas que los responsables del proyecto querían recuperar.

La idea empezó a tomar cuerpo durante los años noventa alrededor de un grupo de naturalistas, científicos y vecinos, entre ellos el zoólogo Philip Ashmole. En 1996 nació Borders Forest Trust y, mediante una campaña que hoy llamaríamos crowdfunding sin levantar una ceja, centenares de personas ayudaron a reunir el dinero necesario para adquirir el valle. Cerca de 600 colaboradores participaron en aquella financiación popular, mucho antes de que financiar proyectos comunitarios por internet fuese una rutina.

Había también una ambición poco habitual. No pretendían simplemente cubrir de verde una montaña desnuda para conseguir una bonita fotografía de antes y después. Querían reconstruir, hasta donde fuera razonablemente posible, un ecosistema de especies nativas parecido al que había ocupado aquellas tierras miles de años atrás.

Para decidir qué plantar se estudiaron la vegetación, el suelo y hasta los depósitos de polen conservados en la turba. Esas diminutas cápsulas del tiempo permiten reconstruir qué especies habían vivido en el valle mucho antes de que el paisaje actual tomara forma. Carrifran no se diseñó como una plantación comercial de árboles perfectamente alineados. La intención era bastante más incómoda —y ecológicamente más interesante—: recuperar procesos naturales.

Las ovejas salieron y los árboles pudieron crecer

Aquí aparece el detalle que explica buena parte del cambio. Durante siglos, ovejas y otros herbívoros habían consumido los nuevos brotes que intentaban abrirse camino. Plantar miles de árboles manteniendo una elevada presión de pastoreo habría sido algo parecido a llenar una bañera sin poner el tapón.

Por eso se retiraron progresivamente ovejas, ganado vacuno y cabras asilvestradas, mientras que el ramoneo de los ciervos fue controlado mediante cerramientos. La plantación fue necesaria porque no quedaba una fuente local suficiente de semillas que permitiera confiar únicamente en la regeneración espontánea. Voluntarios y profesionales tuvieron que darle a la naturaleza un empujón considerable.

Conviene matizar aquí uno de los datos que ha circulado con la historia. Algunos titulares recientes hablan de 1.200 ovejas retiradas, pero esa cifra concreta no aparece respaldada de manera consistente en la documentación principal conocida del proyecto. Lo que sí está bien establecido es la retirada progresiva del pastoreo y la reducción de la presión de los herbívoros en Carrifran.

Las ovejas, por supuesto, no estaban perpetrando una conspiración contra la biodiversidad escocesa. Hacían exactamente lo que hacen las ovejas: comer. El problema ecológico era la intensidad y continuidad del pastoreo, suficiente para impedir durante muchísimo tiempo que los árboles jóvenes alcanzaran una fase en la que pudieran sobrevivir.

No fueron 100 árboles que se convirtieron solos en 750.000

Hay otro matiz importante detrás del relato viral. Los primeros cien ejemplares fueron un acto inaugural, casi simbólico. Después llegó una operación de restauración enorme. Durante más de dos décadas, voluntarios y contratistas especializados plantaron centenares de miles de árboles y arbustos.

La cifra de más de 750.000 se refiere, por tanto, al conjunto de ejemplares nativos introducidos durante el proyecto, acompañado posteriormente por regeneración natural. No a los descendientes espontáneos de aquellos primeros cien árboles. La diferencia parece pequeña en un titular, pero cambia bastante la historia.

En Carrifran se ha trabajado con especies adecuadas a distintas alturas, orientaciones y características del suelo. Entre ellas aparecen abedul pubescente, fresno, serbal, avellano, cerezo de racimos, espino y diferentes sauces. Algunas sobrevivían allí antes de comenzar el proyecto; otras han recuperado espacio a medida que la restauración avanzaba.

El resultado no tiene la uniformidad geométrica de una explotación forestal. Y mejor así. Los árboles se mezclan con claros, matorral, cursos de agua, vegetación de montaña y turberas. La irregularidad, en un ecosistema, suele ser una virtud.

Las aves fueron una de las primeras señales del cambio

Un bosque no se mide solamente contando troncos. De hecho, 750.000 árboles pueden formar un ecosistema magnífico o una plantación ecológicamente pobre dependiendo de las especies, la estructura del terreno y la vida que se desarrolla alrededor.

En Carrifran se produjo algo más revelador: comenzaron a regresar animales asociados al bosque. Se ha documentado una presencia creciente de aves forestales, entre ellas mosquiteros musicales, pinzones, currucas capirotadas, mitos, lúganos, pardillos sizerines y bisbitas arbóreos. También aparecen zorros, tejones, nutrias, armiños, comadrejas, cernícalos, halcones peregrinos y cuervos.

Los estudios realizados durante la transformación del valle permiten seguir ese proceso. Carrifran fue comparado con Black Hope, una zona vecina donde continuaba el pastoreo y no se realizó una plantación equivalente. Durante los primeros años las aves forestales seguían siendo escasas, pero conforme aumentó la cobertura de árboles y arbustos comenzaron a instalarse nuevas especies.

Es una diferencia importante porque impide contar Carrifran como una de esas fábulas ecológicas donde el lunes se planta un árbol y el martes aparecen ciervos entre violines. La recuperación fue lenta. Los primeros años resultaron bastante menos espectaculares que las imágenes actuales.

También regresaron flores, matorrales y turberas

El suelo empezó igualmente a cambiar. Allí donde el ganado mantenía la vegetación permanentemente corta comenzaron a desarrollarse comunidades vegetales más complejas. Con las estaciones aparecieron plantas y flores silvestres propias de hábitats que durante décadas habían permanecido sometidos a un pastoreo intenso.

Las zonas altas son especialmente interesantes porque la restauración no termina donde acaba el bosque. Carrifran trabaja también sobre matorral montano, uno de los hábitats más escasos del Reino Unido, y en la recuperación de turberas. Siglos de pastoreo habían reducido extraordinariamente esa vegetación de montaña en amplias zonas del sur de Escocia.

Ahí está quizá la diferencia entre reforestar y restaurar. Lo primero puede significar simplemente poner árboles. Lo segundo exige preguntarse qué árboles, dónde, con qué animales, qué ocurre con el agua, qué crece debajo y qué sucederá cuando esos ejemplares mueran dentro de muchas décadas. Un bosque también necesita madera muerta, hongos, claros y cierto desorden. La naturaleza no suele trabajar con escuadra y cartabón.

El proyecto no consiste en expulsar ovejas de toda Escocia

La experiencia de Carrifran tampoco demuestra que cualquier terreno ganadero deba convertirse en bosque. Los paisajes rurales británicos contienen explotaciones agrícolas, comunidades que viven de ellas y hábitats abiertos con valor ecológico. Copiar Carrifran sin mirar el contexto sería perder precisamente una de sus enseñanzas.

Lo que demuestra el valle es algo más específico: cuando una zona que históricamente pudo sostener bosque ha perdido durante siglos su capacidad de regenerarse debido a una presión intensa de herbívoros, reducir esa presión y reintroducir especies autóctonas puede desencadenar una recuperación profunda.

Tampoco se dejó simplemente el terreno abandonado. Carrifran ha necesitado planificación, dinero, vallas, plantaciones, seguimiento, mantenimiento y miles de horas de trabajo. La expresión rewilding puede sugerir una naturaleza que se recompone sola mientras los humanos contemplan el paisaje desde una colina. Aquí ocurrió algo bastante menos romántico: hubo barro, protectores, plantones, voluntarios y décadas de paciencia.

Y funcionó lo suficiente para que el modelo se extendiera. Borders Forest Trust adquirió después Corehead y Talla & Gameshope, que junto con Carrifran forman parte de un proyecto mucho mayor conocido como Wild Heart of Southern Scotland, con unas 3.100 hectáreas dedicadas a restauración ecológica a escala de paisaje.

Un bosque joven que todavía está aprendiendo a ser bosque

Carrifran no ha recuperado en 26 años lo que desapareció durante siglos. Eso sería una exageración bastante típica de internet. Los árboles plantados son jóvenes y el ecosistema seguirá modificándose durante generaciones. Algunos ejemplares morirán, otros producirán semillas, aparecerán claros, cambiarán las aves y el bosque irá adquiriendo una complejidad que ningún equipo humano puede fabricar de inmediato.

Pero la transformación visible es difícil de discutir. El valle casi desnudo en el que arrancó el proyecto el 1 de enero de 2000 alberga más de 750.000 árboles y arbustos nativos, una comunidad creciente de aves forestales y hábitats que vuelven a ocupar lugares de los que habían desaparecido.

Y quizá esa sea la parte más poderosa de Carrifran. No hubo una tecnología milagrosa, ni una máquina capaz de fabricar ecosistemas, ni un descubrimiento secreto. Hubo gente que compró un valle degradado, estudió lo que había ocurrido allí, redujo la presión del pastoreo, plantó especies locales y esperó.

Veintiséis años después, donde antes dominaba una ladera pelada vuelve a crecer un bosque joven y diverso. No está terminado. Precisamente por eso resulta interesante.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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