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Historia

¿Qué pasó el 27 de mayo? Hechos que aún explican el mundo

El 27 de mayo reúne cartas incómodas, ciudades imperiales, puentes míticos y batallas que todavía explican España y el mundo con filo propio.

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Qué pasó el 27 de mayo

El 27 de mayo no llega al calendario como una fecha decorativa, de esas que se hojean con la misma atención con la que uno mira un ticket viejo en el bolsillo. Este día concentra episodios que ayudan a entender la historia de España, la expansión europea, la ingeniería moderna, la guerra naval, la memoria política y hasta la manera en que las sociedades deciden qué merece ser recordado. No todo pesa igual, claro. Una fecha no es un museo ordenado: es más bien un cajón con documentos, astillas, fotos torcidas y alguna llave oxidada.

En España, el 27 de mayo remite a una de las primeras denuncias religiosas y jurídicas contra los abusos cometidos en América, la llamada Carta Latina de 1517, y al nacimiento de José Romero y Fernández de Landa, ingeniero naval de la Armada ilustrada. En el mundo, la misma jornada recoge la fundación de San Petersburgo, el inicio de la batalla de Tsushima, la apertura peatonal del Golden Gate Bridge, el hundimiento del Bismarck y otros hechos que, sin pertenecer al mismo siglo ni al mismo drama, hablan de una cosa parecida: cómo el poder se construye, se exhibe, se equivoca y a veces cae al agua con ruido de hierro.

Uno de los episodios españoles más relevantes asociados al 27 de mayo ocurrió en 1517, cuando frailes dominicos y franciscanos establecidos en América, encabezados por fray Pedro de Córdoba, redactaron la Carta Latina de dominicos y franciscanos de las Indias a los regentes de España. El documento denunciaba los atropellos contra los indígenas y pedía protección frente a los abusos de encomenderos y autoridades coloniales. Dicho así parece una nota al pie, una pieza de archivo para especialistas con gafas de montura gruesa. Pero tiene más filo. Aquella carta forma parte del temprano debate hispánico sobre la dignidad de los pueblos americanos, la legitimidad de la conquista y los límites morales del imperio, asuntos que todavía incomodan porque no caben bien en los relatos de cartón piedra.

La Carta Latina importa porque muestra que la historia española en América no fue una autopista de una sola dirección. Hubo violencia, explotación y codicia, sí; también hubo voces críticas dentro del propio mundo español, religiosos que no hablaban desde la comodidad del salón sino desde el contacto directo con la brutalidad colonial. Esa tensión —imperio y conciencia, poder y culpa, evangelización y denuncia— atraviesa buena parte del siglo XVI. No absuelve nada, pero impide simplificarlo todo. Y conviene recordarlo en tiempos tan aficionados al juicio instantáneo, ese deporte de sofá donde cinco siglos caben en un tuit y sobra espacio para un emoticono.

El 27 de mayo también tiene un vínculo con la España científica y militar del siglo XVIII. En 1735 nació en Galaroza, Huelva, José Romero y Fernández de Landa, marino, militar e ingeniero naval de la Real Armada. Su nombre no suele aparecer en las conversaciones de bar, quizá porque no tuvo estatua emocional ni eslogan fácil, pero fue una figura importante en la modernización técnica de los astilleros españoles. Trabajó en un momento en el que las potencias europeas se medían también por la calidad de sus navíos, por la madera, el cálculo, la artillería, la resistencia del casco y la capacidad de proyectar fuerza a miles de kilómetros. Nada muy poético, salvo que uno haya visto alguna vez el esqueleto de un barco en construcción: entonces entiende que la ingeniería también tiene algo de catedral.

Romero y Fernández de Landa representa una España que a menudo queda tapada por el tópico de la decadencia perpetua. La España borbónica del XVIII intentó reconstruir administración, marina, arsenales y conocimiento técnico. A veces con brillantez, a veces con torpeza burocrática, como corresponde a cualquier Estado serio que empieza a mirarse al espejo y descubre que la grandeza heredada no sirve para flotar. En esa historia entran Ferrol, Cartagena, Cádiz, Guarnizo, los planos, los arsenales y una obsesión muy ilustrada: medir para mejorar. La modernidad, antes de ser una palabra de editorial, fue también una regla sobre una mesa de trabajo.

El 27 de mayo de 1703, Pedro I de Rusia puso los cimientos de la fortaleza de San Pedro y San Pablo en la isla Záyachi, en el delta del Neva. Esa fecha se considera la fundación de San Petersburgo, una ciudad nacida con vocación política antes que sentimental. Pedro el Grande quería una ventana hacia Europa, y la abrió donde había barro, frío, agua y una frontera estratégica frente al Báltico. La metáfora es conocida, pero sigue funcionando: una ventana no solo deja entrar luz; también obliga a quien vive dentro a reconocer que existe un afuera.

San Petersburgo fue capital imperial durante más de dos siglos, con interrupciones, y acabó convertida en uno de los grandes escenarios culturales y políticos de Europa. Allí caben la arquitectura barroca y neoclásica, la literatura rusa, el poder zarista, la revolución, el asedio de Leningrado y una melancolía urbana que parece hecha de niebla y granito. No es solo una ciudad bonita, que también; es una declaración de intenciones levantada sobre una zona difícil, casi contra la geografía. Pedro I entendió algo que los gobernantes repiten desde entonces con más o menos éxito: una capital no es únicamente una sede administrativa. Es propaganda de piedra.

La importancia de San Petersburgo en una efeméride del 27 de mayo está en esa mezcla de urbanismo y proyecto nacional. Una ciudad puede cambiar la orientación de un país. Puede reordenar élites, comercio, ejército, cultura y diplomacia. Puede decir “miramos hacia aquí” sin pronunciar discurso alguno. En el caso ruso, San Petersburgo simbolizó durante generaciones la ambición de entrar en el tablero europeo con voz propia, no como periferia exótica sino como potencia. Luego la historia hizo lo que suele hacer: complicarlo todo.

El 27 de mayo de 1905 comenzó la batalla de Tsushima, entre la flota japonesa del almirante Tōgō Heihachirō y la escuadra rusa enviada desde el Báltico. Fue una derrota devastadora para Rusia y una victoria decisiva para Japón en la guerra ruso-japonesa. Más de 30 buques rusos fueron hundidos o capturados durante aquellos dos días, según los recuentos históricos más citados, y el resultado empujó a Rusia hacia la aceptación de la paz de Portsmouth.

Tsushima importa porque fue mucho más que una batalla naval. Fue un aviso al viejo mundo europeo: Japón ya no era un alumno aplicado de la modernización occidental, sino una potencia capaz de derrotar a un imperio europeo en combate abierto. El impacto psicológico fue enorme. En Asia alimentó movimientos nacionalistas y anticoloniales; en Europa introdujo una inquietud nueva, una grieta en la soberbia imperial. El mapa mental del poder empezaba a moverse. No con discursos elegantes, sino con humo, acero y barcos hundidos.

También fue una batalla moderna en un sentido inquietante. Intervinieron comunicaciones inalámbricas, largas cadenas logísticas, cálculo estratégico y una concepción industrial de la guerra. La flota rusa había recorrido una distancia absurda desde el Báltico hasta el Extremo Oriente, agotada antes casi de combatir. Japón, en cambio, jugaba cerca de casa, con preparación, disciplina y conocimiento del entorno. Tsushima enseña una lección que los estados olvidan con una facilidad enternecedora: la grandeza nominal no gana guerras; la gana, o ayuda a ganarla, la combinación de logística, información, tecnología y mando.

El 27 de mayo de 1937, el Golden Gate Bridge se abrió por primera vez al público, inicialmente para peatones. Más de 200.000 personas pagaron 25 centavos para caminar sobre el puente durante el llamado Pedestrian Day; el tráfico de vehículos comenzó al día siguiente, después de que Franklin D. Roosevelt activara desde la Casa Blanca la señal oficial de apertura. La escena tiene algo de película antigua: gente con sombrero, zapatos de domingo, viento del Pacífico y una multitud caminando sobre una estructura que parecía imposible poco antes.

El Golden Gate importa porque fue una obra de ingeniería y también una victoria simbólica contra la resignación. San Francisco llevaba décadas imaginando una conexión estable con el condado de Marin, pero el estrecho del Golden Gate imponía respeto: corrientes, niebla, viento, profundidad, intereses enfrentados, costes. La construcción comenzó en 1933, en plena Gran Depresión, y el puente acabó convertido en un icono de la modernidad estadounidense. No solo un paso entre dos orillas. Un gesto: el futuro también se puede atornillar.

Hay obras públicas que envejecen como muebles de oficina y otras que se vuelven paisaje moral. El Golden Gate pertenece a la segunda familia. Su color naranja internacional, sus torres, la línea limpia sobre la bahía y su presencia en millones de imágenes han convertido el puente en una especie de emblema universal de San Francisco. Pero debajo de la postal hay una verdad más áspera: trabajadores muertos, cálculo de riesgo, inversión pública, decisiones técnicas y una fe casi obstinada en que la infraestructura puede cambiar la vida cotidiana. Conviene recordarlo cuando se habla de obras públicas como si fueran solo presupuestos con casco.

El 27 de mayo de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, el acorazado alemán Bismarck fue hundido en el Atlántico Norte tras una persecución de la Royal Navy. El buque, orgullo de la Kriegsmarine, había participado días antes en el hundimiento del HMS Hood, un golpe durísimo para Reino Unido. La respuesta británica fue una cacería naval intensa, casi obsesiva, hasta que los ataques aéreos dañaron el timón del Bismarck y lo dejaron sin capacidad real de maniobra. Finalmente fue alcanzado por los grandes buques británicos y se hundió con una cifra de supervivientes muy reducida frente a una tripulación de más de 2.000 hombres.

El hundimiento del Bismarck tiene valor histórico porque condensa el cambio de época en la guerra naval. Los acorazados seguían siendo monstruos de prestigio, enormes plataformas de cañones, orgullo nacional flotante. Pero la Segunda Guerra Mundial estaba demostrando que el dominio del mar ya no dependía solo del blindaje y del calibre. La aviación embarcada, los portaaviones, los radares, la coordinación de fuerzas y la guerra submarina estaban modificando las reglas. El Bismarck era temible, sí. También era vulnerable. Como tantos símbolos autoritarios, parecía invencible hasta que dejó de parecerlo.

No hay que embellecer demasiado la escena. Bajo el relato épico hubo centenares de hombres en el agua helada, explosiones, combustible, metal retorcido y una guerra total que convertía vidas concretas en cifras operativas. Pero la caída del Bismarck tuvo una dimensión propagandística evidente: Reino Unido necesitaba responder al hundimiento del Hood y demostrar que podía contener el desafío naval alemán. En una guerra, la moral también navega. Y a veces se hunde.

La fecha reúne más capas. El 27 de mayo de 1930 se abrió al público el Chrysler Building en Nueva York, durante la carrera vertical de los rascacielos que transformó el perfil de Manhattan. El 27 de mayo de 1942, Doris “Dorie” Miller se convirtió en el primer afroamericano condecorado con la Navy Cross por su valor durante el ataque a Pearl Harbor. El 27 de mayo de 1964 murió Jawaharlal Nehru, primer ministro de la India independiente y una de las figuras decisivas del movimiento de países no alineados. En 1994, Aleksandr Solzhenitsyn regresó a Rusia tras dos décadas de exilio, otro recordatorio de que la literatura, cuando molesta al poder, deja de ser adorno y se vuelve expediente.

También hay heridas más cercanas. El 27 de mayo de 1993, una bomba mafiosa explotó cerca de la Galería Uffizi de Florencia, dentro de la ofensiva terrorista de la mafia italiana contra el Estado y el patrimonio cultural. En 2006, un terremoto golpeó la isla indonesia de Java y causó miles de muertos. La historia no reparte solemnidad; mezcla inauguraciones, avances, crímenes y catástrofes con una indiferencia casi mineral. Por eso una efeméride bien leída no debería funcionar como colección de cromos, sino como una radiografía del mundo: poder, belleza, violencia, memoria.

En el plano español reciente, el 27 de mayo de 2024 quedó marcado por la visita oficial del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a Madrid y la firma de un acuerdo bilateral de seguridad entre España y Ucrania en La Moncloa. La fecha se incorporó así al calendario de la política exterior española vinculada a la guerra iniciada por la invasión rusa de Ucrania en 2022. No tiene aún el reposo de los siglos, claro; la tinta está demasiado fresca. Pero la historia empieza muchas veces así, con una agenda institucional que parece del día y acaba explicando un tiempo entero.

El 27 de mayo es además el Día Mundial de la Medicina de Urgencias y Emergencias, promovido por la Sociedad Europea de Medicina de Urgencias para recordar la necesidad de sistemas sanitarios preparados, coordinados y capaces de responder a situaciones críticas. No es una efeméride histórica en el sentido clásico, pero tiene una lectura muy contemporánea: una sociedad se mide también por cómo atiende el golpe inesperado, el infarto a las tres de la mañana, el accidente en carretera, la sala saturada, la ambulancia que llega —o no llega— a tiempo.

El interés del 27 de mayo no está en memorizar fechas como quien aprende capitales para un examen antiguo. Su valor está en las conexiones. La Carta Latina habla de derechos humanos antes del vocabulario moderno de los derechos humanos. San Petersburgo habla de Estados que se inventan a sí mismos mirando hacia fuera. Tsushima señala el ascenso de nuevas potencias y la fragilidad de los imperios que se creen eternos. El Golden Gate muestra la confianza en la ingeniería como promesa pública. El Bismarck enseña que la tecnología sin estrategia puede acabar convertida en chatarra heroica, que es una forma muy cara de fracaso.

Recordar también sirve para pinchar la espuma del presente. Vivimos rodeados de novedades que envejecen en media tarde, pero las fechas históricas obligan a mirar con más profundidad. El 27 de mayo enseña que casi nada nace de la nada. Las guerras tienen antecedentes, las ciudades responden a proyectos políticos, las obras públicas condensan visiones de futuro, las denuncias morales surgen incluso dentro de sistemas injustos, y los símbolos más poderosos pueden quebrarse de repente. La historia no es una maestra severa con puntero. Más bien es una vecina insistente que llama a la puerta hasta que alguien abre.

Y luego está España, que aparece en esta fecha con dos rostros muy distintos. Uno, el de la conciencia crítica ante los abusos coloniales. Otro, el de la técnica naval ilustrada. No son estampas menores. La primera recuerda que el pasado español no puede contarse sin América, sin violencia, sin derecho, sin religión, sin debate moral. La segunda recuerda que España también participó en la cultura europea del cálculo, el arsenal, el experimento y la reforma. Ni leyenda negra de manual escolar ni leyenda rosa con música de desfile. Algo más incómodo. Más real.

El 27 de mayo importa porque obliga a mirar la historia como un mapa con varias brújulas. Una apunta hacia la justicia, con la Carta Latina y la defensa temprana de los indígenas. Otra hacia el poder, con San Petersburgo y la ambición imperial rusa. Otra hacia la modernidad técnica, con el Golden Gate y la ingeniería naval española. Otra hacia la guerra, con Tsushima y el Bismarck recordando que la soberbia estratégica suele cobrar intereses muy altos.

No hay una sola lección, por suerte. Las fechas demasiado redondas suelen mentir un poco. El 27 de mayo no ofrece moraleja de taza de desayuno, sino una serie de escenas que siguen hablando: frailes escribiendo contra los abusos en el Caribe, un zar levantando una ciudad sobre el Neva, marinos calculando rutas imposibles hacia Tsushima, peatones cruzando emocionados un puente rojo sobre San Francisco, un acorazado nazi hundiéndose en el Atlántico. Todo eso pasó un 27 de mayo. Y todavía importa porque, debajo de cada episodio, late la misma pregunta histórica de siempre: qué hacemos con el poder cuando lo tenemos delante, entre las manos, como una herramienta o como un arma.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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