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Historia

¿Qué ocurrió un 24 de junio en España y por qué cambió la historia?

El 24 de junio reúne batallas, revoluciones, tragedias y figuras inolvidables que cambiaron España y el mundo y todavía explican el presente.

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Robert the Bruce
Robert the Bruce

Resumen

  • El 24 de junio reúne batallas, independencias y grandes giros políticos
  • En España, la fecha recuerda la Sanjuanada, el Proceso 1001 y Melilla
  • Solferino, Berlín, Gardel y Messi muestran su huella histórica y cultural

Un 24 de junio los escoceses derrotaron al ejército inglés en Bannockburn, Napoleón abrió su desastrosa invasión de Rusia, las tropas de Simón Bolívar vencieron al poder colonial español en Carabobo y el horror de Solferino sembró la idea de la Cruz Roja. También comenzó el bloqueo soviético de Berlín, uno de los primeros pulsos serios de la Guerra Fría. No es poca cosa para una fecha que solemos asociar con hogueras, playas y algún vecino empeñado en lanzar petardos a las tres de la madrugada.

En España, el calendario guarda episodios menos conocidos, pero nada menores: el intento de acabar con la dictadura de Primo de Rivera en 1926, la detención de los dirigentes de Comisiones Obreras que dio origen al Proceso 1001, el asesinato de seis militares españoles en Líbano y la tragedia fronteriza de Melilla de 2022. El 24 de junio reúne independencia, autoritarismo, derechos humanos, guerra y cultura popular. Recordarlo sirve para entender cómo se construyeron muchas de las fronteras, libertades y heridas que todavía nos acompañan.

El 24 de junio no es solo San Juan

La fecha coincide con la festividad de San Juan Bautista y conserva el eco de celebraciones mucho más antiguas relacionadas con el solsticio de verano. Durante siglos, el fuego ha simbolizado purificación, protección y renovación. De ahí las hogueras, los baños nocturnos, los saltos imposibles y esa mezcla tan mediterránea de superstición, fiesta y olor a pólvora.

Pero detrás de la verbena aparece otro paisaje. Campos de batalla cubiertos de heridos, conspiradores reunidos a escondidas, fronteras cerradas, ciudades abastecidas desde el aire. El almanaque, cuando se mira de cerca, pierde su apariencia inocente.

Este 24 de junio de 2026 posee, además, una relevancia especial para la historia española: se cumple un siglo de la Sanjuanada, la conspiración organizada en 1926 contra la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Fue un fracaso político y militar, sí, pero dejó al descubierto que el régimen comenzaba a perder apoyos incluso entre sectores que habían tolerado —o acompañado— su llegada al poder.

De Bannockburn a Terranova: poder y fronteras

Los días 23 y 24 de junio de 1314 se libró en Escocia la batalla de Bannockburn, uno de los episodios decisivos de las guerras de independencia escocesas. Las fuerzas de Roberto I, más conocido como Robert the Bruce, derrotaron al ejército de Eduardo II de Inglaterra cerca del castillo de Stirling.

La victoria no creó de golpe una Escocia plenamente segura e independiente; la historia rara vez funciona con interruptores. Sin embargo, proporcionó a Roberto I el control efectivo del reino y debilitó gravemente las pretensiones inglesas. La independencia escocesa sería reconocida formalmente años después, pero Bannockburn quedó convertida en símbolo nacional, memoria política y combustible para debates que, muchos siglos más tarde, continúan respirando.

Otro 24 de junio, el de 1497, el navegante genovés Giovanni Caboto, conocido en Inglaterra como John Cabot, alcanzó la costa atlántica de lo que hoy es Canadá al servicio del rey Enrique VII. El lugar exacto de su desembarco sigue siendo discutido, aunque tradicionalmente se sitúa en Terranova.

Conviene afinar el lenguaje. Cabot no descubrió un territorio vacío: allí vivían pueblos indígenas desde hacía milenios y los navegantes nórdicos habían llegado a aquellas costas siglos antes. Su expedición sí tuvo una enorme importancia para la expansión inglesa en el Atlántico norte. Fue uno de esos viajes que sobre el mapa parecen una línea fina y, después, se convierten en comercio, ocupación, colonización y disputa territorial.

Imperios que avanzan, imperios que retroceden

El 24 de junio de 1812, el grueso del ejército de Napoleón Bonaparte comenzó a cruzar el río Niemen para invadir Rusia. Era una fuerza gigantesca y multinacional, integrada por centenares de miles de soldados. Sobre el papel, una maquinaria casi invencible. En la realidad, un coloso que avanzaba hacia un territorio inmenso mientras sus líneas de suministro se estiraban como una cuerda a punto de romperse.

Napoleón llegó a Moscú, pero no obtuvo la rendición que esperaba. El ejército ruso había retrocedido, desgastando al invasor y privándolo de una victoria política definitiva. Después llegaron el hambre, las enfermedades, el agotamiento y el frío. La retirada transformó la invasión de Rusia en una catástrofe y aceleró el declive del dominio napoleónico sobre Europa.

La lección conserva una actualidad incómoda: una potencia puede ganar batallas, ocupar ciudades y aun así perder la guerra. La superioridad militar no sustituye a la logística, al conocimiento del territorio ni a un objetivo político alcanzable. Los imperios suelen aprenderlo tarde, después de enviar a otros a morir.

Napoleón cruza el Niemen; Bolívar vence en Carabobo

Nueve años después, el 24 de junio de 1821, la historia imperial cambió de dirección al otro lado del Atlántico. En la batalla de Carabobo, las fuerzas independentistas dirigidas por Simón Bolívar derrotaron al principal ejército realista español en Venezuela.

El combate no eliminó inmediatamente todos los focos de resistencia española, pero abrió el camino hacia Caracas y dejó prácticamente decidida la independencia venezolana. Las últimas posiciones realistas relevantes resistirían hasta 1823. Carabobo se convirtió, aun así, en el gran símbolo militar del nacimiento del país.

Para España, el episodio forma parte del derrumbe de su imperio continental americano. Para Venezuela, representa la ruptura con el orden colonial. Dos memorias distintas sobre el mismo campo de batalla: la pérdida vista desde la metrópoli, la emancipación contemplada desde quienes buscaban gobernarse. La historia seria exige mantener ambas perspectivas sin confundirlas ni equipararlas de manera tramposa.

Solferino y Berlín: dos giros de la historia europea

El 24 de junio de 1859, los ejércitos de Francia y Piamonte-Cerdeña combatieron contra Austria en la batalla de Solferino, durante el proceso de unificación italiana. El enfrentamiento dejó decenas de miles de muertos, heridos y desaparecidos bajo un calor sofocante. La asistencia sanitaria era insuficiente; muchos soldados quedaron abandonados entre barro, sangre y polvo.

El empresario suizo Henry Dunant presenció aquella devastación y colaboró en la atención a los heridos sin distinguir uniforme ni nacionalidad. La experiencia lo llevó a publicar Un recuerdo de Solferino y a defender la creación de sociedades voluntarias capaces de asistir a las víctimas de las guerras.

De aquel espanto nació la idea que impulsaría el Comité Internacional de la Cruz Roja y el desarrollo de las primeras normas modernas del derecho internacional humanitario. Solferino merece recordarse porque demuestra algo elemental que los gobiernos olvidan con una facilidad pasmosa: incluso la guerra debe tener límites. El uniforme enemigo no convierte a un herido en un objeto.

Casi un siglo después, el 24 de junio de 1948, la Unión Soviética bloqueó los accesos terrestres y fluviales a los sectores occidentales de Berlín. La ciudad estaba dividida entre las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial y se encontraba dentro de la zona de ocupación soviética. La tensión dejó de ser diplomacia fría y adquirió la textura concreta del carbón, la harina y los medicamentos que comenzaban a faltar.

Estados Unidos y sus aliados respondieron con el puente aéreo de Berlín, una operación continua para abastecer a la población occidental. Durante casi un año, los aviones aterrizaron a un ritmo extraordinario. El bloqueo fracasó en su objetivo político y terminó consolidando la división de Alemania y de Europa. La Guerra Fría todavía no tenía muro, pero ya había levantado una frontera mental.

España: la Sanjuanada, el Proceso 1001 y las heridas recientes

La noche del 24 de junio de 1926 debía ponerse en marcha la Sanjuanada, una conspiración contra la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Participaron militares de alto rango, antiguos políticos de los partidos monárquicos, republicanos, intelectuales y sectores anarcosindicalistas. Una alianza abigarrada, quizá demasiado. Su propósito común era derribar al dictador y recuperar el régimen constitucional mediante la convocatoria de elecciones.

El Gobierno descubrió el plan y neutralizó el levantamiento antes de que pudiera prosperar. Hubo detenciones, consejos de guerra y multas enormes. La conspiración fracasó, pero mostró que la dictadura ya no podía presumir de una obediencia compacta. Ni siquiera los regímenes autoritarios son tan monolíticos como muestran en sus fotografías oficiales; dentro crujen ambiciones, agravios y miedo.

Otro día de San Juan, el 24 de junio de 1972, la Policía franquista detuvo en un convento de Pozuelo de Alarcón a 10 dirigentes de Comisiones Obreras, entre ellos Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius y Juan Muñiz Zapico. Iban a mantener una reunión clandestina de la Coordinadora General del sindicato, entonces ilegal.

Las detenciones originaron el Proceso 1001, llamado así por el número del sumario abierto por el Tribunal de Orden Público. Los sindicalistas fueron condenados en 1973 a penas que, sumadas, superaban los 160 años de prisión. Su delito real había sido organizar a los trabajadores bajo una dictadura que consideraba subversivo cualquier derecho sindical no concedido graciosamente desde arriba.

La fecha también guarda pérdidas más cercanas. El 24 de junio de 2007, un atentado con explosivos contra un vehículo militar español en el sur de Líbano mató a seis paracaidistas integrados en la misión de Naciones Unidas. Formaban parte del contingente desplegado tras la guerra de 2006. Su muerte recordó que las llamadas misiones de paz transcurren en lugares donde la paz, precisamente, suele ser apenas una aspiración escrita en los documentos.

El 24 de junio de 2022, un intento multitudinario de cruzar la frontera entre Marruecos y Melilla terminó en una tragedia. El Defensor del Pueblo cifró en al menos 23 las personas fallecidas y concluyó que 470 migrantes fueron rechazados en frontera sin respetar plenamente las garantías previstas por la legislación nacional e internacional.

Aquel episodio no debería quedar reducido a una discusión de cifras, imágenes fragmentadas y responsabilidades desplazadas de una orilla a otra. Habla de vidas atrapadas entre la violencia, la pobreza, las políticas migratorias y una frontera europea endurecida hasta convertirse en embudo. Recordar también consiste en mirar aquello que incomoda al relato oficial.

Gardel, Messi y una fecha contra la amnesia

El 24 de junio no pertenece únicamente a generales, dictadores y tratados. En 1935 murió Carlos Gardel en un accidente aéreo en Medellín. Tenía 44 años y se encontraba de gira. Su muerte convirtió al gran intérprete del tango en mito definitivo: voz de gramófono, traje impecable, nostalgia porteña y una posteridad que todavía tararea sus canciones.

El mismo día de 1987 nació en Rosario Lionel Messi, que años después llegaría a Barcelona con 13 años y transformaría la historia del club. La coincidencia tiene algo de capricho hermoso: el día en que el tango perdió a una de sus grandes voces fue también, medio siglo después, la fecha de nacimiento de uno de los futbolistas que cambiaron la manera de entender el juego.

Las efemérides pueden convertirse en un cajón de datos sin alma: nació este, murió aquel, comenzó una guerra, terminó otra. Sirven de poco cuando se recitan como matrículas. Su valor aparece al conectar los hechos. Bannockburn habla de soberanía; Cabot, de exploración y colonialismo; Rusia, de los límites del poder militar; Carabobo, de independencia; Solferino, de humanidad en la guerra; Berlín, de resistencia frente al bloqueo.

La historia española del 24 de junio añade otra advertencia. La libertad constitucional, los derechos sindicales y el respeto a la vida no llegaron por generación espontánea ni permanecen solos, apoyados en la repisa como una porcelana decorativa. Fueron disputados, perseguidos y, demasiadas veces, pagados con cárcel o sangre.

Por eso merece recordarse este día. No para vivir mirando hacia atrás, sino para reconocer las huellas bajo nuestros pies. Las hogueras de San Juan se apagan al amanecer; la historia, bastante más obstinada, continúa ardiendo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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