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Historia

¿Qué ocurrió un 18 de junio? Los hechos que cambiaron la historia

Waterloo, De Gaulle, Sally Ride y la Constitución de 1837 explican un 18 de junio marcado por guerras, avances y grandes cambios históricos.

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Qué ocurrió un 18 de junio

Tal día como hoy, un 18 de junio, Estados Unidos declaró la guerra al Reino Unido en 1812, Napoleón sufrió su derrota definitiva en Waterloo tres años después, España estrenó una Constitución en 1837 y Madrid puso en marcha la gran obra que acabaría llevando el agua del Lozoya hasta la capital. Más adelante llegarían el llamamiento de Charles de Gaulle a la resistencia, la firma de un tratado nuclear entre Washington y Moscú, el vuelo espacial de Sally Ride y la abdicación de Juan Carlos I.

Recordar estos hechos permite observar algo más interesante que una sucesión de aniversarios: cómo cambian los países cuando una batalla derriba un imperio, una ley reorganiza el poder, una tubería transforma una ciudad o una mujer atraviesa una frontera reservada durante décadas a los hombres. La historia suele entrar haciendo ruido —cañones, discursos, cohetes—, aunque a veces aparece con la discreción de una firma sobre una mesa.

Cada acontecimiento tuvo causas, contradicciones y consecuencias distintas. Juntos, sin embargo, dibujan un 18 de junio especialmente cargado: guerras que empiezan y terminan, instituciones que nacen, palabras que se convierten en resistencia y acuerdos imperfectos que intentan contener algo tan poco imperfecto como una guerra nuclear.

España cambió sus reglas, su agua y hasta de rey

La España del siglo XIX llegó al 18 de junio de 1837 envuelta en guerras carlistas, pronunciamientos y una tensión casi permanente entre liberales progresistas y moderados. Las Cortes aprobaron aquel día una nueva Constitución, jurada por la regente María Cristina de Borbón en nombre de su hija, la futura Isabel II.

El texto pretendía funcionar como un compromiso entre las dos grandes familias del liberalismo. Reconocía derechos, mantenía la monarquía y establecía unas Cortes bicamerales. También utilizó por primera vez las denominaciones Congreso de los Diputados y Senado, nombres que han llegado hasta el sistema parlamentario actual.

No conviene vestir aquella Constitución con ropa democrática contemporánea. El sufragio seguía limitado a una minoría con determinados recursos económicos y la Corona conservaba amplias facultades, entre ellas la posibilidad de disolver el Congreso. Fue, más bien, un escalón dentro de una construcción liberal irregular, levantada a martillazos y con frecuentes tentaciones de volver al cuarto oscuro del absolutismo.

La Constitución de 1837 y el Canal que hizo crecer Madrid

Catorce años después, el 18 de junio de 1851, un real decreto ordenó construir un embalse y un canal de más de 70 kilómetros para llevar agua del río Lozoya hasta Madrid. La capital crecía, pero su abastecimiento seguía dependiendo de los antiguos viajes de agua y de una red incapaz de responder a la nueva población. Mucha corte, mucho ministerio, mucho uniforme; abrir un grifo seguía siendo otra historia.

Los ingenieros Juan Rafo y Juan de Ribera diseñaron una infraestructura capaz de abastecer a una ciudad varias veces mayor. Las aguas llegaron en 1858 y el proyecto se convirtió en el origen del Canal de Isabel II, una de las obras públicas decisivas para la expansión urbana, la higiene y el desarrollo económico madrileño.

Este 18 de junio de 2026 se cumplen 175 años de aquel decreto. La efeméride recuerda que las grandes transformaciones históricas no siempre cabalgan sobre un caballo blanco. A veces avanzan bajo tierra, dentro de una conducción de piedra, mientras una ciudad descubre que el agua corriente también puede ser una revolución.

Del Estatut de 2006 a la abdicación de Juan Carlos I

El 18 de junio reapareció en la historia política española en 2006, cuando Cataluña votó en referéndum la reforma de su Estatuto de Autonomía. El texto fue ratificado y se convirtió después en la Ley Orgánica 6/2006, aunque su recorrido quedó marcado por una larga controversia política y por la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010. Buena parte de las tensiones territoriales posteriores no se entiende sin aquel proceso.

Ocho años después, el 18 de junio de 2014, Juan Carlos I sancionó en el Palacio Real la ley orgánica que hacía efectiva su abdicación. La imagen del rey firmando y abrazándose con su hijo condensó el cambio de reinado, aunque la proclamación de Felipe VI ante las Cortes se celebró al día siguiente.

La precisión importa. El 18 de junio no fue la proclamación del nuevo monarca, sino la bisagra jurídica que permitió el relevo. Una firma sobria para cerrar casi 39 años de reinado, en medio de una crisis institucional y personal que había erosionado seriamente la imagen de la Corona.

Waterloo y la guerra que Estados Unidos declaró a Londres

El 18 de junio de 1812, el presidente James Madison quedó autorizado a utilizar las fuerzas militares estadounidenses contra el Reino Unido. Comenzaba así la llamada guerra de 1812, alimentada por las restricciones británicas al comercio marítimo, el reclutamiento forzoso de marineros y el apoyo de Londres a pueblos indígenas que resistían la expansión estadounidense hacia el oeste.

Washington llegó a imaginar la conquista de Canadá. No salió exactamente según el folleto. El conflicto se prolongó hasta 1815, incluyó el incendio de edificios públicos en la capital estadounidense y terminó sin las grandes conquistas territoriales prometidas, aunque consolidó el sentimiento nacional de Estados Unidos.

Tres años después, otro 18 de junio cerró una época en Europa. En 1815, el ejército francés de Napoleón Bonaparte se enfrentó cerca de Waterloo, en la actual Bélgica, a las fuerzas aliadas dirigidas por el duque de Wellington y al ejército prusiano del mariscal Gebhard von Blücher.

Napoleón había regresado del exilio y recuperado el poder durante los llamados Cien Días. Su estrategia consistía en separar a sus enemigos y derrotarlos por turnos, pero la resistencia de Wellington y la llegada de los prusianos inclinaron la batalla. Waterloo destruyó definitivamente el poder imperial napoleónico y puso fin a más de dos décadas de guerras que habían sacudido Europa.

La fecha ofrece una simetría bastante feroz: el 18 de junio de 1812 empezó una guerra al otro lado del Atlántico; el de 1815 terminó una era militar en el continente europeo. El calendario, cuando se pone dramático, no conoce la moderación.

1940: dos voces contra la rendición

El 18 de junio de 1940, Francia estaba a punto de firmar el armisticio con la Alemania nazi. Desde Londres, un general todavía poco conocido llamado Charles de Gaulle utilizó los micrófonos de la BBC para pedir que la lucha continuara y para defender que la guerra no había terminado con la derrota militar francesa.

Aquel llamamiento fue escuchado por poca gente en el momento de su emisión y no se conserva una grabación del discurso original. La versión sonora más conocida pertenece a una intervención posterior, y algunas frases asociadas popularmente al 18 de junio aparecieron en carteles difundidos meses después. La memoria colectiva, ya se sabe, tiende a planchar las arrugas.

Eso no reduce su importancia. El llamamiento se convirtió en el acto fundacional de la Francia Libre y en un símbolo de resistencia frente a la ocupación y al régimen colaboracionista de Vichy. También demostró que la radio podía ser un arma política capaz de atravesar fronteras, censuras y ejércitos.

Ese mismo día, Winston Churchill compareció ante la Cámara de los Comunes británica. Francia se derrumbaba, la evacuación de Dunkerque acababa de terminar y el Reino Unido se preparaba para afrontar casi en solitario la ofensiva nazi. Churchill presentó la batalla que se avecinaba como una prueba histórica y cerró su intervención con la expresión que daría nombre al discurso: “su hora más gloriosa”.

De Gaulle habló a una nación ocupada; Churchill, a un país que temía la invasión. Dos discursos distintos, pronunciados el mismo día, unidos por una idea elemental y nada pequeña: una derrota militar no obliga a aceptar la derrota política o moral.

Del freno nuclear a Sally Ride

El 18 de junio de 1979, el presidente estadounidense Jimmy Carter y el dirigente soviético Leonid Brézhnev firmaron en Viena el tratado SALT II, destinado a limitar determinadas armas nucleares estratégicas. En plena Guerra Fría, las dos superpotencias reconocían por escrito que una carrera armamentística sin freno podía terminar borrando del mapa a vencedores y vencidos.

El tratado nunca entró formalmente en vigor. Carter pidió al Senado que aplazara su ratificación después de la invasión soviética de Afganistán, aunque Washington y Moscú respetaron durante un tiempo buena parte de sus límites. SALT II fue un acuerdo incompleto y políticamente herido, pero dejó una enseñanza incómodamente vigente: negociar con un adversario no implica confiar en él; implica asumir que la alternativa puede ser peor.

Cuatro años después, el 18 de junio de 1983, el transbordador Challenger despegó con Sally Ride como especialista de misión. La física se convirtió así en la primera mujer estadounidense que viajó al espacio. No fue la primera mujer de la historia —la soviética Valentina Tereshkova lo había logrado en 1963—, pero su vuelo rompió una barrera enquistada dentro del programa espacial de Estados Unidos.

Ride operó el brazo robótico del transbordador y participó en el despliegue y recuperación de satélites. Su presencia no fue ornamental ni una concesión fotogénica para la televisión: desempeñó funciones técnicas centrales en la misión. El símbolo importaba, claro, pero importaba porque detrás había trabajo científico, preparación y responsabilidad real.

Una fecha que todavía discute con el presente

Las Naciones Unidas conmemoran cada 18 de junio el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio y el Día de la Gastronomía Sostenible. A primera vista parecen dos asuntos colocados juntos por un funcionario con el calendario abierto al azar. No lo son tanto.

El primero recuerda que las palabras pueden preparar el terreno para la exclusión, la violencia y la persecución. Los discursos de 1940 demostraron que la palabra también puede organizar una resistencia; la propaganda nazi probó, con una brutalidad que no admite frivolidades, que puede hacer exactamente lo contrario. El discurso de odio nunca empieza con el estruendo de una bomba: suele llegar antes, envuelto en consignas.

La gastronomía sostenible mira hacia la producción de alimentos, el consumo local, la biodiversidad y el impacto ambiental. En cierto modo, enlaza con aquella decisión española de 1851 de garantizar agua a una ciudad en crecimiento: las sociedades modernas dependen de infraestructuras y recursos que suelen pasar inadvertidos hasta que fallan. Entonces, de pronto, todos descubrimos la épica del grifo, del campo y de la despensa.

La cultura también dejó sus marcas. Paul McCartney nació el 18 de junio de 1942 en Liverpool; el escritor portugués y premio Nobel José Saramago murió ese mismo día de 2010 en Lanzarote. Una fecha puede contener un campo de batalla embarrado, un micrófono de la BBC, una nave espacial y las páginas de una novela. No existe contradicción: así funciona la memoria humana, mezclando lo solemne con lo cotidiano.

Recordar el 18 de junio no consiste en recitar nombres y años como quien pasa las cuentas de un rosario laico. Sirve para reconocer que las instituciones pueden avanzar y retroceder, que las ciudades cambian gracias a decisiones públicas, que los imperios también caen y que ciertas barreras, por muy naturales que parezcan a quienes mandan, terminan rompiéndose.

La historia no se repite con puntualidad suiza. Rima, tropieza, se disfraza. Pero algunos días dejan suficientes huellas para obligarnos a mirar el suelo. El 18 de junio es uno de ellos.

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