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Historia

¿Qué ocurrió el 15 de julio en España y el mundo y por qué importa?

El 15 de julio reúne la abolición de la Inquisición, la piedra de Rosetta, Marte, cruzadas, golpes de Estado y hechos que cambiaron el mundo.

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Qué ocurrió el 15 de julio

Resumen

  • España abolió definitivamente la Inquisición el 15 de julio de 1834
  • La fecha reúne la toma de Jerusalén y el hallazgo de la piedra de Rosetta
  • También recuerda el Marne, la exploración de Marte y golpes en Chipre y Turquía

El 15 de julio no es una fecha cualquiera perdida en el vientre del verano. En España recuerda la supresión definitiva de la Inquisición en 1834; fuera de nuestras fronteras, reúne la conquista cruzada de Jerusalén, el hallazgo de la piedra de Rosetta, una batalla decisiva de la Primera Guerra Mundial, las primeras imágenes cercanas de Marte, el inicio de la cooperación espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética y dos golpes de Estado que alteraron el Mediterráneo oriental.

Son acontecimientos separados por siglos y por miles de kilómetros, pero unidos por un hilo reconocible: el poder que intenta imponerse, la sociedad que se resiste y el conocimiento que abre una puerta donde antes había un muro. Este 15 de julio de 2026, además, se cumplen diez años del fallido golpe militar de Turquía, un episodio cuyas consecuencias políticas siguen respirando bajo la superficie europea.

España enterró oficialmente la Inquisición en 1834

El 15 de julio de 1834, durante la regencia de María Cristina de Borbón y en nombre de la reina Isabel II, un real decreto declaró suprimido definitivamente el Tribunal de la Inquisición. La disposición liquidaba formalmente una institución creada a finales del siglo XV, asociada durante generaciones a la persecución religiosa, la censura y el control de las conciencias.

La palabra “definitivamente” tenía aquí bastante trabajo acumulado. El Santo Oficio ya había sido abolido en etapas anteriores, entre ocupaciones francesas, restauraciones absolutistas y vaivenes liberales, pero había sobrevivido —o regresado bajo distintas fórmulas— a los bruscos cambios políticos del primer tercio del siglo XIX. El decreto de 1834 fue su certificado jurídico de defunción, aunque muchos de sus reflejos culturales, desde la censura moral hasta la sospecha frente a la disidencia, tardarían mucho más en desaparecer.

La medida no convirtió de repente a España en un luminoso salón ilustrado. El país se encontraba en plena Primera Guerra Carlista, con una monarquía discutida y un liberalismo todavía frágil, lleno de remiendos. Sin embargo, el decreto señaló una frontera: el Estado dejaba de reconocer un tribunal religioso con competencias penales propias y avanzaba, con paso vacilante pero real, hacia una administración civil más moderna.

Importa porque la historia institucional no cambia siempre entre clarines. A veces lo hace mediante un artículo seco en un boletín oficial. El primero de aquel decreto era inequívoco: el tribunal quedaba suprimido. Después vendrían otras luchas por la libertad religiosa, la educación y la expresión, pero el monopolio inquisitorial de la ortodoxia había perdido por fin su armazón legal.

De Jerusalén a Rosetta: conquista y conocimiento

El 15 de julio de 1099, las fuerzas de la Primera Cruzada tomaron Jerusalén después de un asedio iniciado semanas antes. La expedición, impulsada desde la Europa cristiana a raíz del llamamiento del papa Urbano II, alcanzó así su gran objetivo militar y religioso. Tras la entrada en la ciudad se produjo una matanza de habitantes musulmanes y judíos, narrada incluso por fuentes próximas a los propios vencedores.

Aquella conquista dio paso al establecimiento del Reino latino de Jerusalén y transformó durante casi dos siglos el equilibrio político del Mediterráneo oriental. También dejó una memoria áspera, utilizada y reinterpretada muchas veces después. La palabra “cruzada” continúa cargada de ecos porque no designó solamente una campaña militar: mezcló fe, conquista territorial, peregrinación, privilegios políticos y violencia contra quienes eran presentados como enemigos de la religión.

El episodio importa todavía por una razón incómoda. Jerusalén nunca ha sido únicamente una ciudad; es un espacio sagrado para judíos, cristianos y musulmanes, y cada intento de apropiarse de ella como patrimonio exclusivo ha encendido conflictos que desbordan sus murallas. La jornada de 1099 muestra hasta dónde puede llegar una política que convierte la identidad religiosa en permiso para matar. Nada especialmente medieval, por desgracia.

Siete siglos después, el 15 de julio de 1799, soldados franceses que trabajaban en las defensas de un fuerte cercano a la localidad egipcia de Rashid, llamada Rosetta por los europeos, encontraron una piedra oscura cubierta por tres escrituras. El texto aparecía en jeroglífico, demótico y griego antiguo, una coincidencia que acabaría permitiendo descifrar una lengua perdida durante siglos.

La pieza contenía un decreto sacerdotal del año 196 antes de Cristo, promulgado durante el reinado de Ptolomeo V. No era una obra literaria secreta ni un mensaje lanzado hacia el futuro; era, en esencia, un texto político y ceremonial. Pero la repetición del contenido en distintas escrituras ofrecía a los investigadores una especie de diccionario atrapado en la piedra.

Thomas Young avanzó en la identificación de algunos signos y Jean-François Champollion logró en 1822 el salto decisivo para comprender el sistema jeroglífico. De pronto, templos, tumbas y estelas dejaron de ser decorados silenciosos. Tres mil años de historia egipcia comenzaron a leerse con una precisión antes impensable.

También existe una cara menos romántica. La piedra fue hallada durante la expedición napoleónica y pasó a manos británicas después de la derrota francesa en Egipto. Desde 1802 permanece en el Museo Británico, en Londres, mientras Egipto reclama desde hace años la devolución de numerosas piezas extraídas durante la época colonial. El objeto que ayudó a interpretar el pasado sigue planteando una cuestión muy presente: quién tiene derecho a custodiarlo.

La última gran ofensiva alemana se quebró en el Marne

El 15 de julio de 1918 comenzó la Segunda Batalla del Marne, una ofensiva con la que el Imperio alemán trató de romper el frente aliado antes de que la llegada masiva de tropas estadounidenses inclinara definitivamente la guerra. Los ataques se extendieron por la región francesa de Champaña, pero no lograron el golpe decisivo que esperaba el alto mando alemán.

Tres días después, franceses, estadounidenses, británicos e italianos lanzaron una contraofensiva. Alemania pasó progresivamente de atacar a retroceder y, en agosto, los aliados iniciaron la ofensiva de los Cien Días, que desembocaría en el armisticio del 11 de noviembre de 1918.

No fue una batalla limpia ni una escena heroica bien iluminada. Hubo artillería, gases, ametralladoras y pueblos franceses convertidos en cascotes. El Marne mostró el agotamiento de un modelo de guerra que había devorado durante cuatro años a millones de europeos. También abrió la fase final de la Primera Guerra Mundial, aunque la paz posterior, mal construida y cargada de resentimientos, acabaría dejando preparada otra catástrofe.

Marte se acercó y la Guerra Fría aprendió a cooperar

El 15 de julio de 1965, la sonda estadounidense Mariner 4 realizó su máxima aproximación a Marte y transmitió las primeras fotografías cercanas de la superficie marciana. Las imágenes mostraban un paisaje lleno de cráteres, muy distinto del mundo de canales, vegetación imaginaria y civilizaciones avanzadas que había alimentado buena parte de la cultura popular.

La calidad era rudimentaria para los ojos actuales: franjas de datos, píxeles enormes, contornos grises. Nada que ver con las panorámicas de alta resolución enviadas décadas después por vehículos como Curiosity o Perseverance. Pero aquellas imágenes transformaron Marte de fantasía astronómica en territorio científico observable. El planeta rojo dejó de ser una mancha temblorosa en un telescopio.

Apollo-Soyuz, la cooperación posible entre rivales

Exactamente diez años después, el 15 de julio de 1975, despegaron una nave soviética Soyuz y una cápsula estadounidense Apollo. Dos días más tarde se acoplaron en órbita y sus tripulantes protagonizaron el célebre apretón de manos espacial entre Alexéi Leónov y Thomas Stafford. Era la primera misión espacial tripulada internacional de ese tipo.

Estados Unidos y la Unión Soviética seguían siendo adversarios nucleares. Competían en armamento, influencia política, tecnología y propaganda, pero consiguieron diseñar sistemas compatibles, entrenar juntos y resolver hasta el pequeño abismo del idioma. Apollo-Soyuz no acabó con la Guerra Fría; tampoco conviene ponerse sentimental. Demostró algo más modesto y quizá más útil: dos potencias enfrentadas podían cooperar cuando el coste de no entenderse era demasiado alto.

El proyecto anticipó la colaboración posterior en la estación Mir y, más tarde, en la Estación Espacial Internacional. En un siglo aficionado a levantar fronteras, aquel módulo de acoplamiento fue una puerta diminuta flotando sobre la Tierra.

Chipre y Turquía, dos golpes que aún pesan sobre Europa

El 15 de julio de 1974, un golpe promovido por la junta militar griega depuso al presidente chipriota Makarios III. Los golpistas pretendían avanzar hacia la unión de Chipre con Grecia. Cinco días después, Turquía intervino militarmente en la isla y terminó ocupando una amplia zona del norte, donde se consolidó una administración turcochipriota reconocida únicamente por Ankara.

La isla continúa dividida entre la República de Chipre, miembro de la Unión Europea, y el territorio septentrional turcochipriota. Una línea vigilada por Naciones Unidas atraviesa incluso Nicosia, la última capital dividida de Europa. El conflicto parece congelado, pero no está resuelto: sigue afectando a las relaciones entre Grecia y Turquía, a la política energética del Mediterráneo y al vínculo entre Ankara y Bruselas.

Cuarenta y dos años después, la noche del 15 de julio de 2016, una parte de las Fuerzas Armadas turcas intentó tomar el poder. Hubo combates en Ankara y Estambul, ataques contra edificios institucionales y una movilización civil contra los militares sublevados. El golpe fracasó, pero dejó centenares de víctimas y abrió una etapa de estado de emergencia, detenciones y purgas masivas en la Administración, el Ejército, la judicatura, las universidades y los medios de comunicación.

El Gobierno de Recep Tayyip Erdoğan atribuyó la conspiración al movimiento dirigido por Fethullah Gülen. La oposición parlamentaria también rechazó el levantamiento militar, aunque después denunció que la respuesta oficial se extendió mucho más allá de los responsables directos. Las negociaciones para la adhesión turca a la Unión Europea quedaron, en la práctica, paralizadas.

En 2026, una década después, el episodio sigue siendo central para entender la Turquía contemporánea: la concentración del poder presidencial, la presión sobre la prensa y la oposición, el peso del Ejército y una relación con Europa marcada por la necesidad mutua y la desconfianza. Una mezcla muy mediterránea: socios imprescindibles que se miran de reojo.

Una fecha atravesada por el poder y la memoria

El 15 de julio ha visto caer ciudades, tribunales y ofensivas militares. También ha contemplado una piedra capaz de abrir una civilización desaparecida, una cámara acercándose a Marte y dos naves enemigas unidas en el espacio. No existe una lección única, porque la historia desconfía de las moralejas demasiado cómodas.

Sí aparece, pese a todo, una constante. Las instituciones que se presentan como eternas acaban derogadas; los imperios que parecen invencibles retroceden; los textos olvidados vuelven a hablar. Y hasta los adversarios más obstinados pueden construir una pieza que encaje con la del otro. El calendario apenas coloca el número. La memoria decide su peso.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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