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¿Qué está ocurriendo en El Fasher y por qué alarma al mundo?

La caída de El Fasher —capital del Darfur Norte— en manos de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) tras más de 500 días de asedio ha desatado una emergencia que ya no admite matices: al menos 260.000 personas han quedado atrapadas dentro de la ciudad, con denuncias de ejecuciones, saqueos y violencia étnica.

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Qué está ocurriendo en El Fasher

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El Fasher cae tras 500 días de cerco: RSF avanza, hambruna declarada y miles atrapados sin agua ni atención. Cifras, exigencias humanitarias.

La caída de El Fasher —capital del Darfur Norte— en manos de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) tras más de 500 días de asedio ha desatado una emergencia que ya no admite matices: al menos 260.000 personas han quedado atrapadas dentro de la ciudad, con denuncias de ejecuciones, saqueos y violencia étnica, y con un acceso a agua, comida y atención sanitaria prácticamente inexistente. La hambruna ha sido declarada en la propia El Fasher y en Kadugli (Kordofán del Sur), una confirmación técnica que describe lo que en el terreno se percibe desde hace semanas: gente que muere de hambre, desnutrición infantil disparada y hospitales colapsados. A esto se suma una apelación clara desde Roma: el papa Francisco ha reclamado un alto el fuego inmediato y la apertura de corredores humanitarios.

A partir de aquí todo se entiende mejor. Las RSF consolidan su dominio sobre gran parte de Darfur y el ejército regular (SAF) pierde su último bastión relevante en la región. Los civiles, otra vez, al centro del tiro cruzado. En las últimas horas han aflorado testimonios de separaciones de hombres en controles, allanamientos casa por casa, secuestros con rescate y ataques a hospitales. Las cifras globales del conflicto hablan por sí solas: 30 millones de personas —la mitad de la población— necesitan ayuda humanitaria, 13 millones han sido desplazados y los muertos superan los 150.000, según estimaciones citadas por responsables políticos italianos. El cuadro no es un titular grandilocuente; es el mapa de una catástrofe sostenida que empeora a cada día que pasa.

El asedio roto: lo que ha ocurrido en El Fasher

Durante casi año y medio El Fasher resistió el cerco. Bloqueos de carreteras, posiciones fortificadas dentro de barrios y, entre medias, la vida cotidiana reducida a lo esencial: guardar agua, racionar alimentos, evitar desplazamientos. Cocinar pasó a ser un lujo; buscar leña, un riesgo; llevar a un herido al hospital, una odisea. El cerco se traducía también en mercados vacíos, almacenes saqueados y camiones con ayuda detenidos a kilómetros de la ciudad. La caída final se encadenó en pocos días: posiciones del SAF quebradas, avances de las RSF por varios ejes y la entrada en barrios densos donde el combate urbano —por definición— multiplica víctimas. A partir de ahí, la huida. Gente a pie hacia Tawila, hacia las afueras, hacia donde se pueda. Y la otra cara del éxodo: familias encerradas en patios interiores, sin gasolina para un coche, sin dinero para pagar un pasaje, sin señal para avisar a nadie.

El valor simbólico de El Fasher no es menor. Era el último dique del ejército sudanés en Darfur Norte; perderlo implica que las RSF cierran un arco territorial que ya abarcaba amplias porciones del oeste del país. En el idioma de la guerra esto se traduce en cosas muy concretas: controles en los accesos a la ciudad, recaudación informal a través de peajes ilegales, imposición de mandos en servicios básicos y un rediseño de la vida diaria bajo una autoridad de facto. Lo que para unos es “control de seguridad”, para otros es la imposición del miedo. Y la espiral de la venganza, latente en Darfur desde hace dos décadas, encuentra en cada cambio de manos un nuevo episodio.

Apenas días después de la entrada de las RSF, organizaciones médicas y equipos humanitarios han descrito violencia generalizada, edificios públicos vaciados, centros de salud asaltados y comercios arrasados. Se habla de fosas improvisadas y de separaciones por perfil étnico en áreas concretas. ¿Se puede verificar todo en tiempo real? No siempre. Pero el patrón que se dibuja coincide con lo padecido en otros puntos de Darfur cuando los asedios ceden el paso a tomas relámpago: represalias, saqueos y una red de extorsiones sobre quienes intentan marcharse.

Un terremoto humanitario que se agrava por horas

El término hambruna no es un adjetivo. Es un diagnóstico técnico con indicadores estrictos: tasas de mortalidad por inanición por encima de umbrales de emergencia, desnutrición aguda disparada y acceso prácticamente nulo a alimentos en una población definida. Por eso que El Fasher y Kadugli figuren ya en esa categoría importa tanto: obliga a mover recursos, a priorizar alimentación terapéutica para niños y niñas con emaciación severa, a restablecer agua potable y saneamiento de forma urgente y a asegurar rutas para camiones que hoy, sencillamente, no entran.

El problema no se limita a dos ciudades. La inseguridad alimentaria extrema se extiende por Darfur y Kordofán, con comunidades enteras que han agotado reservas, han vendido herramientas o ganado a precios de derribo y ya ni siquiera encuentran cómo moler grano o cocinar por falta de combustible. Los precios de básicos como el sorgo o la harina se han disparado, y la inflación hace que incluso quienes aún tienen ingresos no puedan comprar lo que necesitan. Si a esto se añade la destrucción de sistemas de irrigación, la parálisis de mercados y el cierre de carreteras, el resultado es un shock prolongado que no se corrige con una entrega puntual de ayuda: hace falta acceso sostenido.

La sanidad vive su propio derrumbe. Hospitales que hace meses funcionaban de forma intermitente han reducido servicios a mínimos: cirugía suspendida salvo urgencias más críticas, maternidades desbordadas sin anestesia o con turnos imposibles, bancos de sangre sin capacidad para reponer. Falta oxígeno, faltan antibióticos, faltan analgésicos básicos. Y faltan sanitarios, porque muchos huyeron o no pueden llegar a sus puestos. Las consecuencias son visibles en salas de espera donde los niños desnutridos comparten espacio con heridos de metralla, mujeres con complicaciones obstétricas y enfermedades prevenibles que reaparecen, desde diarreas severas hasta malaria.

El agua es otro frente. Las redes urbanas sufren cortes prolongados y los pozos más cercanos han sido sobreexplotados; quien aún dispone de un aljibe lo guarda como un tesoro. En los campamentos de desplazados en el entorno, una tubería rota o una bomba que se estropea puede precipitar en horas un brote de diarrea o una oleada de deshidratación. No es teoría: basta un recorrido breve por los asentamientos alrededor de Tawila para entender por qué las coleras de niños y ancianos se multiplican cuando el camión cisterna no llega.

Y luego está la protección: mujeres y niñas sometidas a agresiones sexuales en el camino a por leña o agua, menores reclutados por grupos armados, secuestros con petición de rescate en salidas hacia rutas secundarias. La impunidad es casi total. Las familias que consiguen pagar atravesando un punto de control lo hacen tras vender lo poco que les quedaba: joyas, herramientas, una vaca. La derrota de El Fasher no lo ha empeorado todo; solo ha hecho visible lo que ya se venía acumulando.

Qué significa una hambruna declarada en términos prácticos

Una declaración de hambruna no se hace en caliente ni por presión mediática. Sigue una metodología internacional que obliga a aportar evidencia y a someterla a revisión. Cuando se confirma, cambia la prioridad operativa: se activan raciones específicas de alimentos para tratamiento (no solo para prevención), se ponen en marcha espacios de estabilización para desnutrición severa con complicaciones, se blindan rutinas de cloración de agua y se intenta —clave— acelerar permisos para convoyes. En papel, suena a procedimiento. En el terreno, es la diferencia entre un niño que revive y un niño que muere en brazos de su madre.

Los testimonios médicos que nadie debería normalizar

Desde 2004, Emergency —la organización médica italiana— trabaja en Sudán y no ha abandonado el país desde que empezó la guerra. En Nyala (Darfur del Sur) mantienen un hospital pediátrico con ingreso; en Jartum, el Centro Salam de cirugía cardíaca y un ambulatorio con pediatría han seguido atendiendo incluso durante los meses de asedio a la capital. Su director de programa en Sudán, Matteo D’Alonzo, describe violencias difundidas, ejecuciones y miles de personas atrapadas sin agua ni comida. El parte de cada día es brutal y previsible: más casos de desnutrición, más infecciones por agua contaminada, más heridas que llegan tarde porque no hay combustible o hay miedo a cruzar controles.

Las escenas se repiten: madres que recorren kilómetros con un niño envuelto en telas buscando leche terapéutica; adolescentes con fracturas mal curadas por falta de yesos o material; niños que deberían estar en clase y hacen cola con bidones junto a un camión cisterna que quizá llegue hoy, quizá mañana. Médicos locales cuentan que las resistencias de la población son admirables —organizar guardias en los barrios, cuidar de los mayores, compartir pan—, pero no bastan cuando el mercado está vacío y las bombas caen. Uno de ellos lo resume así: “Aquí todo lo complica la guerra; cuando deja de sonar, la malnutrición baja y los hospitales respiran. Pero hoy no hay respiro”.

La protección de hospitales está teóricamente amparada por el derecho internacional humanitario. La realidad es otra. Ambulancias detenidas, personal médico amenazado, material requisado en controles. Sin garantías de seguridad para los equipos —y para los pacientes—, abrir o mantener un hospital es apostar cada día a que no será el siguiente objetivo. No es sostenible así, ni siquiera con voluntad heroica.

Jartum y el otro frente que no se apaga

Mientras Darfur acapara el foco por obvias razones, Jartum y su entorno viven su propia cronología bélica. En abril se habló de una reconquista de posiciones clave por parte del ejército sudanés, con edificios simbólicos y zonas estratégicas de la capital recuperadas. La imagen que queda es la de una capital fragmentada que nunca ha vuelto a la normalidad y que resiste con cortes de luz, escasez de agua y combates intermitentes hacia Omdurmán. En la práctica, el control de la capital y su área metropolitana ha oscilado, con avance del SAF en sectores centrales y bolsas de resistencia y violencia en otros.

Ese tablero tiene consecuencias logísticas claras. Puerto Sudán funciona como aire de entrada de bienes, suministros y personal humanitario; desde allí hacia el interior, convoyes que avanzan o se detienen según cambian los mandos de cada tramo de carretera. A veces basta una orden verbal para que una caravana programada no cruce un puente o espere durante horas en una rotonda. Por eso, aunque Darfur y Kordofán gestan el epicentro de la crisis alimentaria, lo que pase en Jartum y en el corredor oriental condiciona todo el sistema de ayuda.

El deterioro económico se siente en cada esquina del país. La subida del combustible, la parálisis de fábricas, el quiebre de cadenas de suministro, el cierre de bancos y cajeros en amplias áreas. Inflación al alza y moneda devaluada. ¿Consecuencia inmediata? Canastas de alimentos inasequibles, agricultores que no pueden sembrar ni cosechar por inseguridad, comerciantes sin capacidad de reponer. El ciclo de pobreza se acelera y las redes familiares —que siempre amortiguan— se agotan.

Italia mira a Sudán: voces y exigencias políticas

En Italia, el drama sudanés ha entrado con fuerza en el debate parlamentario. Marco Grimaldi (Alleanza Verdi e Sinistra) ha denunciado “una catástrofe humanitaria que el mundo no puede ignorar”, describiendo masacres étnicas, civiles asesinados casa por casa y hospitales destruidos, y ha exigido cinturones de seguridad humanitaria que permitan pasillos de acceso y presión diplomática. Maria Chiara Gadda (Italia Viva) ha pedido al Gobierno que refuerce la cooperación internacional, proteja a ONG y misioneros sobre el terreno y aumente los fondos en la próxima Ley de Presupuestos, recordando que mantener la misma partida en un contexto de inflación equivale, en términos reales, a recortar.

Ambos mensajes coinciden en lo esencial: no se puede aceptar una solidaridad a geometría variable. Se reclama que Italia —y, por extensión, la Unión Europea— activen palancas: corredores garantizados, financiación adicional, presión diplomática sobre los actores armados y sobre quienes les suministran armas, visados acelerados para evacuaciones médicas y protección de defensores de derechos humanos. La política italiana no decide la guerra en Sudán, pero sí puede modular parte de su impacto.

En paralelo, desde Roma se ha alzado la voz moral más reconocible. El papa Francisco ha puesto nombres: Darfur Norte como epicentro del dolor, mujeres y niños como víctimas constantes, civiles atacados y obstáculos a la acción humanitaria. Su llamamiento a un alto el fuego y a la apertura de corredores se suma a los de organizaciones internacionales y actores regionales. Son palabras que piden hechos.

Pasos urgentes que aún son posibles

La tentación de pensar que todo queda lejos es comprensible. Pero en El Fasher hay decisiones muy concretas que pueden tomarse ya y que salvan vidas de forma contable, casi inmediata:

Corredores humanitarios verificados. No basta con promesas. Hacen falta acuerdos por escrito, puntos de contacto designados por cada actor armado, monitoreo independiente y tiempos definidos para abrir y mantener rutas. El personal sanitario y los convoyes deben atravesar controles sin extorsiones, confiscaciones ni demoras arbitrarias. Para que esto funcione, mediadores con peso real deben respaldarlo.

Protección de hospitales y escuelas. Hay que blindar ciertas zonas. Señalar claramente infraestructuras protegidas, desplegar presencia de actores neutrales cuando sea viable y acordar reglas de no ataque verificables. No hay sistema de salud que resista si cada semana se pierde un quirófano o una sala de partos.

Financiación inmediata y flexible. En hambruna, meses de trámite equivalen a vidas perdidas. Los donantes pueden liberar fondos no asignados, simplificar procedimientos y permitir que las organizaciones reprogramen partidas para responder a prioridades cambiantes. Eso sí: con control y transparencia ex post.

Cortar el flujo de armas. No es un eslogan. Si la entrada de armamento se reduce, se contiene la capacidad de daño inmediato y se abre margen para negociaciones locales de acceso. Requiere voluntad internacional y seguimiento de rutas y intermediarios.

Visas y evacuaciones sanitarias. Hay pacientes que no pueden esperar a que se recomponga el sistema en Darfur. Niños con cardiopatías, mujeres con cáncer avanzado, heridos con infecciones severas. Procesos rápidos, cupos claros y coordinación consular salvan vidas específicas —nombre y apellidos—.

Reforzar la red local. El tejido de comunidades, comités de barrio, médicos locales y líderes civiles sostiene el día a día. Darles recursos, formación exprés y capacidad para operar con seguridad multiplica el impacto de cualquier plan.

Nada de esto es sencillo. Todo es posible. La historia reciente de Sudán lo demuestra: cuando cesan los disparos, la desnutrición cae y los hospitales respiran. Cuando la seguridad se degrada, vuelve la hambruna. No hay misterios aquí, solo decisiones.

Darfur, memoria y presente de una herida abierta

Para entender por qué la caída de El Fasher duela tanto hay que mirar la memoria de Darfur. A principios de los 2000, la región fue el escenario de masacres, desplazamientos masivos y violencia étnica que conmocionaron al planeta. Generaciones crecieron entre campamentos y guardias armados. Esa herida no se cerró. Quedó latente. Cuando estalló la guerra entre el SAF y las RSF en abril de 2023, Darfur volvió a ser un polvorín. Los grupos armados reconfiguraron alianzas, viejas lealtades reaparecieron y el tejido social —ya frágil— se rompió un poco más.

Hoy, en El Fasher, esa memoria es un factor. Quienes huyen lo hacen con miedo a represalias por apellidos, lengua o pertenencia a una comunidad. Quienes se quedan temen por vecinos de toda la vida con los que compartieron pan y escuela. Y líderes locales intentan contener una cadena de venganzas que, si se desata, arrasará con lo que aún resiste.

El modelo de respuesta debe reconocer esa dimensión. No se trata solo de comida y medicinas; también de mediación, de justicia local, de seguridad cotidiana y de dignidad en el trato. Protocolos estándar —sí—, pero con adaptaciones finas a lo que cada barrio vive, a lo que cada comunidad teme. Y esto exige tiempo y presencia: equipos que conozcan el terreno, escuchen a actores locales y respeten ritmos y prioridades.

Lo que está en juego si se abre —o no— un corredor

Volvamos al punto más práctico. Un corredor humanitario no es una declaración en un micrófono: son camiones, escoltas, permisos, combustible, horarios y controles que no cambian de criterio cada 15 kilómetros. El Fasher necesita dos tipos de corredor: uno para entrar —alimentos, medicinas, agua— y otro para salir —evacuaciones médicas, familias en riesgo—. En ambos casos, la seguridad debe ser previsible y las reglas, claras. Incluso con garantías, habrá riesgo. Pero el beneficio es enorme: bajan las muertes por inanición, desciende la tensión porque la gente come, y los hospitales vuelven a operar con mínimos.

Si no se abre, el escenario es conocido: mortalidad que sube de forma silenciosa, comerciantes que especulan con migajas, familias que empeñan lo impeñable. Bandas que se financian con peajes y rescates. Y el reloj de la hambruna avanzando hacia nuevas zonas hasta convertir lo excepcional en normal. Nadie quiere eso sobre su mesa. Pero si se deja pasar, ocurre.

Un último párrafo con nombres propios

El Fasher es hoy una palabra clave para entender Sudán. También lo son Nyala, Tawila, Kadugli, Jartum. Matteo D’Alonzo y su equipo de Emergency son rostros que sostienen una línea de vida allí donde faltan casi todas. Marco Grimaldi y Maria Chiara Gadda representan una presión política que, ojalá, se contagie y crezca. Y el papa Francisco puso voz a una verdad incómoda: lo que pasa en Darfur Norte no es un conflicto lejano; es una vergüenza colectiva que puede repararse con decisiones concretas.

Abrir pasillos; proteger hospitales; financiar con rapidez; cuidar a quienes cuidan; frenar el flujo de armas. No son eslóganes. Son acciones. Y, si se ejecutan, dentro de unas semanas podríamos contar que El Fasher dejó de ser la ciudad del hambre para volver a ser una ciudad con futuro. No será fácil. Pero es posible. Y, a estas alturas, también es imprescindible.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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