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¿Qué errores tiene La Odisea de Nolan y qué cambia frente a Homero?

La Odisea de Nolan arrasa en cines, pero cambia dioses, monstruos y el final de Homero: sus licencias y errores más sonados, escena a escena.

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tráiler de La Odisea de Nolan

La Odisea de Christopher Nolan conserva el esqueleto del poema de Homero, pero cambia buena parte de sus músculos, su voz y hasta el lugar hacia el que camina. Siguen ahí Odiseo, Penélope y Telémaco. También el cíclope, Circe, Calipso, las sirenas, Escila, Caribdis y los pretendientes. Sigue existiendo el regreso a Ítaca. Lo que desaparece, o queda profundamente alterado, es la forma en que Homero entendía al héroe, a los dioses y al hogar.

Nolan no ha filmado una traducción solemne de los 24 cantos homéricos. Ha construido una reinterpretación psicológica y bélica, una película sobre la culpa, la memoria y el trauma que utiliza el mito como quien emplea un viejo mapa: respeta algunas costas, borra islas enteras y dibuja otras donde le conviene. El resultado funciona como cine monumental, pero puede hacer crujir los dientes a quien llegue a la sala con el poema subrayado bajo el brazo.

El público, desde luego, no parece preocupado. Al 26 de julio de 2026, la superproducción había recaudado unos 639,6 millones de dólares en todo el mundo, después de sumar 87 millones en su segundo fin de semana en Estados Unidos y Canadá. Solo cayó un 30% respecto al estreno, una resistencia extraordinaria para una película de casi tres horas. Nolan arrasa. Homero, mientras tanto, contempla desde hace unos 2.700 años cómo otros retocan su historia. Está acostumbrado.

A partir de aquí hay destripes completos de la película.

Dos odiseas, dos maneras de llegar a Ítaca

La primera diferencia aparece antes incluso de que Odiseo zarpe. El poema de Homero no empieza con el caballo de Troya ni con la caída de la ciudad. Comienza en mitad de la historia, cuando el héroe lleva años desaparecido y los dioses deliberan sobre su destino. Atenea viaja a Ítaca, anima a Telémaco a buscar noticias de su padre y pone en marcha una trama paralela que ocupa los cuatro primeros cantos, la llamada Telemaquia.

Odiseo ni siquiera entra en escena de inmediato. Cuando aparece, está retenido por Calipso en la isla de Ogigia, sentado frente al mar, llorando por una patria que parece cada vez más lejana. Sus aventuras anteriores —el cíclope, Circe, el descenso al mundo de los muertos, las sirenas— son narradas más tarde por él mismo ante los feacios. El poema es, por tanto, una historia hecha de recuerdos y relatos dentro del relato, de versiones que nunca terminan de ser completamente fiables.

Nolan conserva esa relación con la memoria, muy propia de su cine, pero cambia el mecanismo. El director abre espacio para mostrar la guerra de Troya, entra en el caballo de madera y convierte la destrucción de la ciudad en la herida original de Odiseo. Después, las aventuras aparecen como memorias fragmentadas que el protagonista recupera ante Calipso, no como el gran relato ofrecido al rey Alcínoo y a los feacios.

Ahí desaparece uno de los pilares del poema. Nausícaa, la joven que encuentra desnudo y exhausto a Odiseo en la playa, no aparece. Tampoco la corte de los feacios, sus juegos, sus banquetes ni el viaje final con el que conducen al héroe dormido hasta Ítaca. Nolan elimina de un plumazo el escenario donde Odiseo se convierte en narrador de su propia leyenda. Para Homero, saber contar es casi tan importante como saber combatir; en la película, la narración deja paso al recuerdo traumático.

La ruta homérica parte de Troya y pasa por el país de los cicones, los lotófagos, la isla del cíclope Polifemo, el reino de Eolo, la tierra de los lestrigones, la isla de Circe, el territorio de los muertos, las sirenas, Escila y Caribdis, la isla del dios Helios, Ogigia, el país de los feacios y, finalmente, Ítaca. Pero no existe un mapa indiscutible de ese recorrido. Algunos lugares parecen reales; otros pertenecen a una geografía fantástica, situada en los bordes del mundo conocido.

Nolan comprime esa navegación, borra escalas y transforma otras. Desaparece, por ejemplo, el saco de vientos de Eolo, cuya apertura irresponsable aleja a los marineros cuando ya veían Ítaca. Los lestrigones, gigantes caníbales en Homero, se convierten en enormes guerreros acorazados. El Mediterráneo del poema, lleno de islas que flotan entre lo real y lo fabuloso, se vuelve un paisaje más físico, oscuro y áspero. Piedra mojada, metal, barro, cuerpos golpeados por el oleaje.

Lo que Nolan sí conserva del poema de Homero

La película mantiene la columna vertebral del nóstos, el regreso del guerrero a casa. Odiseo quiere volver a Ítaca, reencontrarse con Penélope y recuperar un reino ocupado por hombres que consumen sus animales, beben su vino y presionan a su esposa para que elija un nuevo marido. Telémaco ha crecido sin padre y debe decidir qué clase de hombre quiere ser bajo la sombra de un héroe ausente.

También se conserva la importancia de la hospitalidad, la xenía, una norma sagrada en el mundo homérico. Recibir al extranjero, alimentarlo y protegerlo no es simple buena educación: constituye un mandato religioso y social. El cíclope viola esa ley al devorar a sus invitados; los pretendientes la pisotean al instalarse en casa de Odiseo como parásitos bien vestidos. Nolan traduce ese concepto para el público contemporáneo y lo convierte en una especie de ley moral universal, aunque rebaja la presencia de Zeus como garante de ese orden.

El episodio de Polifemo mantiene varias imágenes esenciales. Odiseo y sus hombres quedan encerrados en la cueva, el cíclope devora a varios compañeros, los supervivientes calientan una estaca, lo ciegan y escapan camuflándose bajo los animales del rebaño. La escena sigue siendo brutal, física, casi pegajosa. El espectador puede oler la lana, la sangre y la grasa quemada.

Circe también transforma a los marineros en cerdos. Las sirenas intentan atraer a Odiseo con su canto. Escila y Caribdis cierran el paso marítimo entre el monstruo y el remolino. El héroe visita la región de los muertos, regresa a Ítaca disfrazado y participa en la matanza de los pretendientes. Nolan no ha vaciado el poema para quedarse únicamente con los nombres famosos: las grandes estaciones del mito permanecen reconocibles.

Incluso la ambigüedad de Odiseo sobrevive, aunque alterada. No es un caballero limpio ni un héroe de mármol. Engaña, mata, sacrifica compañeros y toma decisiones marcadas por el orgullo. La película entiende que el rey de Ítaca no vuelve de Troya envuelto en una bandera, sino cubierto de cadáveres propios y ajenos. En esto Nolan se acerca a Homero más de lo que parece: la épica antigua jamás fue una inocente colección de aventuras infantiles.

Lo que Nolan cambia, elimina e inventa

Las principales diferencias no son pequeños despistes de atrezo. Afectan al corazón del relato: quién guía a Odiseo, por qué sufre y qué significa regresar. Nolan sustituye el tejido religioso del poema por una explicación psicológica. Donde Homero veía dioses que intervenían en el mundo, el cineasta contempla memoria, culpa, miedo y supervivencia.

El caballo de Troya, Sinon y una guerra por el comercio

El caballo de madera pertenece a la tradición de la guerra de Troya y es mencionado varias veces en La Odisea, pero Homero no relata allí toda la operación con el detalle que muestra Nolan. El poema comienza después de la caída de la ciudad. La película, en cambio, entra en el caballo, muestra la espera de los guerreros y convierte la matanza nocturna de Troya en uno de sus grandes espectáculos.

La ampliación tiene sentido porque el plan se atribuye tradicionalmente a Odiseo, pero parte del material procede de otros textos. Sinon, interpretado por Elliot Page, no aparece en Homero. Su papel como griego abandonado para convencer a los troyanos de que acepten el caballo procede sobre todo del segundo libro de La Eneida de Virgilio, escrita siglos después.

Nolan inventa también la relación personal entre Sinon y Antínoo, así como la historia del joven soldado enviado a la guerra en sustitución del futuro pretendiente. Esa muerte se convierte en el fantasma que acusa a Odiseo y sostiene buena parte de su culpa. Funciona dramáticamente. Homero, sencillamente, no escribió nada parecido.

Tampoco aparece en el poema la insistencia en los pueblos del mar como amenaza sobre el mundo griego, ni la afirmación de que la guerra de Troya fue en realidad una lucha por las rutas comerciales. Son ideas tomadas de debates históricos modernos sobre el final de la Edad del Bronce. Nolan las introduce para conectar el mito con el colapso de antiguas civilizaciones y con guerras aparentemente heroicas que esconden intereses bastante menos poéticos. Aquiles buscaba gloria; los Estados, por lo visto, ya buscaban puertos.

El director transforma además el caballo en una especie de pecado original. Para el Odiseo cinematográfico, aquel engaño quebró la ley de hospitalidad y puso en marcha una cadena de castigos. En Homero, por el contrario, la estratagema confirma su inteligencia extraordinaria. Lo que era triunfo de la astucia se convierte en origen de la culpa.

Dioses ausentes, monstruos distintos y un final completamente nuevo

La desaparición de los dioses es probablemente la alteración más profunda. El poema comienza con Zeus y Atenea conversando en el Olimpo. Poseidón persigue a Odiseo por haber cegado a su hijo Polifemo. Hermes ordena a Calipso que libere al héroe y entrega a Odiseo la planta que lo protege de la magia de Circe. Atenea acompaña a la familia de Ítaca, adopta disfraces, rejuvenece cuerpos y detiene la violencia final.

En la película, Zeus no aparece y Poseidón permanece fuera de campo. Solo Atenea toma forma visible, pero lo hace como una presencia ambigua, casi una proyección de la conciencia de Odiseo. Nolan no niega abiertamente a los dioses, aunque los mantiene detrás de una cortina. Para Homero, en cambio, no eran metáforas decorativas: intervenían, discutían y cambiaban físicamente el curso de los acontecimientos.

El cíclope Polifemo pierde buena parte de su diálogo y, con él, uno de los engaños más célebres de la literatura. En el poema, Odiseo asegura llamarse Nadie. Cuando el monstruo queda ciego y pide ayuda, los demás cíclopes escuchan que Nadie lo está atacando y se marchan. Después, ya a salvo, el héroe comete la imprudencia de revelar su verdadero nombre, permitiendo que Polifemo invoque la venganza de Poseidón.

Nolan elimina casi todo ese juego verbal. Su cíclope es más animal, silencioso y aterrador. Odiseo, además, le dispara una flecha en el ojo cuando ya está ciego, proporcionando una nueva causa directa para el castigo. La escena gana ferocidad, pero pierde la mezcla de inteligencia y arrogancia que define al personaje homérico.

Circe cambia todavía más. En el poema transforma a los compañeros en cerdos, pero Odiseo resiste su magia gracias a la ayuda de Hermes. Después se convierte en amante de la hechicera y permanece con ella durante un año. Circe termina siendo una aliada que lo alimenta, le devuelve a sus hombres y le explica cómo continuar el viaje.

Nolan elimina el romance, el año de placer y buena parte de la cooperación. Su Circe ha sufrido la violencia de otros viajeros y convierte a los hombres en animales porque considera que sus apetitos ya los han degradado. La metamorfosis se muestra como terror corporal, huesos que se doblan y bocas que se alargan, no como el comienzo de una extraña convivencia.

Con Calipso ocurre algo semejante. En Homero retiene a Odiseo durante siete años, desea convertirlo en inmortal y lo obliga a compartir su lecho pese a que él añora Ítaca. Solo lo libera cuando Hermes transmite la orden de Zeus. En Nolan, Calipso droga al protagonista con flores de loto para apagar sus recuerdos y aliviar su dolor. El héroe no debe escapar tanto de una amante divina como de la tentación de olvidar quién es.

La película mezcla así dos episodios distintos: Calipso y los lotófagos. En el poema, quienes comen el loto son algunos marineros en otra tierra, mucho antes de llegar a Ogigia. Pierden el deseo de regresar y Odiseo debe arrastrarlos de vuelta a las naves. Trasladar esa droga a Calipso permite a Nolan hablar sobre la memoria y el olvido, una obsesión que recorre casi toda su filmografía, pero constituye una invención evidente.

La reunión entre padre e hijo también recibe tratamiento de superproducción. Homero sitúa el reconocimiento en la humilde cabaña del porquero Eumeo. Atenea devuelve a Odiseo su aspecto, Telémaco cree al principio estar ante un dios y ambos lloran antes de planear la reconquista del palacio. Nolan prefiere una emboscada en un templo: Odiseo salva a Telémaco de unos asesinos y el joven descubre después que aquel mendigo capaz de combatir era su padre. Más dinamismo, menos intimidad.

Penélope pierde una de sus escenas decisivas. En el poema pone a prueba al recién llegado ordenando que saquen de la habitación el lecho matrimonial. Odiseo se indigna porque él mismo construyó la cama alrededor de un olivo vivo y sabe que no puede moverse. Esa reacción demuestra su identidad. Es una trampa refinada: Penélope iguala en astucia a su marido.

La película sustituye la prueba del lecho por una figurilla de Atenea mostrada por Odiseo. El reconocimiento resulta más rápido y visual, pero empobrece a Penélope. Ya no descubre la verdad mediante una maniobra propia; recibe un objeto que certifica quién tiene delante.

El final es enteramente nolaniano. Homero permite que Odiseo recupere su casa y su trono, se reúna con su padre Laertes y afronte a los familiares de los pretendientes. Atenea interviene para detener una nueva guerra civil y restablecer la paz en Ítaca.

Nolan entrega el reino a Telémaco. Odiseo y Penélope se marchan hacia un oeste desconocido para honrar a los hombres que no regresaron. El protagonista reflexiona sobre la futura caída de su civilización y sobre la tendencia humana a repetir errores que creía olvidados. No queda restauración, sino exilio; no un hogar recuperado, sino otra partida. Es un final poderoso. También es ajeno a Homero.

La película omite por completo la visita de Odiseo a Laertes, los espíritus de Aquiles y Áyax, el intento desesperado de abrazar a su madre muerta y la historia de Elpénor, el compañero que fallece al caer de un tejado después de beber demasiado. Se pierde igualmente la represalia de los parientes de los pretendientes.

Nolan evita, con buen criterio comercial y cierta higiene estomacal, las ejecuciones más atroces del poema. Telémaco no ahorca a las 12 esclavas acusadas de acostarse con los pretendientes y el cabrero Melantio no sufre la mutilación de nariz, orejas, manos, pies y genitales. La película inventa, sin embargo, que Penélope empuje a Melanto hacia la matanza. Se elimina una crueldad antigua y se introduce otra, más breve y fotogénica.

Los errores históricos que hacen rechinar las armaduras

Conviene separar la infidelidad literaria del error histórico. La Odisea no es una crónica de guerra ni un documento escrito por un corresponsal situado ante las murallas de Troya. El poema fue compuesto probablemente entre finales del siglo VIII y comienzos del VII antes de Cristo, mientras que la supuesta guerra se situaría unos cinco siglos antes, al final de la Edad del Bronce.

El propio Homero mezcla épocas. Describe objetos, costumbres y relaciones políticas pertenecientes a distintos periodos. Introduce elementos posteriores en un pasado remoto y sitúa monstruos en lugares imposibles. Exigir al filme una exactitud que el poema no posee sería como pedir el parte meteorológico de la isla de Circe. Aun así, Nolan toma decisiones visuales que chirrían.

El casco de Odiseo recuerda a modelos corintios propios de una época posterior a la presunta guerra de Troya. En La Ilíada aparece, además, un famoso casco de colmillos de jabalí asociado al héroe, un objeto que sí está documentado en el mundo micénico. Eso no significa que Odiseo debiera llevarlo durante toda la película, pero muestra hasta qué punto la producción mezcla referencias.

El casco negro y macizo de Agamenón parece diseñado para que el rey de Micenas pudiera intimidar a Batman. Su grosor resultaría poco práctico y su aspecto oscuro contradice tanto la ornamentación conocida de muchas armas antiguas como el gusto homérico por los metales brillantes, los penachos y el color. Nolan opta por una estética austera, casi industrial. La Antigüedad real, por incómodo que resulte para el prestigio de los filtros grises, fue bastante más colorida.

Las naves aciertan en la estructura básica: embarcaciones largas, una vela y una cubierta sencilla. Sin embargo, algunos especialistas han señalado la ausencia de una prolongación delantera que ayudaba a cortar el agua y el aspecto excesivamente negro de los cascos. Homero habla de naves negras, sí, pero su mundo visual no era una sucesión de tonos carbón.

Los lestrigones acorazados son otra licencia. En el poema son gigantes caníbales que destruyen las embarcaciones lanzando enormes piedras y atraviesan a los hombres como si fueran peces. Nolan los convierte en combatientes descomunales cubiertos por armaduras cuya silueta recuerda, a ratos, a equipamientos muy posteriores. La escena impresiona. La datación, menos.

También resulta discutible presentar el colapso de la Edad del Bronce como una certeza claramente comprendida por Odiseo. Los pueblos del mar, las crisis comerciales y la destrucción de diversos centros del Mediterráneo oriental forman parte de un debate histórico complejo. Convertirlos en una explicación articulada por los personajes introduce conocimiento moderno dentro del mundo mítico.

Las expresiones contemporáneas y los acentos estadounidenses han causado bromas, aunque no pueden considerarse errores históricos serios. Los personajes homéricos no hablaban inglés británico, como tampoco discutían con la entonación de Boston o California. Hablaban formas antiguas de griego que ningún espectador espera escuchar durante 173 minutos. El problema no es la fidelidad, sino el efecto: algunas frases acercan a los personajes; otras hacen pensar que Telémaco ha salido de una cafetería universitaria.

Tampoco tiene demasiado sentido acusar a Nolan de colocar una isla fantástica en el punto equivocado. La geografía homérica no puede reconstruirse de forma definitiva. Hay identificaciones tradicionales —Sicilia para el cíclope, el estrecho de Mesina para Escila y Caribdis—, pero los estudiosos llevan siglos proponiendo rutas incompatibles. Homero compuso un mar literario, no un navegador por satélite.

Ítaca ya no significa lo mismo

La mayor infidelidad de Nolan no está en una armadura, un barco o una flor de loto. Está en su concepción de Odiseo. El héroe homérico es polýtropos: versátil, retorcido, ingenioso, capaz de adoptar muchas formas y encontrar salidas mediante la palabra. Sobrevive porque engaña mejor que sus enemigos, aunque su orgullo provoque desastres. Es el héroe de las mil vueltas, también mentales.

El Odiseo de Matt Damon conserva inteligencia y violencia, pero Nolan lo presenta sobre todo como un veterano traumatizado. Sus monstruos pueden leerse como recuerdos deformados de la guerra; Atenea, como conciencia; Calipso, como olvido; Sinon, como culpa. La mitología se repliega para que avance la psicología.

También se limpia su vida sexual. El Odiseo de Homero permanece con Circe, comparte el lecho de Calipso y regresa finalmente con Penélope sin que el poema contemple esas relaciones con la moral matrimonial contemporánea. Nolan reduce esos encuentros y construye un marido más fiel, más reconocible y bastante menos incómodo para el público.

Las mujeres pagan parte del precio. Atenea deja de ser la gran estratega divina, Circe pierde su complejidad como amenaza, amante y consejera, Calipso se convierte en terapeuta venenosa y Penélope ve sustituida la brillante prueba del lecho por una estatuilla. Nolan ofrece grandes actrices y poderosas imágenes, pero el centro emocional continúa dominado por los hombres, sus guerras y sus heridas.

No es necesariamente una mala adaptación. Es una adaptación libre y muy consciente de serlo. Conserva el itinerario esencial, varias criaturas, el regreso, la violencia del palacio y la tensión entre hogar y aventura. Se inventa motivaciones, mezcla a Homero con Virgilio, rebaja a los dioses, elimina escenas decisivas y escribe otro desenlace.

La película llega a Ítaca, pero no se queda allí. Homero devuelve a Odiseo su identidad, su cama, su padre y su reino; Nolan le entrega la posibilidad de marcharse con Penélope y contemplar las ruinas que vendrán. Uno reconstruye el orden. El otro sospecha que ningún orden dura demasiado.

Quizá por eso el estómago de los especialistas se retuerce mientras las salas se llenan. Nolan ha rodado una extraordinaria odisea sobre Odiseo, solo que no exactamente la que cantó Homero. El caballo es parecido; dentro viajan otros soldados.

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