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¿Puede caer Sánchez? Feijóo pone en jaque a PNV y Junts

Feijóo sube la presión sobre PNV y Junts mientras Sánchez intenta resistir una legislatura tocada por el caso Zapatero y una mayoría frágil.

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Por qué Sánchez descarta elecciones

La política española ha vuelto a ese punto en el que todo parece moverse mucho y, al mismo tiempo, nada termina de moverse. Alberto Núñez Feijóo ha elevado la presión sobre el PNV y Junts para que sean los socios de Pedro Sánchez quienes abran de verdad la puerta a una moción de censura. No la presenta. No la descarta. No la entierra. La deja ahí, como un cuchillo sobre la mesa, esperando que otros acerquen la mano.

El movimiento llega en plena sacudida por el caso Zapatero, una investigación judicial que ha golpeado de lleno al PSOE y que ha dado al PP un nuevo argumento para intentar romper el muro parlamentario que sostiene al Gobierno. Sánchez, mientras tanto, transmite calma. O lo intenta. Su mensaje oficial sigue siendo el mismo: agotar la legislatura hasta 2027, mantener la agenda y evitar que la oposición convierta cada diligencia judicial en una sentencia política anticipada.

La moción que todos nombran y nadie registra

La moción de censura se ha instalado otra vez en el centro del ruido político, aunque de momento no existe como iniciativa formal en el Congreso. Y ese detalle importa. En España, una moción de censura no es una simple reprimenda parlamentaria ni una foto de oposición. Es una herramienta dura, constitucional, que exige mayoría absoluta y un candidato alternativo a la Presidencia del Gobierno. Dicho en castellano llano: no basta con decir que Sánchez debe irse; hay que votar a alguien para sustituirlo.

Ahí está la trampa, o la ingeniería, según el humor de cada cual. El PP tiene 137 diputados. Con Vox suma 170. Con UPN y Coalición Canaria podría acercarse a 172. Siguen faltando votos para llegar a los 176 necesarios. Por eso Feijóo mira hacia donde están los escaños decisivos: el PNV, con cinco diputados, y Junts, con siete. Sin ellos, la moción es una pancarta con membrete parlamentario. Con ellos, sería dinamita institucional.

Pero no es tan sencillo. El PNV gobierna en Euskadi con el PSE y mide cada paso con una precisión casi de relojero viejo. Junts, por su parte, mantiene una relación áspera con Sánchez, marcada por incumplimientos, exigencias y una amnistía convertida en campo minado jurídico y político. Ambos partidos pueden castigar al Gobierno, bloquearlo, desgastarlo, dejarlo respirar con dificultad. Otra cosa es entregar a Feijóo una votación que podría acabar con Sánchez y abrir una alternativa apoyada por Vox. Ahí la aritmética se vuelve biografía: cada voto tiene memoria.

Feijóo cambia el foco: del PP a los socios de Sánchez

La estrategia del PP tiene una lógica bastante transparente. Feijóo no quiere aparecer como quien lanza una moción sin garantías, porque eso podría reforzar a Sánchez si fracasa. Una moción perdida no solo no tumba al Gobierno; puede darle oxígeno, relato y un enemigo cómodo. Ya se sabe: nada une más a una mayoría rota que una amenaza mal calculada desde fuera.

Por eso el PP está desplazando la presión hacia los partidos que hicieron presidente a Sánchez. El mensaje es sencillo: si el PNV cree que la legislatura está agotada, que actúe; si Junts sostiene que el Gobierno incumple, que deje de sostenerlo; si los socios denuncian la inestabilidad, que no se queden en la queja elegante. Es una maniobra de pinza discursiva. Feijóo intenta que el coste no sea suyo, sino de quienes mantienen vivo al Ejecutivo pese a sus críticas.

El PP habla de una posible moción instrumental, una fórmula pensada para desalojar a Sánchez y convocar elecciones, no para construir una alianza duradera entre populares, nacionalistas vascos, independentistas catalanes y Vox. Suena quirúrgico. En política, sin embargo, las operaciones quirúrgicas suelen dejar cicatriz, y a veces el paciente se levanta de la camilla preguntando quién firmó el consentimiento.

La derecha sabe que el Gobierno atraviesa uno de sus momentos más vulnerables. No solo por la falta de Presupuestos, ni por la fragilidad de cada votación, ni por el desgaste acumulado de una legislatura que avanza como un coche con el embrague quemado. El elemento nuevo es el golpe simbólico del caso que afecta al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, una figura que durante años funcionó para el PSOE como reserva moral, como memoria amable de la izquierda institucional. Que ahora aparezca en una investigación judicial cambia el tono de la conversación.

El PNV aprieta, pero no se entrega

El aviso de Aitor Esteban ha sido especialmente relevante porque el PNV no suele hablar por impulsos. Cuando los jeltzales endurecen el lenguaje, conviene escuchar el crujido de la madera. Esteban ha cuestionado que Sánchez pueda agotar la legislatura en un escenario sin Presupuestos, sin mayoría estable y con una agenda judicializada. No es una frase menor. Es una advertencia política con olor a paciencia agotada.

Pero advertir no es romper. El PNV ha sido históricamente un partido de cálculo frío, de intereses territoriales claros y de aversión al salto al vacío. Puede incomodar al Gobierno, exigir rectificaciones, marcar distancia y elevar el precio de cada apoyo. Lo que no parece tan probable es que se lance alegremente a una moción que dependa también de Vox y que entregue a Feijóo una victoria de alto voltaje sin garantías sobre el día después.

El PNV tiene además un problema doméstico: su relación con el socialismo vasco. En Euskadi, el equilibrio institucional pesa. Mucho. Un movimiento contra Sánchez en Madrid no se queda en Madrid; viaja a Vitoria, entra en los despachos, se sienta en las mesas de negociación y altera la temperatura de una alianza que a los nacionalistas les resulta útil. La política española es una casa con tabiques finos: uno grita en el Congreso y se oye en Ajuria Enea.

Feijóo lo sabe. También sabe que el PNV no quiere aparecer como un sostén incondicional de un Gobierno tocado por causas judiciales y por una evidente fatiga parlamentaria. Ahí está la grieta que intenta ensanchar el PP: no necesariamente para registrar mañana la moción, sino para hacer que cada voto futuro del PNV junto al PSOE parezca una contradicción. La oposición no solo busca tumbar gobiernos. A veces busca hacerlos vivir mal.

Junts, el socio incómodo que nunca deja de cobrar peaje

Junts ocupa otra posición. Más imprevisible, más teatral, más inclinada a convertir cada negociación en un pulso de identidad y poder. Su relación con Sánchez viene marcada por una paradoja: sin Junts, la legislatura no habría nacido; con Junts, la legislatura nunca termina de asentarse. Es el socio que permite andar y a la vez va moviendo las baldosas del suelo.

Para Feijóo, Junts es una pieza tentadora y peligrosa. Tentadora porque sus siete diputados bastarían para cambiar por completo el escenario. Peligrosa porque el PP ha construido buena parte de su oposición sobre el rechazo frontal a las cesiones al independentismo catalán. Pedir ahora a Junts que facilite una moción contra Sánchez exige una gimnasia política considerable. De esas que, vistas desde la grada, parecen contorsionismo.

El argumento popular pasa por presentar la moción como un trámite hacia elecciones, no como un pacto de Gobierno. Pero Junts no regala votos. Nunca. Si alguna vez decidiera abrir esa puerta, lo haría con condiciones, garantías y una factura política que Feijóo tendría difícil explicar a una parte de su electorado. Tampoco está claro que a Carles Puigdemont le interese precipitar unas elecciones que podrían dar una mayoría más cómoda a la derecha o recolocar el tablero catalán sin beneficios evidentes para su partido.

Sánchez, por su parte, lleva años sobreviviendo precisamente en ese terreno: el de los socios que protestan, amenazan, tensan, pero rara vez cruzan del todo la línea. Moncloa ha convertido la resistencia en método. Un método caro, incómodo, lleno de servidumbres, pero efectivo hasta ahora. El problema es que cada nueva crisis reduce el margen. Llega un momento en que gobernar no consiste en avanzar, sino en comprobar cada mañana si el suelo sigue ahí.

El caso Zapatero cambia el clima político

El caso Zapatero ha añadido una capa de gravedad a una legislatura que ya venía judicializada. La Audiencia Nacional ha citado al expresidente como investigado en una causa vinculada al rescate de Plus Ultra, con presuntos delitos de tráfico de influencias y otros conexos. La investigación analiza si existió una red de intermediación y beneficios económicos alrededor de determinadas operaciones empresariales. Zapatero queda bajo el foco judicial, aunque conviene subrayarlo sin letra pequeña: estar investigado no equivale a ser culpable.

Aun así, el impacto político es evidente. No se investiga a un dirigente cualquiera. Zapatero fue presidente del Gobierno, secretario general del PSOE y una figura central de la izquierda española contemporánea. Para el socialismo, su imputación abre una herida doble: judicial y simbólica. La primera se resolverá en los tribunales. La segunda se libra en la opinión pública, donde los matices suelen morir pronto, pobres criaturas.

El PP intenta convertir esa herida en una enmienda total a Sánchez. El razonamiento opositor es que el Gobierno ya no solo está debilitado por su minoría parlamentaria, sino rodeado por una cadena de casos que afectan a su entorno político. El PSOE replica apelando a la presunción de inocencia y acusando a la derecha de usar los tribunales como combustible electoral. Es un debate conocido. Demasiado conocido. España lleva años en una cinta transportadora donde política, judicatura y propaganda pasan mezcladas, como maletas en un aeropuerto saturado.

La dificultad para Sánchez es que su propia trayectoria ha estado marcada por una enorme dureza contra los casos de corrupción ajenos. Cuando uno levanta el listón moral muy alto para los demás, luego debe saltarlo con los bolsillos llenos de piedras. Esa es la parte incómoda para Moncloa: no basta con invocar garantías judiciales, que son imprescindibles; también hay que sostener una credibilidad política sometida a desgaste continuo.

Sánchez resiste porque la alternativa aún no cuaja

La gran pregunta política no es si Sánchez está fuerte. No lo está. La cuestión es si existe una mayoría organizada para echarlo. Y, por ahora, esa mayoría no aparece. Hay malestar, reproches, cansancio, amenazas y cálculos. Pero una moción de censura exige algo más compacto: votos afirmativos, candidato alternativo y voluntad de asumir el día después. Ahí se atasca todo.

Sánchez sigue en La Moncloa porque sus socios, incluso molestos, tienen incentivos para no romper del todo. Sumar no quiere elecciones en pleno proceso de recomposición de la izquierda. ERC compite con Junts y mide cada movimiento en clave catalana. Bildu no tiene prisa por facilitar una victoria del PP. El BNG opera con lógica gallega propia. El PNV quiere estabilidad útil, no aventuras. Junts quiere precio político, no gestos gratis. Es un mosaico difícil, a veces desesperante, pero todavía funcional para la supervivencia del Gobierno.

Feijóo, en cambio, necesita transformar el desgaste de Sánchez en una salida institucional. Y ahí está su dilema. Si espera demasiado, puede parecer pasivo. Si se precipita, puede regalar a Sánchez una victoria parlamentaria. Si se acerca a Junts, incomoda a los suyos. Si depende solo de Vox, no llega. Si presiona al PNV, quizá consiga ruido, pero no necesariamente votos. La oposición también tiene sus laberintos, aunque los decore con encuestas favorables.

El Gobierno confía en que la tormenta amaine, en que Zapatero declare, en que la causa judicial no produzca de inmediato un terremoto mayor y en que los socios prefieran seguir negociando antes que quemar la legislatura. Es una confianza razonable, pero frágil. Las legislaturas no caen solo por una votación; a veces caen por acumulación, por cansancio, por la sensación de que cada semana trae un incendio nuevo y ningún bombero conoce ya la salida.

La aritmética desnuda el teatro

La política española vive mucho de los gestos, pero el Congreso es cruelmente numérico. La moción de censura necesita 176 síes. No sirven las abstenciones heroicas ni los discursos con música de tráiler. El PP puede ganar el marco mediático durante varios días, pero sin PNV o Junts no puede ganar la votación. Esa es la pared.

También hay otra pared, menos visible: la de la coherencia. El PNV y Junts pueden criticar duramente a Sánchez, pero apoyar una moción encabezada por Feijóo tendría consecuencias profundas. Para el PNV, por su relación territorial e institucional con el socialismo. Para Junts, por su posición ante el PP y Vox. Para Feijóo, por su propia hemeroteca sobre los pactos con independentistas. Todo el mundo tiene una llave, sí. Pero algunas llaves queman.

Por eso el escenario más probable no es una moción inmediata, sino una presión sostenida. El PP seguirá hablando de responsabilidad de los socios. El PNV seguirá marcando distancia sin romper del todo. Junts seguirá subiendo el precio de su apoyo. Sánchez seguirá intentando gobernar como si el calendario jugara a su favor. Y el caso Zapatero seguirá proyectando una sombra incómoda sobre el PSOE mientras avance la investigación.

Una legislatura con olor a prórroga

La crisis abierta alrededor de Sánchez no se resolverá solo con una frase de Feijóo ni con una advertencia del PNV. Lo que se está midiendo es si la legislatura conserva suficiente pegamento para llegar a 2027 o si la suma de minoría parlamentaria, desgaste judicial y fatiga de los socios acaba imponiendo una salida anticipada. De momento, Sánchez aguanta. No porque el suelo sea firme, sino porque nadie ha reunido aún los votos para retirárselo.

Feijóo ha conseguido colocar a PNV y Junts bajo el foco, y eso no es poca cosa. Les obliga a explicar por qué critican al Gobierno mientras lo mantienen vivo. Pero una moción de censura no se gana con incomodidad ajena, sino con votos propios y prestados. Y esos votos, por ahora, siguen siendo más deseo que realidad. En la España política de estos días, todos enseñan cartas, nadie muestra la mano completa y el Gobierno continúa sentado en una silla que cruje. Cruje mucho. Pero todavía no se ha roto.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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