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¿Puede caer en el caos Venezuela, tras la captura de Maduro?

Venezuela entra en una zona de riesgo inédita: el mando político que mantenía cohesionadas —aunque fuera por inercia o temor— a las estructuras armadas y a las redes clientelares se ha roto, y el hueco no lo ocupa una sola autoridad indiscutida.

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Puede caer en el caos Venezuela

Sin Maduro, Venezuela encara un riesgo real: cárteles, paramilitares y sabotajes al petróleo, fronteras tensas y servicios básicos al límite.

Venezuela entra en una zona de riesgo inédita: el mando político que mantenía cohesionadas —aunque fuera por inercia o temor— a las estructuras armadas y a las redes clientelares se ha roto, y el hueco no lo ocupa una sola autoridad indiscutida. En ese vacío, cárteles de la droga, grupos paramilitares, colectivos armados y unidades de seguridad con poder real pueden disputar calles, corredores y rentas. Para la población, el peligro es directo y reconocible: violencia fragmentada, apagones más largos, extorsión en mercados y barrios, sabotajes a instalaciones energéticas, retenciones en carretera, subidas súbitas de precios y olas de desplazamiento hacia las fronteras. No es teoría: son patrones que un país con armas, economías clandestinas y polarización ya conoce.

En el corto plazo, el escenario más probable no es una “normalización” sujeta a calendario, sino una competencia violenta por el control del territorio y del dinero. La FANB, la Guardia Nacional, el SEBIN o la DGCIM pueden fragmentarse en lealtades locales; bandas con músculo financiero reacomodan negocios; intermediarios ocupan ventanillas que antes eran estatales; PDVSA y su perímetro logístico se vuelven dianas. Si la cadena de mando no se recompone con rapidez y si la infraestructura crítica no recibe protección sostenida, la vida cotidiana queda a merced del actor que controle el paso, el combustible o la luz ese día.

Qué cambia en el terreno sin un mando indiscutido

Con el centro político debilitado, la disciplina vertical pierde fuerza. Mandos intermedios, acostumbrados a obedecer órdenes respaldadas por un paraguas político y judicial, pasan a evaluar riesgos y beneficios por su cuenta. En ese punto, la obediencia deja de ser automática: algunos se replegarán, otros se venderán, otros mandarán en su zona sin mirar arriba. El resultado es una geografía de micropoderes que no coincide con los mapas administrativos.

Esta desverticalización tiene efectos inmediatos: retenes sin sello claro, toques de queda informales, operativos que no siguen protocolos, puntos de control que cobran “peajes” por mover mercancías o pasar personas. La línea entre autoridad y rentista armado se difumina. La población civil queda atrapada en esa penumbra legal, obligada a negociar la rutina: llegar al trabajo, conseguir medicinas, llevar al colegio a los hijos, cruzar de un municipio a otro.

La polarización previa alimenta el fuego. Quien se sienta vencedor puede vivir el momento como permiso para ajustar cuentas; quien se sienta perseguido buscará protección allí donde la encuentre: un líder local, un grupo armado, un jefe de cuadrilla. Y cuando las lealtades son de barrio o de corredor, el Estado deja de ser el árbitro.

Actores armados y economías clandestinas

El tablero venezolano no es monocolor. Conviven unidades regulares, servicios de seguridad, colectivos, bandas y estructuras criminales con lógica empresarial. No todos disparan por la misma causa; casi todos disparan por rentas y supervivencia.

Cárteles y bandas. El país ha soportado rutas de cocaína, contrabando de gasolina, minería ilegal y trata que se alimentan del desorden. Cuando cae el paraguas central, esas economías no desaparecen: se expanden. Pueden presentarse como “resistencia” para abaratar el reclutamiento y darle sentido a su violencia, pero su objetivo es capturar renta: peajes, extorsión, protección “obligatoria” para comerciantes y transporte. Las marcas más conocidas —como el Tren de Aragua— no necesitan unanimidad geográfica para imponer reglas: les basta con nodos estratégicos, cárceles clave, corredores bien cubiertos y disciplina interna.

Paramilitares y colectivos. En barrios y ejes urbanos, grupos parapoliciales o colectivos que actuaban como disuasores pueden radicalizarse si perciben que nadie manda por encima. Algunos se replegarán para conservar músculo; otros subirán el tono para cobrar por “orden”. El discurso público puede cambiar —patriotismo, defensa de la soberanía, “limpieza” de delincuencia—; las prácticas tienden a ser las mismas: control social, cobro y uso selectivo de la violencia.

Aparato de seguridad. FANB, Guardia Nacional, SEBIN, DGCIM conservan capacidad, armamento y redes. Sin una cadena de mando clara, esa capacidad puede convertirse en poder autónomo. Unidades con archivos, informantes y logística pueden mercantilizar su fuerza: proteger a quien pague, reprimir a quien incomode, negociar con quien controle el territorio. El uniforme, en ese contexto, no garantiza derechos: el riesgo de excesos, detenciones sin orden o allanamientos crece.

Infraestructura crítica bajo amenaza

En una crisis así, el petróleo deja de ser solo ingreso fiscal: se convierte en símbolo y objetivo. La red de refinerías, oleoductos, poliductos y terminales —un sistema físico y complejo— es caro de custodiar y fácil de interrumpir. Un incendio, una fuga, un sabotaje selectivo en una subestación o un tanque bastan para paralizar regiones enteras. PDVSA y su periferia operativa —desde puertos hasta plantas— concentran incentivos para quien quiera demostrar fuerza o encarecer el control de terceros.

La electricidad es el otro talón. La red arrastra fragilidades: mantenimiento rezagado, equipos envejecidos, dependencia de insumos importados. En escenarios de violencia intermitente, proteger líneas y subestaciones se vuelve inabarcable. Cada apagón prolongado genera efectos en cascada: bombas de agua que se paran, cadenas de frío que se rompen, hospitales dependientes de plantas sin diésel, comercios que bajan santamaría por inseguridad y pérdidas. La telecomunicación sufre a continuación: torres y nodos necesitan energía y custodia. Sin señal, la información viaja peor y el rumor manda.

Transporte y combustible completan el triángulo. Si terminales y poliductos están bajo presión, gasolineras se vuelven zonas de riesgo: colas, riñas, asaltos y cobros por prioridad. El mercado negro reaparece con fuerza, más caro y más violento. Quien controla el surtidor o la gandola manda sobre el barrio.

Ciudades y barrios: rutina intervenida

La insurgencia urbana no necesita grandes columnas. Requiere inteligencia local, refugios, movilidad y símbolos. En Caracas, Maracaibo, Valencia o Barquisimeto, el patrón puede ser episódico: un ataque a una patrulla, disparos a distancia, un coche que arde en una avenida estratégica, saqueos tras un apagón, videos y audios que convierten el miedo en masa. La policía se repliega cuando no se siente protegida; la respuesta queda a cargo de unidades más duras, con riesgo de excesos.

La economía urbana se adaptará en horas: horarios reducidos, cierre temprano, ventas solo en efectivo, cajas con acceso limitado a divisas, proveedores que exigen pago adelantado. Farmacias sin antibióticos de segunda línea, clínicas que posponen operaciones por falta de luz, colegios que suspenden clases cuando las motos llegan en grupo o cuando la ruta no es segura. Es el día a día encogido: se recorren menos kilómetros, se habla con menos gente, se confía en menos manos.

En barrios populares, la señal de alerta no es un comunicado. Son motos sin placa, retenciones improvisadas, mensajes en grupos de Telegram que marcan calles rojas. Tenderos que pagan protección para abrir, transportistas que cobran recargos por “riesgo”, familias que ajustan comidas porque la nevera falló. La presencia armada —uniformada o no— se convierte en paisaje.

Fronteras y desplazamiento regional

Las fronteras no son líneas; son zonas. Colombia absorbe presiones por Norte de Santander, Arauca o La Guajira cuando las trochas se llenan. Brasil mira a Roraima, con tránsito por Santa Elena de Uairén–Pacaraima. El Caribe sufre la versión marítima: lanchas sobrecargadas rumbo a islas cercanas, tráfico de personas que se encarece y arriesga. Cuando la seguridad se degrada, familias separadas entre frontera y capital se quedan sin puentes: cierres repentinos, militarización, horarios que cambian sin aviso.

Un flujo migratorio fuerte tensiona servicios en ciudades de acogida, multiplica economías informales y crea oportunidades para redes de explotación. Dentro de Venezuela, desplazamiento interno: gente que abandona zonas de conflicto hacia capitales regionales, campamentos improvisados, iglesias y escuelas como refugio temporal. Oenegés y redes comunitarias tratan de sostener lo básico: alimentos, agua, kits de higiene, orientación.

Dinámica del miedo y del dinero

La violencia se sostiene con dinero, y el dinero sale de rentas. Tres vías dominarán el arranque: extorsión, contrabando y secuestro exprés. La extorsión se normaliza como impuesto: al tendero, al camionero, al médico que abre su consulta. El contrabando gana cuando la frontera se vuelve negocio; gasolina, alimentos, medicinas cruzan con recargos y protección armada. El secuestro exprés, corrosivo y rápido, hace caja y terror en una sola jugada.

En este contexto, el efectivo recupera valor: dólares y bolívares circulan según quién controle el punto de venta. Transferencias y datáfonos fallan con apagones; pagos en criptomonedas se usan donde hay cobertura y acuerdo, pero no sustituyen a la moneda física cuando la red cae. La inflación de emergencia —precios que cambian dos veces por semana o dos veces al día— aparece sin avisar.

Qué señales anticipan la temperatura de la crisis

Hay termómetros que no dependen de discursos. Colas de combustible que crecen a mediodía, farmacias sin amoxicilina ni ibuprofeno por más de tres días, retiros limitados por persona en bancos, paro del transporte en rutas críticas, hospitales que solo atienden emergencias, cortes de luz sin cronograma, retenes fuera de horario en autopistas, cierres tempranos en mercados. Y luego están los mapas domésticos: listas de calles seguras, horas para moverse, puentes a evitar, que circulan en audios de WhatsApp.

Otra señal definitiva: la conducta de los uniformados. Si un mando político logra pagar sueldos, unificar órdenes y disciplinar operativos bajo normas claras, el daño se acota. Si cada unidad “hace la suya”, la espiral acelera. También influye la posición internacional: países que condenan, otros que reconocen, otros que negocian. Esa disputa externa se traduce dentro en relatos —“ocupación” vs “transición”— que facilitan o frenan reclutamientos.

Lo mínimo para no despeñarse

Incluso en escenarios duros, hay palancas que reducen el daño. Proteger de forma priorizada ciertas infraestructuras: subestaciones, plantas de bombeo, terminales de combustible, hospitales de referencia. Asegurar corredores humanitarios para alimentos y medicinas sin peajes. Coordinar con gobernadores y alcaldes —afines o no— para mantener servicios esenciales. Control civil sobre operativos para evitar excesos que encienden barrrios enteros. Información verificada que compita con el rumor: horarios de racionamiento, rutas seguras, códigos de emergencia. Y, sobre todo, unificar mando en cuerpos armados: pagar a tiempo, sancionar la indisciplina y premiar la protección al civil.

Ninguna de esas palancas garantiza paz; sí reduce la entropía. En este tipo de crisis, lo perfecto suele ser enemigo de lo posible: contener es ganar tiempo para organizar, evitar que la economía ilegal sustituya por completo a la formal, proteger a personas clave (técnicos de electricidad, agua, refinerías) que sostienen lo básico.

El desenlace más probable a corto plazo

Con Maduro fuera del mando, Venezuela se juega dos salidas inmediatas. Una, orden inestable: autoridad provisional que unifica parte de las fuerzas, contiene a bandas y paramilitares en anillos, protege energía y combustible, y negocia con vecinos para amortiguar la frontera. Otra, mosaico de violencias: zonas bajo mandos locales, sabotajes frecuentes, mercado negro como sistema, migración sostenida, barrios con ley propia.

La advertencia que planea sobre todo el artículo es simple y cruda: Venezuela reúne condiciones para que la insurgencia sea barata y el control carísimo. Si no se reconstruye una cadena de mando que proteja civiles y asegure lo esencial, el país corre el riesgo de quedar atrapado en una guerra de desgaste sin frente claro, donde cada día pesa un poco más que el anterior. El caos, aquí, no es una explosión cinematográfica: es la suma de apagones, retenciones, precios imposibles y miedos nuevos que cambian de esquina con el sol. Y esa suma, si no se corta, termina imponiéndose como normalidad.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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