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Ciencia

¿Qué oculta el posible geoglifo hallado con Google Earth en los Andes?

Una extraña estructura de piedras localizada con Google Earth en los Andes argentinos será investigada para saber si es un geoglifo y quién la creó

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posible geoglifo hallado con Google Earth

Resumen

  • Una estructura de piedras fue localizada con Google Earth en los Andes
  • Una expedición la estudiará en diciembre para averiguar su origen y función
  • Aún no está confirmado que sea un geoglifo ni que tenga origen inca

Una extraña disposición de piedras localizada mediante Google Earth a más de 3.000 metros de altitud en los Andes argentinos será investigada sobre el terreno por un equipo científico de Argentina y España. La estructura existe físicamente y presenta corredores, alineaciones y acumulaciones de roca, pero todavía no puede afirmarse que sea un geoglifo, ni mucho menos que tenga origen inca. Esa es precisamente la incógnita que los investigadores esperan comenzar a resolver en diciembre de 2026.

El lugar se encuentra en la cordillera del Tigre, en Mendoza, y fue detectado en mayo de 2025 por el andinista Carlos Gobbi mientras examinaba imágenes satelitales. Después de varios intentos frustrados por el clima y la dureza del terreno, Gobbi consiguió llegar hasta el punto en febrero de 2026. Lo que encontró allí convirtió una anomalía de pantalla en un problema arqueológico real: piedras ordenadas en estructuras lineales, montículos y pasillos que en algunos casos superan los 30 metros de longitud.

Un dibujo de piedra a más de 3.000 metros

Un geoglifo es, en términos sencillos, una figura de grandes dimensiones realizada directamente sobre el terreno, retirando materiales, excavando o colocando piedras de manera deliberada. Las líneas de Nazca son el ejemplo que inmediatamente viene a la cabeza, aunque el término engloba construcciones muy diferentes repartidas por distintas culturas y épocas.

El problema es que la estructura mendocina todavía no encaja limpiamente en ninguna etiqueta. Vista desde arriba presenta una organización llamativa; a ras de suelo aparecen alineaciones pétreas, espacios delimitados y corredores. Eso basta para despertar el interés arqueológico, pero no para conocer quién los construyó, cuándo ni con qué finalidad. La imagen de satélite abre la puerta. No entrega la respuesta.

Y ahí reside buena parte del interés del caso. Google Earth puede revelar formas que durante siglos permanecieron camufladas en paisajes inmensos, pero también puede convertir sombras, desniveles y accidentes naturales en geometrías engañosas. En este caso, sin embargo, las estructuras observadas desde el aire tienen una correspondencia física sobre el terreno. El misterio ya no consiste en saber si allí hay piedras, sino en explicar qué significan.

De una pantalla a una travesía por la cordillera

Gobbi localizó la formación de manera fortuita mientras recorría virtualmente la cordillera en mayo de 2025. Intentó aproximarse en septiembre y de nuevo en noviembre, pero las condiciones meteorológicas y la propia montaña obligaron a abandonar ambos intentos. No fue hasta febrero de 2026 cuando consiguió alcanzar finalmente la zona tras varios días de marcha por un territorio extremadamente aislado.

Ese detalle importa. El supuesto geoglifo no está junto a una carretera ni en una llanura frecuentada. Se encuentra en alta montaña, con accesos difíciles y escasez de agua, un escenario que complica tanto su investigación actual como cualquier explicación sobre un posible uso humano prolongado en el pasado.

Lo que apareció al llegar

Las fotografías tomadas por Gobbi muestran estructuras de piedra que forman corredores, acumulaciones pétreas y trazados reconocibles desde una perspectiva elevada. También se han descrito sectores circulares y rectangulares integrados en el conjunto. Los arqueólogos que analizaron ese material consideran, sin embargo, que las imágenes no permiten establecer una cronología ni atribuir una función concreta al lugar.

Esa prudencia evita una tentación bastante humana: ver una figura misteriosa en Google Earth y colocarle inmediatamente varios siglos de historia encima. No existe todavía una datación científica del conjunto y tampoco se han presentado pruebas que permitan identificarlo como una construcción inca.

Por qué los arqueólogos no hablan todavía de un hallazgo inca

La posibilidad de un origen relacionado con el periodo incaico está sobre la mesa porque el Imperio inca extendió su influencia por territorios que actualmente forman parte del oeste argentino durante los siglos XV y XVI. Pero los investigadores mantienen abiertas otras cronologías: la estructura podría ser anterior, contemporánea o incluso posterior.

La arqueóloga Cristina Prieto-Olavarría, investigadora del IANIGLA-CONICET, y Horacio Chiavazza, de la Universidad Nacional de Cuyo, han señalado que no conocen otro enclave igual documentado en Mendoza. El estudio se integra en Arqueoandes, un proyecto internacional dedicado a analizar cómo las sociedades fueron transformando los paisajes de alta montaña. En la vertiente española participa el Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén.

La pista de un paisaje sagrado

Una de las hipótesis considera que el lugar pudo estar relacionado con el modo en que las sociedades andinas concebían determinadas montañas, rutas y accidentes naturales. En el mundo inca, el paisaje no era simplemente un decorado: ciertos puntos podían adquirir valor ritual, territorial o simbólico.

También se contempla una explicación bastante más cotidiana. El enclave pudo servir como campamento temporal o espacio estacional. Su aislamiento y la falta de agua hacen difícil imaginar una ocupación permanente, aunque precisamente esas condiciones podrían haber convertido la zona en un punto especial para actividades concretas. Por ahora, ceremonia y vida práctica conviven en el mismo cajón de las hipótesis.

Durante la primera visita no aparecieron en superficie cerámicas ni restos de alimentos que indiquen claramente una ocupación continuada. Es un dato interesante, pero no una prueba definitiva. Que un objeto no sea visible sobre el terreno no significa que no existan materiales enterrados, erosionados o dispersos por siglos de procesos naturales.

Precisamente por eso la próxima campaña deberá mirar debajo de la apariencia. La arqueología no puede fechar una pared porque parezca antigua, ni atribuir un pasillo a los incas simplemente porque esté en los Andes. Harán falta contexto, sedimentos, relaciones entre estructuras y, si aparecen, materiales capaces de aportar una cronología fiable.

Qué buscará la expedición de diciembre

El equipo hispano-argentino prevé regresar a la cordillera del Tigre en diciembre de 2026 con herramientas bastante más sofisticadas que una cámara fotográfica. Está previsto realizar levantamientos de alta precisión, prospecciones a pie, análisis geoquímicos, trabajos con drones, teledetección y estudios de geoarqueología.

Los especialistas españoles aportarán también técnicas para estudiar sedimentos y restos botánicos microscópicos. Estos análisis pueden ayudar a reconstruir cómo era el entorno cuando se utilizó el enclave: qué vegetación existía, si hubo agua disponible, qué alteraciones sufrió el suelo o si ciertas modificaciones parecen asociadas a actividad humana.

No se trata únicamente de poner fecha a unas piedras. La ambición es reconstruir un paisaje: averiguar quién pudo moverse por aquella montaña, en qué condiciones y por qué escogió precisamente ese punto. A veces la información decisiva no aparece en una gran pieza arqueológica, sino en unos pocos granos de sedimento, restos vegetales invisibles a simple vista o pequeñas variaciones químicas del suelo.

El episodio vuelve a mostrar hasta qué punto las imágenes satelitales han alterado la forma de localizar y estudiar restos arqueológicos. Zonas que antes exigían semanas de exploración pueden examinarse desde un ordenador buscando geometrías, caminos antiguos, cambios de color en el terreno o construcciones apenas perceptibles desde el suelo.

Pero la tecnología tiene un límite bastante saludable. Google Earth puede señalar dónde mirar; no puede explicar por sí solo lo que estamos viendo. Una forma geométrica puede ser arqueología, geología, erosión, una construcción reciente o una mezcla de varias cosas. La comprobación física y el análisis científico continúan siendo imprescindibles.

En Mendoza, esa segunda parte del proceso acaba prácticamente de comenzar. La pantalla permitió encontrar el lugar; la montaña deberá aportar las pruebas que permitan entenderlo.

Un misterio arqueológico que todavía debe ganarse su nombre

Por el momento, hablar de un posible geoglifo de los Andes argentinos es correcto. Presentarlo como un geoglifo inca confirmado sería ir mucho más lejos de lo que permiten las pruebas disponibles.

Hay una estructura pétrea singular, situada por encima de los 3.000 metros, detectada primero mediante imágenes de Google Earth y después comprobada sobre el terreno. Hay arqueólogos de Argentina y España preparando una investigación sistemática. Y existen varias hipótesis, desde un enclave relacionado con prácticas rituales hasta un lugar utilizado estacionalmente.

Lo demás sigue enterrado —quizá literalmente— en la cordillera del Tigre. Diciembre será el primer examen arqueológico a fondo de un lugar que empezó siendo unos trazos extraños en una pantalla y que podría terminar contando una historia inesperada sobre quienes atravesaron los Andes siglos atrás.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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