Ciencia
Por qué el reloj de la Puerta del Sol marca el cuatro como IIII
Un cuatro de cuatro palos reúne siglos de historia, decisiones estéticas y una máquina ligada a la memoria de Madrid.

El cuatro de la esfera de la Puerta del Sol está escrito como IIII, no como IV. No es un fallo del reloj ni una ocurrencia exclusiva de Madrid: esa forma aparece en numerosas esferas tradicionales y combina una herencia antigua con criterios de diseño y legibilidad. En la numeración romana actual, IV es la forma más habitual para representar el cuatro, pero los relojes no siempre han seguido una única convención.
La explicación más sólida no depende de una causa aislada. El IIII conserva una escritura aditiva anterior a la forma sustractiva, encaja con una composición visual equilibrada y se ha repetido durante generaciones en la relojería. En el caso madrileño, además, el número forma parte de una máquina histórica inaugurada en 1866 y asociada desde entonces a las campanadas de Nochevieja: un detalle tipográfico que acabó convertido en emblema.
Dos maneras antiguas de escribir el cuatro
La numeración romana no fue siempre un sistema completamente uniforme. Entre las formas antiguas se encontraba el método aditivo, que representaba el cuatro sumando cuatro unidades: IIII. Los etruscos utilizaban esa lógica y los romanos heredaron distintas prácticas numéricas de los pueblos con los que convivieron. Con el tiempo se extendió también el principio sustractivo, por el que una cifra menor colocada antes de otra indica que debe restarse: así, IV expresa cinco menos uno.
La diferencia entre ambas grafías no significa que el IIII fuese una invención de los relojeros para embellecer las esferas. La forma aditiva tiene raíces históricas, aunque el uso del IV se impusiera como convención en muchos contextos. En la Antigüedad no existía una autoridad única que fijara cada representación numérica del modo en que hoy se normalizan los signos en manuales y documentos. Las formas podían coexistir y mantenerse por costumbre o por el uso concreto al que estaban destinadas.
En un reloj, además, el número cumple una función distinta de la que tiene en un texto. No aparece aislado: comparte una superficie circular con otras once cifras y debe reconocerse de un vistazo. Por eso, una grafía que hoy parece apartarse de la regla escolar podía resultar adecuada para una esfera. La tradición relojera no se limitó a conservar el pasado; también convirtió una variante antigua en una solución visual repetida.
La esfera también se diseña para el ojo
Una de las explicaciones más extendidas atribuye el IIII a la simetría. En una esfera de doce horas, los numerales se distribuyen alrededor de un círculo y no se leen como una línea continua. El IIII forma un bloque de cuatro caracteres frente al VIII, también compuesto por cuatro signos, situado en el lado opuesto. Esa correspondencia contribuye a que el conjunto parezca equilibrado, aunque no sea una simetría matemática perfecta.
La grafía también ordena la secuencia por familias de signos. Entre la una y las cuatro se repite la I; en las horas siguientes aparece la V, y en el tramo posterior adquiere protagonismo la X. Esta lectura visual no demuestra por sí sola que esa fuera la razón original para escoger IIII, pero ayuda a entender por qué la alternativa resulta cómoda en una esfera. El número se contempla como parte de una composición, no solo como una operación aritmética.
En un reloj monumental, los signos tienen que funcionar desde el suelo, con perspectiva y a cierta distancia. Una cifra con más trazos puede dar más peso al sector inferior izquierdo, mientras que una abreviatura como IV modifica el ritmo gráfico de ese lado. El efecto es sutil, pero el diseño de una esfera depende precisamente de cómo se relacionan las formas. La elección del IIII puede responder a una preferencia estética acumulada, sin que eso convierta la explicación en una regla universal.
También conviene evitar una conclusión demasiado tajante: no todos los relojes con numeración romana muestran IIII. Algunos emplean IV, como el Big Ben de Londres, mencionado a menudo como ejemplo de la otra convención. Esa diferencia confirma que no existe una norma única para todas las esferas. Cada reloj pertenece a una tradición de fabricación, a un diseño y a decisiones que pueden variar de un lugar a otro.
Lectura rápida y costumbre artesanal
La legibilidad ofrece otro argumento posible. En una esfera vista desde abajo o en una imagen pequeña, los signos quedan sujetos a la perspectiva, la iluminación y la rapidez con que se mira la hora. Se ha planteado que IV puede confundirse con VI en determinadas posiciones, mientras que IIII mantiene una silueta más regular. No significa que la lectura del IV sea incorrecta, sino que una esfera pública debe reconocerse en un instante, no analizarse como una inscripción.
La diferencia puede apreciarse mejor al imaginar la mirada fugaz de un peatón. El reloj de una torre no se observa siempre de frente, en silencio y con buena luz. A menudo se mira mientras se cruza una plaza o se levanta la vista apenas un segundo. En ese contexto, cuatro trazos verticales forman una figura sencilla de identificar. Es una ventaja plausible, aunque no hay base para asegurar que fuera el motivo decisivo en el diseño concreto del reloj madrileño.
La repetición en los talleres también debió de contribuir a que la forma se asentara. Los relojeros trabajaban con soluciones conocidas, proporciones que ya habían demostrado funcionar y modelos que otros artesanos podían imitar. Una grafía adoptada en muchas esferas termina pareciendo natural dentro de ese oficio. La costumbre puede prolongar una elección incluso cuando su origen se vuelve incierto: basta con que el resultado siga siendo legible y encaje con el objeto.
Por eso es más prudente hablar de varios factores que se refuerzan entre sí que adjudicar el IIII a una sola causa. La herencia numérica explica que la forma existiera; el diseño ayuda a comprender que funcionara en la esfera, y la repetición artesanal da cuenta de su continuidad. La precisión histórica exige separar esos argumentos razonables de los relatos que pretenden resolver el asunto con una anécdota definitiva.
El rey francés y una historia difícil de comprobar
Una leyenda sitúa el origen de la preferencia por IIII en la Francia del siglo XIV. Según el relato, en 1370 el rey Carlos V encargó un reloj para una torre del palacio real al relojero Henry de Vick. El artesano habría escrito el cuatro como IV y el monarca le habría exigido cambiarlo por IIII, alegando que el rey tenía razón. La historia suele rematarse con una frase sobre la autoridad real, pero no hay confirmación sólida de que el episodio ocurriera de ese modo.
La anécdota resulta atractiva porque convierte una elección de diseño en una escena de conflicto entre el conocimiento del artesano y el poder del soberano. También aprovecha un marco verosímil: los relojes públicos eran obras encargadas por instituciones y gobernantes, y su apariencia podía depender de quienes las financiaban. Pero que una historia resulte plausible no basta para tratarla como un hecho demostrado. La repetición del relato en textos posteriores tampoco sustituye a una prueba independiente.
En otra versión, menos asentada, se cuenta que un relojero suizo fue ejecutado por representar el cuatro como IIII, y que sus colegas adoptaron después esa forma en señal de protesta. La historia circula como explicación folclórica, pero la información disponible no permite presentarla como un episodio comprobado. Ambos relatos monárquicos pertenecen más al terreno de la leyenda que al de una explicación documentada; sirven para mostrar cómo una convención técnica puede adquirir una narración dramática, no para establecer con certeza su origen.
La historia de Carlos V, además, no explica por sí sola por qué el IIII aparece en relojes de distintos países y épocas. Si la costumbre ya estaba vinculada a prácticas anteriores y a criterios de diseño, una decisión real —incluso si se hubiera producido— no bastaría para dar cuenta de toda su difusión. La explicación menos espectacular es también la más consistente con los datos: la grafía se mantuvo porque varias razones históricas y visuales podían sostenerla a la vez.
La superstición atribuida a Júpiter
Otra teoría sostiene que algunas personas evitaban escribir IV por su posible asociación con Júpiter, el dios supremo romano. La explicación parte de la forma IVPITER, una grafía latina en la que la V podía representar el sonido que hoy se escribe con U. Las dos primeras letras, IV, coincidirían así con el signo del cuatro. Según esa interpretación, escribirlas en un objeto cotidiano podía considerarse irrespetuoso o tener una connotación religiosa inconveniente.
Es una explicación repetida, pero no debe confundirse con una causa demostrada del uso relojero. Que la coincidencia gráfica exista no prueba que los romanos evitaran sistemáticamente IV por temor religioso ni que esa idea determinara la elección de los fabricantes siglos después. La asociación con Júpiter es una hipótesis sobre la superstición, no una respuesta concluyente. El desarrollo de las formas numéricas y los hábitos de los talleres ofrecen un contexto más amplio que una sola prohibición.
La cautela importa porque, al hablar de costumbres antiguas, es fácil transformar una posibilidad en una certeza. Una explicación llamativa puede sobrevivir precisamente porque se recuerda bien, aunque sus pruebas sean débiles. En este caso, la superstición podría haber influido en ciertos usos, pero la información disponible no permite afirmar que sea la razón por la que el reloj de la Puerta del Sol muestra cuatro palos. El IIII se entiende mejor como parte de una tradición con varios motivos posibles y ningún origen único confirmado.
La historia del reloj de la Puerta del Sol
El reloj actual llegó después de que los madrileños perdieran una referencia horaria muy conocida. En la plaza se encontraba la iglesia del Buen Suceso, cuyo reloj era consultado por los transeúntes. Tras la demolición del templo, la ciudad quedó sin esa señal familiar y se instaló una máquina de tres esferas en la parte superior del edificio de Gobernación, hoy Casa de Correos. Su marcha no satisfacía las expectativas: el mecanismo era conocido por sus errores y los intentos de corregirlo no resolvieron el problema.
La situación dio paso a la intervención de José Rodríguez Losada, relojero leonés de prestigio que vivía en Londres y había abandonado España por sus ideas políticas. Durante uno de sus viajes de regreso prometió construir una nueva máquina para la plaza. Tres años después entregó el reloj a Madrid como regalo. La nueva pieza sustituyó a la anterior y quedó instalada sobre el edificio que hoy domina visualmente la Puerta del Sol.
La inauguración tuvo lugar el 19 de noviembre de 1866, con la reina Isabel II, en una fecha vinculada a la celebración de su cumpleaños. Desde entonces, el mecanismo ha formado parte del paisaje cotidiano de la ciudad y de una ceremonia que alcanza a todo el país cada Nochevieja. El reloj no nació como un adorno para las campanadas: fue una respuesta a la necesidad práctica de contar con una hora pública fiable, aunque su función simbólica creciera con el tiempo.
La máquina también ha sufrido incidentes. En 1928 se desprendió una de sus pesas y atravesó el suelo hasta llegar al despacho del Gobernador. El episodio recuerda que detrás de la esfera, inmóvil para quien la mira desde la plaza, hay un mecanismo con piezas pesadas y engranajes que necesitan cuidado. La imagen pública del reloj suele asociarse a sus campanadas, pero su historia incluye tanto trabajo mecánico y mantenimiento como celebraciones multitudinarias.
Una máquina histórica que sigue marcando el año
Rodríguez Losada fabricó el reloj en Inglaterra, donde residía. Su mecanismo reúne numerosas ruedas dentadas y ha sido reconocido por su precisión. La información difundida sobre la máquina señalaba que, tras 158 años, el desfase era de unos cuatro segundos al mes. Esa cifra describe el dato recogido para ese periodo, no una garantía permanente de funcionamiento: la marcha de cualquier reloj histórico depende de su conservación y de los ajustes que requiera.
También se ha indicado que una proporción muy elevada de sus componentes originales continúa en uso. El dato subraya el valor de la máquina, pero no debe hacer pensar que el reloj permanece intacto o que su mantenimiento es innecesario. Una pieza histórica puede conservar gran parte de su fabricación inicial y, a la vez, necesitar revisiones para seguir funcionando con precisión. Su longevidad es fruto de la continuidad del mecanismo y de su cuidado, no de una ausencia de desgaste.
La permanencia del reloj en la plaza ha transformado una máquina funcional en un punto de referencia compartido. Quienes viven en Madrid pueden consultarlo a lo largo del año; quienes lo ven desde otras ciudades suelen asociarlo a la cuenta atrás de diciembre. Durante unos minutos, la esfera aparece en millones de pantallas y cada componente adquiere una visibilidad excepcional. El IIII, que en otra torre quizá pasaría inadvertido, queda expuesto año tras año ante una audiencia enorme.
Ese contexto explica por qué el número suscita curiosidad, pero no convierte su forma en un enigma sin respuesta posible. Se sabe que la grafía tiene antecedentes históricos y que el uso de IIII es una costumbre extendida en relojería. Lo que no se puede asegurar es que una sola razón —la simetría, la facilidad de lectura, la superstición o la decisión de un rey— explique por sí misma la esfera madrileña. La certeza está en la tradición; el origen exacto de cada elección, no tanto.
El cuatro como parte de la memoria de Madrid
La esfera de la Puerta del Sol conserva una forma de escribir que hoy puede parecer inesperada, pero que encaja en la historia más amplia de los números romanos. El paso de IIII a IV no borró todas las prácticas anteriores, y la relojería mantuvo una alternativa útil para componer e identificar las horas. En el reloj madrileño, esa continuidad se combina con la herencia del oficio, la distribución de los signos y la necesidad de leer la hora a distancia.
Las leyendas sobre reyes y supersticiones aportan color, aunque no tengan la misma solidez que la historia del mecanismo y su inauguración. Distinguir entre una explicación plausible y un episodio probado evita que el detalle se reduzca a una respuesta demasiado redonda. No hay una única causa confirmada para el IIII; hay una convergencia de antecedentes, preferencias visuales y hábitos que hicieron posible que esa forma perdurara.
La trayectoria del reloj ayuda a entender por qué un signo tan pequeño puede adquirir tanta fuerza. La máquina que sustituyó a un reloj impreciso terminó asociada a la plaza, a Madrid y al comienzo del año. En su esfera, cuatro trazos no son una errata: son la huella visible de una convención que sobrevivió al cambio de las normas y encontró un lugar propio en la ciudad. Cuando llegan las campanadas, el tiempo se mide con una máquina histórica y se reconoce en un detalle que forma parte de la memoria colectiva.

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