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¿Por qué se quema gas natural en los pozos y cuánto dinero se pierde?

El gas quemado en los pozos provoca pérdidas millonarias, más emisiones y efectos directos sobre la salud y la seguridad energética mundial.

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Por qué se quema gas natural

Resumen

  • En 2025 se quemaron 167.000 millones de metros cúbicos de gas
  • La quema rutinaria agrava las emisiones y desperdicia energía valiosa
  • El gas podría aprovecharse con redes, electricidad o reinyección en pozos

El gas natural se quema en las antorchas de los campos petrolíferos porque suele salir del subsuelo mezclado con el crudo y, en demasiados yacimientos, no existen tuberías, plantas de tratamiento ni clientes cercanos capaces de aprovecharlo. En situaciones puntuales, la llama sirve para aliviar presión y evitar accidentes. El problema comienza cuando esa medida de seguridad se convierte en rutina: sale más barato prender fuego al gas que recogerlo, transportarlo o reinyectarlo en el pozo.

La dimensión del derroche ya no admite el cómodo diminutivo de “ineficiencia”. Durante 2025 se quemaron en el mundo 167.000 millones de metros cúbicos de gas, un volumen próximo al consumo anual de todo el continente africano. Su valor se estima en unos 54.000 millones de dólares, mientras numerosos países continúan sufriendo cortes eléctricos, importando combustible caro o cocinando con fuentes de energía contaminantes. Una escena muy contemporánea: la riqueza ardiendo en el horizonte y, a pocos kilómetros, una casa a oscuras.

Una llama que convierte energía útil en humo

La quema en antorcha, conocida en la industria como gas flaring, consiste en conducir el gas sobrante hasta una chimenea elevada y quemarlo al aire libre. La imagen resulta casi cinematográfica: una lengua de fuego que no se apaga, visible desde kilómetros de distancia, iluminando la noche sobre plataformas marinas, desiertos o llanuras petroleras. Pero no es iluminación. Es combustible destruido sin producir electricidad, calefacción ni trabajo útil.

Cuando se extrae petróleo aparece con frecuencia el llamado gas asociado, compuesto principalmente por metano, aunque también puede contener otros hidrocarburos y sustancias como dióxido de carbono o sulfuro de hidrógeno. Separarlo del crudo es relativamente sencillo; aprovecharlo ya exige compresores, conductos, instalaciones de procesamiento, almacenamiento y acceso a un mercado.

En un gran yacimiento próximo a una red gasista, esa inversión puede ser rentable. En pozos pequeños, aislados o dispersos, la empresa puede considerar que la infraestructura cuesta más que el gas recuperado. Y ahí surge la solución perezosa: quemarlo. No porque el gas carezca de valor, sino porque su destrucción puede resultar más barata para el operador que su aprovechamiento.

Por qué las petroleras recurren a las antorchas

No toda quema de gas responde al mismo motivo ni merece idéntico juicio. Durante una avería, una prueba de presión o una parada inesperada, la antorcha funciona como una válvula de seguridad. Permite eliminar rápidamente gases inflamables y evita que se acumulen en equipos, depósitos o tuberías. Suprimir por completo esa posibilidad sería técnicamente imprudente.

Otra cosa es la quema rutinaria, mantenida durante meses o años como parte normal de la producción. En esos casos, el gas se destruye simplemente porque el campo petrolífero fue diseñado para vender crudo sin resolver qué hacer con el producto gaseoso que inevitablemente lo acompaña.

Falta de infraestructuras, leyes débiles y multas baratas

Los motivos suelen mezclarse. Hay pozos lejos de las ciudades, terrenos complicados, producciones irregulares y mercados locales incapaces de absorber el suministro. También existen países donde la petrolera posee derechos sobre el petróleo, pero no tiene claro si puede comercializar el gas asociado. La burocracia, a veces, logra una proeza alquímica: transforma combustible en humo.

Las normas insuficientes completan el paisaje. Cuando la sanción por quemar gas cuesta menos que instalar una planta de recuperación, la multa deja de ser un castigo y pasa a convertirse en un gasto ordinario de explotación. Entre los principales obstáculos aparecen la regulación deficiente, la falta de capital, las redes limitadas y la escasa prioridad política concedida al problema.

La concentración geográfica también es reveladora. Rusia, Irán, Irak, Venezuela, México, Libia, Argelia, Nigeria y Estados Unidos acumulan más de cuatro quintas partes de toda la quema mundial, pese a representar aproximadamente la mitad de la producción de petróleo. No se trata, pues, de un peaje inevitable asociado a cada barril, sino de una práctica vinculada a determinadas políticas, tecnologías y modelos empresariales.

El precio climático de una combustión imperfecta

Cuando una antorcha funciona correctamente, buena parte del metano se transforma en dióxido de carbono y vapor de agua. Eso no convierte la operación en limpia: el CO₂ continúa acumulándose en la atmósfera y alimentando el calentamiento global. La quema mundial genera alrededor de 400 millones de toneladas de CO₂ equivalente al año.

La combustión, además, nunca es perfecta. El viento, la composición cambiante del gas, una presión inadecuada o un mal mantenimiento reducen la eficiencia de la llama. Parte del metano escapa sin quemarse. Y el metano importa mucho: durante las dos décadas posteriores a su liberación puede calentar la atmósfera unas 80 veces más que la misma masa de dióxido de carbono.

También se forma carbono negro, ese hollín fino que oscurece el penacho y puede viajar largas distancias. Absorbe radiación solar, acelera el deshielo cuando se deposita sobre nieve o hielo y forma parte de las partículas capaces de penetrar profundamente en los pulmones.

Eliminar la quema no vinculada a emergencias permitiría recuperar cerca de 100.000 millones de metros cúbicos de gas al año. No es una fantasía tecnológica ni una promesa de laboratorio. Son moléculas que ya están saliendo del suelo y que terminan consumidas en una llama porque nadie construyó el camino hasta el usuario.

Lo que respiran quienes viven junto a los pozos

Las comunidades cercanas no inhalan una abstracción estadística llamada “emisiones”. Respiran humo, partículas y gases de combustión. Las antorchas pueden liberar óxidos de nitrógeno, monóxido de carbono, compuestos orgánicos volátiles y carbono negro; la composición concreta depende del combustible, del funcionamiento de la instalación y de las condiciones meteorológicas.

Las partículas finas se internan en las vías respiratorias y pueden alcanzar el torrente sanguíneo. La exposición continuada a contaminación atmosférica está asociada a un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, ictus, patologías respiratorias y cáncer de pulmón. La contaminación del aire exterior causa millones de muertes prematuras cada año, aunque esa cifra reúne numerosas fuentes contaminantes y no puede cargarse exclusivamente a las antorchas petroleras. Conviene decirlo: rigor antes que pancarta.

La investigación específica sobre poblaciones próximas a instalaciones de petróleo y gas aún presenta limitaciones, pero las señales merecen atención. Un estudio realizado con más de 23.000 nacimientos en la zona de Eagle Ford, en Texas, observó que una elevada exposición nocturna a antorchas durante el embarazo estaba asociada con una probabilidad un 50% mayor de parto prematuro. Los propios autores pidieron confirmar los resultados en otras poblaciones, como exige la ciencia cuando trabaja en serio.

Hablar automáticamente de “crimen contra la salud pública” puede funcionar como denuncia moral, pero no describe con precisión todas las situaciones jurídicas. La quema de emergencia puede ser legal y necesaria. La rutina evitable, la ocultación de emisiones o el incumplimiento de límites ambientales sí pueden generar responsabilidades administrativas, civiles o penales según cada país. El escándalo verificable no necesita exageración: se destruye energía valiosa mientras se traslada parte del coste a la atmósfera y a las poblaciones vecinas.

El gas podría aprovecharse sin inventar nada nuevo

Las alternativas están probadas. El gas puede enviarse a una red convencional, utilizarse para producir electricidad cerca del pozo, comprimirse, transformarse en gas natural licuado a pequeña escala o emplearse como materia prima industrial. También puede reinyectarse en el yacimiento para mantener la presión y favorecer la recuperación de petróleo.

No todas las opciones sirven para todos los campos. Un pozo remoto con una producción pequeña exige soluciones distintas de una gran explotación próxima a una ciudad. Pero la dificultad técnica no explica por sí sola la escala mundial del fenómeno. Acabar con la quema rutinaria requeriría inversiones de entre 70.000 y 100.000 millones de dólares, menos del doble del valor del gas desperdiciado en un solo año. La factura parece enorme hasta que se compara con el combustible que desaparece cada doce meses por la chimenea.

Kazajistán ofrece una prueba incómoda para quienes presentan las antorchas como una fatalidad geológica: ha reducido su quema un 87% desde 2012 mediante regulación, inversión y control. Allí donde existe vigilancia real, acceso al mercado y una penalización que duele más que incumplir, la llama mengua. Milagro ninguno. Gestión.

La iniciativa internacional Zero Routine Flaring by 2030 pretende eliminar la quema rutinaria antes de que termine la década. Decenas de gobiernos y compañías se han adherido, pero el volumen global aumentó durante tres años consecutivos hasta 2025. Los compromisos avanzan por las salas de conferencias; el fuego, mientras tanto, continúa trabajando a turnos.

Una economía que prende fuego a su propia factura

La antorcha petrolera resume una contradicción difícil de disimular. Se extrae una fuente de energía, se considera demasiado engorroso aprovechar una parte y se la quema para continuar vendiendo la otra. Después se importan combustibles, se subvencionan facturas, se discute sobre seguridad energética y se lamenta la falta de inversión. Todo bajo el resplandor naranja del gas perdido.

Habrá antorchas mientras existan operaciones que necesiten descargar presión con seguridad. Lo evitable es convertir esa excepción en paisaje permanente. La quema rutinaria de gas natural no es una exigencia inevitable de la industria, sino el resultado de infraestructuras ausentes, incentivos torcidos, leyes complacientes y decisiones empresariales que dejan el coste fuera de sus balances.

En 2025 ardieron 167.000 millones de metros cúbicos. No fue solo humo: fueron ingresos, electricidad, empleo y seguridad energética borrados del mapa; también dióxido de carbono, metano y partículas añadidos a un aire que ya llega bastante cargado. La antorcha parece una llama industrial. Mirada de cerca, es la contabilidad de un fracaso.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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