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¿Por qué búlgaros y rumanos se marchan de España tras tantos años?
Vivienda cara, salarios ajustados y nuevas oportunidades en sus países explican por qué cada vez más rumanos y búlgaros se marchan de España.

Resumen
- El coste de la vivienda y los salarios ajustados reducen el atractivo de España
- Rumanía y Bulgaria ofrecen más empleo y facilitan el retorno familiar
- La salida existe, pero ambas comunidades mantienen un fuerte peso laboral
Búlgaros y rumanos están dejando España porque la distancia económica con sus países se ha reducido, mientras aquí la vivienda, la cesta de la compra y otros gastos básicos se comen una parte cada vez mayor del salario. A ese cálculo doméstico —frío, sencillo, definitivo— se suman el deseo de volver con la familia, la posibilidad de trabajar en Rumanía o Bulgaria con mejores condiciones que hace una década y, en algunos casos, la marcha hacia países europeos con sueldos más altos.
No es una estampida ni una súbita aversión al sol, las terrazas o la tortilla de patatas. Es el desgaste de un antiguo pacto migratorio: trabajar mucho en España, vivir con cierta holgura y ahorrar para el futuro. Cuando el alquiler devora la nómina y en el país de origen aguardan una vivienda familiar, los abuelos, una pequeña empresa o un empleo razonable, la maleta vuelve a tener sentido.
Los datos dibujan una tendencia clara, aunque de intensidad desigual. España tenía el 1 de enero de 2025 609.270 residentes de nacionalidad rumana, 11.193 menos que un año antes, y 109.604 búlgaros, con una caída de 3.230 personas. En términos relativos, el descenso búlgaro fue incluso mayor: un 2,9%, frente al 1,8% rumano. Durante el primer trimestre de 2026, los rumanos volvieron a figurar entre las nacionalidades con más salidas del país, unas 5.100.
España pierde rumanos y búlgaros mientras bate récords de población
La paradoja solo es aparente. España crece, pero cambia la procedencia de quienes llegan. La población alcanzó los 49,69 millones de habitantes el 1 de abril de 2026, su máximo histórico, impulsada por ciudadanos nacidos en el extranjero. Las entradas de colombianos, marroquíes y venezolanos compensan de sobra el retroceso de comunidades europeas que fueron esenciales durante el gran ciclo migratorio de comienzos de siglo.
Rumanía representa el caso más visible. Su comunidad llegó a rozar las 897.203 personas en 2012 y se había reducido a 609.270 al comenzar 2025: una caída aproximada del 32% en trece años. Durante mucho tiempo fue la mayor nacionalidad extranjera de España; después quedó por detrás de Marruecos y, en los últimos datos definitivos, también de Colombia. No porque España haya dejado de recibir inmigración, sino porque el mapa migratorio ha girado hacia América Latina.
La población búlgara nunca alcanzó aquel volumen, pero sigue una curva parecida. En 2023 ya había disminuido en 2.388 personas y durante 2024 perdió otras 3.230. La repetición importa más que una cifra aislada: hay menos nuevas llegadas capaces de reemplazar las salidas, las defunciones y el envejecimiento de una comunidad asentada desde hace años.
El sueldo español ya no compensa como antes
España continúa ofreciendo salarios nominales más altos que Rumanía y Bulgaria. Esa diferencia no ha desaparecido; conviene decirlo para no convertir una tendencia demográfica en una fábula balcánica. Pero el bolsillo no vive de comparaciones salariales desnudas. Vive después del alquiler, la electricidad, el transporte, el colegio y la compra semanal.
Ahí se ha producido el vuelco. Muchos rumanos y búlgaros llegaron cuando un empleo modesto permitía pagar una habitación o una vivienda compartida y enviar dinero a casa. El margen de ahorro era la auténtica prima migratoria. Hoy ese margen se ha estrechado, especialmente en Madrid, Cataluña, la Comunidad Valenciana, Baleares y otras zonas donde se concentra buena parte del empleo extranjero.
El Banco de España advierte de que el país destaca dentro de la Unión Europea por la elevada proporción de hogares arrendatarios que soportan un esfuerzo excesivo para pagar la vivienda. La población inmigrante depende más del alquiler que la española, de modo que la tensión residencial golpea con particular fuerza a quienes no poseen casa aquí. El viejo ascensor social, vamos, sigue funcionando, pero en algunos edificios pide monedas en cada planta.
La Encuesta de Condiciones de Vida de 2025 añade otro detalle revelador: entre las personas nacidas en otro país de la Unión Europea que buscaron vivienda sin conseguir mudarse, el precio excesivo fue el principal obstáculo para casi dos de cada tres. No explica por sí solo una emigración, pero ayuda a entender por qué una familia compara el alquiler de Alcalá, Castellón o Zaragoza con la posibilidad de vivir en una casa propia o familiar en su país.
Rumanía y Bulgaria han recortado parte de la distancia
Mientras el coste de establecerse en España aumentaba, los salarios del este europeo comenzaron a avanzar con rapidez. Eurostat registró en 2024 subidas de los costes laborales del 14,2% en Rumanía y del 13,9% en Bulgaria, muy superiores al ritmo español. En 2025 Bulgaria volvió a situarse entre los países de la Unión con mayor aumento. La brecha sigue siendo amplia, pero ya no tiene el tamaño que justificaba cualquier sacrificio.
La escena cotidiana ha cambiado. Un trabajador puede cobrar menos en Bucarest, Cluj, Sofía o Plovdiv y, sin embargo, disponer de una vivienda de la familia, una red de cuidados cercana y menos gastos derivados de vivir lejos. En Rumanía, el 94% de la población reside en hogares propietarios de su vivienda, la tasa más alta de la Unión Europea. Ese porcentaje no significa que todos los retornados tengan casa ni que el mercado rumano sea idílico, pero muestra una diferencia patrimonial enorme: un salario menor pesa de otra manera cuando no lleva un alquiler español atado al tobillo.
Volver no siempre significa empezar de cero
Buena parte de quienes regresan no son los mismos jóvenes que aterrizaron hace veinte años con una dirección escrita en un papel y el teléfono de un primo. Han acumulado experiencia, ahorros, idiomas y contactos y, a veces, una pequeña propiedad. Algunos vuelven para cuidar a sus padres; otros quieren que sus hijos crezcan cerca de los abuelos. También aparecen profesionales que trabajan a distancia o familias capaces de abrir un negocio con el capital reunido en España.
La pandemia aceleró decisiones que llevaban tiempo madurando. Sectores como la hostelería, los cuidados y la construcción quedaron expuestos de golpe. Para muchas personas, el confinamiento convirtió la distancia familiar en algo menos abstracto: una videollamada dejó de ser suficiente. Después llegó la reapertura, sí, pero parte de quienes habían regresado descubrieron que la vida reconstruida en origen ya no era provisional.
En Rumanía, la mejora de los salarios y de algunas prestaciones familiares ha reforzado ese movimiento. También existe reemigración: no todos vuelven a Bucarest o a una aldea de Transilvania. Hay quienes abandonan España para probar suerte en Alemania, Austria, Países Bajos o los países nórdicos, donde la remuneración puede compensar mejor la dureza de emigrar. El retorno, por tanto, no siempre tiene forma de círculo; a veces es una flecha que apunta más al norte.
La integración plena de Rumanía y Bulgaria en el espacio Schengen desde enero de 2025 facilita los desplazamientos terrestres y reduce fricciones dentro de la Unión. No provoca por sí sola las salidas, pero hace más sencilla una movilidad que ya forma parte de la vida de muchas familias transnacionales: trabajar aquí, cuidar allí, probar otro país, regresar unos meses. Las fronteras administrativas se vuelven más ligeras; las decisiones personales, no tanto.
No todas las bajas estadísticas son personas que se van
Hay una cautela imprescindible. Cuando disminuye una nacionalidad en el censo no significa automáticamente que cada persona haya tomado un avión. Algunos residentes adquieren la nacionalidad española, otros no actualizan correctamente su inscripción y ciertas bajas se incorporan con retraso. Las estadísticas migratorias son una fotografía bastante nítida, aunque no una cámara de vigilancia pegada a cada puerta.
En el caso rumano, casi 29.500 personas obtuvieron la nacionalidad española entre 2013 y 2024. Esa cifra explica una parte pequeña del descenso registrado desde 2012, pero no toda. Los flujos confirman que existe una salida real: durante 2024 emigraron al extranjero 50.220 ciudadanos rumanos, frente a 38.104 que llegaron, lo que dejó un saldo negativo de 12.116 personas. Entre quienes habían nacido en Rumanía, el saldo también fue negativo.
Tampoco todos los certificados de residencia equivalen a vecinos que siguen viviendo en España. A comienzos de 2025 constaban más de 1,1 millones de rumanos con certificado de registro, pero solo 609.270 residentes con nacionalidad rumana y 521.181 personas nacidas en Rumanía. Muchos conservaron su documentación después de trasladarse a otro país. Es una huella administrativa de la enorme movilidad acumulada durante dos décadas.
La fotografía laboral desmiente una estampida
La reducción de población convive con una presencia laboral todavía formidable. En mayo de 2026 había 355.087 trabajadores rumanos afiliados a la Seguridad Social, la segunda cifra más alta entre los extranjeros, solo por detrás de Marruecos. La comunidad rumana no está desapareciendo ni ha roto con España; sigue sosteniendo empresas, cuidados, obras, comercios, transportes y explotaciones agrícolas.
Lo que se debilita es la capacidad de España para atraer nuevos trabajadores rumanos y búlgaros al ritmo de los años 2000. Quienes permanecen suelen tener más arraigo: pareja, hijos escolarizados, hipoteca, nacionalidad española o una trayectoria profesional que ya no puede trasladarse sin coste. Se marchan con mayor facilidad quienes conservan una alternativa clara fuera, mientras los más integrados tienden a quedarse.
El mapa migratorio español cambia de acento
La salida de rumanos y búlgaros no anuncia un derrumbe demográfico español. Revela algo más concreto y quizá más incómodo: España ya no gana todas las comparaciones económicas dentro de Europa. Sigue siendo atractiva por su mercado laboral, sus servicios públicos, el clima, las redes familiares y una convivencia bastante más normal de lo que sugieren ciertos discursos inflamados. Pero ofrecer empleo ya no basta cuando el sueldo apenas deja espacio para vivir.
El efecto se notará de forma desigual. Municipios con comunidades rumanas y búlgaras consolidadas perderán alumnos, consumidores, autónomos y trabajadores experimentados. Algunas empresas encontrarán más dificultades para cubrir puestos que durante años descansaron sobre estas redes migratorias. Otras recurrirán a los nuevos flujos latinoamericanos, africanos o asiáticos. La economía tapa huecos, aunque las personas no son piezas intercambiables de un almacén.
Durante dos décadas, miles de familias del este ayudaron a construir la España cotidiana: levantaron viviendas, cuidaron mayores, recogieron cosechas, condujeron camiones y abrieron negocios. Ahora una parte hace cuentas y vuelve la mirada hacia casa. No se van porque Rumanía y Bulgaria se hayan convertido de repente en paraísos ni porque España sea un lugar inhabitable. Se van porque el sacrificio de emigrar ofrece menos recompensa que antes. Y cuando esa cuenta deja de salir, hasta el país donde uno aprendió a vivir puede convertirse, lentamente, en el lugar del que toca marcharse.

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