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¿Por qué reinciden los agresores y aumenta el riesgo de feminicidio?
La reincidencia de los agresores revela patrones de control, amenazas y violencia previa que ayudan a entender el riesgo real de feminicidio.

No existe una tasa única que permita afirmar qué porcentaje de hombres violentos terminará cometiendo un feminicidio. Esa cifra, sencillamente, no existe. Lo que sí puede medirse es cuántos agresores de pareja vuelven a ejercer violencia después de una denuncia, una condena o un tratamiento. Los estudios españoles dibujan una horquilla amplia: alrededor del 7,4% reincide policialmente en seis meses, mientras que las investigaciones con seguimientos mucho más largos elevan considerablemente el porcentaje acumulado.
Un estudio publicado en 2025 que siguió durante hasta 15 años a hombres condenados por violencia de pareja en la Comunidad de Madrid encontró una reincidencia acumulada del 27% después de su paso por un programa psicológico. El 14% había vuelto a delinquir durante los tres primeros años y el 18% antes del quinto. El dato más inquietante estaba en los perfiles inicialmente considerados de alto riesgo: alcanzaron un 36% de reincidencia, frente al 23,5% de los clasificados como de bajo riesgo.
Conviene poner esos números en su sitio. Hablar de un 27% de reincidencia no significa que el 27% cometa después un feminicidio. La mayoría de las reincidencias estudiadas corresponden a nuevas agresiones, amenazas, acoso, quebrantamientos de órdenes judiciales u otros delitos relacionados con la violencia de pareja. El asesinato es el extremo letal de un fenómeno mucho más amplio y, precisamente por eso, interesa observar qué ocurre antes. Bastante antes.
En España, el balance oficial publicado el 7 de agosto de 2026 situaba en 36 las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas durante 2026 y en 1.377 las víctimas contabilizadas desde 2003. No todos esos crímenes estuvieron precedidos por una denuncia formal. Tampoco significa que antes del asesinato no hubiese existido violencia.
La reincidencia cambia mucho según el tiempo observado
Las estadísticas aparentemente contradictorias suelen estar midiendo cosas distintas. Un trabajo realizado sobre 6.613 casos incorporados al Sistema VioGén encontró una reincidencia policial del 4,6% a los tres meses y del 7,4% a los seis meses. Otra evaluación española, con algo más de diez meses de seguimiento, situó el porcentaje en el 14,3%.
No hay ningún misterio matemático. Cuanto mayor es el periodo observado, más oportunidades existen de registrar un nuevo episodio. También cambia mucho el resultado dependiendo de si se contabilizan únicamente nuevas condenas, denuncias, detenciones, quebrantamientos de órdenes de alejamiento o cualquier conducta violenta conocida por las autoridades.
El seguimiento de 15 años publicado en 2025 aporta precisamente esa fotografía de largo recorrido. De los hombres estudiados, el 27% acabó reincidiendo, aunque la curva no avanzó al mismo ritmo durante todo ese tiempo. Buena parte de los nuevos episodios se concentró durante los primeros años y el riesgo fue descendiendo después.
El primer año concentra una parte importante del riesgo
Durante el primer año de seguimiento se registraron 40 reincidencias entre los participantes del estudio. A los tres años, el porcentaje acumulado llegaba al 14%. Más adelante la curva se ralentizaba hasta prácticamente detenerse durante los últimos años observados.
Entre los agresores inicialmente clasificados como de alto riesgo, un tercio de todas las reincidencias ocurrió ya durante el primer año. En los de riesgo medio, aproximadamente el 80% de las reincidencias acumuladas se produjo entre los años uno y seis.
No es un detalle académico. El peligro puede ser especialmente intenso después de una denuncia, una condena o una ruptura, cuando la vida de la víctima comienza a separarse materialmente de la del agresor y este pierde capacidad de control. En determinados perfiles, ese momento puede funcionar como acelerador de comportamientos que ya existían: vigilancia, amenazas, persecuciones o quebrantamientos.
El feminicidio rara vez aparece de la nada
Los datos españoles sobre mujeres asesinadas muestran una paradoja incómoda. En 2025 fueron asesinadas por sus parejas o exparejas 49 mujeres y 11 habían presentado una denuncia previa, el 22,4%. En la serie histórica entre 2003 y 2025, aproximadamente una de cada cuatro víctimas mortales había denunciado anteriormente a su agresor.
Eso deja a una amplia mayoría sin denuncia anterior registrada. Pero ausencia de denuncia no significa ausencia de violencia. Puede haber amenazas, control económico, aislamiento, vigilancia, humillaciones, agresiones sexuales o episodios físicos que jamás llegaron a una comisaría, un juzgado o un centro sanitario. A veces el expediente oficial empieza con la muerte; la violencia llevaba mucho más tiempo instalada en casa.
La investigación internacional sobre homicidios dentro de la pareja lleva años señalando la violencia previa como uno de los indicadores fundamentales del riesgo letal. Se repiten también las amenazas de muerte, el acceso a armas, los comportamientos extremadamente controladores, el acoso persistente y determinadas agresiones físicas especialmente peligrosas.
Uno de los antecedentes que más preocupa a los especialistas es el estrangulamiento no mortal. Las investigaciones sobre homicidios y tentativas han encontrado una asociación especialmente fuerte entre haber sufrido anteriormente un episodio de estrangulamiento a manos de la pareja y el riesgo de posteriores agresiones muy graves. No significa que toda mujer que haya sufrido esta conducta vaya a ser asesinada; significa algo bastante distinto y muy serio: es una señal de peligro elevado que no debería tratarse como una pelea más.
La separación puede elevar temporalmente el peligro
La separación no provoca la violencia. Conviene decirlo sin dejar una rendija abierta a interpretaciones perversas. Lo que ocurre es que algunos agresores han construido la relación alrededor de la posesión, la vigilancia y el dominio, y una ruptura destruye precisamente esa posición.
Cuando una mujer decide marcharse, inicia otra relación, recupera autonomía económica o sencillamente deja de obedecer las exigencias del agresor, determinados perfiles pueden interpretar esa pérdida de control como una afrenta. Aparecen entonces persecuciones, llamadas constantes, vigilancia digital, amenazas, aproximaciones prohibidas o nuevas agresiones.
La investigación sobre feminicidio dentro de la pareja ha encontrado un riesgo especialmente elevado cuando coinciden una separación reciente y un hombre fuertemente controlador. No es el desamor. Tampoco una suerte de arrebato romántico inevitable, aquella vieja coartada cultural que durante décadas convirtió asesinatos machistas en llamados crímenes pasionales. Es violencia ejercida cuando el control deja de funcionar.
También importa la escalada de la violencia. Una relación puede pasar del control del teléfono a los insultos, de ahí a las amenazas, después a golpes y finalmente a una violencia mucho más grave. No siempre existe esa secuencia ni puede trazarse como una escalera perfecta, pero el aumento de frecuencia o intensidad de las agresiones es uno de los elementos que se tienen en cuenta al evaluar el peligro.
Por eso una amenaza concreta de muerte no pesa igual que una discusión aislada. Tampoco un quebrantamiento de una orden de alejamiento debería interpretarse únicamente como una desobediencia burocrática. En determinados contextos revela persistencia: el agresor conoce el límite impuesto por un juez y, aun así, decide atravesarlo.
Por qué algunos hombres violentos vuelven a agredir
No existe un gen del maltratador ni un diagnóstico psicológico capaz de explicar por sí solo la violencia machista. Los agresores forman un grupo heterogéneo. Hay hombres cuya violencia se concentra principalmente dentro de la pareja y otros con historiales delictivos más amplios; unos presentan fuertes problemas de impulsividad o consumo de sustancias y otros, no.
La evidencia sí encuentra varios factores asociados a una mayor reincidencia: antecedentes violentos, agresiones anteriores, celos extremos, comportamientos de control, incumplimientos judiciales, abuso de alcohol o drogas, impulsividad y determinados rasgos antisociales. También pesa haber ejercido violencia anteriormente contra la misma mujer o contra otras parejas.
El problema surge de una combinación de factores individuales, familiares y sociales. Haber presenciado violencia durante la infancia, normalizar el uso de la fuerza, consumir alcohol de forma perjudicial o asumir determinadas ideas sobre las relaciones puede aumentar el riesgo. Entre los elementos más relevantes aparecen las actitudes de dominio y la legitimación de la violencia como instrumento para imponer obediencia.
Pero un factor de riesgo no es una excusa. El alcohol puede aumentar la desinhibición, pero el alcohol no golpea a nadie. Tener un problema psicológico tampoco convierte automáticamente a una persona en agresora, y asociar indiscriminadamente enfermedad mental con feminicidio sería falso y estigmatizante. Los indicadores sirven para estimar probabilidades; no borran responsabilidades.
No todos los agresores presentan el mismo peligro
La investigación española publicada en 2025 dividió a los hombres estudiados en tres perfiles iniciales de riesgo. Aproximadamente dos tercios estaban dentro del grupo bajo, algo más de una cuarta parte en el intermedio y alrededor del 5% en el nivel alto. Las diferencias posteriores fueron considerables.
Los hombres pertenecientes al perfil de mayor riesgo presentaban niveles superiores de agresión psicológica grave, violencia física, impulsividad y otros problemas asociados. Quince años después, el 36% había reincidido. Entre los de riesgo medio lo había hecho el 32,3%; entre quienes comenzaron dentro del nivel bajo, el 23,5%.
La conclusión rompe una idea bastante cómoda: tratar a todos los agresores exactamente igual puede resultar poco eficaz. Los programas de intervención reducen la reincidencia en determinados grupos, pero quienes abandonan el tratamiento, mantienen patrones violentos intensos o acumulan varios factores de alto riesgo necesitan una vigilancia y una intervención diferentes.
Estudios españoles sobre programas destinados a agresores han obtenido porcentajes de reincidencia próximos al 6,8% entre algunos participantes tratados, mientras que evaluaciones manejadas en el ámbito penitenciario han situado en torno al 20% la reincidencia esperable en determinados grupos sin tratamiento eficaz o que lo abandonan. Son muestras, metodologías y periodos diferentes, de modo que no pueden enfrentarse como si fueran dos columnas de la misma estadística. La idea de fondo, eso sí, permanece: intervenir puede reducir el riesgo.
España también ha ido modificando su sistema policial para evitar que cada nueva denuncia sea observada como si hubiera nacido de cero. El Sistema VioGén 2 y el Protocolo 2025 incorporan más información sobre antecedentes, agresividad, impulsividad, consumo de sustancias y comportamientos anteriores del agresor.
La atención alcanza especialmente a los denominados agresores persistentes, hombres que acumulan denuncias relacionadas con una misma mujer o con diferentes parejas. Entre los antecedentes que más inquietan están los quebrantamientos de medidas judiciales y la existencia de agresiones físicas o sexuales previas, porque pueden señalar una continuidad de la conducta pese a la intervención policial o judicial.
También desapareció el antiguo nivel denominado «riesgo no apreciado». Los casos pasan a clasificarse como bajo, medio, alto o extremo. La terminología anterior tenía un problema bastante evidente: podía sonar a inexistencia de peligro cuando técnicamente significaba que la herramienta no había detectado suficientes indicadores para asignar un nivel superior. Una diferencia pequeña en una pantalla; enorme fuera de ella.
Y permanece una limitación que ningún algoritmo puede eliminar por completo. La violencia que nadie comunica resulta mucho más difícil de valorar. De ahí que una proporción elevada de las mujeres asesinadas nunca hubiese presentado una denuncia previa, aunque numerosas investigaciones sobre feminicidio indiquen que muchos de esos crímenes se producen en relaciones donde habían existido conductas abusivas.
El peligro suele dejar huellas antes del último ataque
La cifra verdaderamente útil no es cuántos feminicidas «reinciden» después de matar. Para entonces, evidentemente, la prevención ha llegado demasiado tarde. Lo decisivo es conocer qué agresores vuelven a ejercer violencia, cuáles acumulan antecedentes y en qué casos aparecen señales de una escalada hacia episodios graves o potencialmente letales.
A corto plazo, los estudios españoles han situado la reincidencia policial aproximadamente entre el 5% y el 14%, dependiendo fundamentalmente del periodo observado y de aquello que cada investigación considera reincidencia. A muy largo plazo, un seguimiento de hombres condenados y tratados encontró que más de uno de cada cuatro volvió a delinquir por violencia de pareja, con porcentajes todavía mayores entre quienes partían de perfiles de riesgo elevado.
No existe una fórmula capaz de predecir un feminicidio individual con absoluta certeza. Sí existen patrones suficientemente sólidos como para no trivializarlos: violencia anterior, amenazas de muerte, control extremo, acoso, quebrantamientos, escalada de agresiones, estrangulamiento previo, armas y separaciones conflictivas. Ninguno determina por sí solo lo que sucederá, pero su acumulación importa.
Un feminicidio puede parecer repentino cuando irrumpe en un titular. Mirado hacia atrás, demasiadas veces aparecen señales anteriores: una amenaza que parecía exagerada, un control convertido en costumbre, una orden judicial ignorada, una mujer que intentaba marcharse. El último ataque dura minutos. La historia que conduce hasta él, demasiadas veces, llevaba mucho más tiempo escribiéndose.

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