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¿Quién se quedará con el tesoro de 9 millones hallado en Bélgica?
Un obrero halló en Bélgica un tesoro de oro valorado en 9 millones. La Fiscalía investiga su origen y quién puede quedarse con él legalmente.

Un trabajo de verano, una obra bastante corriente y, de pronto, nueve millones de euros en oro donde nadie esperaba encontrar ni una tubería decente. Un joven estudiante de 18 años que trabajaba como obrero en Dendermonde, en la región belga de Flandes Oriental, descubrió junto a sus compañeros un extraordinario alijo de lingotes y miles de monedas de oro oculto en los cimientos de un antiguo edificio vinculado a una familia de cerveceros.
El tesoro no pertenece automáticamente al trabajador que lo encontró. Tampoco está claro, de momento, que sea de la organización propietaria del inmueble. El oro permanece custodiado en un lugar secreto y seguro, mientras la Fiscalía de Flandes Oriental trata de averiguar quién lo escondió, de dónde salió el dinero con el que fue adquirido y si existe algún vínculo con una actividad delictiva. La hipótesis que gana fuerza apunta a los antiguos propietarios de la casa, la familia Van Assche.
Un obrero de 18 años encontró el oro mientras trabajaba
El protagonista involuntario de esta historia es Philip Kobe, un estudiante de 18 años que aprovechaba las vacaciones para trabajar en la construcción. No estaba buscando reliquias, ni llevaba detector de metales, ni había estudiado un viejo mapa con una cruz roja. Trabajaba.
La cuadrilla intervenía en los cimientos de un edificio de Sint-Gillis-Dendermonde, al noroeste de Bruselas, durante unas obras relacionadas con nuevas conducciones de saneamiento. Al abrir terreno comenzaron a aparecer objetos metálicos. Primero, monedas. Después, piezas cuyo aspecto dejaba poco margen a la imaginación.
El joven llegó a pensar en un primer momento que estaba viendo monedas de un euro. La confusión duró poco. Entre los restos aparecieron lingotes, algunos numerados, y una cantidad creciente de piezas de oro.
Aquello dejó de parecer calderilla con bastante rapidez.
La magnitud exacta del hallazgo se fue conociendo después: varias decenas de lingotes y miles de monedas, entre ellas soberanos de oro, piezas tradicionalmente utilizadas también como forma de inversión. El conjunto ha sido valorado, con las cotizaciones actuales del metal, en alrededor de nueve millones de euros.
El tesoro estaba oculto en una antigua propiedad de cerveceros
El lugar aporta una segunda capa a la historia. El edificio formó parte de las propiedades de los Van Assche, una acomodada familia vinculada durante décadas al negocio cervecero de Dendermonde.
La residencia estaba situada junto a la antigua fábrica de cerveza familiar. No hablamos, por tanto, de una vivienda escogida al azar para esconder una fortuna: durante buena parte del siglo XX fue el hogar de una familia que tenía patrimonio suficiente como para poseer semejante cantidad de oro.
Los historiadores locales consideran esa conexión una de las pistas más sólidas sobre el origen del tesoro.
La teoría de la guerra se derrumba por las fechas
La primera explicación parecía casi inevitable. Bélgica sufrió las dos guerras mundiales, ocupaciones alemanas, confiscaciones y años en los que esconder oro bajo tierra no tenía nada de extravagante. Durante unas horas, la historia parecía escrita: una familia rica protege su fortuna de los invasores y el escondite queda olvidado durante generaciones.
Hay un problema. Algunos lingotes son de 1957 y 1960.
Es decir, fueron fabricados muchos años después del final de la Segunda Guerra Mundial. La teoría del oro escondido para protegerlo de los nazis pierde así buena parte de su fuerza. El misterio se desplaza hacia las décadas posteriores.
La cervecería acabó cerrando durante los años setenta y los últimos miembros directos de la familia Van Assche fueron desapareciendo. Según la reconstrucción histórica local, los tres hermanos de la última generación —dos hombres y una mujer— murieron sin descendencia directa entre 1960 y comienzos de los años ochenta.
Y nadie, aparentemente, habló del oro escondido.
Una herencia benéfica que no mencionaba los nueve millones
La última representante directa de la familia, Maria Van Assche, dejó sus propiedades a la abadía de Dendermonde. Su voluntad era que el patrimonio terminara dedicado a fines benéficos, algo coherente con una familia conocida también por sus donaciones religiosas y sociales.
Pero el testamento no hacía referencia a semejante montaña de oro.
Ese detalle importa. Si los Van Assche escondieron personalmente los lingotes y las monedas, resulta extraño que una fortuna de aproximadamente nueve millones de euros actuales desapareciera de cualquier documentación sucesoria. Puede que quienes hicieron el escondite murieran sin revelar su existencia. Puede incluso que otros miembros de la familia nunca supieran que estaba allí.
O puede que el oro tuviera otra procedencia.
La Fiscalía todavía no descarta una pista criminal
Esa última posibilidad explica la intervención de la Fiscalía de Flandes Oriental. Antes de discutir quién puede quedarse con el tesoro hay que resolver algo bastante menos romántico: comprobar que el dinero no procede de un delito.
La investigación analiza el origen de las piezas y la historia posterior del inmueble. Durante una etapa, después de abandonar las manos de la familia, el edificio llegó a utilizarse como alojamiento para antiguos presos, una circunstancia que amplía el abanico de posibilidades aunque, por sí sola, no demuestre absolutamente nada.
La policía local considera más razonable que el oro estuviera relacionado con los antiguos propietarios. Pero una intuición histórica, por convincente que resulte, no convierte automáticamente nueve millones de euros en una herencia legítima.
Los lingotes numerados pueden proporcionar pistas. También las fechas, fabricantes, registros comerciales y características de las monedas. Cada pequeña marca grabada en el metal funciona aquí casi como una matrícula.
¿Puede quedarse el obrero con el tesoro?
No simplemente por haber sido quien lo encontró.
La legislación belga protege primero al propietario original de un objeto perdido o escondido. El hallazgo debe comunicarse y existen mecanismos para tratar de localizar a su dueño o a sus herederos. En este caso, los trabajadores avisaron prácticamente de inmediato a los responsables del edificio y a las autoridades.
Fue una decisión sensata por motivos bastante más sólidos que la virtud. Meter discretamente varios millones en lingotes en la furgoneta de la obra habría resultado, digamos, difícil de explicar.
La legislación belga contempla un plazo de hasta cinco años para que pueda aclararse la titularidad de bienes encontrados. También establece reglas específicas para objetos ocultos sin propietario identificable y reconoce, dependiendo de las circunstancias jurídicas concretas del hallazgo, derechos tanto del propietario del inmueble como del descubridor.
Por eso la respuesta todavía no cabe en una escritura notarial: Kobe no se ha convertido en millonario por encontrar el oro, aunque podría acabar recibiendo una compensación.
La organización social CAW aparece como gran candidata
Actualmente el terreno pertenece a CAW Oost-Vlaanderen, una organización de asistencia social de Flandes Oriental. Esa circunstancia la coloca en una posición relevante si las autoridades concluyen que no existe un propietario legítimo capaz de reclamar la fortuna.
La propia policía considera a CAW uno de los candidatos más probables para acabar beneficiándose del hallazgo si pasan los trámites necesarios y no aparece un dueño con derechos superiores.
La ironía histórica es difícil de ignorar. Los últimos Van Assche destinaron parte de su patrimonio a obras de carácter benéfico y, décadas después, una fortuna posiblemente perteneciente a la misma familia podría terminar financiando programas de asistencia social.
Nueve millones escondidos durante medio siglo para acabar, quizá, siguiendo el destino que sus antiguos propietarios dieron al resto de su dinero. A veces la historia tiene estas simetrías. O las inventamos nosotros porque quedan demasiado bien.
Han aparecido supuestos dueños de medio mundo
Una fortuna enterrada posee una extraordinaria capacidad para multiplicar parientes y reclamantes.
Desde que el descubrimiento se hizo público, la policía de Dendermonde ha recibido reclamaciones de personas que aseguran tener algún derecho sobre el oro. Algunas se apoyan en supuestos vínculos familiares; otras presentan relatos bastante más pintorescos.
Entre los casos conocidos figura el de una persona que afirmó recordar, debido a una supuesta reencarnación, haber vivido en Bélgica durante los años sesenta y haber escondido allí un tesoro. La respuesta policial recordó, con elegante pragmatismo flamenco, que la reencarnación todavía no constituye una prueba jurídicamente válida.
Otro reclamante, desde Lituania, sostiene que su abuelo trabajó para los Van Assche, colaboró en el escondite y tenía derechos sobre parte del oro.
Las historias pintorescas animan la sobremesa, pero para llevarse los lingotes será necesario algo menos metafísico: documentos, sucesiones, registros o pruebas verificables.
Nueve millones que siguen sin tener dueño
El oro ya no está en la vieja casa. Tras permanecer inicialmente bajo fuertes medidas de seguridad policial, fue trasladado a una instalación cuya ubicación no se ha hecho pública. La policía también ha pedido a los curiosos que no entren en la obra buscando restos del tesoro: el edificio se encuentra en trabajos de demolición y todo el oro localizado fue retirado.
Queda la parte menos cinematográfica y quizá más interesante. Averiguar cómo varias decenas de lingotes y miles de monedas pudieron permanecer escondidos durante décadas sin aparecer en testamentos, archivos familiares ni relatos locales.
Por el momento, la explicación más sólida conduce a la antigua dinastía cervecera Van Assche. No está demostrado. La Fiscalía deberá descartar un origen criminal, estudiar las posibles reclamaciones y determinar qué derechos sobreviven después de tantos años.
Mientras tanto, Philip Kobe ha vuelto a una realidad mucho más reconocible: la de un joven de 18 años que fue a trabajar durante el verano y terminó encontrando un tesoro de nueve millones de euros. No puede gastarlo, no puede llevárselo y ni siquiera sabe si recibirá una recompensa. Pero durante unos minutos, bajo el polvo de una obra belga, tuvo delante algo que casi siempre pertenece a las novelas: una pared rota y, detrás, oro de verdad.

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