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Historia

Por qué la política reacciona tarde ante incendios e inundaciones

La prevención se atasca entre mapas, presupuestos y competencias, mientras el riesgo gana velocidad.

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politico con verguenza se esconde a periodistas

Cuando el agua desborda un cauce o las llamas avanzan hacia una población, la respuesta pública se vuelve visible: sirenas, evacuaciones, reuniones de emergencia y declaraciones institucionales. Pero buena parte de las decisiones que determinan el daño se tomaron mucho antes, al autorizar una construcción en una zona expuesta, dejar sin gestión un monte o aplazar una obra de drenaje. La emergencia no empieza el día del desastre; ese día se hacen evidentes las consecuencias de años de preparación desigual.

El verano de 2025 volvió a mostrar esa distancia entre la velocidad del peligro y la de las instituciones. España registró, según datos provisionales citados para el año hasta el 30 de noviembre, alrededor de 351.000 hectáreas forestales afectadas por el fuego, una cifra que situaría el año entre los peores desde 1994, cuando ardieron 437.602 hectáreas. En paralelo, las lluvias intensas y las inundaciones pusieron a prueba los sistemas de aviso, la ordenación urbana y la coordinación de emergencias. El clima cambia deprisa; el territorio construido y las reglas que lo gobiernan, mucho más despacio.

No todo episodio extremo se explica únicamente por el cambio climático, ni todos los daños pueden evitarse. La gravedad depende también de dónde vive la población, de cómo se conservan los ecosistemas y de si los avisos se traducen a tiempo en decisiones comprensibles. El problema político aparece cuando se trata cada incendio o riada como una sorpresa aislada, aunque el riesgo se repita y existan mapas, pronósticos y experiencias anteriores. La prevención exige gobernar el riesgo antes de que tenga imagen de catástrofe.

La emergencia se prepara mucho antes de las llamas y la riada

En un incendio forestal, una combinación de calor, sequedad, viento y vegetación disponible puede transformar un foco pequeño en un frente difícil de contener. La situación se vuelve especialmente delicada en la interfaz urbano-forestal, el espacio donde las viviendas, las naves y las carreteras se mezclan con el monte. Allí, una calle estrecha, una parcela sin mantener o la falta de una ruta clara de evacuación pueden complicar una operación que ya se desarrolla bajo presión. El fuego no encuentra solo combustible en el paisaje: también encuentra decisiones de urbanismo acumuladas.

La secuencia de una inundación tiene otra apariencia, pero una lógica parecida. Una lluvia intensa cae sobre una cuenca y el agua busca su camino por ríos, barrancos, vaguadas y zonas bajas. Si se han ocupado terrenos inundables, sellado suelos con edificios y carreteras o reducido el espacio natural del cauce, el agua dispone de menos lugares para extenderse sin causar daños. Los colectores urbanos tampoco pueden absorber cualquier volumen, y una infraestructura diseñada con referencias climáticas antiguas puede quedarse corta ante lluvias más intensas. El agua no reconoce los límites administrativos ni los planos de una urbanización.

Por eso, el número de hectáreas quemadas o de calles anegadas no cuenta toda la historia. Importa cuánta población y cuánta infraestructura quedan expuestas, qué recursos tienen las administraciones y cuánto tarda en llegar una alerta útil. La vulnerabilidad no es igual en una vivienda bien conectada con vías de salida que en una casa aislada, ni en un barrio preparado para evacuar que en otro donde el aviso llega tarde o no se entiende. Un mismo fenómeno puede tener efectos muy distintos según el lugar y la preparación previa.

Un clima alterado intensifica riesgos que ya existían

Incendios e inundaciones parecen amenazas opuestas: una asociada a la falta de agua y otra a su exceso. Sin embargo, ambas pueden formar parte de un clima que intensifica los extremos. Una atmósfera más cálida puede contener más vapor de agua, lo que favorece precipitaciones muy intensas cuando se dan las condiciones para que esa humedad se condense. A la vez, el calor aumenta la evaporación y puede secar suelos y vegetación, prolongando las condiciones propicias para que un incendio se extienda. La crisis climática no sustituye las causas locales, pero puede amplificar sus consecuencias.

Eso no significa que cada tormenta o cada fuego pueda atribuirse de forma automática al calentamiento global. Para establecer la influencia climática en un episodio concreto hacen falta análisis específicos. La tendencia general, no obstante, obliga a revisar supuestos que antes parecían razonables: cuánto puede soportar una red de drenaje, qué condiciones afrontará un bosque o qué áreas conviene dejar libres para que el agua circule. El diseño de infraestructuras y planes de emergencia no puede dar por sentado que el clima del pasado se repetirá sin cambios. La incertidumbre no es un motivo para esperar, sino una razón para planificar con márgenes de seguridad.

La dimensión del problema tampoco se limita a España. En 2025, los incendios de la Patagonia argentina arrasaron cerca de 230.000 hectáreas, según la información de referencia, mientras que en Perú las inundaciones dejaron 56 personas fallecidas y mantuvieron en emergencia a 519 distritos de 24 departamentos. En Ucayali, más de 15 comunidades indígenas, unas 150 familias, resultaron afectadas y se dañaron 160 hectáreas de cultivos. Son contextos distintos, pero muestran cómo los fenómenos extremos golpean con especial fuerza donde la exposición y la capacidad de respuesta se combinan de forma desfavorable. La crisis climática se expresa en territorios concretos y desigualdades concretas.

La prevención compite con los calendarios políticos

Una razón de fondo para la respuesta tardía es que la prevención ofrece resultados poco vistosos. Mantener una cuadrilla forestal durante todo el año, restaurar una ribera o limitar la construcción en una zona de riesgo no suele generar una imagen comparable a la de un helicóptero sobre las llamas. Además, sus beneficios se reparten en el tiempo y puede que nunca se traduzcan en un desastre evitado que la ciudadanía llegue a ver. En cambio, la emergencia concentra atención, presupuesto y presencia institucional en pocos días. La política suele premiar lo visible, aunque lo decisivo ocurra fuera de cámara.

El calendario administrativo también choca con el ritmo del riesgo. La gestión forestal requiere continuidad, personal y coordinación con quienes viven y trabajan en el territorio. Las obras hidráulicas y la adaptación de infraestructuras, por su parte, atraviesan estudios, permisos, licitaciones y presupuestos que pueden prolongarse durante años. Ese tiempo no siempre es evitable: revisar proyectos y evaluar impactos es necesario. Pero cuando la planificación se aplaza una y otra vez, la burocracia deja de ser una garantía y se convierte en una forma de exposición. La lentitud no es neutral si mantiene intacta una vulnerabilidad conocida.

La disputa política añade otra capa. En España, el Gobierno presentó en 2025 un Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática, que recibió casi 3.900 aportaciones de administraciones, organizaciones y particulares durante su elaboración. El documento plantea medidas de prevención forestal y una planificación que incorpore el riesgo hídrico, entre otros asuntos. Sin embargo, un plan anunciado no equivale a una política aplicada: hacen falta acuerdos, responsabilidades definidas, presupuesto y continuidad más allá de una legislatura. La prueba de un pacto no es su presentación, sino que sobreviva al ciclo de titulares.

Los avisos sirven solo si activan una respuesta clara

España dispone de herramientas para comunicar riesgos a la población, entre ellas ES-Alert, que permite enviar avisos a móviles situados en un área determinada. La tecnología puede alcanzar a muchas personas con rapidez, pero no decide por sí sola cuándo hay que emitir el mensaje, qué instrucciones deben incluirse ni quién asume la responsabilidad de hacerlo. Un aviso tardío o ambiguo puede dejar a la gente sin margen para reaccionar; uno claro y oportuno permite evitar desplazamientos, alejarse de una zona expuesta o buscar refugio. La alerta no es el final de la cadena: es el comienzo de una decisión pública.

El lenguaje debe ser concreto y geográficamente preciso. En una inundación, no basta con anunciar lluvias intensas si el peligro inmediato está en garajes, pasos subterráneos o cauces próximos. En un incendio, la población necesita saber si debe evacuar, qué rutas están disponibles o si conviene permanecer en un edificio. Las instrucciones han de ser compatibles con los planes locales y estar redactadas para que puedan entenderse bajo estrés, cuando el ruido, la oscuridad o la falta de cobertura dificultan cualquier explicación larga. Un buen mensaje convierte información técnica en una acción posible.

También hace falta acordar por adelantado los criterios de emisión y los responsables de activar cada medida. No se trata de fijar una cifra universal para lluvias o viento, porque el peligro depende de la cuenca, el terreno, la población expuesta y otros factores. Sí es posible establecer protocolos transparentes que indiquen cómo se combinan pronósticos, observaciones y umbrales locales. Después de cada episodio, una revisión pública debería aclarar cuánto tardó el aviso, a quién llegó y qué problemas aparecieron. Sin evaluación, cada emergencia obliga a empezar de nuevo.

El territorio puede frenar el agua o conducirla hacia las casas

La ordenación del suelo suele ser menos espectacular que levantar una defensa de hormigón, pero determina cuánta población queda en peligro. Las llanuras de inundación y los humedales pueden almacenar agua y reducir la fuerza de una crecida; cuando se rellenan o se edifican, esa función desaparece y el agua puede trasladar el problema a otra parte. Recuperar espacio para los ríos, restaurar riberas y evitar nuevas construcciones en áreas expuestas no elimina las inundaciones, pero puede reducir daños y dejar más margen a la respuesta. Dar espacio al agua es también una forma de proteger las viviendas.

Los mapas de peligrosidad tienen que influir de verdad en las licencias, los planes urbanos y las decisiones sobre infraestructuras. Si una zona está expuesta, la administración debe valorar no solo si es posible construir, sino qué coste colectivo tendrá mantener allí viviendas, carreteras y servicios esenciales. En ciertos lugares, reforzar edificios o mejorar desagües puede reducir parte del riesgo; en otros, insistir en proteger cada parcela puede resultar ineficaz y trasladar los daños a vecinos o a barrios situados más abajo. La prevención también consiste en reconocer dónde construir no es una opción prudente.

La misma lógica se aplica a las urbanizaciones junto a barrancos y masas forestales. La planificación debe considerar accesos para vehículos de emergencia, vías de evacuación y medidas de autoprotección acordes con el peligro local. Las decisiones de décadas atrás no desaparecen por cambiar una norma, y la adaptación de barrios existentes requiere tiempo y recursos. Aun así, posponerla porque es compleja deja a los residentes dependiendo de que el próximo episodio sea menos severo. La seguridad territorial no se improvisa cuando el agua ya entra por la puerta.

El monte necesita gestión antes de la temporada de fuego

Un bosque sin gestión no arde necesariamente, pero la continuidad de la vegetación puede facilitar que las llamas avancen cuando coinciden condiciones de peligro. La despoblación rural, la falta de actividad económica y la reducción del trabajo forestal han dejado en muchos lugares menos manos para mantener caminos, pastos y mosaicos de usos. Por eso, la prevención no se resuelve únicamente aumentando medios durante los meses de verano: requiere labores previas que reduzcan combustible y mejoren el acceso de los equipos. La campaña contra los incendios empieza cuando todavía no hay humo.

Entre las herramientas disponibles figuran las quemas prescritas, el pastoreo extensivo, el aprovechamiento sostenible de recursos forestales y la combinación de zonas de distinto uso que interrumpan la continuidad del combustible. Ninguna medida sirve igual en todos los paisajes, y las actuaciones deben adaptarse al tipo de vegetación, la pendiente y las condiciones locales. La recuperación tras un incendio también exige cuidado: reforestar no consiste en plantar sin más, sino en proteger suelos y favorecer especies y estructuras capaces de responder mejor a futuras condiciones de calor y sequía. Un monte más diverso y atendido puede ofrecer menos continuidad al fuego.

La prevención depende asimismo de empleos estables y de conocimiento local. Los equipos forestales no deberían aparecer solo durante la temporada de mayor riesgo y desaparecer cuando termina la atención pública. La formación, el descanso y la protección de quienes trabajan en emergencias son parte de la capacidad del sistema, no un complemento. La fatiga aumenta la dificultad de tareas que ya implican decisiones rápidas y riesgos físicos. La profesionalización protege tanto a quienes intervienen como a las comunidades a las que sirven.

Competencias repartidas, responsabilidades que no pueden diluirse

Una riada puede implicar a la administración hidráulica que gestiona una cuenca, al ayuntamiento responsable de calles y drenajes, a la comunidad autónoma que coordina emergencias y a organismos estatales que participan en infraestructuras o alertas. Los incendios también exigen coordinación entre servicios locales, autonómicos y estatales. La distribución de competencias responde a funciones distintas, pero en una emergencia la ciudadanía no debería tener que reconstruir ese organigrama para saber qué hacer. La coordinación se prepara antes; durante el episodio debe ser comprensible desde fuera.

Cuando las responsabilidades están fragmentadas, cada nivel puede esperar que otro dé el primer paso. Esa posibilidad no convierte toda demora en un problema de competencias, pero sí hace indispensable definir quién toma cada decisión y cómo se comparte la información. Los protocolos deben estar ensayados, incluir escenarios distintos y dejar claro quién ordena una evacuación, quién corta una carretera y quién informa a la población. La interoperabilidad técnica importa, aunque no sustituye a una cadena de mando que funcione bajo presión. Una emergencia no admite que la responsabilidad quede repartida hasta desaparecer.

Los ejercicios y simulacros son útiles si sirven para encontrar fallos, no solo para cumplir un expediente. Una ruta de evacuación puede parecer suficiente sobre el plano y atascarse con vehículos; un mensaje puede llegar a los teléfonos y no indicar qué hacer. Tras el episodio, revisar las decisiones y publicar qué debe cambiar ayuda a que el aprendizaje no dependa de la memoria de quienes estuvieron allí. La rendición de cuentas no consiste en buscar un culpable automático, sino en saber quién tenía capacidad de actuar y qué obstáculos impidieron hacerlo. Aprender de cada emergencia exige convertir la experiencia en cambios verificables.

La ayuda europea no sustituye la prevención local

Los mecanismos europeos, incluidos los recursos de rescEU, pueden aportar apoyo cuando un país necesita medios adicionales. Esa cooperación resulta valiosa frente a emergencias que superan la capacidad disponible en un territorio, y compartir equipos y conocimientos refuerza la respuesta colectiva. Pero los recursos desplegados cuando el fuego ya avanza o una inundación ha anegado una población no pueden corregir por sí mismos un planeamiento deficiente, una ribera ocupada o años de falta de gestión forestal. La ayuda exterior es un respaldo, no un sustituto de la preparación doméstica.

La prevención también necesita financiación sostenida y criterios para saber si el gasto reduce el riesgo. Contar hectáreas gestionadas, tramos de ribera restaurados, planes de emergencia actualizados o tiempos de aviso puede ofrecer una imagen más útil que medir el esfuerzo únicamente por los recursos movilizados durante la crisis. Los datos satelitales y meteorológicos ayudan a observar cambios y anticipar amenazas, pero su valor depende de que las administraciones los incorporen a decisiones concretas. Medir resultados permite distinguir entre actividad administrativa y protección efectiva.

Los seguros y los sistemas públicos de compensación pueden amortiguar las pérdidas de hogares y negocios después de un desastre. Sin embargo, compensar daños no elimina la exposición ni evita que una vivienda vuelva a sufrir el mismo problema. Las políticas de recuperación deben combinar apoyo a las personas afectadas con medidas que reduzcan el riesgo futuro, sin convertir la reconstrucción en una reproducción automática de las condiciones que hicieron vulnerable el lugar. La reparación importa, pero no debería devolver a la población al mismo peligro.

La verdadera eficacia pública se mide antes de la próxima sirena

El desastre tiene una estética reconocible: vehículos de emergencia entre el humo, calles convertidas en ríos, autoridades recorriendo una zona dañada. Esa escena concentra la atención, pero la política más eficaz suele ser menos fotogénica. Es la parcela mantenida, el cauce que conserva espacio, la carretera con una alternativa de salida y el mensaje que llega antes de que el peligro cierre las rutas. La prevención se nota, sobre todo, en lo que no llega a ocurrir.

La ciencia ofrece información, las administraciones disponen de instrumentos y la cooperación entre territorios puede aportar recursos. Lo que falta con frecuencia es continuidad para convertir esas capacidades en decisiones sostenidas, incluso cuando no hay una catástrofe en portada. Eso implica revisar usos del suelo, reforzar la gestión del monte, entrenar alertas y mantener equipos con tiempo suficiente para intervenir antes de la temporada crítica. El clima no espera a que termine el debate político ni a que se apruebe el siguiente presupuesto.

La respuesta pública nunca podrá impedir todos los daños, pero sí puede evitar que riesgos conocidos se conviertan una y otra vez en sorpresas. Llegar a tiempo no significa adivinar cada incendio o cada tormenta: significa tomar en serio las señales disponibles, explicar con claridad quién decide y sostener las medidas que reducen la exposición. Cuando el agua sube o el fuego se aproxima, queda poco margen para corregir lo que se dejó pendiente. La diferencia entre reaccionar y estar preparado se construye mucho antes de la emergencia.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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