Síguenos

Historia

¿Por qué los políticos españoles son tan corruptos?

España encabeza rankings de corrupción en Europa: así se ha convertido en el quinto país más corrupto y qué soluciones reales podemos exigir.

Publicado

el

manos bajo mesa pasando dinero

Los escándalos de corrupción política en España no prueban que todos los cargos públicos sean corruptos ni que exista una inclinación nacional al fraude. Revelan algo más concreto: durante décadas, determinadas redes han encontrado oportunidades para convertir decisiones públicas en beneficios privados. El problema está en los incentivos, los controles que fallan y la capacidad del poder para proteger a los suyos, no en una supuesta condición moral de los españoles.

Un contrato adjudicado a una empresa amiga, una ayuda distribuida sin el procedimiento adecuado o un nombramiento decidido por lealtad antes que por mérito pueden parecer hechos distintos. Comparten, sin embargo, un mecanismo: alguien utiliza una posición pública para favorecer intereses particulares. A veces hay un delito acreditado; otras, una investigación abierta o una práctica legal que deteriora la confianza. Distinguir esas situaciones es imprescindible para comprender por qué se repiten los casos sin presentar cada sospecha como una condena.

La persistencia de estas tramas tampoco significa que nadie las persiga. Hay investigaciones, sentencias y responsabilidades políticas que han acabado con carreras enteras. Pero los procedimientos pueden durar años, el dinero resulta difícil de recuperar y cada revelación reabre una duda incómoda: cuántas irregularidades se detectan a tiempo y cuántas permanecen fuera de la vista. Esa distancia entre lo que ocurre, lo que se descubre y lo que finalmente se prueba explica buena parte de la desconfianza.

Lo que mide la corrupción y lo que no pueden contar los índices

El Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional otorgó a España 56 puntos sobre 100 en 2024 y la situó en el puesto 46 de 180 países y territorios. Una puntuación más alta indica una mejor percepción de limpieza en el sector público. El resultado refleja una valoración preocupante para una democracia europea consolidada, pero no permite calcular cuántos políticos delinquen ni cuántos euros se pierden por corrupción cada año.

Este índice reúne valoraciones expertas y empresariales sobre la corrupción percibida en el sector público. No es un recuento de condenas, denuncias ni contratos fraudulentos. Puede verse afectado por escándalos conocidos, por la respuesta institucional ante ellos y por la confianza general en las administraciones. También cabe la paradoja de que una investigación eficaz aumente durante un tiempo la visibilidad del problema que intenta combatir.

La posición europea de España merece atención, aunque presentarla como el quinto país más corrupto de la Unión Europea no queda justificado por la puntuación aislada. Hay países de la UE con peores resultados y otros situados cerca del español; además, las puntuaciones iguales dificultan establecer una clasificación tajante. La comparación útil no consiste en adjudicar un puesto alarmante, sino en observar por qué la percepción española sigue lejos de la de democracias como Dinamarca o Finlandia, que figuran entre las mejor valoradas.

Tampoco sirve convertir una sucesión de titulares en un retrato estadístico de toda la clase política. España tiene ayuntamientos, gobiernos autonómicos, ministerios, empresas públicas y miles de personas que toman decisiones sin aparecer jamás en una causa judicial. Los casos conocidos señalan vulnerabilidades del sistema, no la culpabilidad colectiva de quienes trabajan en él. Precisamente por eso interesa identificar dónde se concentran los riesgos: contratación, urbanismo, subvenciones y nombramientos que permiten controlar información o recursos.

La diferencia entre percepción y hechos probados importa especialmente cuando una investigación afecta a representantes en activo. Una imputación puede exigir explicaciones políticas y preservar pruebas; no equivale a una sentencia. A la inversa, la ausencia de condena no demuestra que todos los controles hayan funcionado: puede haber decisiones opacas o éticamente cuestionables que no constituyan delito. El debate público pierde precisión cuando trata ambas situaciones como si fueran idénticas.

Del favor local al gran contrato: cómo se abrieron las oportunidades

La corrupción política española no nació con un único partido ni en una fecha determinada. La democracia surgida de la Constitución de 1978 heredó administraciones, relaciones de influencia y formas de ejercer el poder que no desaparecieron de un día para otro. A la vez, la expansión de los servicios públicos creó nuevas decisiones sobre gasto, empleo y obras. Una institución que crece más rápido que sus controles deja espacios aprovechables, aunque ese crecimiento también sea una conquista democrática.

El clientelismo ofrece una explicación más útil que atribuir el problema a una costumbre nacional. Consiste en intercambiar acceso a empleos, recursos o influencia por apoyo y lealtad. No todo contacto político es clientelar ni todo nombramiento discrecional es ilegal. El riesgo aparece cuando la fidelidad personal pesa más que el interés público y quienes deberían revisar una decisión dependen de la misma red que la adoptó.

El caso Juan Guerra se convirtió a finales de los ochenta en un símbolo temprano de esa cercanía entre posición institucional y negocio privado. El hermano del entonces vicepresidente Alfonso Guerra utilizó un despacho en dependencias oficiales mientras desarrollaba actividades empresariales. El episodio provocó una crisis política de enorme repercusión, aunque un escándalo público y una responsabilidad penal no son categorías intercambiables. Su importancia histórica reside también en que mostró lo difícil que resultaba explicar al ciudadano dónde acababa la influencia y empezaba el abuso.

Después llegó el auge de los grandes proyectos, impulsado por la modernización económica y la entrada de España en la Comunidad Económica Europea en 1986. Las infraestructuras y las inversiones ofrecían oportunidades legítimas de desarrollo, pero también contratos de gran valor. Quien decide una adjudicación controla algo que una empresa desea intensamente; si la decisión no deja una huella clara o admite condiciones hechas a medida, el intercambio de favores encuentra terreno fértil.

El urbanismo añadió una particularidad decisiva: una firma administrativa podía transformar el valor de un terreno. Recalificar suelo, aprobar un convenio o decidir dónde se construiría una carretera alteraba las expectativas de promotores y propietarios. El pelotazo urbanístico dependía menos del ladrillo que del poder para cambiar las reglas de ese ladrillo. En municipios pequeños, donde todos se conocen, las relaciones personales podían facilitar tanto la detección de abusos como el silencio ante ellos.

Reducir esta historia a una herencia del franquismo sería tan incompleto como ignorarla. Hubo continuidades institucionales y redes locales, pero las tramas posteriores también respondieron a incentivos creados en democracia, a nuevos flujos de dinero y a decisiones de personas concretas. Tampoco hay base para explicar la corrupción mediante la religión o una supuesta obediencia cultural compartida por toda la sociedad. Las oportunidades, la falta de vigilancia y la expectativa de beneficio explican más que los estereotipos nacionales.

Además, el fraude necesita algo más que un cargo dispuesto a aprovecharse. Suele requerir empresarios que acepten pagar comisiones, intermediarios capaces de ocultar acuerdos, estructuras partidistas que no pregunten y procedimientos administrativos vulnerables. La corrupción es una relación entre poder público e intereses privados, no un defecto exclusivo de quienes ocupan un escaño. Perseguir solo al político visible deja intacta una parte del mecanismo.

De Gürtel a los ERE: escándalos distintos bajo un mismo foco

Gürtel expuso una red de empresarios y responsables públicos vinculados al entorno del Partido Popular. Las investigaciones abordaron adjudicaciones, pagos irregulares y relaciones de favor prolongadas durante años. Su trascendencia no se explica por una única cifra global, difícil de equiparar entre procedimientos, sino por la amplitud de la red y la persistencia de sus vínculos con el poder. La imagen de un contrato público convertido en moneda de cambio quedó asociada para siempre a sus siglas.

Una de las resoluciones judiciales declaró al PP partícipe a título lucrativo de beneficios obtenidos en la trama. Esa figura obliga a distinguir entre beneficiarse económicamente de determinados hechos y ser condenado como autor penal de esos delitos. La precisión jurídica no rebaja la gravedad política del caso: la sentencia tuvo un efecto decisivo en la moción de censura de 2018 que acabó con el Gobierno de Mariano Rajoy. Luis Bárcenas, extesorero del partido, también recibió condenas en procedimientos relacionados con la corrupción.

El caso de los expedientes de regulación de empleo de Andalucía mostró otro tipo de fallo. Durante años, la Junta canalizó ayudas sociolaborales mediante un procedimiento cuya legalidad fue objeto de un extenso proceso judicial. La cifra de unos 679 millones de euros corresponde al volumen de fondos gestionados a través del sistema investigado; no significa que toda esa cantidad acabara en bolsillos particulares ni permite tratarla, sin más, como dinero robado.

Las condenas dictadas contra antiguos altos cargos, entre ellos los expresidentes andaluces Manuel Chaves y José Antonio Griñán, marcaron la primera gran etapa judicial. Después, el Tribunal Constitucional anuló o cuestionó parte de las condenas y ordenó revisar aspectos de las resoluciones. Presentar aquellas penas como una situación judicial inalterada sería incorrecto. Tampoco deben confundirse las irregularidades del sistema de concesión con la situación individual de cada persona que recibió una ayuda.

La operación Púnica puso el foco en contratos y presuntas comisiones que salpicaron a distintos territorios, especialmente Madrid. Lezo examinó la gestión del Canal de Isabel II y operaciones relacionadas con la empresa pública. En ambos casos, hablar de un único saqueo cerrado oculta que las investigaciones reúnen hechos, personas y procedimientos diferentes, con situaciones judiciales que no avanzan siempre al mismo ritmo. Su denominador común fue el aprovechamiento potencial de estructuras administrativas con capacidad para contratar o mover recursos.

Nóos llevó la discusión sobre el uso privado de dinero público hasta el entorno de la familia real. Iñaki Urdangarin fue condenado en una causa relacionada con fondos públicos obtenidos mediante convenios y actividades organizadas a través del instituto que daba nombre al caso. Su inclusión en un balance de corrupción del PSOE sería engañosa: la proximidad institucional de algunos de los hechos no convierte el procedimiento en una trama orgánica de ese partido. Lo que ilustró fue la vulnerabilidad que aparece cuando el prestigio o los contactos sustituyen a las comprobaciones.

Estos episodios no pueden amontonarse como si describieran una sola organización. En unos se investigan adjudicaciones amañadas; en otros, ayudas tramitadas de forma irregular o convenios con entidades privadas. Las consecuencias penales dependen de lo que se pruebe en cada expediente. Lo común es la debilidad de las barreras entre quien administra recursos colectivos y quien puede beneficiarse de ellos. Esa frontera necesita reglas claras incluso cuando ninguna irregularidad llega a constituir delito.

En 2025, las pesquisas en torno a la llamada trama Koldo han vuelto a trasladar esa preocupación al centro de la política nacional. La investigación comenzó a atraer atención por contratos de suministros durante la pandemia y se ha ampliado a presuntas comisiones vinculadas con adjudicaciones públicas. Entre los nombres investigados figuran el exministro José Luis Ábalos y quien fue secretario de Organización del PSOE, Santos Cerdán. Los hechos atribuidos a cada uno siguen sujetos a investigación y al principio de presunción de inocencia.

El 30 de junio de 2025, Cerdán ingresó en prisión provisional sin fianza por decisión judicial. La medida cautelar no es una condena: responde a los riesgos procesales apreciados por el órgano instructor mientras continúa la causa. También sería precipitado convertir las cantidades mencionadas en las pesquisas en un balance definitivo de sobornos acreditados. El alcance económico y las responsabilidades individuales deberán establecerse con pruebas y resoluciones, no mediante la suma de sospechas publicada en titulares.

La pandemia hizo especialmente visible una tensión habitual: cuando una administración necesita comprar con rapidez, puede reducir plazos y acudir a procedimientos excepcionales, pero la urgencia no elimina la obligación de justificar cada decisión. Un expediente mal documentado dificulta reconstruir después por qué se eligió a un proveedor. La trazabilidad importa más, no menos, cuando el tiempo apremia. Por eso los casos recientes interesan incluso antes de que exista sentencia: permiten examinar si los controles estaban preparados para funcionar bajo presión.

Por qué no existe una clasificación fiable de partidos que más roban

La rivalidad entre PP y PSOE convierte cada causa en un marcador político. Es comprensible que los ciudadanos quieran conocer quién asumió responsabilidades, pero no hay una suma homogénea que permita proclamar con rigor qué partido robó más. Una cantidad investigada puede referirse al presupuesto completo de un programa, al valor de contratos adjudicados, a comisiones presuntamente cobradas o al perjuicio efectivamente acreditado. Son magnitudes distintas.

Comparar los fondos gestionados en los ERE con el importe de determinados contratos de Gürtel, por ejemplo, confunde volumen administrativo y beneficio ilícito. Añadir a la cuenta de un partido a cualquier condenado que haya tratado con una institución gobernada por él agrava el error. Una relación política, una responsabilidad de supervisión y la autoría de un delito requieren pruebas diferentes. Las sentencias, además, pueden ser recurridas, revisadas o referirse solo a una parte de una trama más amplia.

El cálculo tampoco puede incorporar como robo probado el dinero de una investigación en curso. Hacerlo castiga antes de tiempo a los investigados y contamina cualquier comparación posterior, incluso cuando se confirman delitos. En sentido contrario, limitar la evaluación a condenas firmes tampoco ofrece una fotografía completa del funcionamiento de los partidos: la responsabilidad política puede existir antes y fuera de una sentencia penal, por ejemplo, cuando se mantuvieron controles manifiestamente insuficientes.

Hay diferencias entre los mecanismos que han aparecido en cada organización. En causas vinculadas al PP se han investigado redes de contratación, comisiones y financiación irregular; el caso de los ERE afectó a la gestión prolongada de ayudas desde un gobierno autonómico del PSOE. Eso no dibuja dos modelos exclusivos ni exime a otras formaciones de examen. Los mismos puntos débiles pueden ser explotados por actores de ideologías distintas, sobre todo cuando gobiernan durante mucho tiempo y acumulan capacidad de nombramiento.

La pregunta con mayor rendimiento democrático no es quién gana una competición de cifras, sino cómo reaccionó cada partido al conocer los indicios. Importa si preservó documentos, apartó a los responsables cuando correspondía, permitió controles independientes y corrigió los procedimientos comprometidos. La tolerancia interna puede prolongar una trama tanto como la falta de vigilancia externa. La rendición de cuentas empieza antes del juicio y no debería terminar con una campaña de comunicación.

Los votantes tampoco reciben siempre una información fácil de interpretar. Un partido puede presentarse como víctima de individuos aislados mientras durante años disfrutó de recursos o influencia generados por una red. Otro puede atribuir cualquier investigación a una maniobra de sus adversarios. Separar la defensa legítima de la negación automática exige atender a los hechos documentados, reconocer qué se desconoce y mantener el mismo criterio cuando cambia el color del investigado.

La factura pública y la lenta respuesta institucional

Un euro desviado no se traduce automáticamente en un euro menos para un hospital concreto. Los presupuestos no funcionan como una hucha con compartimentos separados. Aun así, la pérdida o el mal uso de fondos tiene efectos reales: reduce recursos disponibles o encarece aquello que la administración compra. Una obra adjudicada por favoritismo puede costar más, ejecutarse peor o desplazar a una empresa que ofrecía mejores condiciones.

El perjuicio se extiende más allá del importe directamente sustraído. Una empresa que sospecha que los concursos están decididos de antemano puede dejar de presentarse; otra tendrá incentivos para invertir en contactos en lugar de mejorar su oferta. La competencia se deforma cuando importa más conocer a quien decide que hacer bien el trabajo. Esa distorsión afecta a infraestructuras, suministros y servicios cuya calidad acaba percibiendo el ciudadano.

Es tentador expresar ese daño como un porcentaje del producto interior bruto o como miles de empleos perdidos, pero atribuir cifras generales a un caso concreto exige métodos y supuestos que no siempre están claros. Tampoco existe una proporción universal de dinero recuperado aplicable por igual a todas las tramas. Lo verificable es que localizar bienes, probar su origen y ejecutar las restituciones puede ser difícil y lento, especialmente cuando hay sociedades interpuestas o dinero trasladado fuera de España.

La demora judicial añade otra factura. Una causa compleja puede requerir revisar años de correos, cuentas, expedientes y declaraciones; garantizar la defensa de todos los implicados lleva tiempo. Cuando los recursos investigadores no están a la altura del volumen de pruebas, la distancia entre los hechos y la sentencia debilita la capacidad de exigir responsabilidades. Testigos que olvidan, cambios de gobierno y documentos dispersos convierten cada retraso en una dificultad adicional.

Eso no significa que la lentitud equivalga siempre a protección deliberada del culpable. Los procesos largos también reflejan la complejidad de las tramas y las garantías propias de un Estado de derecho. Pero admitirlo no obliga a resignarse: fiscalías, juzgados y unidades de investigación necesitan medios adecuados y continuidad para examinar operaciones que a menudo cuentan con asesoramiento especializado. Sin capacidad técnica, la transparencia formal acaba siendo una montaña de papeles que nadie puede revisar.

El aforamiento suele ocupar un lugar central en esta discusión. Para ciertos cargos, determina qué tribunal es competente para investigar o juzgar determinados hechos; no impide por sí mismo una investigación ni equivale a inmunidad penal. Sus defensores alegan que puede proteger el ejercicio del cargo frente a denuncias instrumentales. Sus críticos señalan que crea una diferencia difícil de justificar y puede complicar los procedimientos. Reducirlo o reformarlo exige evaluar qué protección es necesaria y cuál se ha convertido en privilegio.

La supervisión administrativa presenta problemas menos visibles. Un expediente puede superar controles formales y, aun así, haber sido diseñado para favorecer a un proveedor mediante requisitos demasiado específicos. En las subvenciones, el riesgo aumenta cuando se flexibilizan las comprobaciones sin reforzar la revisión posterior. Fiscalizar no consiste solo en verificar que una firma está donde debe, sino en comprobar por qué se decidió gastar, quién se benefició y si había alternativas razonables.

También está la factura política. Cada nueva causa ofrece motivos para desconfiar de quienes gobiernan, pero trasladar esa desconfianza a todos los funcionarios, representantes y procedimientos puede paralizar el debate democrático. La desafección crece cuando los partidos usan las denuncias para atacarse y se resisten a revisar sus propias prácticas. Una ciudadanía convencida de que nada cambia puede retirarse de la conversación pública justo cuando más necesario es controlar al poder.

Sin embargo, la protesta, el periodismo de investigación, los denunciantes y la acción judicial muestran que la sociedad no acepta pasivamente los abusos. Que una trama salga a la luz también indica que alguien examinó documentos, formuló preguntas o siguió el rastro del dinero. Una democracia se mide tanto por los escándalos que descubre como por su respuesta ante ellos. El objetivo no es ocultar las malas noticias para mejorar la imagen del país, sino impedir que las conductas se repitan.

Qué enseña la comparación con el norte de Europa

Dinamarca y Finlandia obtienen puntuaciones muy superiores a la española en el Índice de Percepción de la Corrupción. La distancia invita a observar sus instituciones, pero no autoriza a idealizarlas como sociedades sin irregularidades, enchufismo o conflictos de intereses. Ningún país está vacunado contra el abuso de poder. La cuestión es cuánto margen encuentra quien intenta aprovecharse de un cargo y qué ocurre cuando alguien detecta el primer indicio.

Una administración donde resulta sencillo reconstruir el recorrido de un contrato ofrece menos escondites. Deben quedar claras la necesidad que originó el gasto, las ofertas recibidas, los criterios de adjudicación, las modificaciones posteriores y la ejecución final. Publicar información útil permite conectar decisiones que, vistas por separado, parecen inocuas: una misma empresa favorecida repetidamente, cambios de precio que se acumulan o requisitos que excluyen competidores.

La publicidad por sí sola no garantiza nada. Un portal lleno de documentos mal organizados puede cumplir formalmente con la transparencia y seguir siendo inaccesible para casi todos. También hacen falta órganos capaces de auditar, periodistas con tiempo para investigar y representantes dispuestos a preguntar sin que cada hallazgo se convierta en una guerra de eslóganes. El dato abierto necesita ojos independientes y capacidad para actuar cuando revela un patrón sospechoso.

Otra diferencia relevante es cómo se protege la profesionalidad de la administración. Los gobiernos necesitan colaboradores de confianza para aplicar sus programas, pero ese espacio no debería confundirse con la dirección técnica de todos los servicios. Cuanto más depende una carrera administrativa de la lealtad política, más difícil resulta contradecir una orden irregular. La selección basada en competencias y la estabilidad de quienes ejercen funciones de control ayudan a sostener esa independencia.

El contraste también tiene un componente social: en cualquier democracia, la tolerancia electoral a un abuso puede reducir el coste político de repetirlo. Pero explicar las diferencias solo por una mayor virtud cívica de los países nórdicos sería engañoso. Las normas de conducta se refuerzan cuando las instituciones detectan, investigan y corrigen. La cultura de respeto a lo público no cae del cielo; se construye al comprobar que las reglas se aplican también a quienes mandan.

España dispone de leyes, órganos de control y procedimientos de contratación. El desafío no consiste en copiar de forma mecánica otro modelo, sino en examinar dónde se rompen las defensas existentes: expedientes poco legibles, vigilancia insuficiente, nombramientos difíciles de fiscalizar o sanciones que llegan demasiado tarde. La comparación internacional vale cuando ayuda a localizar fallos concretos, no cuando sirve para describir a unos países como ejemplares y a otros como irremediables.

La prueba decisiva está en lo que ocurre antes del escándalo

Las condenas son necesarias cuando se demuestra un delito, pero una política anticorrupción centrada solo en castigar llega después del daño. La prevención comienza en decisiones menos llamativas: quién redacta un contrato, cómo se justifican sus condiciones y quién comprueba que la obra o el servicio se entregó de verdad. Un procedimiento trazable dificulta que el favoritismo se esconda bajo una apariencia de normalidad.

La contratación pública puede hacerse más legible sin convertir cada compra en una carrera de obstáculos. Publicar datos comparables, explicar las modificaciones de los contratos y vigilar las adjudicaciones repetidas permite detectar patrones antes de que se transformen en grandes causas. Al mismo tiempo, cualquier sistema debe conservar capacidad de respuesta ante emergencias. Agilidad y control no son enemigos si las excepciones quedan motivadas y pueden revisarse después.

Las auditorías independientes necesitan acceso real a la documentación y tiempo para analizarla. Si los avisos se ignoran o los equipos cambian al ritmo de los gobiernos, la fiscalización se vuelve ceremonial. También importa proteger a quienes comunican irregularidades desde dentro de una administración o una empresa contratista. Muchas tramas son más visibles para quienes tramitan los expedientes que para quienes leen las cuentas anuales; silenciar esas alertas desperdicia una oportunidad de corregir temprano.

La recuperación del dinero merece tanta atención como las penas. Para que una restitución sea posible, hay que seguir activos, acreditar su relación con los hechos y evitar que desaparezcan durante el proceso. Prometer la devolución íntegra en todos los casos puede resultar imposible, pero investigar el destino de los fondos desde el principio aumenta las posibilidades de reparar el perjuicio. Una sentencia que llega años después no recompone por sí sola una competencia alterada ni devuelve automáticamente cada cantidad perdida.

La responsabilidad de los partidos va más allá de expulsar a un acusado cuando el caso ya ocupa portadas. Incluye revisar quién controla la financiación, cómo se seleccionan los cargos con poder de contratación y qué ocurre cuando aparecen señales internas de alarma. La lealtad a unas siglas no debería convertirse en una excusa para evitar preguntas. Una organización capaz de investigar a los suyos sin esperar a un juez reduce el espacio donde una red puede crecer.

La educación cívica también tiene un papel, aunque no como sustituto de controles materiales. Saber que un contrato se paga con recursos comunes ayuda a valorar la importancia de su publicidad y de la igualdad entre empresas. Pero pedir una ciudadanía vigilante mientras se mantienen decisiones inaccesibles sería trasladarle una tarea imposible. El derecho a pedir cuentas necesita información comprensible y respuestas institucionales, no únicamente discursos sobre ética pública.

Ninguna reforma eliminará por completo la posibilidad de que alguien intente lucrarse con un cargo. Siempre existirán decisiones discrecionales, relaciones personales e intereses capaces de presionar. La diferencia está en si esas decisiones dejan rastro, si una alerta puede investigarse sin represalias y si la justicia dispone de medios para llegar a tiempo. La corrupción no es un destino cultural de España; es un riesgo político que aumenta o disminuye según las reglas y el uso que se haga de ellas.

Los grandes nombres de las tramas recuerdan lo que sucede cuando varias defensas fallan a la vez. También recuerdan que hubo personas e instituciones capaces de sacar los hechos a la luz. Entre la resignación y la promesa imposible de pureza absoluta queda una exigencia más concreta: que cada euro público pueda seguirse, cada decisión importante pueda explicarse y ningún cargo quede fuera del escrutinio. Ahí se juega la confianza democrática, mucho antes de que un nuevo caso reciba nombre propio.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído