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Por qué Feijóo no impulsa una moción de censura: qué le frena
No es una cuestión de valentía ni de relatos grandilocuentes. Es una suma que no sale. La moción de censura en España exige mayoría absoluta — 176 escaños — y un candidato alternativo listo para ser investido en el acto.

Foto de Partido Popular de Galicia Wikimedia Commons , bajo licencia CC0 1.0
Por qué Feijóo no impulsa una moción de censura: la aritmética no llega a 176, el reglamento pesa y el tablero marca tiempos y límites clave.
No es una cuestión de valentía ni de relatos grandilocuentes. Es una suma que no sale. La moción de censura en España exige mayoría absoluta —176 escaños— y un candidato alternativo listo para ser investido en el acto. Hoy, Alberto Núñez Feijóo no dispone de esos votos. La aritmética más benigna sitúa al Partido Popular junto a Vox en torno a 170 apoyos; con UPN y Coalición Canaria podría rozar los 172, lejos aún de la cifra mágica. Lo que falta no es voluntad de confrontación, sino respaldos cruzados que otros partidos, por estrategia y por principios declarados, no están dispuestos a darle.
Hay además un elemento que rara vez aparece en la espuma del día. La moción española es constructiva: si fracasa, no hay elecciones ni cambia el Gobierno; si prospera, el candidato sale investido en el mismo minuto. Es decir, presentar una censura sin tener atados los 176 supone regalar un debate de reafirmación a Pedro Sánchez y cerrarse la puerta a registrar otra en el mismo periodo de sesiones para quienes la firmen. Un disparo al aire que, en un Parlamento fragmentado y con lealtades contingentes, acaba consolidando a quien se pretende desbancar. Esa es, con palabras sencillas, la razón práctica por la que el líder del PP no mueve esa pieza hoy.
Lo que permite —y limita— una moción de censura
La Constitución y el Reglamento del Congreso diseñaron un instrumento potente con cortafuegos. Para empezar, no puede presentarla cualquiera ni de cualquier manera: se necesitan 35 firmas de diputados (una décima parte de la Cámara) y un candidato a presidente desde el minuto uno, con su programa de gobierno en el bolsillo. Una vez registrada, la iniciativa no se vota hasta cinco días después. En las primeras 48 horas, otros grupos incluso pueden presentar mociones alternativas con su propio aspirante. La votación es binaria y concluyente: sí o no. Si alcanza 176 síes, el candidato queda investido automáticamente; si no los alcanza, no cae el Gobierno y los firmantes ya no pueden intentar otra en ese periodo de sesiones. Mientras la censura está viva, el presidente no puede disolver las Cortes. Todo pensado para el sosiego institucional y para evitar juegos pirotécnicos.
Esa ingeniería constitucional tiene consecuencias concretas. Una censura no es un mitin largo. Es un trámite que, por diseño, no funciona como plebiscito ni como encuesta de opinión. Si no hay mayoría hecha, refuerza al Ejecutivo, porque convierte el hemiciclo en una foto de apoyo al presidente. Quien la promueve debe medir no sólo el impacto del discurso, sino también el coste de un fracaso: meses sin herramienta y la etiqueta de “oposición sin números”.
La experiencia acumulada: seis intentos, un éxito
Desde 1978, la historia es tozuda. Seis mociones estatales; sólo una prosperó. La de 2018 contra Mariano Rajoy salió adelante por un encadenado poco frecuente: la sentencia de la Gürtel erosionó al Gobierno, PSOE (entonces con 84 escaños) cosió una mayoría con Unidos Podemos, PNV y los grupos nacionalistas catalanes, y el candidato Pedro Sánchez llegó a 180 votos. Los otros intentos —1980 contra Adolfo Suárez, 1987 contra Felipe González, y las dos de Vox en 2020 y 2023— fallaron. Quedó relato, sí. Poder, ninguno. El patrón que se repite es el mismo: sin 176 amarrados, no hay cambio de inquilino en La Moncloa.
Este fondo de armario parlamentario pesa en las decisiones actuales. Feijóo podría subir al atril, exhibir un programa y pelear titulares, pero si no tiene garantizados los apoyos, obtiene lo contrario de lo que busca: Sánchez sale recomponiendo alianzas, los socios dudosos se abrazan al Ejecutivo para marcar distancias con Vox, y el PP queda como oposición testimonial en una cita que eligió.
La aritmética que no cuadra: dónde están (y no están) los 176
Tras las generales de 2023, los bloques están dibujados con rotulador grueso. PP: 137 escaños. Vox: 33. Suman 170. A esa base se le suelen añadir los 1 de UPN y 1 de Coalición Canaria, hasta 172. El resto del camino obliga a mirar a PNV (5), Junts (7), ERC (7), EH Bildu (6), BNG (1) y Sumar (31). No se trata de recoger cromos; se trata de coherencia política.
El PNV ha repetido hasta la saciedad que no respaldará una operación en la que figure Vox en la ecuación. No es una línea para la galería, sino una posición de fondo que viene de la última década. La aritmética alternativa —un PP que sume sin Vox— se vuelve todavía más cuesta arriba, porque esos 33 escaños son hoy imprescindibles para rebasar los 176. Coalición Canaria ha ligado su conducta a los compromisos con las islas, y no ha formalizado una ruptura con el Gobierno que permita inferir un giro automático. Junts se ha especializado en bloquear la agenda de Sánchez cuando le interesa, pero bloquear no significa investir a Feijóo. ERC, EH Bildu, BNG y Sumar pertenecen a la franja izquierda o soberanista que compite con el PP y no baraja abrirle la puerta de La Moncloa en una votación de censura.
Quedan, por tanto, cuatro a seis votos que requieren romper líneas rojas o pactos de hierro. No se aprecian grietas evidentes. Y si las hubiese, tendrían un precio político alto para los partidos interpelados. La foto de apoyar una moción de censura con Vox en el vagón, o de investir a Feijóo en plena tensión territorial, no encaja con sus estrategias electorales. Aquí no se trata de quién grita más, sino de quién está dispuesto a pagar ese coste. Nadie en ese perímetro parece quererlo.
La geometría variable no basta cuando el voto es sí o no
En el día a día del Congreso abundan combinaciones cambiantes: un decreto puede caer por un par de votos, una ley puede salir por la mínima si se negocia con paciencia. Pero una moción de censura no admite abstenciones calculadas ni ambigüedades que salvan los dos relatos. Es un sí o un no al reemplazo del presidente. Los grupos que han hecho de su identidad un hilo fino —PNV desde el centro vasco, Junts con su estrategia de presión, Coalición Canaria desde su agenda insular— raramente se mueven en esa pantalla si no hay una ventaja nítida para su votante. Con el termómetro donde está, no la hay.
El coste de perder: por qué una derrota sería gasolina para Moncloa
En política, los símbolos importan. Un debate de censura sin mayoría le regala al Gobierno dos jornadas para tejer un relato de resistencia, comparecer con ministros y líderes aliados, y presentar a la oposición como incapaz de sumar. La imagen de Pedro Sánchez saliendo del hemiciclo con aplausos no derriba ningún argumento de fondo, pero sí reordena el ánimo de los suyos y desmoraliza a ajenos que esperaban sorpresa. Peor aún: bloquea la posibilidad de una nueva moción firmada por los mismos en ese periodo de sesiones, justo cuando un tropiezo parlamentario del Gobierno podría volver a colocar el tema en la agenda.
Hay, además, otra capa. Una censura obliga a quien la presenta a desplegar un programa de gobierno con todo detalle: fiscalidad, pensiones, mercado laboral, vivienda, transición energética, política europea. Dos días de exposición que permiten a los adversarios centrar el foco y buscar contradicciones en el archivo reciente. Si no se va a ganar, ¿por qué regalar una examen público del que, por lógica, saldrán también fricciones con Vox y con los potenciales apoyos? En un clima en el que el PP busca ensanchar el centro y atraer desencantados del PSOE, ese escaparate puede terminar alimentando el marco del Gobierno: “frente amplio” contra una derecha “radicalizada”.
El espejo reciente: Vox 2020 y 2023
La oposición mira siempre por el retrovisor. En 2020, Vox presentó una moción contra Sánchez que fue rechazada con claridad. El resultado real no fueron votos, sino refuerzos para el Gobierno en plena pandemia. En 2023, repitió jugada con el académico Ramón Tamames como candidato; tampoco salió. El PP evitó cargar con esa foto y se abstuvo, consciente del peaje. La moraleja que quedó es simple: quien intenta una censura sin números termina avivando al Ejecutivo. Ese aprendizaje se ha sedimentado en Génova.
“Gobierno sin…”, ¿y eso basta para censurar?
“El Gobierno Sánchez es un Gobierno ‘sin’: sin amplia victoria, sin Presupuestos nuevos, sin apoyos sólidos…” La letanía corre por tertulias y pasillos. Conviene separar la música del texto. Es verdad que gobernar con Presupuestos prorrogados recorta margen y obliga a una negociación caso a caso. La prórroga está prevista en la Constitución y es habitual en legislaturas con mayorías cortas; no derriba Gobiernos por sí sola ni provoca elecciones. Lo que sí hace es convertir cada proyecto en una geometría variable agotadora que puede acumular desgaste. Ese desgaste es un activo para la oposición, no un atajo para sumar 176.
También es cierto que Junts ha demostrado capacidad para congelar o desencarrilar la agenda del Ejecutivo, desde enmiendas a la totalidad a vetos quirúrgicos en comisiones. Pero su bloqueo no equivale a alineación automática con PP y Vox. Suele traducirse en derrotas parciales, devoluciones de proyectos, necesidad de reformular textos… no en una mayoría constructiva para investir a Feijóo. La diferencia es sustantiva: tumbar una ley es una cosa; poner a otro presidente con los votos contados, otra muy distinta.
La oposición dispone de otras palancas. Control parlamentario duro, investigaciones en comisiones, recursos y batalla territorial desde comunidades autónomas y ayuntamientos. Todo suma erosión a medio plazo. Pero ninguna de ellas sustituye la aritmética exigente de una censura. Para ganar, los números deben existir antes del registro, con nombres y apellidos, y con un programa pactado que PNV o CC puedan digerir sin pagar facturas inasumibles en casa. Hoy, ese casillero no está completo.
Qué tendría que pasar para que la censura fuese una opción real
El escenario en el que Feijóo se plantea la moción no es de épica, sino de gestión. Primero, debería amarrar una abstención o apoyo del PNV. Esto implicaría, como mínimo, desvincular la operación de Vox o dibujar un marco programático en el que el socio vasco no aparezca foto-dependiente de ese partido. Segundo, tendría que convencer a Coalición Canaria de abandonar su actual equilibrio con el Gobierno y sumarse a una investidura alternativa con contrapartidas claras. Tercero, necesitaría abrir algún canal con Junts (o con otros escaños sueltos del perímetro soberanista) que le permita llegar o superar los 176 sin dinamitar su propio discurso. No es imposible en teoría. Es improbable en la práctica inmediata.
Ese camino exigiría, además, ceder en cuestiones sensibles: financiación autonómica, fiscalidad, agenda territorial, infraestructuras, lenguas, poder judicial. El PP ha marcado líneas nítidas en varias de ellas, y Vox ha puesto la suya. Renunciar a parte del trazo para consumar una censura podría romper el bloque por el otro extremo. Ahí reside el verdadero nudo: para reunir los 176 hay que atraer a partidos que compiten con el PP, o que condicionan su apoyo a no compartir cartel con Vox. Ese choque de placas es el mismo desde la noche electoral.
El calendario también pesa
Otro elemento no menor: los tiempos. Una moción, una vez registrada, bloquea la disolución del Parlamento y marca una semana política de foco absoluto en el Congreso. Si Moncloa detecta que el debate le beneficia, lo utilizará para agrupar a los suyos, reordenar la coalición y colgar a la oposición la etiqueta de “precipitación”. Si, por el contrario, el Gobierno entra en una fase de derrotas concatenadas con coste social o económico claro, la presión para convocar elecciones por iniciativa del presidente puede aumentar desde dentro. En ese carril, al PP le resulta más rentable esperar a que el desgaste obligue a Sánchez a mover ficha, antes que legitimarlo con una victoria parlamentarista en mitad del ruido.
¿Y si se presentara “para retratar” a los demás?
La tentación es conocida: registrar una moción aunque se pierda para “retratar” a los grupos que sostienen a Sánchez. La experiencia desaconseja esa táctica. En una votación así, la foto tiende a ordenar el tablero en bloques: los socios del Gobierno se sienten interpelados por una amenaza existencial y cierran filas; los partidos que conservan ambigüedad identitaria prefieren evitar aparecer en una instantánea que los aleje de su base. Mientras, el Gobierno respira y la oposición quema una bala. Y no queda margen para una segunda intentona si aparece, de repente, un escenario mejor dentro del mismo periodo de sesiones. Por pura eficiencia política, tiene poco sentido.
Hay matices retóricos —la censura como gran altavoz, la oportunidad de “contar” un programa, la posibilidad de liderar el ciclo mediático durante varios días— que seducen a cualquier cuartel general. Pero el electorado que decide unas generales no se mueve por impulsos de 48 horas; lo hace por expectativa de gobierno. Y esa expectativa, en España, pasa por demostrar que puedes sumar 176 o gobernar al menos con abstenciones activas de actores que hoy no quieren retratarse con la derecha cuando Vox está en el cuadro.
El papel de Vox, el centro y los incentivos cruzados
El PP aspira a ensanchar el centro y a gobernar sin ataduras extremas. Ese objetivo choca con la aritmética actual, que necesita a Vox para rozar los 176. Y choca con los incentivos de Vox, que prefiere una oposición más frontal, incluso al precio de confirmar una derrota que, a sus ojos, cohesiona su discurso. En ese choque, Génova intenta evitar la emboscada: una censura para perder que alinee a todo el resto contra el PP y lo atrape entre el centro que necesita y la derecha que no puede romper. Un encaje delicado.
Por el lado contrario, Sánchez se mueve cómodo en un tablero donde puede negociar pieza a pieza y señalar al PP como rehén de Vox. Cuando los números aprietan, el presidente cede a socios; cuando no aprietan, resiste y gana tiempo. La oposición, por su parte, gobierna autonomías clave y grandes ciudades, un escaparate desde el que contraponer gestión y, si acierta, captar votante moderado. Todo eso alimenta una estrategia de fondo que no se lleva bien con una moción fallida.
Cuando la paciencia es, también, una táctica
La palabra paciencia suele sonar a excusa. En política parlamentaria, a veces es táctica. Un Gobierno sin Presupuestos nuevos y con mayoría frágil no cae por arte de magia. Se erosiona. Comete errores, sufre reveses en comisiones, pierde votaciones, negocia in extremis decretos que pasan por un voto. Si ese goteo se convierte en sensación de agotamiento, el propio Ejecutivo puede barajar un adelanto electoral que le resulte conveniente o inevitable. En ese contexto, al PP le resulta más rentable construir una alternativa creíble que arriesgar una derrota solemne que reanime al adversario.
Eso no significa renunciar a la presión. Significa ajustarla al rango de lo posible. Sumar 176 con los socios que hoy están en la otra orilla requiere cesiones y fotos que los actores implicados no desean. Forzar la jugada por el puro gesto suele acabar en contragesto: Moncloa utiliza el debate para rearmarse y la oposición pierde el control del tempo. No es una intuición, es la experiencia que dejaron las mociones fallidas de la última década.
Renglón final de análisis: la suma que decidirá el cuándo
El debate puede ser incandescente y los titulares, afilados. Pero debajo, frío como el hierro, sigue la suma. Feijóo no presenta una moción de censura porque no tiene hoy 176 votos para investirse; y porque perderla fortalecería a Sánchez, cerraría opciones tácticas a corto plazo y fijaría la foto que más conviene a Moncloa. La llave no está en gritar, sino en convencer a quienes hoy no quieren aparecer en la misma instantánea que Vox, o en sustituir esos apoyos por otros que, ahora mismo, no existen. Si esa puerta se abre —por errores del Gobierno, por desgaste acumulado o por un acuerdo que deshaga líneas rojas— habrá moción. Y no hará falta rumor: se verá en el registro del Congreso y en la agenda de un debate que, por ley, llega cinco días después.
Hasta que ese día llegue, la oposición prefiere el cálculo frío a la descarga de adrenalina. Un Gobierno sin Presupuestos nuevos y con mayoría tensa puede resistir mucho tiempo si la otra orilla se limita a gestos. O puede hundirse de golpe si pierde apoyos que hoy considera propios. En esa incertidumbre se juega la legislatura. La moción, cuando llegue, no será para retratar a nadie. Será porque los 176 ya están en la mochila. Sólo entonces.

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