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Naturaleza

¿Qué pasó en Gijón: por qué arde el Monte Areo?

La noche del miércoles dejó una imagen inquietante en el oeste rural de Gijón: medio centenar de vecinos tuvieron que abandonar sus casas de manera preventiva por un incendio forestal con varios frentes en la ladera del Monte Areo, en el entorno del Camín de la Melendrera, ya en el límite con Carreño.

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por qué arde el Monte Areo
Salud mental posdana: Casos menos graves de lo esperado pero prudencia tras el primer año 23 octubre 2025 FacebookXLinkedInBlueskyWhatsAppCondividi Concha Tejerina | València (EFE).- Casi un año después de la dana que arrasó varias poblaciones del área metropolitana de València, las consecuencias en cuanto a la salud mental han sido «menos graves» de lo que temían en un principio los profesionales de salud mental, que piden «prudencia» por cómo pudiera evolucionar la situación en los seis meses posteriores al primer aniversario. “La recuperación psicológica será más lenta que la material en algunos casos», afirma en una entrevista con EFE el jefe de Psiquiatría de La Fe, Alberto Domínguez, quien insiste en ser prudentes porque los aniversarios o las alertas por lluvias «pueden reactivar los recuerdos y causar repuntes de ansiedad». Domínguez destaca la «resiliencia» de la población afectada por las riadas y subraya que del total de casos atendidos en el último año por la sanidad pública, alrededor de 2.000, menos del 10 % ha evolucionado a cuadros más graves como Trastornos de Estrés Postraumático (TEPT). Preguntado por cómo cree que afecta en los damnificados por la dana la crispación política que hay tras el 29 de octubre, el psiquiatra afirma que «poder echar la culpa a alguien», tanto si es de un lado como del otro, «puede actuar incluso como un factor de protección». Un año después, prudente optimismo Un año después de la dana, los servicios de salud mental siguen atentos. “Hemos notado un descenso en la demanda, lo cual es positivo, pero no podemos bajar la guardia”, advierte Domínguez. Confiesa que aunque temían datos como los recogidos por estudios tras las inundaciones en Inglaterra en 2022, donde hubo entre un 20 y un 40 % de afectados con TEPT», en el caso de la dana del 29 de octubre, «apenas llegamos al 2 o 3 % de la población afectada”, a los que se suma el 4 % de pacientes que antes de la riada ya eran atendidos por problemas de salud mental. Domínguez atribuye la baja incidencia de cuadros graves a tres factores: la resiliencia de la población, la intervención temprana de los equipos de salud mental y, sobre todo, el efecto positivo de la solidaridad ciudadana .“La caravana de voluntarios con fregonas y palas tuvo un efecto muy positivo. Esa ayuda desinteresada, ver a desconocidos limpiando tu casa para que pudieras dormir allí, tuvo un impacto emocional enorme. Daba esperanza”, asegura. El psiquiatra subraya que la capacidad de adaptación de los vecinos de la zona también ha sido determinante: “Son comunidades acostumbradas a convivir con el agua. Muchos sabían cómo actuar, cómo proteger sus casas. Esa experiencia previa también reduce el impacto psicológico”. GRAFCVA9722. VALENCIA, 22/10/2025.- Casi un año después de la dana que arrasó varias poblaciones del área metropolitana de València, las consecuencias a nivel de salud mental han sido "menos graves" de lo que temían en un principio los profesionales de salud mental, que piden "prudencia" por cómo pudiera evolucionar la situación en los seis meses posteriores al primer aniversario, según afirma en una entrevista con EFE el jefe de Psiquiatría de La Fe, Alberto Domínguez. EFE/Ana Escobar El perfil del afectado y las secuelas más comunes Los síntomas más frecuentes en los primeros meses fueron insomnio, ansiedad, miedo a que se repitiera la catástrofe y síntomas depresivos. En los casos más graves, se observaron episodios de revivencia traumática, pesadillas, aislamiento emocional y cambios en la conducta. El perfil mayoritario de los pacientes atendidos corresponde a personas entre 25 y 65 años, con especial incidencia entre los 40 y 50 años, «adultos responsables del núcleo familiar, los que tuvieron que rehacer la vida de los suyos», según explica Alberto Domingúez. “En los hombres, el peor pronóstico lo hemos visto en el perfil del ‘proveedor’: camioneros, obreros, jefes de familia acostumbrados a resolverlo todo, que ahora se han visto desbordados y muchos de ellos han tenido que coger la baja laboral», indica. Las mujeres con problemas de salud mental representan dos por cada hombre, aunque esa diferencia se reduce, e incluso se iguala entre ambos sexos, en los cuadros más graves. “Las mujeres consultan más y tienen menos vergüenza en hacerlo, los hombres tardan más en pedir ayuda”, apunta Domínguez .En el caso de las mujeres, apunta que entre los colectivos más vulnerables se encuentran mujeres víctimas de violencia de género o de abusos previos, cuya experiencia traumática se reactivó tras la inundación. También se atiende por problemas de salud mental entre un diez y un doce por ciento de menores de edad, principalmente adolescentes y algunos niños con ansiedad de separación o miedo persistente, aunque su evolución es favorable. Una respuesta rápida y coordinada Explica que la noche del desastre los servicios de psiquiatría de los principales hospitales del área metropolitana (La Fe, Doctor Peset, Arnau de Vilanova, el General de València y el Hospital de Alzira), así como profesionales de salud mental del Clínico de València y del Hospital de Sagunto, se movilizaron de inmediato. “La dana fue un martes y el viernes por la tarde ya estábamos coordinando equipos de psiquiatras y psicólogos. Sabíamos que habría un impacto psicológico importante, sobre todo entre familiares de fallecidos y personas que habían vivido situaciones de peligro extremo”, recuerda. Durante los primeros días, los equipos trabajaron sobre el terreno, en puntos de atención instalados junto a centros de salud como el de Catarroja, y recorrieron las calles más afectadas. “La escena era desoladora. La gente actuaba como autómatas, limpiando barro sin descanso, sin dormir, con ansiedad e insomnio”, recuerda el doctor, que indica que las escenas de destrucción, los vídeos que se repetían una y otra vez en los móviles y el miedo a que volviera a llover pesaban sobre todos.A medida que la emergencia se estabilizaba, los profesionales reorganizaron la asistencia. “El objetivo era claro: intervenir lo antes posible para evitar la cronificación de los cuadros de estrés agudo y prevenir el desarrollo de trastornos de estrés postraumático (TEPT)”, señala. Para ello, se implantó un dispositivo con atención psiquiátrica y psicológica tanto grupal como individual.

El incendio declarado la noche del miércoles en el Monte Areo, entre Gijón y Carreño, obligó a desalojar de forma preventiva a unas cincuenta personas en el entorno del Camín de la Melendrera. El colegio de Monteana quedó habilitado como punto de acogida y se restringió el tráfico en los accesos a la zona. Este jueves, 23 de octubre, la prioridad del operativo es proteger las viviendas y contener los frentes mientras el viento dificulta la extinción.

El Principado activó el Plan de Incendios Forestales de Asturias, el INFOPA, en situación 1, y el Ayuntamiento de Gijón puso en marcha su Plan Municipal de Emergencias. La alerta amarilla contempla rachas que pueden alcanzar los 90 kilómetros por hora. Ese viento explica parte de la rapidez con la que puede avanzar el fuego, pero no su origen: la causa del incendio no está determinada y no debe confundirse lo que favorece su propagación con lo que lo inició.

Una noche de desalojos en el límite entre Gijón y Carreño

El Monte Areo no es una extensión de bosque apartada de los pueblos. Sus laderas reúnen prados, matorral, arbolado, pistas y viviendas dispersas. En ese paisaje, el fuego puede pasar de una zona de vegetación a un cierre o una construcción sin que medie una gran distancia. La proximidad de las casas llevó a evacuar a los vecinos más expuestos antes de esperar a que las llamas alcanzasen sus parcelas. Un desalojo preventivo no confirma daños en las viviendas: busca evitar que sus ocupantes queden atrapados si el frente cambia de dirección.

Durante la noche, la Policía Local cortó accesos y desvió el tráfico para facilitar el movimiento de los servicios de emergencia. Una pista rural puede parecer una vía secundaria para quien la recorre en coche, pero convertirse en el único paso útil para una autobomba. Mantenerla despejada permite entrar, salir y cambiar de posición cuando las condiciones lo exigen. Los cortes, por tanto, forman parte de la respuesta al incendio; no son una medida separada de las tareas de extinción.

El colegio de Monteana se habilitó para recibir a las personas desalojadas. Su función inmediata es ofrecer un lugar fuera del área de riesgo mientras se evalúa la evolución del fuego. Para quien ha salido de casa de noche, la espera tiene una dimensión que no aparece en los mapas: deja atrás sus pertenencias, sus animales o una finca que quizá no puede ver desde el punto de acogida. La incertidumbre sobre el regreso pesa incluso cuando la evacuación se ha ordenado por precaución.

A primera hora del jueves, el trabajo se concentraba en las viviendas próximas al frente y en el perímetro más expuesto. La situación puede cambiar de una ladera a otra: un borde aparentemente tranquilo conserva rescoldos, mientras una racha abre camino al fuego en un flanco distinto. Por eso no hay un plazo fiable de retorno basado solo en que disminuyan las llamas visibles. También cuentan la temperatura del terreno, la seguridad de los accesos y el comportamiento previsto del viento.

La primera imagen de un incendio suele ser la del frente iluminando el horizonte. Sobre el terreno, sin embargo, importan detalles menos espectaculares: un camino suficientemente ancho, la continuidad de la vegetación junto a una casa, un punto donde detener el avance o la posibilidad de replegar un vehículo. En el Areo, la cercanía entre campo y viviendas obliga a atender esos detalles al mismo tiempo que se combate el fuego en el monte.

El viento acelera el fuego, pero no explica su origen

La alerta amarilla por rachas de hasta 90 kilómetros por hora sitúa al viento en el centro del operativo. Una corriente intensa inclina las llamas hacia la vegetación que aún no ha ardido, favorece su calentamiento y puede transportar fragmentos incandescentes. Esas pavesas llegan a encender material combustible por delante del frente principal. Así aparecen focos separados del incendio inicial que complican la lectura del perímetro y obligan a vigilar zonas donde parecía no haber fuego.

La vegetación baja responde con rapidez a esas condiciones. Hierbas altas, brezos y tojos ofrecen mucho material fino expuesto al aire; cuando está lo bastante seco, puede prender y transmitir la llama de un punto a otro con rapidez. El paisaje del Monte Areo intercala ese matorral con praderías, arbolado y parcelas, de modo que el avance no tiene por qué ser uniforme. Una franja puede frenar momentáneamente las llamas y otra, próxima a ella, facilitarles un nuevo recorrido.

También influye la forma del terreno. Las vaguadas y los collados alteran la dirección y la fuerza del aire a escala local. Una racha registrada en una zona abierta no describe por completo lo que ocurre detrás de una loma o en un paso estrecho. Esa variación explica por qué un flanco puede reactivarse en minutos aunque otro permanezca relativamente estable. En un incendio con varios frentes, el mapa útil para las dotaciones cambia conforme cambian el viento y las condiciones en cada ladera.

El tiempo ventoso, no obstante, no permite deducir cómo comenzó el incendio. La ignición podría responder a causas distintas, accidentales o provocadas, y atribuirla a una quema, una máquina o una acción intencionada sin resultados de la investigación sería especular. La distinción importa: el viento ayuda a explicar la propagación que se observa este jueves, mientras que establecer dónde y por qué apareció la primera llama requiere examinar el lugar de origen y las pruebas disponibles.

El episodio muestra, además, que no hace falta imaginar un bosque cerrado para entender el riesgo. En un mosaico de prados y matorral, la llama puede encontrar trayectorias discontinuas y aun así acercarse a una vivienda mediante una cuneta, un ribazo o vegetación acumulada junto a un cierre. Esa combinación de casas y combustible vegetal se conoce como interfaz urbano-forestal. Su dificultad reside precisamente en que la protección de personas y edificios debe avanzar a la vez que el control del incendio.

Qué supone activar los planes de emergencia

La declaración del INFOPA en situación 1 señala que el incendio exige una respuesta coordinada dentro del marco autonómico previsto para estos episodios. No equivale, por sí sola, a que haya viviendas quemadas ni a que toda la población del entorno deba abandonar sus casas. La situación recoge la necesidad de proteger bienes forestales y atender una posible afección limitada a personas o propiedades con los medios organizados en el plan. Las decisiones concretas dependen de la evolución del fuego, no únicamente del nombre de la situación activada.

En paralelo, Gijón activó su Plan Municipal de Emergencias y convocó el centro de coordinación operativo municipal, el CECOPAL. Ese dispositivo permite ordenar la respuesta local: desde los accesos y las comunicaciones hasta la habilitación de un lugar de acogida. La coordinación resulta especialmente importante en un territorio compartido por pistas, parroquias y límites administrativos. El fuego no se detiene en la frontera entre concejos; la información y los recursos tampoco pueden quedar encerrados en ella.

Bomberos, servicios policiales, emergencias autonómicas y responsables municipales desempeñan funciones distintas, pero necesitan una imagen común de la situación. Si cambia el viento, una dotación puede necesitar otro acceso; si se amplía una zona de precaución, hay que trasladar ese dato a quienes regulan el tráfico y atienden a los vecinos. Una cadena de avisos clara evita que un camino se abra antes de tiempo o que se envíe a alguien hacia un área donde continúan los trabajos.

La protección de viviendas condiciona la táctica. Allí donde el frente permite trabajar con seguridad, las dotaciones pueden actuar sobre las llamas y sus bordes; cuando el avance o las rachas impiden acercarse, cobra importancia fijar líneas de defensa y reducir la exposición de las construcciones. No se trata de elegir entre apagar el monte y proteger las casas como si fueran tareas ajenas. La posición del fuego respecto a las viviendas determina qué actuación es prioritaria en cada momento.

El funcionamiento de los planes también explica por qué algunas decisiones parecen lentas vistas desde fuera. Reabrir un acceso no depende solo de que haya desaparecido el humo en un tramo. El camino puede seguir siendo necesario para los vehículos de extinción o conducir a un área con puntos calientes. Del mismo modo, permitir el regreso a una casa exige valorar la seguridad de sus alrededores. Coordinar no es añadir burocracia al incendio, sino hacer compatibles el trabajo de los equipos y la protección de quienes viven allí.

El regreso a casa depende de más que de las llamas visibles

La evacuación de unas cincuenta personas concentra buena parte de la atención pública, pero el número por sí solo no cuenta cómo se organiza la salida. En un caserío disperso, dos viviendas relativamente próximas pueden tener accesos distintos y estar expuestas a flancos diferentes. De ahí que el regreso pueda autorizarse por zonas y según el riesgo de cada una, en lugar de anunciarse a una hora única para todos. La proximidad de un rescoldo a una finca importa tanto como la distancia al frente principal.

Un incendio no termina cuando deja de verse una línea continua de fuego. Bajo una capa de vegetación quemada pueden quedar restos calientes capaces de reactivarse, y una nueva racha puede llevar pavesas hacia material que aún no ha ardido. La vigilancia de los bordes y la revisión de puntos calientes son parte de la extinción, no un trámite posterior. En un entorno con cobertizos, cierres y vegetación pegada a las parcelas, esa comprobación resulta especialmente relevante antes de levantar restricciones.

La visibilidad tampoco cuenta toda la historia. De noche, las llamas destacan desde lejos; de día, una ladera oscurecida puede parecer estable aunque conserve calor. El humo, por su parte, puede desplazarse con el viento y no señalar exactamente dónde están los sectores más activos. Los equipos necesitan observar el terreno de cerca y mantener libres las rutas de trabajo. La apariencia de calma no sustituye a la evaluación del perímetro, sobre todo mientras continúan las rachas fuertes.

Para los vecinos, los cortes tienen consecuencias inmediatas: dificultan recoger objetos olvidados, atender animales o comprobar el estado de una propiedad. Son necesidades comprensibles, pero entrar por cuenta propia en una pista restringida puede interferir con una maniobra de emergencia o llevar a una zona que acaba de reactivarse. Cualquier acceso excepcional depende de que pueda hacerse con seguridad y bajo control del operativo. La restricción del paso protege también a quienes desean volver, aunque durante la espera resulte frustrante.

Este jueves, el escenario favorable sería que el viento permitiera asegurar los flancos y revisar con calma las áreas próximas a las casas. Si las rachas persisten o cambian de dirección, la vigilancia y las limitaciones de acceso tendrán que adaptarse. No hay garantía de que una mejora momentánea baste para dar el incendio por estabilizado. El criterio decisivo es la seguridad sostenida: que el perímetro resista y que las rutas de regreso no atraviesen sectores todavía expuestos.

El Monte Areo es también un paisaje habitado y antiguo

Las laderas afectadas forman parte de un territorio que se utiliza, se recorre y se habita. Entre prados, pistas y zonas de matorral aparecen construcciones rurales y parcelas de distintos tamaños. Ese reparto del suelo ayuda a entender por qué la prevención no se resuelve con una única franja limpia ni con la atención puesta exclusivamente en el monte. La continuidad del combustible cambia de una finca a otra, y también cambia el margen disponible para que los servicios de emergencia trabajen junto a una casa.

El Monte Areo conserva además una necrópolis megalítica con túmulos y dólmenes documentados. Su presencia añade un valor cultural al paisaje que normalmente se contempla con tranquilidad desde sus caminos. Ante un incendio, la prioridad inmediata son las personas y las viviendas. La protección del patrimonio entra en juego cuando las condiciones permiten tener en cuenta la ubicación de los elementos arqueológicos al elegir por dónde circular o establecer una defensa, sin comprometer la seguridad del operativo.

La vegetación y el patrimonio comparten un suelo vulnerable a intervenciones apresuradas. Abrir paso a vehículos o remover terreno puede tener efectos más allá de la superficie quemada, aunque las necesidades de una emergencia manden sobre cualquier otro objetivo. Por ahora no corresponde dar por afectados los yacimientos sin una evaluación sobre el terreno. Su existencia recuerda, más bien, que el balance posterior no deberá limitarse a medir la vegetación dañada o a contar construcciones amenazadas.

La prevención cotidiana suele ser poco vistosa. Mantener transitables los accesos, reducir la vegetación acumulada junto a edificaciones y conocer los puntos de agua puede dar más margen de actuación cuando surge un fuego. Ninguna de esas tareas garantiza que un incendio no llegue ni permite atribuir lo ocurrido a una parcela concreta. Sí ayuda a comprender por qué algunos bordes son más defendibles que otros cuando el viento empuja las llamas hacia un núcleo habitado.

También hay un límite a lo que puede deducirse de una ladera quemada mientras continúa la emergencia. Que el fuego avance deprisa no demuestra por sí solo falta de mantenimiento; que se detenga ante un prado no significa que ese punto sea seguro si vuelan pavesas. Las condiciones del día, el relieve y la disposición de la vegetación se combinan de maneras distintas. Las lecciones preventivas requieren observar el recorrido real del fuego una vez que el episodio esté controlado, no repartir responsabilidades en mitad del operativo.

La incertidumbre de hoy y lo que revelará el terreno

Este jueves, las preguntas inmediatas son concretas: si los frentes pueden contenerse, si el viento dará margen para asegurar el perímetro y cuándo será seguro levantar los desalojos y cortes. Son cuestiones relacionadas, pero no idénticas. Puede protegerse una vivienda sin que todo el incendio esté extinguido, y puede reducirse la actividad de las llamas sin que resulte prudente abrir una pista. La evolución debe leerse por sectores, no a partir de una sola imagen del monte.

Queda abierta otra cuestión: qué prendió primero. La investigación del origen exigirá distinguir el punto inicial del recorrido posterior de las llamas, que el viento puede haber extendido y complicado. Hasta entonces, atribuir el fuego a una negligencia, a una acción intencionada o a un accidente no aporta claridad. La causa sigue sin conocerse; lo verificable ahora son las evacuaciones, las restricciones de acceso, la activación de los planes de emergencia y las condiciones meteorológicas que dificultan el trabajo.

También habrá que evaluar el alcance sobre la vegetación, las construcciones y, en su caso, los elementos patrimoniales del Monte Areo. Es un balance que necesita tiempo y observación directa. Una zona ennegrecida vista desde lejos no permite determinar por sí sola la intensidad del fuego ni los daños sufridos. Mientras la emergencia siga abierta, dar cifras de superficie o pérdidas sin confirmación crearía una precisión engañosa en un escenario que todavía puede cambiar.

Para quienes esperan en Monteana o pendientes de noticias de sus casas, el calendario del operativo tiene una medida distinta a la del parte técnico. Cada hora prolonga la separación de un lugar familiar. Para quienes trabajan en la ladera, esa misma hora puede servir para enfriar un borde, comprobar una pista o detectar un foco que el viento había ocultado. La prudencia en el regreso no resta importancia a la inquietud vecinal; responde a la necesidad de que la vuelta no obligue a una segunda evacuación.

El incendio ha puesto a la vista la fragilidad de un paisaje donde los hogares, el matorral y una historia enterrada en túmulos ocupan casi el mismo mapa. Hoy la prioridad es mantener a salvo a las personas y dar estabilidad al perímetro. Más adelante llegará el momento de aclarar el origen y examinar qué puede mejorarse en ese borde entre monte y viviendas. El viento marca el ritmo de esta jornada, pero el cuidado del territorio se decide mucho antes de que aparezca la primera llama.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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